La última elección 25 La mujer en el jardín #2
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25 La mujer en el jardín #2

El jardín de los Vauclerc estaba iluminado por faroles bajos y algunas guirnaldas discretas entre los árboles.

La lluvia de días anteriores había dejado la tierra húmeda, y el perfume de las gardenias del salón parecía aquí más tenue, mezclado con hojas mojadas, piedra fría y el aire nocturno de París.

Desde dentro llegaba la música, amortiguada por los ventanales. Risas, copas, pasos de baile.

Elettra estaba junto a una estatua de mármol, mirando hacia la nada. Se veía distinta y Elizaveta lo notó antes de hablar.

Más delgada. Raquítica, casi, aunque la palabra le pareció brutal.

Como si el resentimiento hubiera empezado a alimentarse de ella desde dentro.

El vestido oscuro le colgaba con una elegancia triste; el rostro estaba pálido bajo la luz de los faroles, y los ojos verdes parecían demasiado abiertos, demasiado secos.

—¿Qué quieres? —preguntó Elizaveta.

Elettra giró y durante un instante, ninguna habló.

La música del salón cambió a un ritmo más lento.

—Brand fue a verme —dijo Elettra.

Elizaveta sostuvo su mirada.

—Lo sé.

La respuesta pareció quitarle a Elettra una pequeña ventaja.

—¿Te lo dijo?

—No como debió, pero lo supe.

—Entonces sabes que estuvimos solos.

—Si pensabas desestabilizarme por ese lado, te equivocaste.

Elettra sonrió apenas, una sonrisa sin vida.

—Qué segura suenas.

—No lo estoy. Pero aprendí muy joven que mostrar la garganta no impide que te muerdan.

La frase quedó entre ambas. Elettra bajó la vista, luego la levantó con una crueldad más forzada que natural.

—Admitió que me sigue amando.

Elizaveta no se movió, pero por dentro, algo se contrajo.

—¿Eso dijo?

—Dijo que jamás dejaría de hacerlo, que lo nuestro fue real, que tuvo que cumplir contigo porque estabas embarazada.

Elizaveta sintió el golpe, no en el rostro, sino más abajo, en el centro del cuerpo, cerca del lugar donde el niño se movía a veces como una respuesta que nadie había pedido.

No cambió de expresión. Elettra la observó con ansiedad, buscando una grieta, pero Elizaveta le dio una sonrisa pequeña, triste.

—Reconozco el rencor y la ira en ti.

Elettra frunció el ceño.

—No me hables como si me entendieras.

—Te entiendo más de lo que quisieras. Yo también he querido herir a alguien solo porque yo estaba herida. También he usado palabras como cuchillos porque no tenía otro modo de sentirme menos indefensa contra el mundo.

Elettra apretó los labios.

Elizaveta dio un paso hacia ella.

—Pero no tienes suficiente dolor en tu interior para igualarme.

Elettra se quedó inmóvil, la frase no sonó presumida.

Sonó devastadora.

—Para hacer lo que yo he hecho —continuó Elizaveta—, necesitarías muchos traumas más. Necesitarías más hambre, más miedo, más manos, más abandono, más noches sin saber si dormir era seguro. No te lo deseo, es más, no se lo deseo a nadie.

Elettra apartó la mirada.

Elizaveta respiró despacio.

—Si eso era todo, volveré dentro.

Se giró, pero entonces la voz de Elettra cambió, bajó y se suavizó, por primera vez, no sonó como una mujer intentando lastimar, sonó como alguien asustada.

—Estoy embarazada de Brand.

Elizaveta se detuvo y el jardín pareció quedarse sin aire.

La música dentro de la casa siguió sonando, una risa cruzó por los ventanales, alguien brindó, un violín arrancó una melodía dulce como si el mundo no acabara de partirse en dos.

Elizaveta se volvió, miró a Elettra, esa vez la observó de verdad.

La piel pálida, las manos cerradas sobre el frente del vestido, los ojos brillantes no de triunfo, sino de miedo.

La forma en que, al decirlo, Elettra no había parecido vengativa, parecía preocupada por su propia situación, por el futuro, por el escándalo que podía devorarla hasta los huesos y Elizaveta le creyó.

No por las palabras, sino por el cuerpo.

Una mujer podía mentir con la boca, pero pocas podían fingir con tanta exactitud esa mezcla de terror, vergüenza y protección instintiva.

—Muéstrame tu vientre —dijo Elizaveta.

Elettra no protestó, se llevó las manos al vestido y pegó la tela contra su abdomen. Había un relieve. Ligero, casi discreto, pero real.

Elizaveta lo vio, no había excusas allí, no había tapaderas, no era un rumor ni una insinuación ni una crueldad lanzada al azar. Era un cuerpo cambiando, una posibilidad viva, una amenaza con latido.

—Es de Brand —dijo Elettra.

Elizaveta parpadeó una vez, luego otra… le empezó a doler la cabeza.

No un dolor común. Punzadas finas, brillantes, detrás de los ojos, como si el pensamiento fuera demasiado grande para caberle en el cráneo.

Creía en lo que Brand le había dicho aquella noche, cuando volvió del hotel y ella le preguntó si se había acostado con Elettra, si la había besado, si la había tocado.

Él había dicho que no. Y Elizaveta le había creído, pero nada le decía que no se hubieran visto antes, nada le decía que no hubiera habido otros encuentros.

Habían pasado meses desde aquella primera vez en que ella los había visto juntos. Meses de silencios, de escándalos, de bodas impuestas, de una vida reorganizándose a golpes. Meses en los que Brand pudo haber seguido amando, tocando, mintiendo.

«No.» se dijo. «No.»

Pero la duda, una vez abierta, no pidió permiso para entrar. Elizaveta no respondió, pasó junto a Elettra y volvió hacia la casa., cada paso fue más difícil que el anterior.

El jardín se inclinaba o quizá era su cuerpo. El aire olía demasiado a tierra húmeda, demasiado a flores dulces. El sonido de la música se volvió lejano, luego insoportablemente cercano. Al entrar por la puerta lateral, las lámparas del salón la golpearon como una fiebre.

Había demasiadas personas.

Demasiados colores; dorado, crema, rojo, negro, azul. Copas. Guantes. Perlas. Risas. Perfumes. La voz de Nick. La risa de Camille. Héloïse hablando con Thiago. Millie diciendo algo mordaz. William levantando una copa. Alice sonriendo. Todo siguió vivo mientras algo dentro de ella se desmoronaba.

Elizaveta se sostuvo de la pared. No quería caer. No delante de ellos. No otra vez. Avanzó por el corredor lateral, evitando el salón principal. La madera bajo sus dedos estaba fría. Su respiración se rompía en pequeñas inhalaciones silenciosas.

Brand la encontró allí.

—Elizaveta. —La preocupación le cambió el rostro de inmediato. Se acercó rápido—. ¿Qué ocurre?

Ella intentó apartarse antes de que la tocara, pero el cuerpo le falló un segundo. Brand la tomó por los brazos, luego por la cintura, sosteniéndola contra él.

—Estás pálida. ¿Te sientes mal?

Elizaveta lo miró, no había enojo en su rostro, solo conmoción. Una clase de incredulidad tan profunda que Brand sintió frío antes de entender por qué. Ella lo apartó con ambas manos, sin violencia, pero marcando una distancia.

—No.

—Elizaveta…

—No me toques.

La frase le salió baja, pero Brand retiró las manos de inmediato.

Ella tragó saliva.

—Elettra está embarazada.

Brand se quedó inmóvil.

El ruido de la fiesta pareció alejarse.

—¿Qué?

Elizaveta sostuvo su mirada.

—Dice que es tuyo.

Brand frunció el ceño y negó de inmediato.

—No.

—Eso dice.

—Claro que no.

—¿La has vuelto a ver?

Brand abrió la boca y ese instante lo condenó, no porque hubiera hecho lo que ella temía, sino porque no podía negar que la había visto.

Elizaveta lo entendió antes de que él hablara, la conmoción se convirtió en furia, no una furia explosiva, una furia helada, peor, más parecida a su antiguo yo.

—Elizaveta, escúchame.

Ella dio un paso atrás.

—No, no me mientas más.

—Déjame explicarte.

—Yo creí en ti. —Lo miró y su voz se desgarró—. Te creí.

—No es lo que piensas.

—Nunca lo es, ¿verdad?

Él intentó acercarse, pero ella levantó una mano.

Se detuvo.

—No me sigas.

—No puedo dejar que te vayas así.

Elizaveta lo miró con ojos brillantes.

—Puedes. De hecho, has podido hacer muchas cosas sin mí.

La frase lo golpeó. Ella siguió caminando, usando la pared como apoyo durante un segundo antes de enderezarse con orgullo feroz. Brand dio medio paso, pero algo detrás de él lo detuvo.

Una presencia.

Se volvió.

Elettra estaba en la entrada del corredor.

Pálida.

Quieta.

Con los ojos fijos en él.

Brand cerró los ojos un instante y cuando los abrió, Elizaveta ya se había perdido entre las sombras del pasillo, alejándose de él sin correr, sin gritar, sin romper nada y Elettra seguía allí, detrás, como la consecuencia de una conversación que aún no podía empezar.