26 El lugar de una mujer herida #3
El silencio cayó entre ellos, algo en sus ojos se movió. Comprendió. O quiso comprender, temió comprender demasiado.
—Brand…
Él no dijo más.
No iba a obligarla a recibir una confesión en una cama de la casa Rostov, después de un desmayo, con lágrimas en la cara y el cuerpo todavía temblando por una mentira ajena. Pero tampoco iba a retirar la frase, ya estaba allí, viva, entre ambos.
Elizaveta bajó la mirada a sus manos unidas.
—No quiero regresar contigo esta noche.
La frase le dolió, pero Brand no la soltó.
—Está bien.
Ella alzó los ojos, sorprendida.
—Necesito pensarlo.
—Lo sé.
—No quiero que me convenzas ahora.
Brand asintió.
—No lo haré.
Elizaveta cerró los ojos, parecía exhausta.
—Quiero quedarme aquí.
Alekséi, desde la ventana, no se movió, pero Brand sintió su presencia como una muralla.
—Entonces te quedarás aquí.
La voz de Brand salió más tranquila de lo que se sentía.
Elizaveta lo miró con una mezcla de alivio y dolor.
—¿Te irás?
—Si me lo pides.
Ella tardó en responder.
—No lo sé.
Brand bajó la cabeza y besó sus dedos.
—Entonces esperaré abajo hasta que lo sepas.
Esa noche, Elizaveta no regresó a la mansión Charpentier.
La noticia cayó sobre la familia como un jarro de agua helada.
Alice caminó de un lado a otro del salón hasta que William la obligó a sentarse.
Nick maldijo en voz baja, algo que Camille le reprochó con la mirada, aunque estaba demasiado preocupada para hacerlo en palabras.
Thiago permaneció junto a la chimenea, silencioso.
Héloïse, a su lado, le tocaba el brazo de vez en cuando, como quien ofrece presencia sin invadir.
Millie estaba furiosa, lo cual en ella era casi preferible al miedo, y De Valois se ocupaba de que no intentara ir cojeando hasta la casa Rostov para interrogar a todos.
—Si Elizaveta no aparece mañana en la boda, esto será una carnicería social —dijo Philip, de pie junto al aparador.
Alice cerró los ojos.
—No me importa la sociedad.
—A mí tampoco, madre. Pero a la sociedad sí le importa la sociedad, y ese es precisamente el problema.
Camille, pálida, bajó la mirada.
—Mi padre no sabrá manejarlo.
Nick le tomó la mano.
—Que tu padre sobreviva a su propia ambición por una vez.
—Nick.
—Perdón. Estoy preocupado y mi compasión se distribuye mal.
William miró hacia la puerta.
—¿Brand sigue allí?
Philip asintió.
—En casa Rostov.
—¿Alekséi lo dejó quedarse?
—Por ahora.
Millie cruzó los brazos.
—Eso significa que la situación es grave. Alekséi no deja entrar a nadie al territorio de Elizaveta si cree que puede matarlo en el umbral.
Héloïse murmuró:
—Qué familia tan expresiva.
Thiago soltó una risa breve, sin humor.
En la casa Rostov, Brand no durmió.
Se quedó en un salón bajo, con las luces reducidas, sentado cerca de una mesa donde nadie había retirado el té frío.
Alekséi entraba y salía sin darle explicaciones.
Delaila bajó una vez, envuelta en una bata clara, y le dijo que Elizaveta estaba dormida.
Pavel apareció en algún momento, con el rostro más viejo de lo habitual.
—No la presiones —dijo simplemente.
Brand no lo miró.
—No lo haré.
—Y no confundas quedarse con vencer.
Brand alzó los ojos.
Pavel sostuvo su mirada con esa sabiduría tardía de los hombres que llegan tarde a todas las ternuras importantes.
—Con Liza, si se queda, será porque todavía cree que puede respirar cerca de ti, no porque hayas ganado.
Brand asintió.
Cuando quedó solo, miró hacia la escalera, temía que Alekséi la ayudara a irse lejos.
No a Rusia, no sola. Alekséi jamás la enviaría a ninguna parte sin protección, pero tal vez a una casa de campo.
A Suiza. A Italia. A cualquier lugar donde Brand no pudiera verla despertar, tocarse el vientre, fingir que no había llorado.
El miedo le subió lento.
Si Alekséi la alejaba, él la seguiría. La idea no tuvo dramatismo, fue simple, total.
Si Elizaveta se iba, él iría detrás. No para arrastrarla de vuelta ni para imponer su apellido ni su derecho de marido.
Iría para decirle la verdad tantas veces como hiciera falta hasta que ella pudiera decidir sin miedo, sin mentira, sin Elettra entre ambos como una sombra ajena.
Afuera, París seguía celebrando algo en alguna parte.
Siempre lo hacía.
En algún café sonaría jazz. En Montparnasse alguien discutiría sobre pintura con las manos manchadas de vino.
En los salones de los Vauclerc, las flores seguirían abiertas para una boda que quizá amanecería bajo murmuraciones.
En la mansión Charpentier, Alice no dormiría.
Nick intentaría consolar a Camille. Philip pensaría demasiado.
Thiago guardaría silencio. Millie planearía una imprudencia y arriba, en una habitación que no era la suya, Elizaveta dormía lejos de él.
Brand apoyó los codos sobre las rodillas y bajó la cabeza, por primera vez en su vida, comprendió que la distancia podía ser más cruel que el escándalo.
Porque el escándalo hacía ruido.
La distancia, en cambio, cerraba una puerta.
Y uno podía quedarse del otro lado toda la noche, escuchando su propio corazón como si fuera una condena.