21 El alma claridosa
Thiago salió de la mansión Charpentier antes de que la casa terminara de despertar.
París aún bostezaba detrás de una niebla suave, de esas que no ocultan la ciudad, sino que la vuelven más íntima.
Las fachadas parecían lavadas por una luz azulada; los balcones de hierro guardaban gotas de la llovizna nocturna y, desde las cocinas de la mansión, comenzaba a escapar el olor a pan tostado, café recién molido y mantequilla tibia.
En la calle, algún cochero malhumorado insultaba a su caballo con una ternura contradictoria.
Más lejos, un tranvía despertaba los adoquines con su campanilla metálica.
Thiago llevaba un abrigo oscuro, los guantes en una mano y el sombrero inclinado apenas sobre la frente.
La casa estaba demasiado llena.
Millie, herida y furiosa por haber sido tratada como una inválida, había sido prácticamente secuestrada por sus padres para permanecer bajo vigilancia.
Killian de Valois había sido secuestrado junto con ella bajo el argumento, bastante sólido, de que era el único capaz de impedirle convertir una convalecencia en investigación criminal.
Y como si la mansión no tuviera ya suficientes temperamentos inflamables bajo el mismo techo, Héloïse de Saint-Véran se había convertido en otra intrusa bien aceptada.
Demasiado bien aceptada.
Alice la adoraba porque sabía conversar sin atropellar.
William la aprobaba porque su apellido era impecable y sus modales, aún más.
Philip la encontraba interesante, lo cual en Philip equivalía casi a una bendición.
Nick la llamaba “la institutriz peligrosa de Thiago”, Camille la observaba con simpatía cauta, Elizaveta la toleraba con una facilidad sorprendente, y Millie parecía complacida consigo misma cada vez que la veía cerca de Thiago.
Thiago aún no sabía qué hacer con todo eso, así que salió temprano o intentó hacerlo.
—Sabía que escaparías.
La voz llegó desde el pie de la escalinata.
Thiago se detuvo. Héloïse estaba allí, envuelta en un abrigo color verde oscuro, con un sombrero pequeño ladeado sobre el cabello cobrizo y una sonrisa demasiado despierta para esa hora.
Tenía las mejillas rosadas por el frío y las manos enguantadas alrededor de un pequeño bolso de cuero.
Parecía una mujer esperando un carruaje, una novela o una travesura.
Quizá las tres cosas.
Thiago no pudo evitar sonreír.
—¿Qué haces despierta tan temprano?
—Leer la mente.
—¿La mía?
—Más o menos, no te halagues demasiado, eres bastante transparente cuando intentas huir de tu propia familia.
Él bajó los escalones.
—No estaba huyendo.
—Claro que no. Los hombres Charpentier jamás huyen, solo caminan con mucha determinación hacia otra dirección.
Thiago soltó una risa baja.
—¿Y tú, entonces? ¿Esperabas a alguien?
—A ti.
—Eso es inquietante.
—También práctico. ¿A dónde vas?
Thiago miró hacia la calle.
—Pensaba caminar hasta que abriera la librería. Me avisaron que esta mañana llegaría un libro que quería adquirir.
Los ojos de Héloïse brillaron.
—¿Qué libro?
—Uno que, si te digo el título, vas a juzgarme.
—Thiago, he visto a hombres fingir que entienden a Joyce para impresionar a mujeres con sombreros mediocres. Estoy curada de espantos literarios.
—Una edición de poemas de Rilke.
—Ah. Entonces no te juzgo. Te compadezco con elegancia.
—Eso ya es una forma de juicio.
—Una de mis mejores.
Héloïse se acercó a él y se aferró a su brazo con naturalidad.
—Te acompañaré.
—No tienes que hacerlo.
—Lo sé. Esa es la gracia. Además, compraré el mismo libro.
Thiago la miró de reojo.
—¿Aunque no lo quieras?
—Si te causa tanto interés, quiero saber por qué. Y si no me gusta, podré discutir contigo durante una semana. Todos ganan.
Él negó con la cabeza, pero no se apartó.
Caminaron juntos por la ciudad que despertaba.
París a esa hora parecía menos cruel. Los cafés abrían los toldos con bostezos de lona.
Las panaderías sacaban bandejas de panes dorados, y el olor a brioche, azúcar y almendras se mezclaba con el humo de carbón, la humedad del Sena y el perfume de las primeras violetas vendidas en pequeños ramos.
Algunas mujeres barrían las entradas de las tiendas.
Un vendedor de periódicos colocaba los ejemplares del día con dedos manchados de tinta.
Los faroles se apagaban uno por uno, cediendo su sitio a una mañana gris perla.
Héloïse hablaba con facilidad, no llenaba los silencios por nerviosismo, los atravesaba como quien sabe que una conversación puede respirar.
Habló de su casa de campo, de una tía que coleccionaba porcelanas horribles con devoción religiosa, de Millie y sus cartas “redactadas como amenazas con perfume”, de los libros que una librera de la rue de l’Odéon le había guardado por años solo porque ambas coincidían en despreciar a ciertos críticos.
Thiago la escuchaba y por momentos olvidaba que debía estar triste, eso le producía una culpa extraña, no porque debiera seguir amando a Elettra de la misma manera.
El corazón, incluso herido, se cansa de sangrar en la misma dirección, pero había algo casi indecente en descubrir que podía reír con otra mujer tan pronto.
Como si la tristeza fuera una deuda y él estuviera pagando menos de lo establecido. Héloïse pareció adivinarlo.
—Estás pensando demasiado.
—Es una costumbre.
—Deberías abandonarla, da arrugas morales.
—¿Eso existe?
—En los hombres nobles, sí. Se les forma una línea aquí.
Le tocó suavemente el entrecejo con un dedo enguantado.
Thiago se quedó inmóvil un instante.
Luego sonrió.
—Eres imposible.
—No. Soy precisa.
Doblaron hacia una calle más amplia y entonces la vieron.
Elettra.
Caminaba en dirección contraria, con una carpeta contra el pecho y el sombrero bajo, como si intentara reducirse lo suficiente para pasar sin ser vista.
Llevaba un vestido oscuro, sobrio, más propio de maestra que de heredera Rinaldi.
Aun así, la gente la miraba o quizá ella ya sentía todas las miradas, incluso las que no existían.
Thiago se detuvo, no supo qué hacer, Héloïse sí. Elettra alzó la vista y los vio, se quedó petrificada.
Héloïse levantó la mano con una efusividad impecable.
—¡Mademoiselle Rinaldi!
Thiago giró apenas hacia ella.
—Héloïse…
—No seas dramático —murmuró ella sin dejar de sonreír.
Elettra no tuvo más remedio que acercarse.
—Buenos días.
—Qué fortuna encontrarte —dijo Héloïse—. Caminamos hacia la librería, ven con nosotros un tramo.
La invitación era amable, demasiado amable.
Elettra entendió de inmediato que no era una invitación, sino una escena cuidadosamente tomada por asalto.
Héloïse no quería excluirla aún. Quería mostrarle algo: su inteligencia, su cercanía con Thiago, su capacidad para entrar en cualquier conversación y hacer que todos la siguieran antes de darse cuenta.
—No quisiera interrumpir —dijo Elettra.
—No interrumpes. En realidad, salvas a Thiago de escucharme hablar durante diez minutos sobre traducciones alemanas defectuosas.
—Eso suena más a castigo que a conversación —dijo Thiago.
—Solo porque tienes una visión limitada del placer.
Elettra caminó junto a ellos, no al lado de Thiago, Héloïse había ocupado ese lugar con una naturalidad absoluta.
La conversación empezó con libros, luego pasó a la educación, después a las mujeres que enseñaban en una sociedad que celebraba su delicadeza, pero temía su inteligencia.
Elettra respondió con corrección al principio, luego con más fuerza cuando Héloïse la cuestionó sobre Saint-Michel y la enseñanza de las niñas.
—Una escuela no puede educar a una mujer solo para volverla más agradable en una cena —dijo Elettra—. Si una niña aprende historia, literatura y cuentas solo para impresionar a un esposo, entonces no ha sido educada. Ha sido decorada.
Thiago miró a Elettra con atención.
—Estoy de acuerdo.
Héloïse sonrió.
—Yo también, en principio. Pero no basta con darles libros si luego todas las puertas siguen cerradas. A veces la educación solo vuelve más elegante la frustración.
—¿Entonces qué propones? —preguntó Elettra.
—Que aprendan también a abrir puertas. Y, si no pueden, a saber, qué bisagras romper.
Thiago soltó una risa.
—Millie te ha contaminado.
—Millie me ha perfeccionado.
Elettra apretó los labios.
Thiago tendía a estar de acuerdo con Héloïs, no de manera ciega, pero sí con una facilidad que antes no le había visto frente a ella.
Héloïse decía algo y él sonreía. Héloïse citaba a alguien y él completaba la idea.
Héloïse contradecía a Elettra con elegancia y Thiago no intervenía para suavizar el golpe.
Eso habría podido molestarle y quizá lo hacía, pero no tanto como Elettra habría esperado, porque su amargura estaba en otra parte, no en el hombre bueno que había dejado ir por tonta, no en la mujer cobriza que marcaba territorio con tanta gracia que parecía una danza social.
Su amargura seguía anclada en Brand. En la escalinata del hospital, en su voz diciendo que sí, que la había amado.
Que sí, que fue real, pero que ahora era imposible.
Como si lo real pudiera volverse inútil, como si el amor, por llegar tarde al altar, tuviera que pedir perdón y retirarse por la puerta de servicio.
Thiago notó su mirada, no estaba escuchando del todo.
Iba caminando con ellos, pero sus ojos miraban hacia un lugar que no estaba en la calle, sino dentro de ella, y ardía.
—Elettra —dijo él.
Ella volvió al presente.
—¿Qué?
—Me preocupa lo que veo en tus ojos.
Héloïse dejó de hablar.
Elettra sintió que la frase la rozaba con más ternura de la que merecía o de la que él empleaba.
—¿Y qué ves?
—Una decisión mala antes de nacer.
Ella soltó una risa sin humor.
—Qué poético.
—No te dejes llevar por lo que el corazón te grite ahora. Cuando sufre, el corazón puede ser un pésimo consejero. Hazle caso a tu cabeza. A tu razón. Así obrarás bien.
Elettra se detuvo junto a una panadería cerrada, el olor a pan caliente salía por una ventana lateral.
—Mi cabeza está tan perdida como mi corazón.