22 La mujer que busca refugio
Brand empezó a notar que Elizaveta despertaba llorando antes de que ella misma lo admitiera.
No era siempre un llanto visible.
A veces era apenas una respiración rota en mitad de la noche, o el modo en que sus dedos se cerraban sobre la sábana como si estuviera aferrándose al borde de un abismo, o esa rigidez repentina de su espalda, ese temblor pequeño en los hombros, esa forma de contener el aire para no hacer ruido.
Elizaveta no gritaba.
Eso fue lo primero que le dolió entender.
Los verdaderos horrores, en ella, no salían con estruendo. Se quedaban atrapados detrás de los dientes, educados por años de miedo, orgullo y una disciplina cruel que la había obligado a parecer invencible incluso cuando estaba deshaciéndose por dentro.
Brand fingía no despertar.
Al principio lo hizo por prudencia. Después, por ternura.
Había aprendido que a Elizaveta le incomodaba saberse observada en su fragilidad.
Si abría los ojos de golpe, si le preguntaba qué pasaba, ella se tensaba, limpiaba sus lágrimas con furia y convertía el dolor en sarcasmo antes de que él pudiera tocarla.
Así que fingía dormir, pero la abrazaba más fuerte.
Como si fuera un movimiento involuntario, como si sus propios sueños respondieran a los de ella, como si no fuera Brand quien decidiera atraerla contra su pecho, sino su cuerpo, acostumbrándose al temblor de ella y aprendiendo a contestarlo con calor.
A veces Elizaveta se calmaba así.
Otras, aún dormida, lo buscaba con una necesidad casi infantil.
Hundía el rostro en su camisa, se aferraba a su brazo, colocaba la mano sobre la suya como si quisiera confirmar que él seguía allí.
Brand permanecía inmóvil, despierto en silencio, con los ojos abiertos hacia la oscuridad de la habitación, sintiendo el peso de ella, del hijo, de todas las heridas que no sabía curar.
París afuera seguía siendo París; coches tardíos, risas borrachas escapando de algún automóvil, el ladrido lejano de un perro, el rumor de la lluvia en los cristales, una ciudad demasiado bella para pedir perdón por lo que hacía con sus habitantes, pero dentro de la habitación, cada noche parecía pertenecer a Rusia.
A esa Rusia rota que Brand nunca había visto y que, sin embargo, empezaba a conocer por las manos heladas de su esposa al despertar.
La tormenta llegó un jueves. No una lluvia elegante, de esas que París usaba para volverse más poético ante los pintores.
Fue una tormenta verdadera, violenta, con relámpagos rasgando el cielo sobre los tejados y truenos que hicieron vibrar los cristales de la mansión Charpentier.
El viento golpeaba las ramas contra las ventanas y el agua descendía por los canalones con un ruido furioso, como si la ciudad entera estuviera siendo lavada contra su voluntad.
Brand despertó antes de que Elizaveta se moviera, había algo distinto en el cuarto, un vacío. Tardó un segundo en entenderlo, pero Elizaveta no estaba en la cama, se incorporó de inmediato.
La vio junto a la puerta del vestidor, descalza, con el camisón blanco cayéndole sobre el cuerpo y el cabello suelto por la espalda.
No estaba despierta o no del todo. Tenía los ojos abiertos, pero la mirada perdida, fija en un lugar que no existía en la habitación.
Una mano le cubría el vientre; la otra buscaba algo en el aire.
—Alekséi —susurró.
Brand se levantó despacio.
El médico había advertido que los sueños podían volverse más intensos con el embarazo.
Que algunas mujeres caminaban dormidas, hablaban, despertaban confundidas, temían cosas sin razón aparente, pero allí, bajo la luz blanca de un relámpago, viendo a Elizaveta avanzar hacia una puerta como si escapara de algo, Brand supo que no era solo el embarazo, era la memoria.
El cuerpo recordaba incluso cuando la mente intentaba dormir.
—Liza —dijo con suavidad.
Ella no reaccionó.
—Alekséi —repitió, con temblor en la voz—. No dejes que entren.
Brand se acercó sin apresurarse en el momento en el que un trueno sacudió la casa. Elizaveta se sobresaltó, pero no despertó y dio un paso hacia el corredor. Brand llegó a ella, le tomó los hombros con cuidado y la dirigió suavemente de regreso.
—No hay nadie —murmuró—. Estás aquí.
Elizaveta forcejeó apenas.
—Hace frío.
—Lo sé.
—Alekséi…
Brand sintió que el nombre de otro hombre, incluso siendo su hermano, le atravesaba una parte oscura del pecho.
No por celos, no esa noche, era otra cosa, era una comprensión amarga: antes de él, durante demasiados años, el refugio de Elizaveta había tenido un solo nombre.
La condujo de vuelta a la cama. Ella caminó como una niña perdida, los pies fríos sobre la alfombra, la respiración quebrada.
Cuando Brand la sentó en el borde del colchón, Elizaveta parpadeó.
Al tocar la almohada, despertó de golpe.
El grito se le quedó contenido en la garganta, abrió los ojos, aterrada. Vio a Brand y se lanzó a sus brazos.
—No era real, ¿verdad? —dijo con desesperación—. No lo era.
Brand la envolvió de inmediato.
—No. No era real.
Ella se aferró a él con una fuerza que le hizo doler el pecho.
—Dime que no.
—No era real, Elizaveta. Estás a salvo. Estás conmigo.
—Había alguien en la puerta.
—No.
—Yo lo escuché.
—Era la tormenta.
—No, era…
—Era la tormenta —repitió él, más bajo, más firme—. Nadie va a entrar. Nadie va a tocarte. Estoy aquí.
Elizaveta temblaba contra él.
Brand le acarició el cabello, la espalda, la nuca húmeda de sudor. La sostuvo sin pedir explicaciones. Afuera, el cielo volvió a romperse con un trueno; ella se encogió, y él la apretó más contra su pecho.
Poco a poco, su respiración empezó a seguir la de él. Primero a trompicones, después con menos violencia hasta que finalmente, el cuerpo de Elizaveta cedió un poco, no del todo, nunca del todo, pero lo suficiente para que el presente regresara a sus ojos.
Entonces se separó, la vergüenza llegó de inmediato. Brand la vio cubrirse el rostro con una mano, no por pudor, sino por rabia contra sí misma. Se enderezó, intentando recuperar dignidad con el cabello desordenado, los ojos húmedos y la piel pálida.
—Lo siento —dijo.
Brand sonrió apenas.
—¿Por caminar dormida?
—Por esto.
—¿Esto?
Ella lo miró con irritación.
—Por parecer una niña asustada.
Él levantó la mano y le pellizcó suavemente la nariz.
Elizaveta se quedó inmóvil, ofendida y desconcertada.
—¿Qué haces?
—Intento averiguar por qué te avergüenzas si se trata de mí.
—No hagas eso.
—¿Pellizcarte la nariz?
—Hablarme como si fuera adorable.
—Lo eres un poco cuando estás furiosa y descalza.
Elizaveta abrió la boca, probablemente para insultarlo, pero la frase murió antes de nacer.
Brand le acarició la mejilla con los nudillos.
—Soy tu esposo —dijo—. Será inevitable que note tus debilidades.
La palabra esposo cambió algo en ella.
Ya no sonaba como una condena, pero tampoco como una salvación, sonaba a una puerta entreabierta.
—Nunca me ha gustado que nadie las vea —murmuró.
—Lo sé.
—Entonces no sonrías.
—Sonrío porque estás aquí.
Elizaveta lo miró con una expresión que no sabía defenderse de aquella clase de frase. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales. Dentro, la habitación estaba oscura, tibia, llena de la respiración de ambos. Elizaveta miró su boca y Brand lo notó.
Ella se acercó primero y lo besó.
Al principio fue un beso suave, casi de agradecimiento.
Después cambió. Como había ocurrido cada vez con más frecuencia en los últimos días.
Elizaveta se pegó a él, le tomó el rostro, abrió los labios con una necesidad que no tenía nada de calculada.
Últimamente, sus ansias por él parecían ir en aumento, alimentadas por el embarazo, por la vulnerabilidad, por el miedo y por una forma nueva de deseo que no sabía colocar en ninguna parte.
Brand le correspondió, siempre lo hacía. El problema era que también siempre se detenía y Elizaveta lo había notado.
Había notado cómo la besaba hasta dejarla sin aliento, cómo la tocaba con una paciencia que le incendiaba la piel, cómo la complacía hasta que ella se quedaba dormida, agotada y tibia contra su pecho.
Pero cuando ella intentaba llevarlo más lejos, cuando sus manos lo buscaban con claridad, cuando su cuerpo le decía lo que su orgullo no quería decir en voz alta, Brand se contenía.
Y esa noche, Elizaveta no quería contención.
Quería la conexión íntima que no se había repetido desde aquella noche desordenada en que habían concebido al bebé.
No quería solo caricias. No quería solo alivio.
Quería a su esposo en toda la extensión de la palabra; quería sentir que su cuerpo no era un lugar peligroso para él, que el embarazo no la había convertido en una criatura sagrada e intocable, que Brand no la deseaba menos por verla herida.
Lo besó con más fuerza.
Brand la acostó sobre la cama con cuidado, y ella tiró de él para acercarlo. La tormenta iluminó un segundo sus cuerpos entre las sábanas. Ropa deshecha, respiraciones rápidas, manos aprendiendo ya los caminos de la piel.
Él la besó en el cuello, en el hombro, descendió con una devoción lenta que, en otro momento, la habría rendido.
Pero cuando volvió a detenerse, Elizaveta abrió los ojos.
—No.
Brand alzó la cabeza.
—¿Qué pasa?
—No lo hagas otra vez.
Él respiraba con dificultad.
—Elizaveta…
—No.
Intentó atraerlo de nuevo, envolverlo con sus piernas, convencerlo con la boca, con las manos, con esa habilidad suya para convertir el deseo en mandato. Brand cerró los ojos, la besó con vehemencia y volvió a apartarse apenas, buscando complacerla de otra forma.
Ella lo empujó del pecho, no con violencia. Con desesperación.
—¿Por qué no quieres hacerme el amor?
La pregunta quedó suspendida sobre la cama, más desnuda que ambos. Brand se quedó sin habla. Elizaveta se incorporó sobre los codos, el cabello negro desordenado sobre los hombros, los labios hinchados, los ojos brillantes de deseo, rabia y una vergüenza que no aceptaba mostrarse con facilidad.