La última elección 25 La mujer en el jardín
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25 La mujer en el jardín

La víspera de la boda de Nicholas Charpentier y Camille de Vauclerc tuvo el aspecto de una celebración cuidadosamente entrenada para fingir que nada malo podía ocurrir.

La casa de los Vauclerc estaba encendida desde temprano.

No era una mansión tan antigua como la de los Charpentier, ni poseía esa gravedad heredada que en ciertas familias parecía instalarse en los muros antes que los retratos.

Pero era hermosa, reciente, ambiciosa. Una propiedad amplia en la que cada lámpara, cada alfombra, cada jarrón oriental y cada cuadro elegido con aire de entendimiento hablaba de una fortuna ansiosa por convertirse en linaje.

Las flores ocupaban los salones como si intentaran suavizar la tensión del dinero nuevo: rosas blancas, lilas, ramas de azahar y un exceso de gardenias cuyo perfume se mezclaba con el champaña, el tabaco rubio, el barniz de los muebles y los dulces de almendra servidos en bandejas de plata.

París había llegado en su forma más brillante.

Mujeres con vestidos rectos de seda y perlas largas; hombres con trajes oscuros, relojes de bolsillo y sonrisas que no siempre subían hasta los ojos; algún crítico de arte con el cabello demasiado largo; dos pintores jóvenes que juraban haber discutido con Picasso en Montparnasse y parecían esperar que aquello los volviera geniales por contagio, una actriz de teatro de bulevar que olía a violetas y a escándalo; un músico de jazz que había sido invitado por Camille para irritar con elegancia a su padre.

La música sonaba en el salón principal: un fox-trot suave, moderno, suficiente para que las madres fingieran tolerancia y las jóvenes fingieran que no llevaban meses bailándolo a puerta cerrada.

Todo parecía ir bien.

William y Alice conversaban con los padres de Camille cerca de una mesa de champaña.

El padre de Camille sonreía demasiado, orgulloso de tener a los Charpentier bajo su techo, satisfecho de poder mostrar a sus invitados que aquella unión no era solo un matrimonio, sino una confirmación social.

La madre de Camille permanecía más callada, vestida de gris perla, siguiendo a su hija con los ojos cada vez que la veía cruzar el salón.

Nick bailaba con Camille.

Y en él no había rastro del hombre que la había herido por torpeza ni del muchacho que necesitaba hacer ruido para existir.

Esa noche Nick parecía ligero, feliz, verdaderamente feliz.

Sostenía a Camille con una mano en la cintura y la otra entrelazada a la suya, inclinándose hacia ella para decirle algo que la hizo reír con la boca abierta, sin la cautela que antes llevaba como un velo.

Camille brillaba.

No como Elizaveta, que hacía que las habitaciones se detuvieran por pura incredulidad; ni como Héloïse, que parecía tener un ingenio preparado para cada lámpara encendida.

Camille brillaba como una mujer que, por fin, se siente elegida frente a todos.

El zafiro en su mano recogía la luz del salón cada vez que Nick la hacía girar, y él lo miraba a veces con una satisfacción casi infantil, como si aún no terminara de creer que aquel anillo estuviera donde debía.

—Deja de mirarme como si fuera a escaparme —le dijo Camille.

Nick sonrió.

—Estoy calculando cuántas puertas debo vigilar.

—Solo una.

—¿Cuál?

—La de tu buen comportamiento.

—Imposible. Esa jamás existió.

Camille rió, y Nick, al verla, perdió medio compás.

No le importó.

A unos metros, Thiago estaba sentado junto a Héloïse en una mesa apartada, con dos copas sin terminar y un libro entre ambos.

Ninguno de los dos parecía recordar que la velada tenía otros invitados.

Discutían en voz baja, pero con una intensidad deliciosa, inclinándose hacia el volumen como si dentro estuviera la solución a una disputa moral.

Héloïse movía las manos al hablar y Thiago la escuchaba con esa concentración suya que volvía importantes incluso las frases más traviesas o pobres de una persona.

—No puedes defender esa traducción —decía ella—. Es cobarde.

—No toda contención es cobardía.

—En poesía, casi siempre.

—Eso es una exageración.

—Es una verdad con mejor vestido.

Thiago sonrió y Héloïse se inclinó hacia él, descarada.

—Admítelo. Te gusta discutir conmigo.

—Me gusta cuando no intentas insultar a traductores muertos.

—No están aquí para defenderse. Alguien debe aprovechar.

Thiago negó con la cabeza, pero su sonrisa permaneció allí, suave, cada vez menos sorprendida de existir.

Philip, por su parte, estaba cerca de una biblioteca pequeña, conversando con Lefèvre, De Valois y Millie sobre periódicos.

O, más bien, Millie y Lefèvre discutían sobre periódicos mientras Philip fingía mediar y De Valois bebía con la calma de un hombre que sospechaba que todos en París hablaban demasiado.

—La prensa necesita incomodar —decía Millie, todavía con una leve rigidez en la pierna—. Si no incomoda, es decoración barata.

Lefèvre arqueó una ceja.

—La prensa también necesita sobrevivir a sus demandas judiciales.

—Qué pensamiento tan burgués.

—Qué frase tan propia de alguien que no paga la imprenta.

Philip bebió champaña.

—Yo, personalmente, apoyo cualquier periódico que no convierta a mi familia en una colección de ruinas semanales.

Millie lo miró.

—Eso es censura afectiva.

—Es instinto de conservación.

De Valois añadió, sin levantar mucho la voz:

—Ambos son demasiado optimistas. La verdad casi nunca salva. Solo cambia el tipo de problemas.

Millie lo miró con evidente fascinación.

—Eso fue lúgubre y hermoso, recuérdame citarte.

—Preferiría que no.

—Entonces lo haré anónimamente.

Philip observó el intercambio y después a Lefèvre, cuya expresión oscilaba entre la diversión y una cansada ternura que nadie, salvo quizá Philip, habría notado.

Brand estaba con Elizaveta.

En otro tiempo, la escena habría parecido una representación obligada: el heredero Charpentier con su esposa rusa embarazada, ambos convertidos en símbolo de un escándalo domesticado por el matrimonio.

Pero aquella noche había algo distinto. Brand no la tenía cerca como se exhibe una responsabilidad; la tenía cerca como se conserva una llama en una habitación llena de corrientes de aire.

Elizaveta estaba deslumbrante.

El embarazo no había suavizado su belleza; la había vuelto más peligrosa.

Llevaba un vestido de seda color ciruela oscuro, de corte moderno, que caía con elegancia sobre la curva de su vientre.

Un collar de diamantes discretos le iluminaba la garganta.

El cabello negro estaba recogido bajo un tocado mínimo, y sus ojos claros parecían demasiado fríos hasta que Brand inclinaba la cabeza para decirle algo y ella, apenas, sonreía.

Estaban dentro de un grupo de caballeros importantes: un diputado, dos banqueros, un coleccionista de arte que hablaba de Modigliani como si lo hubiera inventado, y un diplomático que no podía dejar de mirar a Elizaveta, aunque intentaba esconderlo detrás de comentarios sobre Rusia.

—La situación europea exige cautela —decía uno de los hombres—. Las alianzas cambian con demasiada facilidad.

Elizaveta levantó la copa, sin beber.

—Las alianzas siempre cambian cuando se firman por miedo y no por interés verdadero.

Los caballeros la miraron, algunos sorprendidos.

Brand sonrió apenas.

—Mi esposa tiene opiniones sobre política internacional —dijo.

—Solo sobre la estupidez internacional —respondió ella.

El diputado soltó una risa nerviosa.

El diplomático, fascinado, preguntó algo sobre la aristocracia rusa, y Elizaveta contestó con una precisión tan fina que nadie pudo decidir si estaba siendo encantadora o cruel.

Brand la escuchaba con orgullo silencioso, a veces tocaba su espalda baja, en otras, le rozaba los dedos.

A veces inclinaba el rostro hacia ella para murmurar algo al oído, y la mano de Elizaveta, casi sin pensarlo, buscaba la suya.

Había ligereza en esos gestos. Cariño. Una intimidad que parecía haber crecido sin permiso de nadie y quizá por eso el golpe llegó de una forma tan discreta.

Un empleado se acercó a Elizaveta con la cabeza inclinada.

—Madame Charpentier.

Ella se giró hacia el hombre que le entregó un pequeño papel doblado. Elizaveta lo aceptó y Brand, que se había vuelto más sensible sus cambios, notó de inmediato la breve tensión de sus dedos.

—¿Qué ocurre?

Elizaveta leyó la nota solo una vez, no se permitió hacerlo dos, después alzó la mirada hacia Brand y sonrió, la sonrisa fue perfecta.

—Nada.

Brand se acercó un poco más.

—Elizaveta.

Ella apoyó una mano en su pecho, lo atrajo hacia sí y le dio un beso. Breve, suave, público en la medida justa para no parecer provocación y lo bastante íntimo para distraerlo.

—Tengo que ir al tocador.

Brand no apartó los ojos de ella.

—Te acompaño.

—No.

La respuesta salió rápida, ella la suavizó con otra sonrisa.

—No es necesario. Puedo ir y venir sola, no te preocupes.

Brand miró la nota, pero ella la cerró dentro del guante.

—Regreso en un momento.

Él no la soltó de inmediato.

Elizaveta inclinó la cabeza, como si le divirtiera su insistencia.

—Brand, no puedes escoltarme hasta el tocador sin que todo París decida que soy incapaz de abrir una puerta.

—París decide cosas más absurdas con menos material.

—Entonces no le des más.

Le rozó la mejilla con los dedos y se alejó. Brand la siguió con la mirada hasta que desapareció entre los invitados.

Elizaveta no fue al tocador, porque la nota era de Elettra. No decía demasiado, solo lo necesario.

Jardín. Necesito hablar contigo. No con él. Contigo.

Elizaveta dobló el papel con calma. Sabía que no era una buena idea.

Lo sabía con esa lucidez fría que siempre la visitaba antes de una imprudencia.

Elettra no tenía motivos para buscar paz, no después del hospital, de Brand, de la conversación que, según él, había cerrado algo, aunque Elizaveta no era lo bastante ingenua para creer que las puertas cerradas no podían abrirse desde dentro.

Aun así, salió. Porque si Elettra tenía cosas que decirle, ella también las tenía.