28 Las formas de volver a casa
La fiesta de bodas de Nicholas Charpentier y Camille de Vauclerc tuvo el brillo de las cosas que han estado a punto de romperse y, por eso mismo, resplandecen con más obstinación.
El jardín de los Vauclerc se llenó de luz dorada cuando la tarde empezó a caer.
Las guirnaldas entre los árboles se encendieron una a una, como luciérnagas disciplinadas por criados con buen gusto.
El aire olía a rosas blancas, azahar, hierba húmeda y champaña derramada en alguna mesa por un invitado demasiado entusiasmado.
Desde el salón llegaba el perfume tibio de los platos: codornices en salsa de vino, pan de mantequilla, almendras tostadas, frutas confitadas, crema de vainilla y café recién molido.
París, esa tarde, parecía haber decidido conceder una tregua.
La música empezó con un vals, por respeto a los mayores, pero no tardó en deslizarse hacia ritmos más modernos.
Un pequeño conjunto de jazz, contratado por Camille con una audacia que hizo carraspear a su padre y sonreír a Nick, tocaba cerca de los ventanales.
El clarinete se elevaba como una risa traviesa sobre el murmullo de los invitados, y el piano marcaba un compás que hacía que hasta las tías más rígidas movieran los dedos dentro de los guantes.
Nick no soltaba a Camille.
Ni siquiera cuando debía.
La llevaba de una conversación a otra con la mano en su cintura, como si temiera que el mundo, al distraerse, pudiera devolverla a algún tiempo donde ella no era suya.
Camille fingía molestarse, pero cada vez que él inclinaba el rostro hacia ella, la sonrisa le traicionaba el intento.
—Me estás mirando demasiado —le dijo mientras bailaban.
Nick la hizo girar bajo las luces.
—Soy un hombre recién casado. Tengo derechos.
—También tienes invitados.
—Los invitados pueden mirarse entre ellos.
—Tu madre te está buscando.
—Mi madre me ha visto demasiadas veces, pero tú eres una novedad legal que no pienso desperdiciar.
Camille rió.
Nick sintió la risa de ella contra su mano, en el pequeño movimiento de su espalda, en el modo en que sus ojos se levantaron hacia los suyos sin miedo.
Era ese gesto el que lo desarmaba, no la belleza del vestido, ni el velo, ni el zafiro, ni el hecho de que media sociedad parisina la estuviera mirando con la aprobación tardía que merecía desde antes.
Era esa confianza nueva. Camille ya no lo miraba como a un hombre que podía romperle el corazón por distracción.
Lo miraba como a un hombre capaz de cuidarlo si se le entregaba.
Aquello era más que amor, era un honor.
—Estás muy serio —murmuró ella.
Nick bajó la voz.
—Estoy pensando.
—Eso sí es grave.
—Estoy pensando que hoy, por primera vez en mi vida, nadie me parece más interesante que la persona que tengo delante.
Camille lo observó, el rubor le tocó las mejillas.
—Nicholas Charpentier diciendo algo sincero en plena pista.
—No lo difundas, arruinaría mi reputación.
Ella acercó un poco más el rostro al suyo.
—Tu reputación ya me pertenece.
Nick sonrió.
—Entonces haz con ella algo decente.
—Lo intentaré.
Él la atrajo con más cuidado. No como quien posee, sino como quien sostiene algo que por fin comprendió precioso. Camille apoyó la mano en su hombro y dejó que la música los llevara.
A su alrededor, la familia parecía respirar mejor.
Alice lloraba cada cierto tiempo y luego fingía que era por el perfume de las flores.
William conversaba con el padre de Camille con una cortesía menos tensa que otras veces.
Millie, sentada por obligación junto a De Valois, criticaba la calidad de la orquesta con demasiada energía para alguien que debía guardar reposo.
Thiago sonreía con Héloïse en una mesa, y Brand permanecía junto a Elizaveta como si la noche entera dependiera de no alejarse demasiado de ella, pero aquella fiesta pertenecía a Nick y Camille.
Y ambos lo sabían.
Después del primer baile, vino el brindis.
Nick hizo reír a todos al declarar que Camille había demostrado un valor admirable al casarse con él “sin exigir primero una garantía escrita de buen comportamiento”.
Camille respondió que no la había exigido porque ninguna garantía era creíble si estaba firmada por un Charpentier.
William casi se atragantó con el champaña.
Philip aplaudió con solemnidad burlona. Alice dijo que alguien entendía a la familia.
Más tarde, cuando la noche estuvo más avanzada y los invitados se entregaron a la música, Nick llevó a Camille a un rincón del jardín, cerca de una fuente pequeña.
—¿Estás feliz? —preguntó.
Camille lo miró. Él lo preguntaba con aparente ligereza, pero su pulgar le acariciaba la mano con nerviosismo.
—Sí.
—¿Segura?
—Nick.
—Necesito oírlo muchas veces. Soy un esposo nuevo, todavía no entiendo el funcionamiento.
Ella tomó su rostro entre las manos.
—Estoy feliz.
Nick cerró los ojos un instante.
Camille se puso de puntillas y lo besó.
Fue un beso breve, pero él lo recibió como si le hubieran concedido otra ceremonia secreta. La rodeó por la cintura, hundiendo el rostro un segundo en el hueco de su cuello.
—Quiero hacerte feliz —murmuró.
Camille le acarició el cabello.
—Entonces empieza por no pisarme el vestido.
Nick levantó la cabeza, ofendido.
—Eso fue una vez.
—Tres.
—Dos y media.
—¿Media?
—La última fue culpa de un niño que cruzó corriendo.
—No había niños cerca.
—Entonces fue un niño metafórico.
Camille rió contra su pecho y Nick pensó que, si aquel sonido podía ser suyo durante el resto de la vida, tal vez él también podía aprender a ser un hombre mejor.
La fiesta continuó hasta que la noche se volvió profunda.
Los últimos invitados se quedaron en los salones, bebiendo café, licor y pequeñas copas de Chartreuse.
Algunos hombres hablaban de política con la voz más alta de lo necesario; dos mujeres discutían sobre vestidos de Chanel; un pintor joven intentaba convencer a Millie de que su próximo artículo debía tratar sobre la muerte de la belleza clásica, y Millie le respondió que la belleza clásica no estaba muerta, solo aburrida de hombres como él.
Nick y Camille se retiraron entre arroz, risas, bromas de mal gusto de Philip y una mirada de Alice tan llena de ternura que Camille tuvo que bajar la vista para no llorar.
Su nueva habitación estaba iluminada por lámparas bajas, no era la de la mansión Charpentier, sino una estancia preparada en la casa de los Vauclerc para la noche de bodas antes de que la pareja partiera unos días después.
Había flores blancas sobre la cómoda, sábanas limpias con olor a lavanda, una botella de champaña sin abrir y una bandeja con frutas, pastelillos y dos copas de cristal.
Camille entró primero.
Nick cerró la puerta detrás de ellos.
El silencio cambió.
Afuera aún quedaban risas, música amortiguada, pasos lejanos.
Pero dentro de la habitación todo parecía más lento, más íntimo.
El vestido de Camille ocupaba espacio como una nube blanca, y Nick, de pie junto a la puerta, la miró como si acabara de entender que la ceremonia no terminaba con los aplausos.
Ahora empezaba otra promesa.
Camille se volvió hacia él.
—¿Por qué te quedas ahí?
Nick tragó saliva.
—Porque si avanzo demasiado rápido, quizá olvide cómo ser digno.
Ella sonrió con suavidad.
—No tienes que actuar.
—Eso es terrible. Actuar era mi mejor talento.
—No conmigo.
Nick se acercó despacio. Se detuvo frente a ella y levantó una mano hacia su velo. Camille inclinó la cabeza para permitirle retirarlo. Sus dedos, siempre tan seguros cuando bromeaba, temblaron apenas al deshacer las horquillas.
—Estás nervioso —susurró ella.
—Estoy casado con la mujer que más deseo en el mundo y, por primera vez, no quiero arruinar nada. Sí, estoy nervioso.
La sinceridad le tocó el pecho.
Camille puso una mano sobre la suya.
—Yo también.
Nick la miró.
—¿Sí?
Ella asintió.
—No por ti, contigo me siento segura.
A Nick se le aflojó el rostro de un modo casi doloroso.
—Camille…
—Pero es nuevo y quiero recordarlo bien.
Él tomó sus manos y las besó.
—Entonces iremos despacio.
La ayudó con los botones del vestido, uno por uno, no hubo prisa.
Nick permaneció detrás de ella, apartándole el cabello hacia un lado, rozando con los labios la nuca de vez en cuando, como si cada botón deshecho mereciera un gesto de adoración.
Camille cerró los ojos, sintió sus dedos en la espalda, el calor de su respiración, la suavidad de sus besos, y algo dentro de ella empezó a confiar de una forma distinta y cuando el vestido cayó alrededor de sus pies, Nick no habló.
La miró en el espejo.
Camille se habría sentido expuesta con cualquier otro hombre. Quizá incluso con el Nick de antes, con aquel joven que no sabía ver sin distraerse con otra luz, pero el Nick que la miraba ahora tenía los ojos húmedos de devoción, no de triunfo.
—Eres preciosa —dijo.
Ella bajó la mirada.
—No lo digas como si fueras a llorar otra vez.
—No estoy llorando.
—Casi.
—Es una humedad aristocrática.
Camille rió, y la risa deshizo el último hilo de miedo.
Se volvió hacia él y empezó a desabotonarle la camisa. Nick la dejó hacerlo, quieto, respirando con dificultad cada vez que sus dedos rozaban su piel. Ella le quitó la chaqueta, luego el chaleco, luego la camisa. Al verlo así, vulnerable bajo la luz dorada, Camille levantó la mano y tocó su pecho.
Nick cerró los ojos.
—¿Puedo besarte? —preguntó ella.
Él abrió los ojos, sorprendido, luego sonrió.
—Camille, soy tu marido. Si no me besas, tendré que quejarme por escrito y si pides permiso, me molestaré contigo.
Ella lo besó. Al principio con timidez, después con más decisión.
Nick la recibió sin imponer nada, con las manos abiertas sobre su cintura, esperando cada señal, cada movimiento.
Camille sintió que él la deseaba; era imposible no sentirlo, pero también sintió su cuidado, esa forma nueva de contener la urgencia para que ella no tuviera que temerla.
Lo llevó hacia la cama.