La última elección 21 El alma claridosa #2
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21 El alma claridosa #2

Thiago la miró con tristeza, por un segundo, Héloïse quedó fuera y no le gustó, no porque Elettra hubiese dicho algo especialmente íntimo, sino porque Thiago volvió a mirarla con esa gravedad cuidadosa suya.

Esa forma de querer sostener a alguien incluso cuando ya no debía.

Héloïse sintió un pinchazo limpio de celos.

Entonces fingió resbalar, no de manera vulgar, un pequeño desliz en la acera húmeda, un movimiento elegante del tobillo, una mano que se aferró al brazo de Thiago con suficiente fuerza para despertar la preocupación innata en un hombre como él.

—¡Héloïse! —Thiago la sujetó de inmediato—. ¿Estás bien?

Ella apoyó una mano en su pecho.

—Sí. Solo la acera decidió oponerse a mi presencia.

Elettra la miró y, por primera vez en la mañana, sonrió con filo.

—Qué acera tan teatral.

Héloïse sostuvo su mirada sin avergonzarse.

—Las mejores lo son.

—Casi parece que querías atención.

—No casi.

Thiago miró a Héloïse.

—¿Qué?

Ella se enderezó, se sacudió el abrigo y le sonrió con total descaro.

—Quiero estar a solas contigo.

Elettra parpadeó y Thiago también.

Héloïse no pareció incómoda en absoluto.

—Y mademoiselle Rinaldi seguramente llegará tarde a sus clases si seguimos deteniéndola con nuestros dramas literarios.

—No me están deteniendo —dijo Elettra.

—Entonces te liberamos por generosidad.

Thiago murmuró:

—Héloïse.

—¿Sí?

—Eres terrible.

—Pero muy efectiva.

Ella lo tomó del brazo y tiró de él hacia el café más cercano, un local pequeño con cristales empañados, mesas redondas y olor a café negro, chocolate y mantequilla.

Thiago se dejó llevar, no porque no viera lo que hacía, porque lo veía y, aun así, no se sintió responsable de corregir cada gesto ajeno para evitar un daño. Elettra era adulta, Héloïse también, él estaba cansado de ser la cuerda entre dos voluntades.

Antes de entrar, volvió la cabeza hacia Elettra e inclinó el rostro.

—Nos veremos.

No dijo más, entró con Héloïse.

Elettra se quedó en la acera, el frío le mordió los dedos dentro de los guantes.

A su alrededor, la mañana seguía abriéndose.

Mujeres con abrigos de lana pasaban rumbo al mercado, un muchacho cargaba periódicos bajo el brazo, una pareja discutía en voz baja junto a un quiosco y, como siempre en París, los murmullos encontraron el modo de llegar a ella.

—…la Rinaldi…

—…la maestra, sí…

—…dicen que Brand Charpentier…

—…y ahora el otro hermano con una de Saint-Véran…

—…pobre o astuta, quién sabe…

Elettra cerró los ojos, la molestia volvió.

No como fuego, sino como veneno lento. Había querido no caer en los juegos de Héloïse y no había caído, pero la calle jugaba a otra cosa.

París entera parecía haber decidido que ella era una historia abierta, un cuerpo disponible para ser comentado, una mujer que había amado mal y por eso merecía ser interpretada por desconocidos.

Siguió caminando. Sola. Y esa soledad, en lugar de limpiarla, la dejó todavía más cerca de sus pensamientos más oscuros.

Dentro del café, Thiago se sentó frente a Héloïse junto a una ventana. La luz temprana entraba por el cristal empañado, volviendo dorado el borde de las tazas. Un camarero con delantal blanco se acercó a tomar nota. Héloïse pidió café con leche y un croissant de almendra. Thiago pidió café negro.

Cuando el camarero se alejó, él la miró.

—Has sido bastante obvia al deshacerte de Elettra.

—Sí.

—Ni siquiera lo niegas.

—¿Para qué? Ambos estuvimos allí.

Thiago apoyó los brazos sobre la mesa.

—No tenías que hacerlo.

—No, pero quería hacerlo.

—Eso no mejora tu defensa.

—No estoy defendiéndome.

Él la observó. Héloïse se quitó los guantes despacio, dedo por dedo, como si cada movimiento perteneciera a una partitura de sinceridad, luego dejó las manos sobre la mesa y lo miró de frente.

—Tengo interés en ti, Thiago.

Él no respondió, la franqueza de Héloïse siempre lo tomaba por un sitio desprotegido. Ella continuó:

—Y no tengo miedo de aceptarlo. No voy a fingir indiferencia para parecer más deseable. No voy a esconderme detrás de una amistad literaria ni de la excusa de que Millie me arrastró a tu vida. Me gustas.

Thiago bajó la mirada. Héloïse inclinó la cabeza.

—En verdad me gustas.

El café pareció volverse más silencioso.

Afuera, París caminaba. Adentro, olía a pan caliente, azúcar, humo de cigarro y tazas recién lavadas.

Thiago sintió que el pasado intentaba levantarse dentro de él por costumbre: Elettra, su dolor, su promesa rota, el gesto de Brand, la sensación de haber sido siempre el hombre que llega segundo a todas las habitaciones.

Pero Héloïse estaba allí, clara, directa, sin niebla y esa claridad, después de tantos meses de sentimientos enredados, le pareció casi una forma de descanso.

—Tú también me gustas —dijo.

Héloïse no sonrió de inmediato, como si quisiera asegurarse de haberlo escuchado sin adornarlo.

Thiago continuó:

—No puedo ofrecerte amor ahora. No de esa manera. No sería justo fingir que mi corazón está limpio cuando apenas empieza a dejar de sangrar por los sitios equivocados.

—Lo sé.

—Pero estoy dispuesto a dejarme llevar por el vendaval que es tu excéntrica y atrayente personalidad.

Entonces sí sonrió.

Una sonrisa hermosa, amplia, triunfante sin ser cruel.

—Qué frase tan dramática. Me encanta.

—Me arrepentiré de haberla dicho.

—Demasiado tarde. La conservaré para usarla en tu contra.

Thiago sonrió también. Héloïse se inclinó sobre la mesa y le dio un beso en la mejilla, fue rápido, ligero, pero dejó calor.

—Bien —dijo ella—. Entonces invítame un café y quizá te permita comprarme ese libro del que hablabas.

—¿Permitirás?

—Naturalmente. Una debe dar a los hombres pequeñas ilusiones de iniciativa para que no se sientan inútiles.

Thiago rio.

Una risa verdadera. El camarero llegó con las tazas. Héloïse tomó la suya con ambas manos, aspiró el aroma y cerró los ojos con satisfacción. Thiago la miró, le agradaba.

No solo su belleza, ni su ingenio, ni la forma en que parecía convertir cada conversación en una ventana abierta.

Le agradaba aquella alma claridosa. Transparente.

Directa. Una mujer que decía quiero sin convertirlo en trampa, que decía me gustas sin exigirle arrodillarse frente a la frase, que podía tener celos y reconocerlos, marcar territorio y no fingir santidad.

Después de tanto amar en silencio, de tanto aceptar migajas sin llamarlas así, de tanto hacerse a un lado para que otros no tropezaran con sus heridas, Thiago descubrió que la franqueza de Héloïse le parecía casi luminosa.

—¿Qué miras? —preguntó ella.

—A ti.

—Eso fue peligrosamente directo. ¿Te estoy contagiando?

—Quizá.

—Magnífico. Mi influencia avanza.

Thiago tomó su café.

Afuera, la mañana terminaba de levantarse sobre París.

Los libreros abrían puertas, los periódicos manchaban dedos.

Las campanas marcaban la hora. En alguna calle, Elettra caminaba sola con el corazón y la cabeza igual de perdidos, pero allí, en una mesa junto a la ventana, Thiago permitió que algo distinto empezara.

No una promesa, no todavía.

Solo una posibilidad tibia entre dos tazas de café y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió miedo de sonreír.