La última elección 28 Las formas de volver a casa #2
96%

28 Las formas de volver a casa #2

Nick la siguió como si hubiera perdido cualquier otro destino.

Se besaron entre las sábanas con una mezcla de torpeza dulce y deseo creciente.

Camille le acarició el rostro, el cuello, los hombros.

Nick besó sus manos, sus muñecas, el interior de sus brazos, como si hubiera jurado aprenderla en silencio antes de atreverse a pedir más.

Le preguntó si estaba bien tantas veces que ella terminó riendo contra su boca, incapaz de seguir con esa dinámica.

—Nick.

—¿Qué?

—Si vuelves a preguntar, pensaré que necesitas instrucciones.

Él apoyó la frente en la suya.

—Las necesito.

Camille lo miró con ternura.

—Entonces escucha.

Le tomó la mano y la llevó a su cintura, luego a su espalda, luego lo besó con una claridad que no dejaba espacio a dudas.

Nick entendió, la amó despacio, con devoción, sin convertir la noche en conquista.

Sus caricias fueron pacientes, sus besos constantes, su voz baja y rota junto a su oído.

Camille tembló al sentirlo tan cerca, no por miedo, sino porque cada gesto parecía abrir una puerta nueva dentro de ella.

El cuerpo de Nick era cálido, firme, vivo bajo sus manos, su ternura la envolvía, su deseo la encendía y cuando por fin estuvieron unidos, Camille se aferró a él con un pequeño sonido que Nick recibió como si le hubieran confiado algo sagrado que requería de toda su devoción.

—Mírame —murmuró él.

Ella lo hizo y allí, en esa mirada, comprendió que no estaba perdiendo nada de sí misma… Estaba empezando.

Nick la besó mientras se movía con cuidado, atento a cada respiración, a cada tensión, a cada forma en que ella pronunciaba su nombre.

Hubo risas pequeñas, hubo suspiros, hubo un momento en que Camille tuvo que ocultar el rostro en su hombro y Nick le acarició el cabello, diciéndole palabras absurdamente dulces, algunas hermosas, otras torpes, todas verdaderas.

Cuando el placer los alcanzó, no fue como un trueno, fue como una ola tibia, una rendición.

Camille lloró un poco después, sin saber por qué.

Nick se alarmó.

—¿Te hice daño?

Ella negó, sonriendo entre lágrimas.

—No.

—¿Entonces?

—Soy feliz.

Nick la miró, se le rompió la expresión.

—Ah, Camille.

La abrazó con tal fuerza que ella volvió a reír. Más tarde, quedaron dormidos, desnudos, abrazados.

El cuerpo de Camille descansaba sobre el de Nick, una pierna entre las suyas, una mano sobre su pecho.

Él la rodeaba con ambos brazos, el rostro hundido en su cabello, como si dormir también fuera una manera de prometer que no se iría.

La habitación olía a flores, piel, champaña olvidada y lavanda en las sábanas.

La luna entraba por la ventana, sobre la mesa, las copas seguían vacías, no habían necesitado brindar.

El matrimonio, esa noche, había hablado por ellos.

En la biblioteca de los Vauclerc, Thiago y Héloïse se habían escapado de la fiesta con la discreción de dos personas que no se consideran fugitivas, sino lectores con prioridades.

La biblioteca era uno de los espacios más hermosos de la casa.

Menos ostentosa que los salones, más verdadera.

Los estantes llegaban casi al techo, llenos de volúmenes en cuero, novelas modernas, poemarios, tratados de arte y algunas primeras ediciones que el padre de Camille exhibía sin haber leído.

Olía a papel viejo, madera encerada, tabaco apagado y el perfume tenue de las gardenias que llegaba desde el corredor.

Thiago estaba sentado en un sillón bajo, con una copa olvidada sobre una mesa cercana. Héloïse ocupaba el diván junto a él, con un ejemplar de La dama de las camelias abierto sobre el regazo.

—Siempre me pareció injusto —decía ella— que los hombres puedan arruinarse por amor y ser considerados trágicos, mientras que las mujeres, si desean con demasiada fuerza, deben morir para ser perdonadas por la falta a la razón y al pudor.

Thiago sonrió.

—Dumas hijo no era precisamente conocido por su generosidad con la libertad femenina.

—Ninguno de ellos lo era, por eso debemos leerlos con un cuchillo pequeño en la manga del vestido.

—Eso suena a consejo de Millie.

—Millie habría dicho que el cuchillo debe ser grande.

Thiago rió. Héloïse lo miró por encima del libro.

Esa risa era una de las razones por las que había vuelto a París sin pensarlo demasiado cuando Millie le escribió.

No solo la risa en sí, sino lo que hacía en el rostro de Thiago: le quitaba años de obediencia, de tristeza contenida, de bondad usada por otros como refugio. Lo volvía más joven, más suyo.

Ella cerró el libro.

—Las mujeres son igual de sensibles que los hombres —dijo—. Quizá más de lo que debería admitir de momento y en mi condición.

Thiago la miró.

—No lo dudo.

—Pero nos enseñan a guardarlo, a esconder el deseo detrás de abanicos, el enojo detrás de educación, la inteligencia detrás de una sonrisa y el amor detrás de la espera.

Se acercó un poco y Thiago no se movió.

El corazón le aceleró de una forma inesperada, casi absurda. Héloïse estaba demasiado cerca, el encaje de su vestido rozaba el brazo del sillón; sus ojos, bajo la luz de la lámpara, tenían un brillo cálido, decidido. Olía a iris, papel y vino dulce.

—Pero algunas mujeres —continuó ella— sabemos perfectamente cómo hacérselo saber al hombre que nos gusta.

Thiago frunció el ceño, no por rechazo, por sorpresa.

—Héloïse…

—No pongas esa cara de caballero a punto de pedir disculpas por el mero hecho de existir.

—No quiero faltarte al respeto.

Ella sonrió.

—No soy igual a ninguna mujer que hayas conocido antes, Thiago.

—Eso lo he notado.

—Yo expreso lo que siento.

Él tragó saliva y Héloïse se inclinó más hacia él.

—Y lo que siento es que te quiero, lo he hecho desde que te conocí. Te deseo, cada día más. Y quiero pasar mi vida entera junto a ti.

Thiago se quedó sin voz.

Había recibido declaraciones veladas, miradas, insinuaciones, silencios cargados.

Pero aquello era otra cosa, no una súplica ni una estrategia, ni siquiera una trampa.

Era Héloïse colocándole el corazón en la mano con una audacia que no parecía temer el rechazo, porque incluso el rechazo, en su mundo, merecía ser enfrentado de pie.

—No tienes que responder ahora —dijo ella.

—Yo…

—Pero sí tienes que dejar de mirarme como si acabara de anunciar una revolución —elevó ambas cejas y apretó una sonrisa traviesa.

—¿No lo hiciste?

Ella rio y lo besó.

Thiago se quedó inmóvil solo un segundo, luego respondió, no con la timidez de un hombre dudoso, sino con la fuerza contenida de quien había estado demasiado tiempo reteniendo el deseo por miedo a equivocarse de mujer.

La mano de Héloïse subió a su nuca. Thiago la atrajo hacia él, primero con cuidado, luego con una urgencia que la hizo soltar un sonido leve contra su boca.

El libro cayó al suelo, ninguno de los dos lo recogió.

Héloïse se levantó del diván y se sentó sobre el borde del sillón, casi junto a él. Thiago la tomó por la cintura para evitar que perdiera el equilibrio, pero el gesto los acercó más. Ella sonrió contra sus labios.

—Ahí estás —murmuró.

Él volvió a besarla.

La pasión creció rápido, como si hubiera estado esperando una puerta abierta.

Thiago le acarició la espalda, los brazos, el rostro.

Cada movimiento suyo conservaba esa delicadeza que lo hacía él, pero debajo de ella había fuego.

Héloïse lo sintió en la forma en que sus dedos temblaban sobre la seda de su vestido, en cómo se contenía para no tomar más de lo que ella ofrecía, en la respiración irregular que intentaba dominar sin éxito.

Ella le desabrochó un botón del cuello.

Thiago la sujetó por la muñeca.

—Héloïse.

—¿Sí?

—Estamos en una biblioteca.

—Lo sé. Eso mejora considerablemente el momento.

—En una boda.

—También lo sé.

—Podría entrar alguien.

—Entonces apresúrate a decidir si vas a seguir besándome o si vas a pronunciar un discurso sobre la prudencia.

Thiago la miró, sus ojos estaban oscuros.

—Eres un peligro.

—Y tú eres demasiado lento.

Él la besó otra vez, en esa vez con menos cautela.

Héloïse respondió con una alegría feroz, con manos vivas, con una entrega que no pedía permiso para ser intensa.

Thiago la levantó apenas para acomodarla mejor, y ella rió contra su boca.

Esa risa lo terminó de perder. La besó en la mandíbula, en el cuello, en el nacimiento del hombro, y Héloïse cerró los ojos, aferrándose a su cabello.

—Thiago —susurró.

Él se detuvo de inmediato.

—¿Te hice daño?

Ella abrió los ojos.

—No seas tonto.

La puerta se abrió.

Ambos se separaron con una rapidez casi cómica.

Philip entró con un vaso en la mano. Se detuvo. Miró el libro en el suelo, miró a Héloïse con el cabello algo desordenado, miró a Thiago, que parecía haber perdido una batalla contra su propia compostura. Philip parpadeó.

—Buscaba… un libro.

Thiago se puso de pie, demasiado recto.

—¿Cuál?

Philip observó un estante al azar.

—Uno con páginas.

Héloïse se cubrió la sonrisa con los dedos.

Philip caminó hacia una repisa, tomó el primer volumen que encontró, lo miró sin leer el título y asintió con solemnidad.

—Aquí está.

Thiago cerró los ojos.

—Philip.

—No he visto nada.

—Claramente has visto algo.

—He visto literatura caer al suelo. Sucede cuando la pasión por la lectura se vuelve excesiva.

Héloïse soltó una carcajada.

Philip se dirigió a la puerta, pero antes de salir, miró a Thiago.

—Cinco minutos. Luego regresen a la fiesta antes de que Millie venga a buscarlos. Ella sí haría preguntas.

Salió, la puerta se cerró y hubo un silencio.

Luego Héloïse le guiñó un ojo a Thiago.

—No seas tonto. Apúrate.

—¿Apurarme?

—En decidir no tener miedo.

Él la miró. Ella se acercó y le acomodó el cuello de la camisa con una ternura inesperada.

—Aquí no habrá rechazo, Thiago. Jamás lo hubo.

La frase le entró despacio. Como luz.

Thiago le tomó la mano y la besó.

—Entonces tendré cuidado con no tardar demasiado en creerlo.

Héloïse sonrió.

—Eso me parece aceptable.

En el corredor, Philip caminó con el libro todavía en la mano y una sonrisa discreta.