27 La novia y los escándalos #2
Entonces Thiago levantó la vista y la vio. Nick siguió su mirada. Elizaveta acababa de llegar, el jardín pareció perder sonido durante un instante, estaba preciosa, más hermosa que nunca.
Llevaba un vestido claro, de un tono entre marfil y oro pálido, que hacía resaltar la curva de su embarazo con una elegancia casi sagrada.
El cabello negro estaba recogido bajo un sombrero delicado, y en su rostro había una palidez suave, no débil, sino contenida.
Parecía una mujer que había llorado y luego había decidido que el mundo no merecía ver las marcas, Alekséi no estaba a su lado, tampoco Pavel, había llegado sola hasta la entrada del jardín y buscaba a Brand.
Brand no se había dado cuenta.
Nick le dio un golpe discreto en el brazo.
—Mira.
Brand giró, la vio y todo lo demás dejó de existir.
Abandonó su lugar sin pedir permiso, sin mirar a los invitados, sin importar que media sociedad parisina estuviera observando cada paso. Caminó hacia ella con una urgencia apenas contenida. Cuando llegó, Elizaveta levantó el rostro.
Brand la besó en los labios frente a todos, no un beso largo, pero sí absoluto. Uno que no preguntaba a la sociedad si era conveniente, uno que no intentaba reparar reputaciones, sino encontrar de nuevo un cuerpo amado en medio de una multitud hostil.
Elizaveta se avergonzó, el rubor le tocó las mejillas y bajó la mirada.
—Brand…
Él la abrazó.
—Viniste.
—Es la boda de tu hermano.
—Viniste —repitió, como si eso fuera lo único real.
Los murmullos cambiaron de forma. Brand no los oyó. Para él no había jardín, invitados, flores ni sillas. Solo Elizaveta, tibia bajo sus manos, con el vientre entre ambos y la respiración todavía algo temblorosa. Le tomó el rostro.
—¿Me crees?
Elizaveta lo miró, estaba por responder, pero Elettra se acercó. Brand la vio de reojo y reaccionó por instinto al colocar a Elizaveta detrás de él, protegiéndola de lo que pudiera pasar.
—Por favor, márchate.
Elettra se detuvo. Elizaveta, sin embargo, apoyó una mano en el brazo de Brand y se adelantó.
—No.
Brand la miró.
—Elizaveta.
—No me escondas.
Ella quedó frente a Elettra. Ambas mujeres se miraron bajo la luz blanca de la mañana, entre flores de boda y una sociedad demasiado hambrienta de drama para fingir indiferencia.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó Elizaveta.
Elettra tragó saliva.
Por primera vez, no parecía estar buscando un arma.
—Lamento haberte dicho aquello.
Elizaveta no parpadeó.
—¿Qué parte?
Elettra bajó los ojos un segundo, luego los levantó.
—Era mentira. El hijo que llevo no es de Brand.
Elizaveta se quedó quieta.
Brand también.
—Las veces que lo vi —continuó Elettra, con la voz más baja— fueron por casualidad. En la escuela. O porque debía hablar con él por asuntos administrativos. Y aquella tarde en el hotel. Nada más. Jamás hubo nada más.
Elizaveta frunció el ceño, miró a Brand, pero él parecía tan sorprendido como ella y, sin embargo, en su sorpresa no había culpa oculta. Solo incredulidad, alivio y algo parecido a dolor por todo lo que aquella mentira había causado.
Brand avanzó un paso, tomó a Elizaveta por la cintura y la acercó a él, no para protegerla esa vez, sino para sostenerla donde todos pudieran verla: a su lado.
—Gracias por esclarecerlo —dijo a Elettra.
La frase fue cortés, fría y final.
Elettra asintió, sonrió apenas, una sonrisa triste que no pedía perdón suficiente porque sabía que no lo merecía todo, luego se apartó y fue a tomar asiento.
El jardín permaneció suspendido un segundo.
Entonces Nick, desde el frente, levantó la voz:
—Bien. Si el drama familiar ha terminado por los próximos diez minutos, me gustaría casarme antes de que alguien descubra otro secreto entre los canapés.
Algunas personas rieron.
Camille, desde el interior de la casa, aún no había entrado, pero Alice cerró los ojos con alivio y William murmuró algo sobre que Nick había heredado lo peor de todos.
La ceremonia comenzó, la música se alzó, los invitados se pusieron de pie y entonces entró Camille.
Nick olvidó respirar.
La vio aparecer al final del pasillo, tomada del brazo de su padre, envuelta en luz, seda, velo y una serenidad que no había tenido cuando la conoció.
El vestido se movía alrededor de ella como agua clara, el zafiro brillaba en su mano, sus ojos buscaron los de Nick, y al encontrarlos, sonrió, no con timidez, con promesa.
Nick sintió que algo se le abría en el pecho. Asintió, como si ella hubiera dicho algo sin palabras. Sí. Sí, era ella. Sí, desde ese día no habría un solo segundo en el que no quisiera hacerla feliz.
No siempre sabría cómo, probablemente se equivocaría con frecuencia, diría demasiado, bromearía en el peor momento, convertiría sus nervios en insolencia y necesitaría que ella lo mirara con paciencia cuando su viejo papel de dolor de cabeza intentara volver, pero querría hacerla feliz, con torpeza, con devoción, con todo.
Camille llegó a su lado y lo miró.
—¿Vas a llorar?
Nick tragó saliva.
—Podría.
Ella sonrió.
—Qué escándalo.
—Quizá espere a cuando pueda besarte, para darle estructura.
Camille bajó la mirada para no reír.
La ceremonia transcurrió con esa mezcla de solemnidad y temblor que tienen las promesas importantes, las palabras fueron pronunciadas, las familias miraron, Alice lloró sin esconderlo, William se mantuvo rígido hasta que Camille dijo sí, y entonces su mandíbula tembló apenas.
Philip observó a Nick con una ternura burlona.
Thiago sonrió en silencio y Héloïse le rozó la mano.
Millie fingió que no estaba emocionada y De Valois le ofreció un pañuelo sin comentario alguno.
Brand permaneció junto a Elizaveta, no la soltó.
Elettra, sentada más atrás, miró al frente con los ojos húmedos. Philip, unas sillas lejos, la observó un instante y luego volvió la vista a la ceremonia, no era perdón, no todavía, pero era el principio de una responsabilidad compartida.
Cuando llegó el momento, Nick tomó el rostro de Camille.
—Ahora sí —murmuró.
Ella apenas pudo responder antes de que la besara, fue un beso con devoción, no el beso rápido de un hombre impulsivo ni el gesto público de un novio satisfecho, fue un beso que parecía pedir perdón por todos los años perdidos y prometer todos los venideros.
Camille tembló bajo sus manos, sorprendida por la intensidad que la atravesó de pronto.
No era como los besos anteriores. No era juego, ni reconciliación, ni deseo robado en un jardín.
Era inicio, una vida entera abriéndose.
Cuando se separaron, Nick apoyó la frente contra la suya.
—Madame Charpentier —susurró.
Camille sonrió.
—Compórtate.
—Imposible.
—Entonces inténtalo por mí.
Nick la miró y por una vez no bromeó de inmediato.
—Toda la vida.
La música estalló alrededor, los invitados aplaudieron, las flores temblaron con el viento leve.
París, que tantas veces había sido testigo de escándalos, mentiras, besos prohibidos y corazones mal colocados, pareció concederles unos minutos de gracia, solo unos minutos, pero a veces la felicidad no necesitaba más para existir.
Bastaba con una novia temblando después de un beso y un hombre que por fin sabía verla y una familia imposible que, aun rota, aun escandalosa, aun llena de secretos, seguía reuniéndose bajo las flores para celebrar que alguien, al menos por ese día, había llegado al altar correcto.