La última elección 28 Las formas de volver a casa #4
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28 Las formas de volver a casa #4

—Pero cuando pensé que podía perderte, entendí que no era el deber lo que me asustaba.

Ni el apellido. Ni el niño, aunque lo amo ya de una forma que no sé explicar.

Eras tú. La posibilidad de no verte en mi cama, de no oírte insultarme por preocuparme demasiado, de no sentir que buscas mi pecho cuando tienes miedo.

La posibilidad de que tu vida siguiera lejos de la mía.

Elizaveta se quedó inmóvil.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Yo también siento algo importante por ti —susurró.

Brand le acarició los dedos.

—¿Sí?

—No lo digas con esa sorpresa, es humillante para ambos.

Él casi sonrió.

Ella continuó:

—No sé si es amor como lo dicen las mujeres que nunca han tenido que aprender a dormir con un ojo abierto.

No sé si mi corazón sabe hacerlo sin convertirlo en miedo, pero cuando no estás, algo en mí busca dónde defenderse y cuando estás…

no siempre dejo de tener miedo, pero a veces puedo soltar el cuchillo.

Brand cerró los ojos un instante.

—Eso me basta.

—No debería.

—Me basta para empezar.

Elizaveta lo miró.

—No quiero ser una guerra para siempre.

Brand se acercó y apoyó la frente contra la suya.

—Entonces construiremos otra cosa.

—No sé construir.

—Yo tampoco.

—Eres Charpentier. Seguro naciste sabiendo construir imperios.

—Eso no es lo mismo que construir paz.

Ella soltó una risa pequeña, temblorosa.

Brand levantó las manos y le tomó el rostro.

—No más secretos de ese tipo.

—No más salir a ver mujeres que me odian sin avisarme.

—No más.

—Y no vuelvas a ponerme detrás de ti como si no pudiera mirar a alguien a la cara sin derrumbarme.

—Lo hice por instinto.

—Lo sé.

—No se repetirá si no lo quieres.

Elizaveta apoyó una mano sobre el pecho de él.

—A veces sí lo quiero.

—¿Entonces? —Brand arqueó una ceja.

—Pregúntame primero.

Él sonrió.

—De acuerdo.

Ella miró su boca.

—Ahora puedes besarme.

Brand no necesitó más. El beso fue distinto al de la boda, distinto al de la reconciliación ansiosa, distinto a los que habían nacido del miedo.

Este tuvo una dulzura más honda. Una rendición menos urgente.

Elizaveta se acercó a él con las manos en su cuello, y Brand la rodeó por la cintura, cuidando el vientre entre ambos como parte de aquel abrazo, no como obstáculo.

—Vayamos a casa —murmuró él contra sus labios.

Elizaveta negó apenas.

—Todavía no.

Lo tomó de la mano. Los Vauclerc tenían una pequeña estancia junto al invernadero, preparada para descansar durante las fiestas largas: un diván amplio, mantas, una lámpara baja, cortinas cerradas hacia el jardín. Allí la música llegaba apenas. Allí el mundo parecía menos capaz de interrumpir.

Brand cerró la puerta.

—Elizaveta…

—Estoy segura.

Él la miró con atención y ella deshizo despacio los guantes, luego levantó las manos hacia él.

Brand la ayudó con los botones del vestido, la besó en cada pausa, en los hombros, en la nuca, en la curva de la mejilla.

Elizaveta dejó que la tela cayera con una calma nueva, sin convertir su belleza en desafío ni su desnudez en arma.

Brand la miró como si aún le costara creer que ella estuviera allí por elección.

Le acarició el vientre.

—Nuestra familia está aquí —dijo ella en voz baja.

Brand apoyó la mano sobre la suya.

—Sí.

La amó con ternura. Despacio. Sin la desesperación de demostrar nada, sin el miedo de perderla en cada movimiento.

Elizaveta se entregó a él con una suavidad que no eliminaba su fuerza; al contrario, la volvía más clara.

Brand la besó hasta que la fiesta desapareció, hasta que París dejó de existir, hasta que solo quedaron la respiración de ambos, el roce de sus pieles, las palabras dulces dichas a medias, la promesa silenciosa de no volver a dejar que otro dolor hablara por ellos y cuando el placer llegó, Elizaveta no se escondió, lo miró y Brand sintió que esa mirada era más íntima que cualquier caricia.

Después quedaron dormidos un rato. No mucho. Lo suficiente para que la noche los encontrara abrazados sobre el diván, cubiertos por una manta, con el cuerpo de Elizaveta descansando contra el de Brand y su mano sobre el vientre donde el niño dormía con ellos.

Brand despertó primero, Elizaveta respiraba tranquila. Sonrió. La besó en el cabello y solo entonces ella abrió los ojos, somnolienta.

—¿Nos perdimos la fiesta?

—Un poco.

—Qué lástima.

—No suenas arrepentida.

—No lo estoy.

Brand la abrazó más fuerte, por primera vez en mucho tiempo, no sintió que algo faltaba. Elizaveta, medio dormida, cubrió su mano con la suya sobre el vientre.

—Estamos completos —murmuró.

Brand cerró los ojos.

—Sí.

Nick y Camille habían empezado su vida entre risas y devoción.

Thiago había encontrado una mujer que no le pedía ser refugio, sino posibilidad.

Philip, desde las sombras, sostenía una promesa que algún día quizá podría decirse en voz alta.

Elettra, herida y equivocada, comenzaba a buscar una forma de reparar y ellos, Brand y Elizaveta, no estaban curados, no estaban limpios de miedo, no eran simples, pero estaban allí, juntos, con un hijo entre ambos y una paz que ya no parecía imposible.

Afuera, la fiesta seguía, dentro, bajo una manta tibia y lejos de los ojos de París, una familia terminaba de nacer.