27 La novia y los escándalos
La mañana de la boda amaneció con un cielo color porcelana.
París parecía haberse lavado durante la noche para recibir el matrimonio de Nicholas Charpentier y Camille de Vauclerc con una cortesía que nadie le había pedido, pero que todos agradecieron.
Las calles olían a piedra húmeda, pan recién hecho, violetas tempranas y carbón apagándose en las cocinas.
Los automóviles avanzaban sobre los adoquines con brillo de lluvia vieja; las floristas abrían sus puestos bajo toldos verdes, y en las ventanas de algunas casas elegantes las criadas sacudían cortinas como si el día entero necesitara aire nuevo.
En la mansión Charpentier, sin embargo, nadie respiraba con demasiada facilidad, todos se arreglaban, todos fingían normalidad y todos, de una manera u otra, pensaban en Elizaveta.
Alice, vestida ya para la ceremonia, iba de una habitación a otra con una calma demasiado esforzada.
William revisaba su reloj sin leer la hora.
Philip estaba impecable, pero silencioso; eso, en él, equivalía a una alarma.
Thiago anudaba sus guantes con una lentitud pensativa, mientras Héloïse, sentada cerca de la ventana, lo observaba sin invadirlo.
Millie, todavía con la pierna sensible, amenazaba con caminar sin ayuda y Killian de Valois la amenazaba con cargarla si lo intentaba. Brand había llegado solo.
Eso era lo que nadie decía, había llegado solo.
Elizaveta no había vuelto a la mansión Charpentier la noche anterior, permaneció en la casa Rostov, y aunque Alekséi no había prohibido a Brand verla, tampoco había permitido que la inquietud de la familia convirtiera el dolor de su hermana en espectáculo.
La boda debía continuar.
Los Charpentier sabían hacerlo: presentarse, sonreír, sostener un apellido incluso cuando el corazón estaba en otra parte; pero aquella mañana, bajo la seda, los guantes y las flores, todos llevaban una grieta.
En casa de los Vauclerc, Camille estaba frente al espejo, vestida de novia y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió que el espejo le devolviera una versión insuficiente de sí misma.
El vestido era hermoso sin ser arrogante.
Delaila había enviado los últimos bocetos y el resultado era una pieza delicada, moderna, con líneas suaves y un velo ligero que caía sobre sus hombros como bruma.
El bordado tenía pequeñas notas de plata y perlas discretas, suficientes para atrapar la luz sin convertirla en estatua.
Camille se miró las manos, el zafiro de Nick brillaba junto al blanco del vestido, profundo y azul como una promesa hecha de noche.
Su madre estaba fuera, dando indicaciones con una voz nerviosa. Camille respiró despacio y solo entonces vio a Elettra reflejada detrás de ella. Se volvió de inmediato.
—¿Qué haces aquí?
Elettra levantó las manos.
—Vengo en son de paz.
Camille no se relajó del todo, no después del hospital, no después de la bofetada, no después de ver cómo el dolor de Elettra había empezado a volverse peligroso para todos.
—Hoy no es un buen día para sorpresas.
—Lo sé.
Elettra se veía mal.
No solo cansada, había una fragilidad nueva en ella, un agotamiento que no se parecía al dramatismo de una mujer despechada, sino a algo más oscuro, más físico.
Llevaba un vestido discreto, el rostro pálido y las manos cerradas sobre el bolso.
Sus ojos verdes parecían haber pasado demasiadas horas sin sueño.
Camille la observó.
—¿Qué está pasando contigo?
Elettra bajó la mirada.
—Todo en mi vida está mal.
Camille no dijo nada.
—Y un día —continuó Elettra, con una sonrisa amarga— simplemente estuvo peor.
Camille pensó en su propio día. En su vestido, en Nick, en la música que pronto sonaría abajo, en las flores blancas del jardín.
Pensó en la felicidad que le había costado tanto aceptar, luego miró a Elettra, y aunque una parte de ella aún recordaba el golpe en la mejilla, otra —esa parte buena, profunda, casi obstinada que la hacía Camille— le señaló una silla.
—Siéntate.
Elettra parpadeó.
—No quiero quitarte la felicidad en tu día.
—Entonces no lo hagas. Pero si estás a punto de desmayarte sobre mi alfombra, al menos siéntate antes.
Elettra soltó una risa breve y obedeció.
Camille se sentó frente a ella, cuidando el vestido.
—Explícame.
Elettra negó.
—No ahora. No todo.
—¿Entonces por qué viniste?
Elettra levantó los ojos, había algo parecido a vergüenza en ellos.
—Porque quizá yo también terminaré siendo una Charpentier.
Camille no entendió o tal vez entendió demasiado poco para ordenar una frase coherente en respuesta.
—¿Qué significa eso?
Antes de que Elettra pudiera responder, la puerta se abrió, dando paso a la madre de Camille, quien apareció con los ojos húmedos y las manos juntas sobre el pecho.
—Camille, querida, ya están todos listos. Te esperan.
La novia respiró.
El mundo volvió a acomodarse alrededor de la ceremonia.
Elettra se puso de pie, su sonrisa fue apretada, casi dolorosa.
—No te robaré más tiempo.
Camille la miró con cautela.
—Elettra…
Pero Elettra se acercó y la abrazó, fue un abrazo breve, torpe, inesperado. Camille tardó un segundo en devolverlo.
—Lo siento —murmuró Elettra.
No quedó claro por qué, quizá por la bofetada, quizá por Brand, quizá por todo.
Después salió. Bajó las escaleras lentamente, con el rumor de la ceremonia creciendo abajo: voces, pasos, música afinándose, flores siendo acomodadas por manos nerviosas.
Al llegar al último tramo, se encontró de frente con Brand.
Había llegado solo y aquel detalle, por absurdo que fuera, hizo que algo en el corazón de Elettra saltara.
Brand se detuvo al verla, no habló, tampoco hubo ternura en su rostro. Solo cansancio, tensión y esa distancia nueva que ella aún no sabía si era capaz de soportar.
Elettra abrió la boca, pero no alcanzó a decir nada, porque Thiago apareció junto a Héloïse. El primero miró a Elettra con un reproche silencioso, no furioso, pero sí claro. Héloïse, tomada de su brazo, observó la escena con una cortesía afilada y una protección elegante.
—Brand —dijo Thiago—, madre te está buscando.
No era verdad, todos lo supieron. Brand también, pero aceptó la salida. Thiago y Héloïse se lo llevaron antes de que Elettra pudiera detenerlo, obligándola a bajar la cabeza.
—Sí —susurró una voz a su lado, muy cerca de su oído—. Tienes razón en lo que estás pensando.
Philip estaba junto a ella, impecable, tranquilo, terriblemente perceptivo. Elettra cerró los ojos.
—No sabes qué estoy pensando.
—Estás pensando que cometiste un error. Varios, en realidad. Pero ahora te pesa especialmente haber entrado en guerra con una familia de la que quizá formarás parte después de todo.
Elettra apretó los labios, no lo negó. Miró a Philip.
Había gratitud en sus ojos, pero también miedo.
Philip había escuchado una parte de su verdad, no toda, todavía no; pero lo suficiente para comprender que el hijo que llevaba no era de Brand, y que la salida que se abría frente a ella no era romántica ni justa, sino necesaria.
Philip era un buen hombre.
Eso Elettra ya lo sabía, pero eso no lo convertía en un compañero ordinario, no lo sería jamás.
Había en él una distancia íntima, una parte reservada, una elegancia triste cuando Lefèvre entraba en una habitación.
Elettra no era ingenua. No entendía todo, pero sospechaba lo suficiente para saber que lo que Philip podía ofrecerle no era el tipo de matrimonio que las muchachas soñaban en secreto y quizá, precisamente por eso, podía ser el único posible.
La única forma de que su hijo tuviera la seguridad de un hogar, de un apellido, de una protección que no dependiera de la compasión pública.
—Los trillizos no me perdonarán —dijo ella.
Philip la miró.
—Probablemente no pronto.
—Lastimé a Brand y a Thiago.
—Y Millie te detestaba desde antes por Thiago, así que ahí no perdiste terreno nuevo.
Elettra casi sonrió. Philip la codeó suavemente.
—Serás tan forastera de esta familia como lo soy yo mismo.
Ella lo miró.
Philip le guiñó un ojo.
La frase tenía una ligereza deliberada, pero Elettra conocía la historia: Philip no era hijo de William y Alice, sino del mejor amigo muerto de William, Andrei. Y, aun así, allí estaba. Charpentier por amor, por lealtad, por elección. Forastero y centro al mismo tiempo.
—Eso no suena tan mal —dijo Elettra.
—No lo es, si sobrevives a las cenas.
Entonces llegó Lefèvre.
Philip cambió.
No de manera escandalosa, no como cambian los hombres torpes cuando esconden algo, fue más sutil: la línea de sus hombros se suavizó, la voz se volvió más cómoda, la ironía menos defensiva. Algo en él pareció encontrar un sitio donde descansar sin admitirlo.
—Lefèvre —dijo.
—Philip.
Elettra los observó, aún no terminaba de comprender, pero lo sospechaba y aquello, en lugar de inquietarla, le produjo una tristeza extraña. Todos, de algún modo, estaban intentando salvar algo que la sociedad no sabía mirar sin destruir.
La ceremonia estaba por iniciar.
Los invitados comenzaron a tomar asiento en el jardín, las sillas blancas estaban dispuestas bajo un toldo de tela clara, con flores de azahar, rosas y ramas verdes formando un arco al final del pasillo.
El aire olía a tierra húmeda, gardenias, champaña en copas lejanas y perfume de mujer.
El cuarteto afinaba con notas suaves, los murmullos crecían como un enjambre elegante y el tema principal de esos murmullos no era la novia.
Era Elizaveta.
—No ha venido…
—Dicen que anoche se fue con el hermano…
—Brand llegó solo…
—La rusa siempre fue demasiado teatral…
—¿Habrá roto el matrimonio?
La sociedad podía convertir una ausencia en un cadáver antes de comprobar si aún respiraba.
Brand estaba de pie junto a Nick, intentando parecer presente, pero no lo lograba y Nick, a pesar de los nervios de la boda, lo miraba cada pocos segundos, Thiago también, ambos sabían que Brand escuchaba los murmullos aunque fingiera no hacerlo; ambos sabían que, por dentro, estaba en otra casa, frente a otra puerta, esperando a una mujer que tal vez no vendría.