La última elección 19 La paz entre mujeres peligrosas #3
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19 La paz entre mujeres peligrosas #3

Era desenvuelta sin ser vulgar, graciosa sin necesitar atención constante, amable con Alice, sagaz con Philip, respetuosa con William, encantadora con Nick, curiosa con Camille y sorprendentemente cercana con Elizaveta.

Había entre ambas una afinidad extraña, quizá porque Héloïse no parecía temerle ni competir con ella.

Le hablaba como si Elizaveta fuera una mujer inteligente antes que una amenaza hermosa, y eso bastaba para desarmarla.

Thiago observaba todo desde un lado, feliz, aunque no de manera ruidosa.

Ver a Héloïse moverse entre su familia con tanta naturalidad le produjo un alivio que no esperaba.

No había tensión en su presencia, no había deuda, no había pasado doloroso con Brand ni compromiso roto.

Solo una mujer que hablaba de libros, que se reía con los ojos y que aceptaba una taza de té como si fuera un pequeño pacto civilizado contra la lluvia.

Philip se acercó a él.

—Es una buena chica.

Thiago miró a Héloïse, que en ese momento discutía con Nick sobre si una boda podía considerarse una instalación artística si todos los invitados se comportaban como personajes mal escritos.

—Sí —dijo.

Philip lo observó.

—No suenes tan sorprendido.

—No lo estoy.

—Sí lo estás. Como si el mundo te hubiera ofrecido algo amable y no supieras dónde firmar la recepción.

Thiago sonrió apenas.

—Quizá.

Héloïse se sacudió una gota de lluvia del guante. Thiago tomó una taza de té de la mesa y se acercó a ella.

—Toma. Te resfriarás.

Héloïse recibió la taza, mirándolo con diversión.

—Qué manera tan discreta de cuidarme.

—Era eso o una manta. Elegí conservar tu dignidad.

—Te lo agradezco. La dignidad combina mejor con este vestido.

Elizaveta, desde el otro lado, los observó y sonrió apenas, incluso ella parecía quererla por instinto.

Todo, por un instante, pareció estar bien.

Hasta que Elettra llegó.

No fue anunciada con la calma habitual de una visita. Entró pálida, agitada, con el sombrero torcido por la prisa y el borde del vestido manchado de lluvia. El mayordomo intentó detenerla por protocolo, pero ella ya estaba en el salón antes de que nadie pudiera preguntarse qué hacía allí.

—Millie está en el hospital.

La frase cayó como un golpe seco. Alice se puso de pie tan rápido que la taza que tenía cerca tembló sobre el plato.

—¿Qué?

William perdió color.

—¿Qué ocurrió?

—No lo sé todo —dijo Elettra—. Killian de Valois la llevó. Hubo un accidente, o… no estoy segura. Me mandaron avisar. Está en el hospital Saint-Louis.

El salón estalló, no en gritos, sino en movimiento.

Alice buscó su abrigo sin encontrarlo. William dio una orden al mayordomo.

Philip llegó a su madre antes de que ella avanzara sola y le tomó el brazo.

Brand rodeó la cintura de Elizaveta de inmediato, no para detenerla, sino para sostenerla ante la conmoción.

Nick tomó la mano de Camille. Thiago dio un paso hacia la puerta.

Elettra también se movió hacia Thiago, no por cálculo, sino por instinto, pero Héloïse llegó antes, se colocó junto a él, tranquila, aunque pálida por la noticia, y le tocó el brazo.

—Te acompaño al hospital.

Thiago la miró, en sus ojos hubo gratitud.

—Sí.

No miró a Elettra, ni siquiera por costumbre, salió con Héloïse a su lado.

Elettra se quedó quieta, el gesto fue pequeño.

Nadie habría reparado en él si la habitación no hubiera estado hecha de historias cruzadas.

Pero Philip lo vio. Philip, que siempre registraba lo que otros escondían en un segundo de más, observó la extrañeza en el rostro de Elettra: ese dolor desconcertado de quien descubre tarde que ya no ocupa el lugar de antes.

Brand no la había mirado al entrar. Thiago tampoco y, por primera vez, ella parecía ser la única que sufría por la distancia que había pedido.

Philip lo guardó, no por crueldad, sino porque no había tiempo.

Alice tembló a su lado.

—Philip…

Él la sostuvo con firmeza.

—Estoy aquí, madre.

William se acercó por el otro lado, más rígido que nunca, pero con el miedo visible en los ojos. Philip tomó a ambos como si de pronto fuera él quien debía impedir que la familia se desmoronara.

—Vamos —dijo.

La mansión se vació en cuestión de minutos.

Abrigos, guantes, puertas abiertas, coches llamados a toda prisa, mozos corriendo, voces superpuestas.

Camille subió al automóvil con Nick. Brand ayudó a Elizaveta con un cuidado automático, aunque ella insistía en que podía caminar.

Thiago y Héloïse partieron delante. Elettra se quedó un segundo en la entrada, mojada por la llovizna, antes de subir a otro coche sin que nadie supiera muy bien quién la había invitado a seguirlos.

Philip fue el último en entrar al automóvil de sus padres.

Sostuvo a Alice con una mano y a William con la otra, por una vez, no tuvo comentario inteligente.

Afuera, París olía a lluvia, hierro, caballos mojados y miedo y mientras los coches avanzaban hacia el hospital, la boda, las rivalidades, los celos y las treguas recién nacidas quedaron suspendidas en algún lugar detrás de ellos.

Porque Millie Charpentier, la hija rebelde, la periodista insoportable, la hermana que había intentado salvar a todos a fuerza de tinta y amenazas, estaba en una cama de hospital y nadie sabía todavía si París había decidido cobrarle, al fin, el precio de meterse donde nadie la había llamado.