24 Una conversación en el Hôtel Lutetia
Brand llegó al Hôtel Lutetia a las cuatro y cuarenta y siete.
Lo supo porque miró el reloj de pared apenas cruzó el vestíbulo, como si la precisión pudiera convertir aquel encuentro en algo menos peligroso.
El hotel respiraba esa elegancia moderna y discreta de la rive gauche: mármoles claros, lámparas geométricas, arreglos florales de una sobriedad costosa y una corriente de perfume, tabaco rubio, cuero mojado y café que parecía hecha para envolver conversaciones que nadie debía escuchar.
París estaba húmedo aquella tarde.
La lluvia había cesado hacía poco, pero todavía quedaban gotas suspendidas en los toldos, en los bordes de los automóviles, en los hombros de los hombres que entraban con sombreros oscuros y en las pieles de las mujeres que cruzaban el vestíbulo con pasos suaves, labios pintados y secretos bien guardados.
Al fondo, en el restaurante, sonaba una música baja, casi perezosa, mezclada con el tintineo de copas y cubiertos.
Brand dio su nombre.
Lo condujeron a una mesa escondida, de esas que el personal reservaba para diplomáticos, amantes, banqueros endeudados o matrimonios al borde de una catástrofe.
Estaba junto a un biombo de madera oscura y una planta alta que hacía de cortina natural.
Desde allí se veía parte del salón sin estar del todo expuesto.
Perfecto o demasiado perfecto.
Brand se sentó.
No pidió vino. Solo agua. Luego cambió de opinión y pidió café, aunque sabía que no lo bebería, pero necesitaba algo que hacer con las manos.
Afortunadamente, Elettra no tardó demasiado, de hecho, cuando la vio aparecer entre las mesas, Brand tuvo la sensación inquietante de que siempre había estado allí.
Como si no hubiera llegado, sino emergido del propio hotel, de la luz dorada, del murmullo, de esa clase de intimidad pública que París ofrecía a quienes deseaban equivocarse con elegancia.
Se veía hermosa, eso era indiscutible y también deliberado.
Elettra Rinaldi no había ido vestida para una conversación dolorosa, había ido vestida para ser recordada.
Llevaba un vestido verde profundo, de una línea sencilla que realzaba la calidez de su piel y el color de sus ojos.
El cabello castaño caía con ondas suaves bajo el sombrero, y sus labios tenían apenas color, lo suficiente para llamar la atención sin parecer una súplica. No llevaba joyas y no las necesitaba.
Brand se puso de pie por cortesía.
—Elettra.
—Brand.
Él le indicó la silla y ella se sentó despacio.
Brand volvió a tomar asiento frente a ella, serio. Mortalmente serio. Su cuerpo entero decía lo que su boca aún no: quería acabar pronto con aquello. Elettra lo notó y pareció decidir lo contrario.
—El lugar es hermoso —dijo, quitándose los guantes dedo por dedo—. Nunca me gustaron demasiado los hoteles, pero el Lutetia tiene algo distinto. Menos arrogante que los del otro lado del río.
Brand no respondió enseguida.
—Sí.
Ella sonrió apenas.
—Vaya entusiasmo.
—No vine a hablar del hotel.
—Lo sé. Pero podemos empezar por algo que no sangre.
El camarero llegó. Elettra pidió con calma.
Una sopa ligera, pescado, vino blanco. Brand pidió lo primero que vio en la carta, no tenía apetito, pero sabía que no podía quedarse allí como un juez frente a una acusada.
Aquello, aunque él lo quisiera limpio, necesitaba al menos la forma de una comida.
Elettra habló.
Preguntó por la boda de Nick y Camille, por el vestido, por si la ceremonia sería en el jardín o en el salón si la lluvia insistía; Brand contestó con frases breves. Después, ella preguntó por Thiago, por Héloïse, pronunció el nombre con una dulzura tan tensa que Brand levantó apenas la mirada.
—Parece muy querida por tu familia —dijo Elettra.
—Lo es.
—Qué rápido.
—Héloïse es fácil de querer.
Elettra sonrió hacia su plato.
—Qué fortuna.
Después preguntó por Philip, por Millie, por si De Valois seguía en la mansión como prisionero voluntario de Alice y William. Brand respondió lo justo, comió sin saborear, la observó en silencio.
Elettra manejaba la conversación con inteligencia, rodeando el centro como una bailarina que no quería mirar el vacío del escenario. Hablaba de todos… De cualquiera. De todos menos de Elizaveta.
Brand dejó los cubiertos.
—La única por la que no has preguntado es por mi esposa.
Elettra también dejó los cubiertos. La mirada que le lanzó fue inmediata, molesta, casi herida.
—No vine a hablar de ella.
—Ella es la razón de que estemos aquí.
—No.
—Sí.
Elettra apartó la servilleta con un movimiento contenido.
—¿De verdad quieres convertir cada conversación en una prueba de lealtad hacia Elizaveta?
—Quiero saber por qué me citaste.
Ella sostuvo su mirada.
Durante un segundo, Brand vio a la mujer que había conocido antes del escándalo: la inteligencia, la pasión, el orgullo. Luego apareció otra cosa debajo, una desesperación más turbia.
Elettra se encogió de hombros y volvió a tomar el tenedor.
—Quizá haya otra forma de arreglar la situación.
Brand frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
Ella cortó un trozo de pescado, pero no lo comió.
—A que tú sigues queriéndome.
La frase fue dicha con una calma tan artificial que el salón pareció alejarse. Brand se quedó inmóvil. Elettra levantó los ojos.
—Y yo siento lo mismo.
—Elettra.
—Ya no tengo compromiso. Ya no tengo que guardar tantas apariencias. Todos piensan mal de mí de todos modos.
Brand la miraba como si acabara de recibir un golpe desde un ángulo imposible o inesperado.
—No esperaba escuchar eso.
Ella arqueó una ceja.
—¿Qué esperabas?
—Golpes verbales. Físicos, incluso. Alguna apuñalada, quizá. Pero no, en definitiva, no algo como esto.
—¿Algo como qué?
—Que me propusieras convertirte en mi amante.
La palabra cayó entre ambos, amante, pero Elettra no se cohibió, eso fue lo que más lo perturbó.
—He pensado mucho —dijo ella—. Y quizá sería mejor así. Un amor prohibido. Al menos sabríamos si hubiera tenido futuro en lo nuestro, si realmente se hubiera podido. Si no fue solo una historia interrumpida por un embarazo y una boda.
Brand negó con la cabeza.
—No.
—Ni siquiera lo consideras.
—No hay nada que considerar.
La voz de él salió más dura de lo que pretendía.
Elettra apretó los labios.
—¿Porque eres honorable?
—Porque no pienso denigrarte de esa manera.
Ella soltó una risa.
—Qué noble suena.
—No lo es. Te aprecio demasiado como para pensarte en un lugar escondido, esperando horas robadas de un hombre casado.
—No todas las mujeres esperan llorando junto a una ventana.
—Tú no mereces ser el secreto de nadie.
—¿Y qué merezco, Brand?
Él respiró despacio.
—Un hombre bueno, uno que comprenda la complejidad de tu mente y tu necesidad de libertad, uno que no quiera encerrarte ni salvarte para sentirse mejor consigo mismo. Alguien que no te obligue a vivir a la sombra de una esposa y un hijo.
Elettra lo miró con dolor y rabia.
—Eso ya lo había encontrado en ti.
—No. Thiago te quiso mucho antes de que yo lo hiciera.
La frase la golpeó.
Elettra bajó la mirada, porque era verdad y lo peor de la verdad era que no servía para reparar nada.
Thiago la había querido primero, la había visto cuando ella todavía no sabía que deseaba ser vista de otra forma, la había aceptado incluso después de Brand, la había dejado ir sin convertir su dolor en una cadena y ella, al liberarlo, había creído estar haciendo lo justo.
Ahora lo veía sonreír con Héloïse. Esa mujer cobriza, brillante, insoportable en su facilidad para pertenecer.
—Está con ella —dijo Elettra, casi para sí.
—Está conociéndola.
—No la soporto.
Brand la observó.
—Héloïse es una excelente persona. Todo el mundo la adora.
—Yo no.
La respuesta salió como un grito bajo, algunas cabezas giraron en el restaurante, Elettra bajó la voz, pero la furia no desapareció.
Brand la estudió con más atención.
—No estás enojada solo conmigo.
Ella no respondió.
—También con Thiago.
—No.
—Sí. Porque está siguiendo adelante, quizá demasiado rápido para tu orgullo y para el relato que te contabas de ti misma.
Elettra dejó la copa sobre la mesa con demasiada fuerza.
—Al principio me enojó que me impusieran marido —dijo—.
Me enojó que todos hablaran de mi futuro como si yo fuera una carta familiar que había que jugar bien.
Después empecé a temer pertenecer a los Charpentier.
Tu familia es demasiado. Demasiado fuerte, demasiado presente, demasiado hábil para entrar en todas las habitaciones de una vida, pensé que sería una prisión.
Brand no la interrumpió.
Elettra tragó saliva.
—Pero luego vi cómo trataron a Elizaveta…
después de todo lo que hizo. Después de las mentiras, del escándalo, de haberlos obligado a reorganizar el mundo alrededor de su embarazo.
La recibieron. Alice la cuida. Tus hermanos se preocupan por ella.
Incluso Camille intenta llevar la fiesta en paz. Hay un calor en esa casa que yo…
Se detuvo, las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas.
—Que yo no tenía.
Brand sintió una pena sincera.
Elettra se limpió la mejilla con furia.
—Quizá huí porque era más fácil no sentirlo o porque me aterraba perderlo. Y ahora lo perdí sin haberlo tenido.
Brand bajó la mirada.
—Encontrarás una familia que no sea tan apabullante para ti.
Ella rió entre lágrimas.
—Qué consuelo tan triste.
—Ten paciencia. Encontrarás al hombre que deseas, uno que no llegue a ti rodeado de ruinas.
—¿Y si ya lo encontré?
Brand la miró.
—Entonces tendrás que aceptar que no siempre podemos quedarnos con aquello que encontramos demasiado tarde.
El silencio se extendió entre ambos. Elettra respiró con dificultad, luego, quizá cansada de luchar contra una pared, quizá agotada de odiar a una mujer ausente, preguntó:
—¿Cómo está Elizaveta?
Brand no respondió, porque Elizaveta con su sueño inquieto, su cuerpo buscando refugio, su risa furiosa en la cama, su miedo a ser solo vientre y deuda, no pertenecían a aquella mesa.
No pertenecían a Elettra.
Ella lo entendió y aun así preguntó:
—¿La amas?
Brand se quedó quieto, esa era la pregunta.