La última elección 23 El día olía a cuchillo
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23 El día olía a cuchillo

Esa mañana, Elizaveta despertó antes que el sol, no abrió los ojos de inmediato, primero escuchó.

La respiración de Brand junto a ella, el rumor lejano de la casa dormida, un crujido tenue en la madera, quizá por el frío de la madrugada.

Afuera, París seguía envuelto en esa oscuridad azulada que precede al amanecer, cuando incluso los carruajes parecen moverse con culpa y los primeros panaderos encienden sus hornos como si encendieran pequeños corazones en mitad de la niebla.

Nada ocurría y, sin embargo, algo estaba mal.

Elizaveta lo supo con la misma certeza con la que, de niña, había sabido cuándo tendrían que abandonar un albergue antes de que los encontraran.

Antes de que una puerta se abriera mal. Antes de que una voz de hombre sonara demasiado cerca.

Antes de que Alekséi la levantara de la cama, le pusiera el abrigo encima del camisón y le dijera al oído que no hiciera ruido.

Había días que olían a cuchillo, aunque no hubiera sangre, aquel era uno de ellos.

No se levantó porque no quería hacerlo. El lugar donde estaba era demasiado cálido para abandonarlo.

La cama conservaba el calor de la noche.

Su cuerpo seguía relajado, satisfecho, desnudo bajo las sábanas.

Brand dormía a su lado, también desnudo, con un brazo rodeándole la cintura y la mano apoyada cerca de su vientre, como si incluso dormido recordara que allí había alguien más.

No había razón para sentir aquella extrañeza, no después de la noche anterior, no después de haberse quedado dormida sobre su pecho, contenta, con la respiración deshecha y la piel llena de caricias.

No después de haber sentido que Brand la deseaba sin convertirla en campo de batalla, no después de haberlo escuchado decirle palabras suaves, pocas, torpes, pero suyas.

Aun así, algo dentro de ella permanecía alerta, como un animal bajo la nieve.

Brand se movió y abrió los ojos despacio y la encontró mirándolo.

—¿Qué ocurre? —murmuró, con la voz ronca de sueño—. ¿Qué haces despierta a esta hora?

Elizaveta sonrió antes de pensar. Una sonrisa pequeña, casi falsa al principio, pero que se volvió real al verlo así: despeinado, somnoliento, sin la rigidez de los salones ni la severidad de los hombres que creen poder ordenar el mundo con una mirada.

Se inclinó y lo besó.

—Solo quería verte dormir.

Brand la observó con un ojo entrecerrado.

—Eso suena inquietante.

—Lo es. Soy una mujer muy inquietante.

—Lo sé.

Ella se acurrucó en su pecho.

Brand la recibió sin preguntar más, cerrando los brazos alrededor de ella con esa naturalidad que comenzaba a resultarle peligrosa. Elizaveta apoyó la mejilla sobre su piel, escuchó el latido lento de su corazón y se obligó a respirar al mismo ritmo.

Brand besó su cabello.

—Duerme.

Ella cerró los ojos, no pensó que podría hacerlo, pero el calor de él la venció y cuando volvieron a despertar, lo hicieron al mismo tiempo.

El sol ya entraba por las cortinas en una luz pálida, de mañana húmeda.

París olía a lluvia antigua, pan recién horneado y humo de carbón.

Desde abajo llegaban voces de criados, vajilla moviéndose, pasos apresurados.

La mansión Charpentier, que jamás sabía estar quieta por demasiado tiempo, había decidido empezar el día con su habitual dignidad ruidosa.

Elizaveta abrió los ojos y allí seguía la sensación, más leve, quizá, pero presente y Brand lo notó casi de inmediato.

Ella miraba alrededor como si esperara que alguien apareciera con un cuchillo detrás de las cortinas.

Su mano fue al vientre tres veces en menos de un minuto, cuando una puerta se cerró en el corredor, se sobresaltó y cuando una doncella llamó para preguntar si podían entrar con agua caliente, Elizaveta apretó los dedos sobre la sábana antes de responder.

Brand no dijo nada al principio, solo permaneció más cerca.

La ayudó a vestirse, aunque ella le dijo dos veces que no era necesario.

Le abrochó la parte posterior del vestido con una paciencia que la irritó y la tranquilizó al mismo tiempo.

Le acomodó un mechón detrás de la oreja.

Le ofreció té. Le tocó el vientre antes de salir de la habitación, como si quisiera saludar al niño y anclarla a la mañana.

Durante el desayuno, se sentó a su lado, no enfrente, a su lado.

La mesa Charpentier parecía una exposición de temperamentos servida con mantequilla.

Alice organizaba mentalmente la boda de Nick incluso mientras untaba mermelada.

William leía el periódico con el gesto de un hombre que ya no confiaba en la prensa por razones familiares.

Philip bebía café con la elegancia de quien no ha dormido lo suficiente y no piensa admitirlo.

Nick hablaba de proveedores florales como si estuviera negociando un tratado internacional.

Camille revisaba una lista con el ceño concentrado.

Thiago escuchaba a Héloïse hablar de un libro que ambos habían comprado días antes.

Millie, reclinada en una silla con la pierna todavía vendada, tenía prohibido moverse y por eso movía la lengua el doble.

Killian de Valois la vigilaba con una serenidad que rozaba la resignación.

Elizaveta intentó comer. El cuchillo cayó contra un plato. Ella saltó. Brand apoyó la mano sobre su rodilla bajo la mesa.

—Estoy aquí —murmuró.

Ella respiró despacio.

—No estoy asustada.

—No dije que lo estuvieras.

—Lo pensaste.

—Pienso muchas cosas. No todas son inteligentes.

Elizaveta lo miró de reojo, la frase casi la hizo sonreír, casi.

Más tarde, en el salón, la boda volvió a devorarlo todo.

Había bocetos de vestidos, muestras de encaje, tarjetas, listas, pequeños recortes de revistas de moda, cartas de proveedores, una nota de Delaila sobre un bordado posible y una discusión larguísima sobre si las flores del jardín debían ser blancas o si eso hiciera que toda la ceremonia pareciera un funeral caro.

—Un funeral caro tiene ventajas —dijo Philip—. Nadie espera que los muertos bailen.

—Philip —lo reprendió Alice.

—Solo aporto perspectiva.

Nick tomó una tarjeta.

—Mi boda no parecerá un funeral.

—Depende de cuánto hables durante los votos —dijo Millie.

Camille bajó la vista para ocultar una risa.

Elizaveta, sentada junto a Alice, sostenía una revista abierta sin leer.

Las ilustraciones se mezclaban frente a sus ojos: vestidos rectos, perlas largas, siluetas modernas, mujeres con labios oscuros mirando al futuro como si el futuro no pudiera devorarlas también.

Cada voz parecía demasiado alta. Cada movimiento, demasiado cerca.

Una mano rozó su hombro por accidente. Se sobresaltó. Brand se levantó de inmediato desde el otro extremo del salón.

Cruzó hacia ella.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Elizaveta.

Ella bajó la revista.

—No pasa nada, solo me he sentido rara todo el día, quizá estoy cansada por el bebé o incómoda. No lo sé.

Brand la miró con atención, luego apoyó una mano sobre su vientre y la otra en su mejilla.

Frente a todos, sin esconderlo. Elizaveta se quedó inmóvil, más por sorpresa que por pudor.

Él inclinó el rostro y la besó en los labios, un beso breve y tierno.

Demasiado público para ser casual y demasiado íntimo para ser espectáculo.

—Subamos a descansar un rato —dijo—. Has estado demasiado activa con la boda.

Alice levantó la cabeza de inmediato.

—¿Descansar? ¿Te sientes mal, querida?

La palabra querida todavía lograba desarmarla.

Elizaveta abrió la boca, demasiado tarde.

Nick ya miraba con interés.

—¿Brand está siendo dramático otra vez?

—Brand siempre fue dramático —dijo Philip con una galleta a medio comer—. Solo que lo llama responsabilidad.

Millie alzó una mano desde su silla.

—Propongo que, por una vez, dejemos que la embarazada descanse sin convertirlo en interrogatorio parlamentario.

—Lo dice la mujer que intentó interrogar a un enfermero con una bala en la pierna —murmuró Killian.

—Fue un roce.

—Fue una estupidez con pólvora.

Héloïse rio, Thiago miró a Elizaveta con preocupación discreta, al igual que hizo Camille. Brand rodó los ojos.

—Elizaveta está cansada. Eso es todo. Lo mejor será que tome un respiro de tanta discusión floral.

—Mandaré que le suban algo de comer, querido —dijo Alice de inmediato—. Sopa ligera, fruta, té suave. Sin café fuerte.

Elizaveta miró a Brand.

—Has contaminado a tu madre.

—La he informado.

—La has vuelto insoportable.

Alice sonrió con dulzura.

—Ya lo era antes, querida.

Elizaveta no pudo evitarlo, sonrió y Brand la ayudó a levantarse.

La llevó arriba con una mano en la espalda y la otra lista para sostenerla, aunque ella insistiera en que podía caminar perfectamente.

En la habitación, cerró las cortinas a medias, pidió una bandeja y se sentó con ella hasta que bebió algo de té y comió un poco de pan con mantequilla y mermelada de fresa.

—No tienes que quedarte mirándome como si fuera a desmayarme sobre la almohada —dijo ella.

—No quiero perderme el espectáculo.

—Te odio.

—Eso también me lo has dicho hoy.

—Porque sigues mereciéndolo.

Brand sonrió.

Se acostó junto a ella sin quitarse del todo la chaqueta, solo para acompañarla.

Le acarició el brazo mientras ella fingía no necesitarlo.

Poco a poco, la tensión de Elizaveta empezó a aflojarse.

Sus párpados cayeron, la mano que tenía sobre el vientre se abrió despacio, su respiración se volvió más profunda.

Brand esperó.

Esperó hasta que estuvo dormida. Entonces permaneció allí unos minutos más, mirándola. El reloj de la chimenea marcó las cuatro. La cita con Elettra era a las cinco. «Hôtel Lutetia. Una conversación. Después, cumpliré mi promesa.» Brand cerró los ojos. No quería ir.

Esa era la verdad más incómoda.