20 El precio de quedar atrás
Millie Charpentier estaba despierta cuando su familia llegó al hospital. Eso, por desgracia, no significaba que estuviera descansando. La encontraron sentada en la cama, con una bata blanca de hospital, la pierna izquierda vendada bajo la sábana y una libreta apoyada sobre las rodillas.
Tenía una pluma entre los dedos, el cabello negro despeinado hasta parecer más moderno de lo habitual y una expresión de concentración feroz que no pertenecía a una mujer herida, sino a una periodista inconveniente a punto de acusar a alguien de algo.
La habitación olía a yodo, alcohol, sábanas hervidas y flores que alguien había traído demasiado pronto. Afuera, en el corredor del hospital Saint-Louis, las enfermeras caminaban con zapatos silenciosos sobre el suelo encerado.
El rumor de París parecía muy lejos, apagado por paredes blancas, puertas cerradas y el sonido metálico de instrumentos médicos. Era una clase de calma que no tranquilizaba: la calma de los lugares donde el dolor tenía horario, uniforme y registros.
—¿Quién autorizó esto? —preguntó Alice apenas la vio con libreta.
Millie levantó la mirada.
—Madre, qué alegría verte, también estoy emocionada de estar viva.
Alice cruzó la habitación en tres pasos.
—No bromees.
—Es mi pierna la que está vendada, no mi personalidad.
William apareció detrás de ella, pálido de furia y miedo.
—Millicent.
—Cuando usas mi nombre completo siento que la herida se agrava.
Philip fue el primero en llegar a la cama y le quitó la libreta.
—No.
—Philip.
—Te dispararon.
—Me rozaron.
—Eso no mejora la frase.
Nick entró detrás, con Camille a su lado.
—¿Un disparo? —dijo, alzando las manos—. ¿De verdad? ¿No podías empezar con algo más modesto? ¿Una caída de carruaje? ¿Un resfriado dramático? ¿Una intoxicación por tinta?
Millie señaló su pierna.
—Fue un disparo mal direccionado. El roce en mi pierna fue más leve que el de mi orgullo.
Brand cerró la puerta tras de sí, con Elizaveta del brazo.
El rostro de su esposa se había vuelto más pálido al entrar; no le gustaban los hospitales.
Brand lo notó y le acomodó la mano sobre su antebrazo, firme, presente.
Thiago llegó junto a Héloïse, que llevaba el sombrero en una mano y la expresión de quien intenta decidir si preocuparse o reír.
Al ver a Millie sentada con libreta, eligió ambas cosas.
—Por supuesto —dijo Héloïse—. A cualquier otra mujer la encuentran llorando. A ti, tomando declaración a la desgracia.
Millie sonrió.
—Héloïse.
—No te levantes, no quiero ser responsable de muerte por arrebato.
La risa de Héloïse fue ligera, clara, inesperada y la habitación, que había entrado con el aliento contenido, se relajó.
Killian de Valois estaba junto a la ventana, casi nadie lo había notado al principio.
Era un talento suyo: permanecer en una habitación como si hubiera llegado antes que la luz.
Alto, delgado, con el traje oscuro arrugado por la prisa y una mancha de sangre seca en el puño de la camisa, observaba a Millie con la serenidad sombría de quien había visto cosas peores y, aun así, no querría haber visto esta.
Alice lo vio, luego William y ambos se volvieron hacia él.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Alice.
—¿Dónde estaban? —añadió William.
—¿Quién disparó? —continuó Alice.
Killian abrió la boca, pero Millie levantó un dedo.
—No lo asusten, habla poco porque administra bien sus palabras, una virtud que esta familia desconoce.
Killian la miró.
—Te dispararon porque seguiste a un hombre armado después de decirme que no lo harías.
—Eso suena peor sin contexto.
—El contexto lo empeora.
Alice se llevó una mano al pecho. William se acercó a Killian con una rigidez peligrosa.
El interrogatorio empezó de inmediato, bajo, tenso, cortante.
Killian contestó con frases cortas. La mayoría de la familia no alcanzó a escucharlo, porque los hermanos ya se habían concentrado en una tarea urgente: devolver a Millie a la cama como si se tratara de una criatura salvaje con acceso a pluma.
—Acuéstate —dijo Brand.
—No eres mi médico.
—Soy peor. Soy tu hermano mayor.
—Por tres minutos.
—Suficientes para mandarte.
Nick le quitó la almohada de detrás, la acomodó con excesiva torpeza y casi la golpeó con ella.
—Eres un peligro público.
—Gracias.
—No era elogio.
—En tu boca todo suena a elogio si se decide vivir con optimismo.
Thiago tomó la bandeja con la libreta, la pluma y un pequeño recorte de periódico que Millie había escondido bajo la sábana.
—Esto no.
Millie lo miró, herida en su dignidad más que en la pierna.
—Thiago, tú eras mi hermano bueno.
—Precisamente por eso te confisco el arma.
—Es una pluma.
—En tus manos, no.
Héloïse soltó una carcajada. Esa risa terminó de deshacer la rigidez inicial.
Incluso Philip sonrió, aunque con los ojos todavía oscuros de preocupación.
Camille, junto a Nick, permitió que su respiración se estabilizara.
Elizaveta seguía callada, pero sus dedos habían dejado de aferrarse con tanta fuerza al brazo de Brand por un instante, la escena casi pareció familiar; caótica, dolorosa y viva.
Entonces entró Elettra, nadie la había anunciado.
Quizá había seguido a la familia en otro coche.
Quizá se había quedado en el corredor, dudando entre marcharse y entrar, hasta que la culpa venció al orgullo.
Llevaba el cabello algo suelto por la llovizna, el rostro pálido y una expresión tensa.
Al cruzar el umbral, la habitación cambió de temperatura.
La sonrisa de Millie desapareció de inmediato y su mirada fue hacia Thiago.
Él no se percató de la entrada de Elettra, estaba inclinado junto a Héloïse, retirando un vaso del borde de la cama para evitar que se cayera, pero Millie sí la vio y la miró con una hostilidad tan clara que no necesitó pronunciar palabra.
Elizaveta también la vio.
Más exactamente, leyó la hostilidad de Millie antes de mirar a Elettra.
Porque Elizaveta entendía el veneno de las mujeres mejor que cualquier idioma aprendido en la infancia.
Sabía cuándo una mirada era advertencia, cuándo era dolor, cuándo era amenaza.
Siguió la dirección de los ojos de Millie y encontró a Elettra.
Su cuerpo reaccionó antes que su razón, una sensación de enfermedad le subió desde el estómago y cerró los ojos.
Brand lo notó al instante.
—Elizaveta.
Ella no respondió, solo dio un paso hacia él y se refugió en su abrazo como si el gesto la avergonzara demasiado para hacerlo consciente.
Brand la envolvió con ambos brazos, frunciendo apenas el ceño.
Solo entonces giró la cabeza y vio a Elettra de pie en la entrada, mirándolo directamente, no con súplica, ni con rabia pura.
Con algo peor: con el rostro de una mujer que se siente abandonada por el mundo y empieza a decidir a quién culpar.
Brand estrechó a Elizaveta contra sí.
—Estoy aquí —le susurró al oído—. En cuanto den de alta a Millie, nos iremos juntos a casa. Solo respira.
Elizaveta asintió contra su pecho, pero se aferró a él.
Allí, entre batas blancas, yodo y el miedo familiar por Millie, la esposa rusa de Brand Charpentier parecía de nuevo invencible desde lejos.
La espalda recta, el rostro frío, el perfil perfecto.
Sin embargo, sus manos lo delataban todo: los dedos cerrados en la tela del saco de Brand, la respiración contenida, el temblor mínimo que solo él podía sentir porque la sostenía.
Camille lo vio.
Vio a Elettra alterar la habitación como una piedra lanzada sobre agua quieta; vio a Elizaveta refugiarse en Brand, vio a Thiago no mirar, pero tensarse quizá por instinto.
Vio a Héloïse volverse un poco más alerta, vio a Millie observar como si quisiera levantarse de la cama con la pierna vendada solo para echar a Elettra ella misma.
Camille soltó la mano de Nick, él frunció el ceño de inmediato.
—¿A dónde vas?
Ella le señaló con la cabeza a Elettra. Nick entendió, no le gustó, pero aceptó. Camille cruzó la habitación con una determinación silenciosa y tomó la mano de Elettra.
—Ven.
Elettra intentó resistirse.
—¿Qué haces?
—Sacarte de aquí.
—No tienes por qué sacar la basura de los Charpentier.
Camille la soltó en el corredor y se volvió hacia ella.
—No hables así.
El corredor estaba iluminado por lámparas frías. Olía a desinfectante y flores marchitas en algún jarrón cercano. Algunas enfermeras pasaban de prisa, intentando no mirar demasiado a las dos mujeres elegantes discutiendo frente a una puerta de hospital.
Elettra se cruzó de brazos.
—¿Ahora tú también me darás un sermón?
—Si sigues actuando como si todos te debieran algo, sí.
Elettra soltó una risa incrédula.
—Maravilloso.
Camille sostuvo su mirada.
—Tú no quisiste casarte con esa familia, tú dejaste libre a Thiago, no puedes castigarlos por decisiones que también tomaste.
—Yo no pedí enamorarme de Brand.
—No.
—Tampoco pedí que él me dejara por proteger a otra mujer.
Camille respiró despacio.
Elettra continuó, cada palabra más amarga:
—Soy la única que se quedó sufriendo. ¿Te das cuenta?
Brand decidió ser honorable. Elizaveta se convirtió en esposa protegida.
Thiago consiguió compasión, familia, una mujer nueva que lo mira como si fuera una página iluminada.
Tú tienes un anillo, una boda, un hombre que por fin aprendió a verte.
¿Y yo? Yo quedé como la mujer que amó demasiado tarde, la maestra indecorosa, la que estuvo cerca de un Charpentier y terminó manchada por todos.
Camille la observó con una mezcla de pena y cansancio.
—Me cuesta creer que el tiempo que pasaste con Brand haya sido suficiente para crear esta dependencia.
Elettra se quedó inmóvil, la ofensa le cruzó el rostro como una llama; la bofetada sonó en el corredor, seca y brutal. Camille giró el rostro por el golpe, por un segundo, nadie se movió.
Luego Brand apareció al fondo, con una enfermera detrás. Había salido para pedir ropa limpia para Millie y se encontró con la escena justo a tiempo para ver la mano de Elettra aún levantada.
Cruzó hacia ellas.