La última elección 22 La mujer que busca refugio #2
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22 La mujer que busca refugio #2

—No digas que no es eso —advirtió—. Porque lo es. Me besas. Me tocas. Me vuelves loca y luego te detienes como si fueras un santo insoportable o como si yo fuera a romperme.

Brand pasó una mano por su rostro.

—No quiero apresurarte.

Ella lo miró como si hubiera dicho una estupidez monumental.

—¿Apresurarme? Soy yo quien te está arrastrando sobre la cama.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué más necesitas? ¿Un documento firmado? ¿Un permiso de Alice? ¿Una bendición del médico?

Él casi sonrió, no debía, pero era imposible no verla así: furiosa, hermosa, desesperada, hormonal, viva. Tan vulnerable y mandona al mismo tiempo que le partía algo dulce por dentro.

—No te rías —dijo ella.

—No me río.

—Tus ojos se están riendo.

—Mis ojos son independientes.

—Los odio.

—También eso lo sé.

Elizaveta se sentó del todo, cubriéndose apenas con la sábana, más por enfado que por pudor.

—No sé qué me ocurre —dijo, bajando la voz de pronto—.

No sé por qué tengo tantas ganas de hacerlo.

Antes podía usar el deseo. Controlarlo. Convertirlo en algo útil.

Ahora me despierto en mitad de la noche y te quiero.

Me asusto y te quiero. Te veo abotonarte la camisa y quiero arrancártela. Es humillante.

Brand la miró con una ternura que intentó no volver ofensiva.

Ella apretó la sábana entre los dedos.

—Pero no es solo eso. Te necesito. Necesito a mi esposo, no a un médico, ni a un hombre cuidando a una embarazada como si fuera porcelana. A mi esposo.

Brand permaneció quieto. Elizaveta levantó el mentón.

—Y si no quieres hacerlo conmigo, buscaré a alguien que…

Brand se echó a reír, no pudo evitarlo. La carcajada fue breve, ronca, incrédula. Elizaveta se quedó helada.

—¿Te parece gracioso?

Él se acercó de inmediato hasta casi tocar su nariz, todavía con una sonrisa imposible de contener.

—Muchísimo.

—Voy a matarte.

—Probablemente.

—Estoy hablando en serio.

—No. Estás amenazando a tu marido con cometer adulterio porque está intentando ser demasiado considerado.

—No lo digas así.

—Así fue.

Ella lo golpeó con una almohada. Brand la atrapó por la muñeca y la besó allí, después en la palma, luego en los dedos.

—Por supuesto que quiero estar contigo —dijo.

La sonrisa de Elizaveta vaciló.

—¿Entonces?

—Tenía miedo de hacerte sentir presionada.

—Me estás presionando con la ausencia.

Brand se quedó callado.Ella bajó la mirada.

—Y me haces dudar.

Eso borró la última sombra de humor en él.

—No quería eso.

—Lo sé. Pero lo haces.

Brand le tomó el rostro.

—Te deseo, Elizaveta.

Ella cerró los ojos, la frase le entró al cuerpo como calor.

—Te deseo más de lo que debería ser prudente —continuó él—. Me cuesta detenerme en cada ocasión, pero no quería que confundieras mi deseo con posesión. No quería que pensaras que solo sé acercarme a ti de esta forma.

Elizaveta abrió los ojos.

—Yo soy quien te está pidiendo esto.

—Ahora lo sé.

—¿Y?

Brand la besó y, en esa ocasión, no se apartó.

Elizaveta soltó un suspiro contra su boca, mitad triunfo, mitad alivio.

La tormenta siguió golpeando la mansión, pero la habitación pareció cerrarse sobre ellos con una intimidad nueva.

Brand la recostó de nuevo, despacio, con una reverencia que hizo que la urgencia de ella se volviera menos furiosa, más profunda.

La amó con cuidado, no como se toma una victoria, sino como se sostiene una promesa frágil.

Todo fue más lento que aquella primera vez que los había unido entre deseo, confusión y consecuencias.

Esta vez hubo palabras murmuradas contra la piel.

Hubo besos en los párpados, en las mejillas, en la curva del vientre donde el hijo de ambos dormía entre ellos.

Hubo manos que preguntaban antes de avanzar, respiraciones que se buscaban, pausas para mirarse como si todavía no entendieran del todo cómo habían llegado allí.

Elizaveta, que tantas veces había usado el cuerpo para dominar o defenderse, descubrió otra forma de entregarse: no vencida, no sometida, sino acompañada.

Brand la miraba a cada instante, no para medir su belleza, sino para saber si seguía allí con él.

Le acarició la espalda, le sostuvo la cintura, le apartó el cabello húmedo de la frente cuando ella tembló.

Le dijo palabras dulces, pocas, porque Brand no era hombre de adornar lo que sentía, pero cada una llegó con el peso de algo elegido.

—Estoy aquí.

—Mírame.

—No tienes que esconderte.

—Así. Conmigo.

Elizaveta lloró una vez. Solo una. No de tristeza. O quizá sí, pero de una tristeza que por fin encontraba dónde disolverse.

Brand besó aquella lágrima sin mencionarla.

Cuando sus cuerpos se unieron del todo, Elizaveta se aferró a él con una mezcla de alivio y asombro, como si hubiera esperado dolor, dominio o vacío y encontrara, en cambio, una ternura que la dejaba sin defensa.

Brand se movió con una paciencia que a ella le pareció desesperante al principio y necesaria después.

No había prisa. No había castigo. No había prueba.

Solo ellos. La tormenta. El hijo. La cama. El calor. La certeza de que, por una vez, el deseo no venía a quitarle nada.

Elizaveta pronunció su nombre al final, no como desafío, sino como refugio y Brand, al escucharla, sintió que algo en él cedía con una fuerza silenciosa. Después, ella quedó acostada sobre su pecho. Contenta. Satisfecha. Pronto dormida.

La respiración de Elizaveta se volvió lenta contra su piel.

Su mano descansaba abierta sobre él, sin tensión.

El cabello le cubría parte del rostro y Brand se lo apartó con cuidado.

Siguió acariciándole la espalda durante largo rato, sintiendo bajo la palma el ritmo de su respiración, el latido pausado de su corazón y el peso tibio de su cuerpo.

Elizaveta era todo lo que alguna vez imaginó en una mujer capaz de robarle la razón.

Lo desquiciaba. Lo desarmaba. Lo irritaba con una facilidad casi artística. Lo conmovía. Lo deseaba de una forma que lo hacía sentirse poderoso y vulnerable al mismo tiempo.

Y aún no lograba descifrar qué sentía por ella.

No del todo. No con una palabra limpia, pero fuera lo que fuera, era fuerte.

Más fuerte que la obligación, el deber o la culpa.

Más fuerte incluso que el deseo, aunque el deseo hubiera sido la primera puerta por la que ambos se habían destruido y encontrado.

Brand cerró los ojos, pero el sueño no llegó de inmediato, porque ese mismo día había recibido una nota de Elettra.

La había encontrado entre la correspondencia privada, dentro de un sobre discreto, escrito con una caligrafía firme que no intentaba parecer inocente.

Hôtel Lutetia. En dos días. A las cinco de la tarde. Una conversación.Después, cumpliré mi promesa.

Nada más.

Brand había doblado la nota y la había guardado antes de que Elizaveta pudiera verla y aquel gesto, aunque práctico, le pesaba.

Algo en él no se sentía cómodo con atender al llamado.

No por miedo a Elettra, ni siquiera por miedo a sí mismo, era por su mujer; por la mujer que dormía desnuda y tranquila sobre su pecho después de haberle pedido, con una desesperación casi tierna, que no la tratara como porcelana.

Por la mujer que temblaba en mitad de la noche y lo buscaba incluso antes de saber que lo hacía.

Por la mujer que todavía creía que todo podía serle arrebatado si cerraba los ojos demasiado tiempo.

Pero también había una deuda.

No con el amor, sino con el daño.

Elettra merecía, al menos, decir lo que cargaba.

Merecía una despedida completa, no frases rotas en la escalinata de un hospital.

Merecía lanzar su rabia contra él y no contra Camille, ni Elizaveta, ni Thiago.

Brand le había dicho que, si quería golpear a alguien, debía golpearlo a él.

Ahora ella lo había citado y él había aceptado.

Elizaveta se movió dormida y se aferró un poco más a su pecho.

Brand la abrazó más fuerte.

Afuera, la tormenta empezaba a alejarse. La lluvia caía ahora con menos violencia, acariciando los cristales en lugar de golpearlos. París seguía dormido bajo el agua, con sus tejados brillantes, sus faroles borrosos y sus secretos esperando la mañana.

Brand apoyó los labios en el cabello de su esposa.

Cerró los ojos.

Esperó que aquella conversación no abriera una puerta que ya había costado demasiado cerrar.

Esperó que no ocasionara más problemas.

Esperó, sobre todo, que la mujer dormida en sus brazos nunca tuviera que preguntarse si él había ido a encontrarse con otra porque aún quedaba algo que elegir.

Porque esa noche, con Elizaveta respirando sobre su pecho y el hijo de ambos entre las sombras tibias de la habitación, Brand comprendió algo que no se atrevió a nombrar.

La paz podía ser más peligrosa que el deseo.

Porque, una vez encontrada, perderla se volvía impensable.