28 Las formas de volver a casa #3
Lefèvre lo esperaba cerca de una ventana abierta hacia el jardín. La música llegaba desde afuera, más suave, mezclada con el ruido de las copas, los pasos sobre grava y la risa de Millie a lo lejos.
—¿Encontraste lo que buscabas? —preguntó Lefèvre.
Philip miró el libro que traía.
Leyó el título por primera vez.
—Aparentemente, un tratado sobre agricultura normanda.
Lefèvre alzó las cejas.
—No sabía que te interesara.
—Me interesan muchas cosas en circunstancias desesperadas.
Lefèvre sonrió.
Philip se colocó junto a él, demasiado cerca para ser casual y no lo suficiente para que cualquiera pudiera señalarlo. Ambos miraron hacia el jardín, desde allí se veía a los invitados bailando bajo las luces, pero la ventana los mantenía en una intimidad apenas prestada.
—Thiago y mademoiselle de Saint-Véran están ocupados destruyendo la biblioteca —dijo Philip.
—¿Debo preguntar?
—No si aprecias la imagen moral de la familia.
Lefèvre bebió un sorbo.
—Nunca la tuve demasiado alta.
Philip lo miró de reojo.
—Eso explica que sigas viniendo.
—Vengo por las noticias.
—Qué mentira tan pobre.
Lefèvre no respondió de inmediato, el aire entre ambos cambió, leve, suave, casi invisible.
Philip bajó la vista hacia la mano de Lefèvre, apoyada en el alféizar, sus dedos estaban cerca, demasiado cerca.
No se tocaron, no allí, no con el jardín lleno de ojos y los salones llenos de apellidos, pero Philip movió apenas la mano, lo suficiente para que el dorso de sus dedos rozara el de Lefèvre durante un segundo.
Un segundo nada más. Lefèvre no se apartó.
—Tu hermana está vigilándote —murmuró.
Philip miró hacia abajo y vio a Millie observándolos desde su silla, con una expresión de sospecha triunfante.
—Mi hermana vigila a todos, es su forma de respirar.
—¿Y tú?
—Yo sobrevivo a ella.
Lefèvre sonrió.
—¿Solo a ella?
Philip volvió a mirar sus manos, todavía cercanas.
—No.
La respuesta fue baja. Lefèvre giró apenas el rostro hacia él, no hubo beso, no podía haberlo, pero sus miradas se sostuvieron con una ternura tan contenida que, por un instante, pareció más íntima que cualquier contacto.
—Algún día —dijo Philip.
Lefèvre no preguntó qué, no hizo falta.
—Algún día —respondió.
En otro rincón de la casa, Brand y Elizaveta se encontraron lejos del ruido.
Ella había salido al invernadero. No para huir esta vez, sino para respirar.
El lugar estaba iluminado por lámparas pequeñas y cubierto de plantas húmedas, helechos, orquídeas, cítricos en macetas y rosas tardías que los Vauclerc presumían con orgullo.
El aire olía a tierra tibia, hojas verdes, flores blancas y vidrio mojado por la noche.
Desde la fiesta llegaba la música como un recuerdo.
Elizaveta estaba junto a una mesa de mármol, una mano sobre el vientre, la otra rozando una hoja oscura.
Brand entró despacio.
—¿Puedo?
Ella no se volvió.
—Ya entraste.
—Puedo salir.
Elizaveta guardó silencio.
Brand esperó.
Finalmente, ella dijo:
—Quédate.
Él cerró la puerta detrás de sí, se acercó, pero no demasiado.
Había aprendido. Elizaveta miraba las plantas como si no supiera por dónde empezar.
Llevaba horas sosteniéndose con dignidad: frente a la sociedad, frente a Elettra, frente a la familia.
Pero allí, lejos de todos, la rigidez de sus hombros empezaba a ceder.
—La boda fue hermosa —dijo ella.
—Sí.
—Camille parecía feliz.
—Nick también.
Elizaveta asintió.
—Es extraño ver a alguien conseguir exactamente lo que quería.
Brand la miró.
—¿Eso te entristece?
—No. Me desconcierta.
Él avanzó un paso.
—Elizaveta.
Ella cerró los ojos.
—Me asusté.
La confesión salió baja. Brand se quedó quieto.
—Cuando Elettra me dijo que estaba embarazada de ti, me asusté. No solo por el niño. No solo por el escándalo. Me asusté porque por un momento todo tuvo sentido.
—No era verdad.
—Lo sé ahora.
—Nunca fue verdad.
Ella giró hacia él.
—Pero yo pude creerlo, Brand. Y eso es lo que más me duele.
Él bajó la mirada.
—Porque salí a escondidas.
—Porque me escondiste algo que sabías que podía herirme.
Brand asintió.
—Sí.
Elizaveta lo observó.
—No necesito que seas perfecto.
La frase lo sorprendió.
—No sé si alguien podría acusarme de eso últimamente.
—No bromees.
Él guardó silencio. Ella dio un paso hacia él.
—No necesito que seas perfecto, necesito saber dónde estás parado. Necesito no despertarme un día y descubrir que todo el mundo sabía algo de mi vida menos yo. He vivido demasiado tiempo dependiendo de lo que otros decidían ocultarme por mi bien.
Brand sintió el golpe de la frase.
—Tienes razón.
—Lo sé.
Casi sonrió, pero no lo hizo.
—Y yo también debo decirte la verdad —continuó ella—. No sé confiar. No sé hacerlo de manera bella. No sé mirar una herida y esperar a que no duela. Si algo amenaza lo poco que tengo, mi primer impulso será adelantarme a esa herida y quizá provocarla primero.
—Lo sé.
—No digas lo sé como si eso fuera fácil o digerible.
—No lo es. —Brand se acercó un poco más—. Pero quiero aprender a vivir con eso. No para dejarte igual, ni para justificar cualquier herida que causes, sino para no huir cada vez que descubra que amar a alguien también implica conocer sus peores mecanismos.
Elizaveta lo miró, la palabra amar quedó allí, no dicha del todo.
Pero respirando.
—¿Eso es lo que haces? —preguntó ella—. ¿Amarme?
Brand no respondió de inmediato, no quería mentir.
Tampoco quería reducir a una palabra todo lo que ella le provocaba.
El deseo, la ternura, el miedo, la paz, la rabia, la necesidad de protegerla, la admiración por su inteligencia, la desesperación de verla llorar, la risa que le despertaban sus amenazas absurdas, el modo en que su ausencia le había parecido una casa vacía.
—Siento algo importante por ti —dijo al fin—. Más importante que cualquier cosa que haya sentido antes.
Elizaveta respiró hondo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única honesta que tengo ahora.
Ella bajó los ojos. Brand se acercó y le tomó la mano.