La última elección 24 Una conversación en el Hôtel Lutetia #2
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24 Una conversación en el Hôtel Lutetia #2

La misma que lo perseguía en el pecho, en la cama, en los corredores de la mansión, en cada gesto de Elizaveta que lo enternecía antes de que él alcanzara a protegerse.

No sabía responder, no porque la respuesta fuera no, sino porque simplemente no era tan sencillo.

—Con Elizaveta nada es fácil de resolver —dijo al fin.

Elettra lo miró y vio algo; no era una confesión ni una certeza, era algo peor para ella: vio que la pregunta ya no le parecía absurda. El enojo volvió, los celos, la ira. Se inclinó hacia él.

—Quizá ahora estás cegado por el embarazo, por el deber, por esa necesidad tuya de convertir todo en responsabilidad. Pero Elizaveta sigue siendo la misma mujer malvada y calculadora que siempre fue.

Brand no apartó la mirada.

—Lo sé.

Elettra se quedó desconcertada.

—¿Lo sabes?

—Sé lo que hizo, sé lo que puede hacer, sé que tiene una mente peligrosa y sé que aprendió a usar el daño antes de que el daño la usara a ella. No soy ciego.

—Entonces ¿cómo pudiste perdonarla? —La voz de Elettra temblaba—. Te ató con un embarazo fuera del matrimonio, te obligó a casarte y buscó la forma más ruin de apartarte de…

—No.

Brand se puso de pie, dejó dinero sobre la mesa, más del necesario.

Elettra levantó la vista hacia él.

—¿No qué?

Brand se inclinó apenas, lo suficiente para que su voz no cruzara más allá de la mesa.

—Hacen falta dos personas para crear una vida.

Elettra perdió el color.

Él tomó su abrigo.

—Hablaré con Lefèvre sobre una nota que limpie parte de tu nombre. Eso sigue en pie. Pero esto terminó.

—Brand…

—No vuelvas a proponerme algo así. No porque me ofenda a mí, sino porque te ofende a ti.

Se marchó.

El restaurante siguió respirando detrás de él: copas, murmullos, música baja, cubiertos contra porcelana. Elettra permaneció sentada, inmóvil, con el vino intacto y las lágrimas secándose en la piel.

Brand salió al aire frío de París.

La tarde había oscurecido, las farolas encendían círculos amarillos sobre las aceras mojadas, y los automóviles avanzaban entre reflejos de lluvia y humo. El Hôtel Lutetia quedó detrás como una puerta que había logrado cerrar, aunque no sin dejar la mano marcada.

Durante el trayecto de regreso, no dejó de pensar en Elizaveta.

No en Elettra.

En Elizaveta.

En cómo habría despertado, en si intentó salir, en si la familia logró entretenerla sin convertir aquello en una comedia cruel, en si ella ya lo sabía y ahora nuevamente pensaría en morderlo.

Cuando llegó a la mansión, Philip lo esperaba en el vestíbulo.

No dijo buenas noches, no hizo una broma, solo lo miró con esa inteligencia fatigada que lo volvía insoportable y necesario.

—Elizaveta sabe.

Brand se quitó los guantes. Asintió.

—Lo vi venir.

Philip arqueó una ceja.

—Qué alivio que hayas previsto el desastre después de provocarlo.

—No es tonta.

—No. Y nuestra familia es pésima actuando normal bajo presión. Nick casi le ofrece una conferencia sobre flores para impedirle salir... fue doloroso de ver.

Brand cerró los ojos un instante.

—¿Dónde está?

—En vuestra habitación.

—¿Enojada?

Philip lo miró con cierta compasión.

—Serena.

Brand soltó aire.

—Eso es peor.

—Mucho.

Subió las escaleras, cada paso le pareció más lento de lo normal.

La casa estaba tranquila, demasiado tranquila.

Desde algún salón lejano llegaba la voz baja de Alice, quizá hablando con Camille.

En otro punto, Millie discutía con Killian porque alguien había escondido sus plumas, pero el corredor hacia la habitación estaba en penumbra, perfumado por flores nocturnas y cera.

Brand abrió la puerta, las luces estaban apagadas, Elizaveta estaba en la cama, dormida o eso parecía. La silueta de su cuerpo se dibujaba bajo las sábanas, el cabello negro caía sobre la almohada como una sombra suave, una mano descansaba sobre el vientre.

Brand permaneció en el umbral.

Ese era el primer muro, pensó.

No un grito, no una escena, no una amenaza. Un cuarto oscuro, una esposa dormida antes de escuchar explicaciones, una distancia elegante, silenciosa, posiblemente más difícil de atravesar que cualquier puerta cerrada.

Entró despacio.

Se quitó el abrigo, la chaqueta, los zapatos. No encendió la luz. Se acercó a la cama con cuidado, como si la oscuridad pudiera romperse.

Elizaveta se movió, en cuanto lo sintió allí, giró hacia él. No se apartó ni lo rechazó, sino que se acurrucó contra su pecho con una naturalidad que lo dejó sin aire.

—Pensé que llegarías más tarde —murmuró.

Brand cerró los ojos, la abrazó.

—Elizaveta…

—No empieces explicando.

Él se quedó quieto.

Ella tenía los ojos cerrados, pero no estaba dormida.

—Te agradezco que quisieras protegerme —dijo—. Aunque lo hiciste de una manera bastante torpe.

Brand bajó la mirada hacia ella.

—Lo siento.

—También entiendo por qué tenías que hablar con ella.

La frase no sonó generosa, parecía trabajada, como si Elizaveta la hubiera construido durante horas, ladrillo por ladrillo, para no romperse con su propia imaginación.

Brand le apartó un mechón de la cara.

—¿Está todo bien entre nosotros?

Elizaveta abrió los ojos.

La oscuridad no impedía ver el brillo de su mirada.

—¿Te acostaste con ella?

Brand casi se incorporó.

—Por supuesto que no.

—¿La besaste?

—No.

—¿La tocaste?

—No.

Elizaveta lo observó unos segundos.

Luego volvió a acomodarse contra su pecho.

—Entonces no estoy enojada.

Brand soltó el aire que no sabía estar reteniendo.

—¿No?

—No demasiado.

Casi sonrió.

—Eso suena más honesto.

—No vuelvas a salir a escondidas de esa forma.

—No lo haré.

—Primero, porque soy demasiado inteligente y me entero.

—Lo sé.

—Segundo, porque tu familia es pésima diciendo mentiras.

Brand soltó una risa baja.

Elizaveta apoyó la mejilla contra él.

—Nick casi me convenció de que necesitaba revisar flores con una urgencia nacional.

Philip tenía cara de estar inventando tres coartadas a la vez.

Thiago parecía culpable por existir. Héloïse sonreía como si estuviera en una obra de teatro y Millie…

Millie no debería intentar parecer inocente. Es insultante para todos.

Brand rio más, la besó en la cabeza y la abrazó con fuerza.

—Lo siento —repitió.

Ella tardó en responder.

—Sé que ella está herida.

Brand cerró la sonrisa.

—Sí.

—Eso no significa que me guste.

—Lo sé.

—Y no significa que quiera compartirte con su dolor.

Él bajó la boca hasta su frente.

—No me compartes.

Elizaveta cerró los ojos, la frase la tocó, no la curó, pero la tocó.

—Bien —murmuró—. Porque soy terrible compartiendo.

—Eso también lo sé.

Ella le dio un golpe suave en el pecho.

Brand volvió a abrazarla.

Y entonces llegó de nuevo esa sensación de paz.

Extraña, tibia, casi absurda, porque era con Elizaveta con quien la sentía.

Con la mujer que había llegado a su vida como un incendio, una trampa, un escándalo, una amenaza vestida de seda.

Con la mujer que lo había enfurecido, desafiado, manipulado y, de algún modo inexplicable, desarmado hasta dejarlo allí, en una habitación oscura, agradecido porque ella no se hubiera apartado al oírlo entrar.

La realidad era esa.

No la que París murmuraba ni la que Elettra imaginaba, ni siquiera la que Brand había creído desear antes.

Esa.

Elizaveta respirando contra su pecho.

Su hijo entre ambos.

La noche cerrada.

La mansión en silencio.

Y una paz frágil, sí, pero viva.

Brand cerró los ojos, no sabía si aquello era amor, pero cada vez le resultaba más difícil imaginar una palabra que pudiera quedarse corta de otro modo.