20 El precio de quedar atrás #2
—¿Qué demonios te sucede?
Se colocó entre ambas, no tocando a Elettra, pero imponiéndose con una autoridad que hizo retroceder incluso a la enfermera. Camille llevó una mano a la mejilla, los ojos le ardían, pero no lloró.
Elettra miró a Brand.
—No me culpes por el desastre que soy.
Él respiró hondo.
—Elettra.
—Te lo debo a ti.
La frase quedó suspendida.
Brand cerró los ojos un instante, luego los abrió.
—Acepto la culpa que me corresponde.
Elettra cerró la boca, como si no esperara que él no se defendiera.
—La acepto —repitió Brand—. Pero no te desquites con otras personas. Si quieres herir a alguien, ven contra mí. Contra nadie más.
Camille bajó la mano de su mejilla, Brand la miró.
—Vuelve con Nick.
—Brand…
—Por favor, no permitas que Elizaveta salga hasta que yo regrese.
Elettra soltó una risa amarga.
—Ahora la proteges.
Brand no la miró.
—Camille.
Camille comprendió. Asintió, aunque con la mandíbula tensa, y regresó a la habitación. Cuando la puerta se cerró, Brand tomó a Elettra del brazo con cuidado firme.
—Ven.
—¿A dónde?
—Fuera.
La sacó del hospital.
El aire exterior era frío, húmedo, cargado de olor a lluvia, carbón y hojas pisadas.
El cielo de París tenía ese tono violeta sucio del anochecer cuando las farolas empiezan a encenderse antes de que la ciudad acepte del todo la noche.
A unos metros, los coches esperaban junto a la acera.
Un vendedor de periódicos voceaba titulares que ya no importaban, dos enfermeras cruzaban la entrada con capas oscuras sobre los uniformes blancos.
Brand soltó a Elettra en la escalinata lateral.
—Voy a hablar con Lefèvre.
Ella lo miró, desconcertada.
—¿Qué?
—Haré que publique una nota en tu favor. Algo sobre tu trabajo en la escuela, sobre tu labor con los niños, sobre Saint-Michel. Algo que te expíe ante el ojo público, que limpie parte de lo que se ha dicho.
Elettra se rio, no de diversión, sino de cansancio.
—No es posible.
—Sí lo es.
—No. No lo entiendes. Las madres dudan de mí, los padres me miran con deseo cuando van a recoger a sus hijos o cuando paso por los pasillos.
Nadie me toma en serio. Soy demasiado joven, demasiado italiana, demasiado cercana a ustedes, demasiado ligada a un escándalo que ni siquiera fue mío del todo.
Brand apretó la mandíbula.
—Eso puede cambiar.
—¿Y mi corazón también? ¿Vas a publicar una nota para arreglarlo?
Él guardó silencio y Elettra dio un paso hacia él.
—Matteo me regañó al marcharse. Me hizo sentir como si hubiera desperdiciado la oportunidad de salvarme, Micaela me mira con pena, los niños oyen rumores que no comprenden, las maestras cuchichean, los donantes se preguntan si soy el ejemplo correcto. Y tú…
Su voz se quebró, pero no cedió.
—Tú estás ahí dentro protegiendo a tu esposa de mí.
Brand bajó la mirada.
—Es mi esposa.
—Sí. Ya lo he oído.
—Y está embarazada.
—También he oído eso.
—Entonces no vuelvas a ponerla en medio.
Elettra lo miró con los ojos llenos de lágrimas y rabia.
—¿Ya me olvidaste?
Brand se quedó muy quieto.
—No.
La respuesta la desarmó por un instante.
—Entonces no fue mentira.
—No.
—¿Lo que vivimos fue real?
Brand miró hacia la calle, pensó en el pasado, en la atracción por Elettra, en su inteligencia, en la luz distinta que ella le ofreció cuando él aún creía poder elegir sin consecuencias. Pensó en lo que quiso, en lo que pudo haber sido, en lo que no fue.
—Sí —dijo—. Fue real.
Elettra cerró los ojos y una lágrima le bajó por la mejilla.
—¿Me amaste?
Brand tardó poco para mentir y demasiado para no herir.
—Sí.
Elettra abrió los ojos y él sostuvo su mirada.
—Creí que podía amarte de una forma que entonces me parecía suficiente para desafiarlo todo, pero ya no tiene sentido volver a eso.
—Porque hay demasiadas cosas de por medio.
—Sí.
—El bebé.
—El bebé, mi matrimonio, mi familia, la tuya, Thiago… Todo.
Elettra respiró con dificultad.
—¿Y si no las hubiera?
El rostro de Brand cambió, la calma se rompió.
—No vuelvas a decir algo así.
—Es solo una pregunta.
—No. Es una crueldad.
—¿Porque implica que tu hijo no existiría?
—Porque implica que todo lo que existe puede apartarse para que tú y yo nos consolemos de una historia que no tuvo final.
Elettra dio un paso atrás, Brand se acercó apenas.
—Es imposible, Elettra. No porque no haya sido real, no porque no hayas importado, sino porque ahora sería una destrucción. Para todos, para ti también, aunque no lo creas.
Ella apretó los labios.
—Entonces quieres que me aleje de tu familia.
—Sí.
La palabra fue directa, ocasionando que Elettra palideciera.
Brand suavizó la voz, pero no la decisión.
—Al menos por ahora. Aléjate de Elizaveta, de Camille, de Thiago y si quieres golpear a alguien, golpéame a mí.
—No seas noble conmigo ahora.
—No estoy siendo noble. Estoy cansado de que el daño siga cayendo sobre otros cuando el culpable soy yo.
Brand empezó a marcharse pero Elettra lo tomó del brazo.
—Merezco decirte todo lo que pienso.
Él se detuvo.
—Lo sé.
—No así. No en una escalinata de hospital, mientras tu esposa te espera y yo parezco una loca abandonada.
Brand respiró hondo.
—Después.
—No.
Él la miró.
—Elettra.
—En el restaurante del Hôtel Lutetia. Te mandaré el día y la hora.
Brand negó con la cabeza.
—No es buena idea.
—Nada de esto lo es.
—Elettra…
—Merezco una conversación completa. Una. Después haré lo que quieras, me alejaré, no buscaré a Elizaveta, no hablaré con Camille, no me acercaré a Thiago o algún otro Charpentier.
Brand la estudió. Desconfiaba. De ella. De sí mismo. De la forma en que una conversación pendiente podía convertirse en otra cosa si se colocaba en un hotel, lámparas bajas, con vino, memoria y dolor.
—Será en un lugar visible —dijo él—. De día.
—Como quieras.
—Y después se termina.
Elettra sostuvo su mirada.
—Después se termina.
Brand aceptó a duras penas.
—Mándame los detalles.
Se alejó sin esperar más.
Elettra se quedó sola en la escalinata del hospital, la lluvia fina empezó otra vez, pequeña, fría, casi invisible.
Se le pegó al cabello, al rostro, al abrigo.
No se movió. Miró la puerta por donde Brand había entrado de nuevo, regresando con su esposa, con su familia, con su deber, con todas esas cosas que la excluían.
El mundo se le derrumbaba de una forma silenciosa.
Sin amor, sin compromiso, cuestionada por la sociedad, regañada por Matteo que se marchó haciéndola sentir no solo equivocada, sino desamparada.
Sin prestigio limpio en la escuela, sin el respeto inmediato de las madres, sin la mirada de Thiago, que ya no la buscaba.
Sin la mirada de Brand, que la había mirado por última vez como un hombre que cierra una puerta con tristeza, pero la cierra de todos modos.
Y entonces, en ese hueco donde antes había dolor, empezó a crecer otra cosa. No alivio. No arrepentimiento. Culpa, sí, pero torcida.
Rabia.
Brand tenía razón en algo: si quería herir a alguien, debía ir contra él. Elettra bajó la mirada a su mano, todavía encendida por la cachetada que le había dado a Camille, la vergüenza llegó tarde, demasiado tarde para evitar el acto, demasiado débil para gobernar lo que empezaba a pensar.
Quería hacerlo sufrir, no sabía cómo todavía, pero quería.
Solo un poco, se dijo. Solo lo suficiente para que él entendiera que no se podía amar a una mujer, dejarla atrás, proteger a otra y esperar que el mundo simplemente ordenara los restos con buenos modales.
En el interior del hospital, Brand volvió a la habitación.
Elizaveta lo miró apenas entró, no preguntó, pero su rostro lo preguntó todo. Él cruzó hacia ella y le tomó la mano.
—Nos iremos pronto.
Elizaveta miró hacia la puerta, hacia el corredor donde Elettra ya no estaba y Camille aún era atendida por Nick tras el golpe.
—¿Está bien Camille?
—Sí.
—¿Y ella?
Brand tardó un segundo.
—No.
Elizaveta bajó la mirada, no sonrió ni pareció satisfecha. Eso, de algún modo, le dolió más a Brand.
Millie, desde la cama, observó la escena con ojos demasiado inteligentes para alguien que supuestamente debía descansar.
—¿Me trajiste mi ropa? —preguntó.
Brand la miró.
—Te dispararon y sigues siendo insoportable.
—Entonces no perdí sangre importante.
Héloïse rió.
Nick abrazó a Camille cuando estuvieron de regreso, la mejilla enrojecida ahora tenía ungüento. Thiago miró hacia la puerta por donde Brand había regresado, pero no hizo pregunta alguna. Philip sostenía a Alice mientras William discutía con un médico.
La familia seguía allí. Rota, alterada, llena de secretos, pero allí.
Y afuera, bajo la lluvia fina de París, Elettra Rinaldi empezó a entender que una mujer herida podía volverse peligrosa no cuando perdía el amor, sino cuando dejaba de esperar que el amor la salvara.