23 El día olía a cuchillo #2
No quería dejar a Elizaveta aquel día en particular, no cuando había despertado con esa angustia animal en los ojos, no cuando su cuerpo parecía preparado para un golpe que aún no existía.
Pero tampoco podía seguir dejando que Elettra lanzara su dolor contra otros.
Camille. Elizaveta. Thiago. Si había una conversación pendiente, debía ocurrir con él.
Solo con él.
Se levantó con cuidado. Elizaveta no se movió. Brand le acomodó la manta sobre los hombros y bajó la cabeza para besarle la frente. Ella murmuró algo dormida y buscó su mano. Él se la dio un segundo, pero luego, muy en contra de lo que hubiera querido, la soltó.
Abajo, en el corredor lateral, sus hermanos varones lo esperaban como si fueran conspiradores particularmente mal vestidos para el delito. Nick tenía los brazos cruzados. Thiago, el rostro serio. Philip sostenía una taza de café y una expresión de profundo desprecio hacia todo plan ajeno.
—No me gusta esto —dijo Nick.
—No tiene que gustarte —respondió Brand.
—Eso rara vez mejora mi opinión.
Thiago miró hacia las escaleras.
—¿Elizaveta duerme?
—Sí.
—¿Sabe que vas?
Brand guardó silencio. Philip alzó las cejas.
—Ah. Magnífico. Transparencia conyugal: la gran tradición masculina de arruinar matrimonios con buenas intenciones.
Brand le lanzó una mirada.
—No podía decírselo hoy.
—Justamente por eso debías decírselo hoy —replicó Philip.
Thiago intervino antes de que aquello creciera.
—¿Qué necesitas?
Brand respiró hondo.
—Si despierta antes de que vuelva, entreténganla de la forma que puedan. No dejen que salga bajo ningún motivo.
Nick parpadeó.
—¿Quieres que detengamos a tu esposa embarazada y hormonal, de pasado ruso traumático y carácter asesino, sin decirle por qué?
—Sí.
—Excelente. Entonces solo dime: ¿Prefieres que nos mate por orden de nacimiento o por proximidad?
—Nicholas.
Thiago asintió.
—Lo haremos.
—No la asusten —dijo Brand—. No mientan de forma torpe.
Philip bebió café.
—Eso descarta a Nick.
—Yo miento muy bien.
—Por eso mismo. Ella reconocerá la técnica.
Brand miró a los tres.
—No tardaré.
—Eso dicen todos los hombres antes de cometer una estupidez que dura generaciones —dijo Philip.
Brand no respondió, tomó su abrigo y salió.
No vio a Camille en la esquina del corredor, pero Camille lo había oído todo.
No la conversación entera, pero sí lo suficiente: Elettra, cinco de la tarde, entretener a Elizaveta, no dejarla salir.
Su rostro cambió. Volvió despacio hacia el salón, donde Millie y Héloïse revisaban sin entusiasmo unas muestras de encaje.
Camille se acercó a ellas.
—Brand va a ver a Elettra.
Millie dejó de jugar con una cinta.
—¿Qué?
Héloïse cerró la revista.
—Eso es una idea horrible.
—Lo sé —dijo Camille.
Millie intentó incorporarse demasiado rápido y Killian, desde una butaca cercana, levantó la vista.
—No.
Ella lo señaló.
—No he dicho nada.
—Respiraste como si fueras a hacer algo.
—Qué tirano.
Camille bajó la voz.
—Ellos lo saben, les pidió que entretuvieran a Elizaveta si despierta.
Héloïse miró hacia la escalera.
—¿Ella no lo sabe?
Camille negó. Millie cerró los ojos.
—Idiota. Idiota elegante, pero idiota.
—He visto a Elettra muy mal —dijo Camille—. En el hospital… no parecía solo triste. Parecía resentida. Desesperada.
Héloïse asintió.
—En la calle también. Hay personas que, cuando pierden algo, buscan una salida. Ella parecía estar buscando un culpable.
Millie apretó los labios.
—Y Brand se ofreció amablemente como blanco.
Camille miró hacia la puerta por donde él había salido.
—No es buena idea.
—No —dijo Héloïse—. No lo es.
Philip entró entonces al salón con Nick detrás.
—¿Qué no es buena idea? —preguntó.
Las tres mujeres cambiaron de expresión con una rapidez tan poco natural que cualquier hombre medianamente inteligente habría sospechado. Por desgracia, todos los Charpentier eran más que medianamente inteligentes.
Nick miró a Camille.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Philip suspiró.
—El nada femenino otra vez. Deberían regularlo por ley.
Millie sonrió demasiado.
—Hablábamos del vestido de novia.
—No —dijo Nick.
Camille lo miró.
—¿Perdón?
—Cuando mientes sobre un vestido, no miras hacia las cortinas.
—No sabía que tenías un estudio tan profundo de mis mentiras.
—Me preparo para el matrimonio.
Antes de que Camille pudiera responder, todos oyeron pasos en la escalera. Lentos. Pero decididos.
Se volvieron.
Elizaveta bajaba.
Llevaba un vestido de salida color azul oscuro, el abrigo sobre un brazo, guantes en una mano y el sombrero ya puesto sobre el cabello negro.
Estaba pálida, pero perfectamente arreglada.
Demasiado perfectamente. Como si la inquietud de la mañana hubiera encontrado una forma elegante de convertirse en acción.
Todos se tensaron.
Elizaveta se detuvo a mitad de la escalera y los miró.
—Qué conmovedor recibimiento.
Nick fue el primero en reaccionar.
—¿Te despertaste?
—No, Nicholas. Camino dormida con sombrero.
Philip murmuró:
—Eso sería bastante impresionante.
Thiago avanzó un paso.
—¿A dónde vas?
Elizaveta frunció el ceño.
—A alcanzar a Brand. Lo vi salir desde la ventana.
El silencio fue tan torpe que casi tuvo forma. Camille sintió que el corazón le golpeaba la garganta. Millie sonrió con desesperación.
—Brand salió a…
—No —dijo Elizaveta. La palabra cortó cualquier invento antes de nacer y bajó los últimos escalones—. No me digan que salió por algo de Nick, Alice, o un asunto de la boda. Ya he escuchado demasiadas mentiras aristocráticas como para no reconocerlas por el perfume.
Nick alzó ambas manos.
—Nadie iba a mentir aristocráticamente.
—Yo sí —dijo Philip—. Pero aún estaba eligiendo versión.
Héloïse cruzó hacia ella con una sonrisa tranquila.
—Quizá deberías esperar. París está húmedo y no te conviene salir.
Elizaveta la miró.
—No soy una planta delicada.
—No, eso es verdad. Pero una puede marchitarse por orgullo y eso sería una tragedia estética.
Camille dio un paso adelante.
—Elizaveta.
La rusa giró hacia ella.
Camille sintió el peso de todos los ojos sobre su espalda.
—Necesito tu ayuda.
Elizaveta parpadeó.
—¿Mi ayuda?
—Sí. Con el vestido. Delaila acaba de mandar el último boceto y hay algo en el diseño que no termina de convencerme. Alice no está segura, Nick no sabe distinguir un bordado de una herida cara, y tú…
Se detuvo un segundo.
Luego dijo la verdad que mejor podía servir como mentira:
—Tú tienes un gusto exquisito. Eres hija de joyeros. Sabes entender la proporción, el brillo, lo que realza y lo que arruina. Necesito que lo veas con sumo detenimiento.
La expresión de Elizaveta cambió, muy poco, pero cambió, porque nadie le pedía ayuda así, no de esa manera.
La habían usado como adorno, como amenaza, como escándalo, como esposa embarazada a la que había que cuidar o vigilar. Pero Camille le estaba pidiendo criterio. Su mirada. Su gusto. Una parte de ella que no provenía del dolor ni del peligro.
Aquello tocó la extrañeza que ya venía sintiendo desde la madrugada, pero también la afinó y su mente, tan aguda como siempre, unió las piezas. Brand se había ido. Todos estaban allí, tensos, impidiéndole salir.
Camille improvisaba una necesidad sobre el vestido.
Millie no la miraba con descaro, Héloïse sonreía demasiado, Nick parecía listo para arrojarse frente a la puerta si hacía falta, Thiago mantenía esa calma culpable de los hombres buenos obligados a participar en una mentira y resultó obvio, Brand había ido a ver a Elettra.
Elizaveta lo supo, no como sospecha, sino como certeza. Sintió que algo se le cerraba en el pecho, no fue un estallido, fue una congelación lenta. Y supo, que su intuición no se había atenuado con el embarazo, sino que se había agudizado.
Miró a Camille.
—Qué amable de tu parte pedirme ayuda justo ahora.
Camille sostuvo su mirada.
—No es amabilidad.
—No.
Elizaveta sonrió con comprensión amarga.
—Es estrategia.
Nadie habló. Elizaveta bajó la vista hacia su propio vientre, el niño se movió apenas, o quizá fue solo su cuerpo reaccionando al miedo. Colocó una mano sobre la curva, respirando despacio para no temblar delante de todos, después levantó la cabeza.
—Mostradme el boceto.
Nick abrió la boca y Camille negó un poco con la cabeza.
Elizaveta caminó hacia el salón, pasando entre todos con la espalda recta y el rostro sereno. Demasiado sereno. Esa serenidad suya que ya no parecía poder, sino una muralla levantada con prisa.
Camille la siguió, Millie y Héloïse también, pero los hermanos quedaron un instante en el vestíbulo.
Philip murmuró:
—Nos va a matar a todos.
Nick miró hacia la puerta cerrada por donde Brand se había ido.
—No. Primero a Brand.
Thiago no dijo nada, porque al ver a Elizaveta entrar al salón con la dignidad intacta y la herida recién abierta, comprendió algo que quizá Brand todavía no entendía del todo.
Hay mujeres que no necesitan correr detrás de una traición para sufrirla a veces basta con quedarse quietas y permitir que todos, al intentar protegerlas, les confirmen que tenían razón en temer.