11. Veranos que no vuelven #3
A ver si tengo suerte y me jubilo antes del próximo.
Pero no me voy a jubilar. Estas cosas nunca le pasan a uno el año que le convendría.
Rebuscó en el bolsillo de la camisa y me tendió una tarjeta con el escudo de la comandancia y, debajo del número oficial, otro escrito a mano con bolígrafo.
—Por si acaso no me jubilo. El verano que viene, si en otra playa ve usted algo que no cuadra, algo que la cámara pilla y los demás no, me llama.
Da igual la isla; siempre es otra. Pero el que va soy yo.
—Se volvió hacia mí y, por primera vez en seis días, casi sonrió—.
Y hágame un favor, señora Prats: mientras tanto, el verano que viene, váyase a la montaña.
Se alejó por el muelle sin prisa, con las manos en los bolsillos, un hombre de espaldas anchas y camisa de manga corta que se confundía con los veraneantes hasta que dejaba de confundirse, porque era el único que caminaba mirando a la gente en vez de mirar el mar.
Me quedé sola junto al coche con la cámara en las manos y la tarjeta en el bolsillo.
La saqué de la bolsa de pruebas. Le quité el precinto.
La sostuve un rato, la giré, abrí el compartimento de la película con ese chasquido seco que me sé de memoria.
Estaba vacío. La Guardia Civil se había quedado los carretes, los cuatro de 2005, las pruebas, la foto de mi espalda; todo eso ya no era mío, era del juzgado, iría a un juicio en otoño, lo verían un juez y unos abogados y una sala llena de gente, y estaba bien que así fuera,
porque yo llevaba diecinueve años siendo la única que lo miraba y ya me pesaba demasiado ser la única.
Pero en el fondo de la bolsa, envueltos aparte, en un sobre que yo misma había guardado años atrás y que la Guardia Civil me devolvía porque no tenían nada que ver con el caso, había otros negativos.
Los míos de verdad. Los que hice después.
Todos estos años yo había seguido fotografiando este mar, esta costa, sin poner nunca un pie en la isla, desde barcas, desde cabos, desde playas de enfrente, como quien fotografía la casa donde se murió alguien porque no se atreve a entrar y tampoco se atreve a irse del pueblo.
Rollos y rollos de agua. Y algunos, los últimos, sin revelar.
Sin mirar siquiera. Los había ido guardando en el fondo del sobre por la misma razón por la que había guardado los cuatro de 2005: por miedo a lo que pudiera salir.
Me metí en el coche. El volante quemaba.
Bajé las dos ventanillas, arranqué el aire, esperé a que la cabina dejara de ser un horno.
Y con el motor en marcha y el pueblo entrando por las ventanillas —la radio, los críos, la fritanga— me quedé mirando el sobre de negativos que tenía en el asiento del copiloto.
Podía tirarlos. Ahora que todo había salido, ahora que Rubén tenía por fin un nombre y Alba un juicio y yo una conciencia que ya no cabía en un sobre, podía perfectamente tirar aquellos rollos por la ventanilla, o quemarlos en casa,
o dejarlos otros veinte años en el fondo de un cajón hasta que la humedad los estropeara y decidieran por mí.
Nadie sabía que existían. Nadie me los iba a pedir.
Eran míos, solo míos, la última cosa de este verano que dependía únicamente de mí.
O podía revelarlos.
Es curioso el español. Tenemos una sola palabra para las dos cosas.
Se revela un carrete y se revela un secreto, y hasta este verano yo había pasado la vida entera haciendo la primera para no tener que hacer la segunda, metida en el cuarto oscuro con la luz roja y las cubetas, sacando a la luz la imagen de cualquier cosa que no fuera la única imagen que importaba.
Diecinueve años revelando el mar para no revelar lo que el mar tapaba.
Pasé el pulgar por el borde del sobre. Dentro había rollos de un mar que yo no había querido mirar, hechos por una mujer que no había querido mirarse.
A lo mejor no salía nada. A lo mejor eran solo olas, solo luz quemada, solo la costa temblando en el calor de doce agostos.
A lo mejor en alguno, sin darme cuenta, con el teleobjetivo, desde una barca, había cazado algo que no buscaba: la isla al fondo, esa roca de la que había huido y a la que no había dejado de dar vueltas, o alguna otra cosa que aquellos veranos me habían metido en el encuadre sin permiso,
esperando a que un día tuviera el valor de mirarla.
No lo iba a saber hasta que los revelara.
Metí primera. El coche se despegó del asfalto pegajoso con un ruido de ventosa.
Por el espejo retrovisor el muelle se fue quedando atrás, y el mar, y la mancha verde y gris de la isla temblando al fondo, hasta que una curva de la carretera de la costa se la llevó del espejo y ya no volvió a aparecer.
No aceleré para huir. Aceleré porque tenía sitio adonde ir. Tenía un cuarto oscuro esperando, y una luz roja, y unas cubetas, y un sobre de negativos en el asiento de al lado que llevaba doce años pidiéndome que lo mirara.
Los iba a revelar. Todos. Uno por uno, con la luz roja encendida, viendo aparecer despacio en el papel lo que hubiera que ver, sin apartar la vista esta vez, a la hora exacta en que se puede mirar. Que no es la absolución. Pero, después de veinte años de no mirar, se le parece lo justo.
Fin