La última elección 26 El lugar de una mujer herida
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26 El lugar de una mujer herida

Brand miró a Elettra como si no terminara de reconocerla.

No era que hubiera cambiado de rostro. Seguía siendo la misma mujer de ojos verdes, piel cálida y belleza serena que un día le había parecido una respuesta posible a su vida demasiado ordenada.

Pero algo en ella se había torcido, no por completo, no de manera irremediable, solo lo suficiente para que, al verla allí, en la entrada del corredor, detrás del rastro de Elizaveta, Brand sintiera que la conversación pendiente entre ambos ya no pertenecía al amor ni al dolor, pertenecía al daño.

La música de la velada seguía sonando al otro lado de las paredes.

El salón de los Vauclerc aún olía a champaña, gardenias y tabaco caro.

Alguien reía cerca de la biblioteca, una copa cayó en alguna parte y los invitados fingieron no escuchar.

París, siempre tan educado para la catástrofe, seguía bailando.

Brand no.

—¿Por qué le dijiste algo así a mi mujer?

Elettra levantó el mentón, no respondió de inmediato.

Tenía el rostro pálido, pero los ojos brillaban de una intensidad febril. Una mano descansaba sobre su vientre, casi de manera involuntaria, y ese gesto, lejos de volverla más frágil, le dio a la escena una tensión insoportable.

—Porque tenía derecho a saberlo.

—No.

Brand dio un paso hacia ella.

—No tenías derecho a usar eso contra ella.

—¿Usarlo?

—Sí.

—Estoy embarazada.

—Y aun así fuiste al jardín, la llamaste, le hablaste de mí, le dijiste…

Se interrumpió.

La frase se le trabó en la garganta porque la imagen de Elizaveta alejándose por el corredor volvió a golpearlo, su palidez, la mano sobre la pared, la forma en que le había dicho no me toques, no con rabia antigua, sino con una conmoción que parecía haberle vaciado el cuerpo por dentro.

Brand sintió frío, un frío real.

—Si de alguna forma llego a perderla por esto…

Se quedó callado, Elettra lo miró y Brand también se escuchó.

Perderla.

La palabra no había sido cálculo, no había sido deber, no había sido la preocupación de un marido correcto por un escándalo doméstico.

Había salido de un sitio mucho más profundo, más primitivo, más aterrador Le daba miedo perder a Elizaveta, no su reputación, no el matrimonio, no la estabilidad de su hijo. A ella.

Elettra lo entendió al mismo tiempo que él y explotó.

—Dios mío —dijo, con una risa quebrada—. La quieres.

Brand no respondió, ese silencio fue peor.

Elettra se acercó y lo empujó con ambas manos en el pecho.

—¡La quieres!

Brand apenas retrocedió un paso.

—Elettra.

—¡No me hables así! —volvió a empujarlo—. No me hables como si fueras razonable, como si estuvieras por encima de todo, como si no hubieras sido tú quien vino a mí, tú quien me miró, tú quien me hizo creer que había algo que defender.

—Baja la voz.

—¿Para no arruinar la fiesta? ¿Para que tu preciosa esposa no parezca más humillada de lo que ya está? ¿Para que los Charpentier sigan fingiendo que sus tragedias tienen buenos modales?

Volvió a empujarlo.

Brand le tomó las muñecas, no con fuerza suficiente para hacerle daño, pero sí para impedir que continuara.

—Basta.

—¡Suéltame!

—Elettra.

—¡No!

La voz llamó atención, no de los invitados, pero sí de alguien que cruzaba el corredor con una copa en la mano y una expresión de aburrimiento elegante.

Philip, se detuvo. Luego miró a Brand, miró a Elettra, miró las manos de su hermano sujetando las muñecas de ella y dejó la copa con una calma que no auguraba nada bueno.

—Bien. Veo que la noche decidió volverse vulgar sin invitarme.

Brand soltó a Elettra de inmediato.

Philip se acercó.

—¿Qué demonios sucede?

Brand se apartó, respirando con dificultad.

—Elettra le dijo a Elizaveta que espera un hijo mío.

Philip, por una vez, no respondió con ironía, su rostro cambió, la sorpresa le endureció los ojos.

—¿Qué?

Elettra se llevó una mano al vientre, casi protectora.

Philip miró a Brand.

—¿Y Elizaveta?

Brand giró hacia el corredor por donde ella había desaparecido.

—Se fue.

—¿Sola?

—No lo sé.

Philip perdió el color apenas.

Elettra soltó una risa amarga.

—Claro, por supuesto, ahora todos se preocupan por ella.

Philip la miró entonces, no con crueldad, sino con una especie de paciencia peligrosa.

—Mademoiselle Rinaldi, modere sus hormonas por un momento.

Elettra abrió la boca, ofendida.

—¿Perdón?

—No se lo diré dos veces, porque no tengo el temple de Thiago ni la vocación mártir de mi madre.

Elizaveta está embarazada, acaba de recibir una conmoción brutal, y si el susto es suficiente para causarle una pérdida, entonces esta noche dejará de ser un drama de salón y se convertirá en algo que ninguno de nosotros podrá reparar.

Brand se quedó inmóvil, luego el color abandonó su rostro.

Aborto. La palabra no se dijo, pero tenía un peso real en el ambiente.

Brand miró hacia el lugar por donde Elizaveta había desaparecido y corrió sin pensar en Elettra, en los invitados o en lo que podían ver, murmurar o concluir.

Atravesó el corredor como un hombre al que le habían prendido fuego por dentro.

—¡Brand! —gritó Elettra.

Intentó ir tras él, pero Philip la sujetó del brazo.

—No.

—¡Suéltame! Tengo que hablar con él.

—No conseguirás nada persiguiéndolo.

—No sabes eso.

Philip la miró con una tristeza seca.

—Sí lo sé. Brand está fuera de tu alcance en este momento.

La frase la golpeó más que si la hubiera insultado.

Elettra dejó de forcejear y solo entonces Philip suavizó la mano, aunque no la soltó del todo.

—Elizaveta hizo algo bien —dijo.

Elettra lo miró, incrédula.

—¿Ella?

—Sí. Despertó en Brand esa necesidad terrible de cuidar y proteger. Y, por desgracia para todos, eso es inevitable en su carácter. Puedes odiarla por muchas cosas, pero no por esa. No se fabrica. Se provoca o no se provoca.

Elettra tragó saliva, los ojos se le llenaron de lágrimas.

—¿Crees que Brand me sigue amando?

Philip cerró los ojos un segundo, había preguntas tan mal dirigidas que dolían por su desesperación.

—Creo que lo mejor sería que olvidaras ese tema por ahora.

—Philip…

—Y que me dijeras de quién es el hijo que llevas dentro.

Elettra se quedó helada.

—¿Qué?

Philip sostuvo su mirada.

—Porque si Brand en verdad fuera el padre, no te habría dejado aquí tirada sin importarle nada.

La frase fue brutal, pero no falsa.

Elettra apretó los dientes, intentó sostenerse dentro de su orgullo, pero algo en ella, demasiado fatigado, cedió.

Asintió una vez, luego otra y empezó a llorar.

No como había llorado en el hotel, no con rabia contenida ni con dignidad rota.

Lloró como si aquella pregunta hubiera arrancado de golpe una puerta que ella llevaba semanas sosteniendo con ambas manos.

Philip no se movió al principio, después, cuando Elettra se dobló hacia adelante, la recibió contra su hombro.

No la abrazó con familiaridad, solo la sostuvo, eso fue todo, pero a veces sostener era más difícil que consolar.

—Fue una noche —murmuró ella, con la voz quebrada contra la tela de su saco—. Después de que algunos padres empezaron a mirarme distinto. Después de los rumores. Uno de ellos…

Se detuvo.

Philip bajó la mirada hacia ella.

La música del salón seguía al fondo, ridículamente alegre.

—No tienes que decirlo aquí.

Elettra tembló.

—Dijo que yo lo quería. Que todas las mujeres como yo fingíamos decencia, pero que en el fondo…

La voz se le rompió.

Philip no dijo nada.

La escuchó con una atención triste, precisa.

No hizo preguntas innecesarias. No la empujó hacia una confesión completa.

Entendió que aquella historia no cabía en un pasillo ni en una noche previa a una boda.

Que lo que ella empezaba a decir quedaría suspendido allí, incompleto, esperando otro momento menos cruel.

Solo la sostuvo y por primera vez en mucho tiempo, Elettra no pareció peligrosa, parecía devastada.

Brand encontró a Elizaveta al pie de la escalera principal o, más bien, encontró a un grupo de mozos inclinados sobre ella.

—¡Apártense!

Su voz cortó el aire.

Los hombres se levantaron de inmediato, sobresaltados.

Elizaveta estaba desmayada sobre el mármol claro del vestíbulo, el sombrero caído a un lado, una mano todavía cerrada alrededor de su guante, la otra cerca del vientre.

Su piel tenía un tono demasiado blanco. Demasiado frío.

La luz de las lámparas le hacía parecer una figura de cera abandonada en mitad de una fiesta.

Brand cayó de rodillas junto a ella.

—Elizaveta. —Le tomó el rostro. Nada—. Elizaveta, mírame.

Uno de los mozos habló, nervioso:

—Madame pidió su coche, monsieur. Luego se sostuvo de la baranda y cayó antes de que pudiéramos…

Brand la levantó contra su pecho.

—Llamen a un médico.

—Sí, monsieur.

—Ahora.

El mozo salió corriendo. Brand sostuvo a Elizaveta con fuerza, una mano en su espalda, otra en su vientre.

—Liza —murmuró, inclinándose sobre ella—. Estoy aquí.

No respondió.

El terror que sintió entonces fue tan físico que casi le arrancó el aire, no era el miedo elegante de las consecuencias, era miedo primitivo.

La idea de perderla, de perderlos, de haber salido a hablar con Elettra y volver para encontrar a su esposa desvanecida al pie de una escalera.

De que la última frase que ella le hubiera dicho fuera una acusación herida, de que tal vez, justo cuando algo entre ambos empezaba a parecer paz, él hubiera permitido que otra mano arrojara una piedra contra el cristal.

El ruido de un automóvil llegó desde la entrada, no era uno de los Vauclerc, tampoco era uno llamado por Brand, era un coche oscuro se detuvo frente a la casa con una violencia casi teatral. La puerta se abrió antes de que el chofer terminara de bajar.

Alekséi Rostov entró como un demonio salido del infierno.

Alto, pálido, con el abrigo negro todavía húmedo, los ojos claros encendidos por una furia que hizo retroceder a dos empleados sin que él dijera palabra. Detrás de él, un criado intentó seguirlo con el sombrero, pero se detuvo al ver su expresión.

—¿Dónde está?

Luego la vio y todo en su rostro cambió.

No se suavizó, se afiló.

—Liza.