26 El lugar de una mujer herida #2
Brand la sostuvo más cerca por instinto.
Alekséi se arrodilló frente a ellos.
—Dámela.
—No.
Los ojos de Alekséi subieron a los de Brand.
—Charpentier.
—Es mi esposa.
—Y es mi hermana.
—No puedes llevártela.
Alekséi respiró despacio, por un instante, pareció a punto de hacer precisamente eso sin pedir permiso a nadie.
Pero algo lo detuvo. Quizá la presencia de Brand sosteniéndola con verdadero miedo, quizá el recuerdo de que Elizaveta ya no era una niña escondida detrás de su abrigo, quizá una promesa antigua de no convertir su protección en otra forma de prisión.
—Me llamó desde el despacho de los padres de Camille —dijo Alekséi—. Me pidió que viniera a recogerla.
Brand sintió que aquello le dolía de una forma absurda, ella había llamado a Alekséi, no a él.
Alekséi miró a Elizaveta.
—Quería irse.
—No puede tomar decisiones así en este estado.
—Por eso estoy aquí.
Brand apretó la mandíbula.
—No te la llevarás lejos de mí.
Alekséi sostuvo su mirada.
—Sé que ya no es mi lugar imponerme. —La frase pareció costarle en lo más profundo de sí—. Pero si quieres llevártela, háblalo con ella. Y para eso la necesitamos despierta.
Brand no respondió.
Alekséi extendió los brazos.
—Sígueme a la casa Rostov si quieres, no voy a impedirlo, pero al menos quiero que sienta que siempre tendrá un lugar seguro al cual volver. Pase lo que pase. Contigo o sin ti. Esa casa seguirá siendo suya.
Brand miró a Elizaveta.
La respiración le tembló apenas, no quería soltarla, pero la frase de Alekséi era demasiado verdadera para combatirla. Elizaveta necesitaba saber que podía volver a algún sitio que no dependiera de él y eso, por alguna razón, lo hizo sentir aún más culpable.
—Voy con ustedes —dijo Brand.
—Lo supuse.
Alekséi tomó a Elizaveta con cuidado y Brand le permitió hacerlo, aunque el gesto le arrancó algo por dentro.
Salieron.
En el salón, la noticia empezó a extenderse como una mancha en agua clara.
Alice alcanzó el vestíbulo con el rostro demudado.
William detrás. Nick y Camille dejaron la pista de baile.
Thiago apareció junto a Héloïse. Millie, contrariando cualquier recomendación médica, intentó acercarse demasiado rápido y De Valois la sostuvo por la cintura antes de que se hiciera daño.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Alice.
Brand no respondió, no podía.
Solo siguió a Alekséi hacia el coche.
La casa Rostov los recibió con su solemnidad oscura.
Allí la noche olía distinto: a madera antigua, cera, cuero, té negro y flores blancas.
Los corredores tenían esa elegancia severa de los exiliados que reconstruyen un reino con objetos salvados de un incendio, un icono brillaba en una esquina, una alfombra rusa amortiguó los pasos de Alekséi cuando subió a Elizaveta en brazos por la escalera y Delaila apareció en el rellano con una bata de seda y el rostro lleno de alarma.
—¿Qué pasó?
—Después —dijo Alekséi.
La llevaron a una habitación cálida, con cortinas gruesas, una lámpara encendida junto a la cama y mantas preparadas como si la casa hubiera esperado siempre una noche así. Alekséi la depositó sobre el colchón con una delicadeza que contrastaba con la furia que aún le tensaba los hombros.
Brand se quedó a su lado, nadie se lo impidió.
El médico llegó poco después. Revisó el pulso, la respiración, el vientre, hizo preguntas a las que Brand respondió con dificultad. Dijo que el desmayo había sido provocado por una conmoción fuerte, cansancio y tensión nerviosa. Recomendó reposo, calma, vigilancia.
Calma. Brand casi se rio. Como si la calma fuera una medicina que pudiera servirse en cucharadas.
Cuando al fin quedaron solos —o casi, porque Alekséi permanecía junto a la ventana como una sombra armada— Brand se sentó al borde de la cama y tomó la mano de Elizaveta.
Ella despertó con un gemido.
No fue un despertar limpio, salió de una pesadilla.
El cuerpo se le arqueó apenas, sus dedos se cerraron sobre la sábana. Abrió los ojos con terror, sin saber dónde estaba.
Brand se inclinó de inmediato.
—Elizaveta.
Ella temblaba, las lágrimas aparecieron antes que la conciencia.
—No…
Brand la abrazó sin esperar permiso. La incorporó contra su pecho, sosteniéndole la cabeza, la espalda, el vientre entre ambos.
—Estoy aquí.
Ella lloró en silencio, ese llanto le destrozó algo.
—Nada de lo que Elettra te dijo es verdad —murmuró él—. Jamás la toqué, nunca intimé con ella, no hay nada entre nosotros. Nada.
Elizaveta permaneció rígida unos segundos, después se apartó lentamente. Sus ojos estaban hinchados, brillantes, desprotegidos.
—¿Qué haces aquí?
Brand le sostuvo la mirada.
—Donde estén mi esposa y mi hijo, está mi lugar.
Elizaveta parpadeó, la frase la alcanzó, pero no terminó de entrar, había demasiado miedo bloqueando el camino.
—Ahora las dos tenemos un hijo tuyo.
—No.
—Y si es así… —tragó saliva, derramando nuevas lágrimas—, irías tras la mujer que amas. Es lo lógico.
Brand sintió que el dolor se le convertía en ternura, no porque la frase fuera fácil, sino porque en ella había una rendición terrible.
Como si Elizaveta estuviera intentando explicarse su propio abandono antes de que ocurriera, preparándose para él, ordenando la herida con lógica para no suplicar.
—Me has llegado a conocer bastante bien —dijo.
Ella se tensó, pero Brand le tomó la mano antes de que se alejara.
—Sí, tienes razón. Siempre que me pusieran en una disyuntiva así, iría tras la mujer que amo.
Elizaveta lo miró.