19 La paz entre mujeres peligrosas #2
Camille se quedó helada, pero Elizaveta no se volvió.
—¿Puedes imaginar tener doce, trece años, y descubrir que los hombres pueden mirar a una niña como si ya fuera una mujer disponible?
¿Que intenten tocarte en esquinas, pasillos, habitaciones frías, más veces de las que una debería ser capaz de recordar?
¿Que tu hermano tenga que arrancarte de manos ajenas tantas veces que una parte de ti aprenda que la belleza no es un regalo, sino una condena que solo sirve si aprendes a usarla antes de que otros la usen contra ti?
Camille no pudo hablar, Elizaveta apoyó los dedos sobre el cristal.
—No te lo digo para que me perdones. Me detestaría si lo hicieras solo por esto.
Te lo digo porque a veces ni yo entiendo por qué mi mente actúa de formas que otras personas no comprenden.
Ataco antes de ser atacada. Humillo antes de sentirme humillada.
Tomo la atención, aunque no la quiera porque hubo años en que no tenerla podía ser peligroso.
Se volvió entonces, sus ojos estaban secos, pero había dolor en ellos. No un dolor exhibido. Uno antiguo, disciplinado.
—No soy inocente, Camille. He hecho cosas horribles con mis heridas, pero estoy intentando no hacerlas más.
Camille tragó saliva, no sabía qué decir, porque no era una disculpa perfecta ni era una explicación que limpiara todo.
Era peor: era una verdad desnuda en una habitación con té, macarons y bocetos de boda. Elizaveta se acercó a ella. Permaneció de pie, seria, con una mano sobre el vientre.
—Ahora seremos familia. Tú y Nick. Brand y yo. Nuestros hijos, si los tenemos. Las cenas, las fiestas, los escándalos inevitables de esta casa. No te pido que me perdones si no quieres, pero espero que al menos tratemos de llevar la fiesta en paz por ellos.
Camille la miró La mujer frente a ella seguía siendo intimidante, seguía siendo demasiado hermosa, seguía pareciendo capaz de destruir una reputación con la inclinación exacta de la cabeza, pero también parecía cansada de la guerra.
—Te perdono —dijo Camille.
Elizaveta parpadeó, no había esperado eso.
—Pero todo lo que se refiere a ti me parece hostil —añadió Camille con honestidad—. Incluso cuando no quieres serlo. Me haces sentir inferior, no solo por Nick, por todo. Por tu belleza, por tus modales, por cómo entras en una habitación como si supieras que el mundo se apartará para dejarte pasar.
Elizaveta sostuvo su mirada.
—Es normal.
—¿Que me sienta inferior?
—Que me sientas hostil, es a lo que estoy acostumbrada.
Camille soltó una risa pequeña, triste.
—Eso no es exactamente tranquilizador.
—No sé ser tranquilizadora.
—Lo he notado.
Elizaveta sonrió apenas, una sonrisa mínima.
Camille la vio y, por primera vez, no le pareció una amenaza.
En ese momento, la puerta principal de la mansión se abrió con un ruido considerable. Voces. Pasos. Una risa femenina. La tranquilidad se rompió de golpe con la entrada habitual de los Charpentier, como si la familia no supiera llegar a ningún sitio sin alterar la presión atmosférica.
—¡Estamos en casa! —se oyó la voz de Nick desde el vestíbulo.
—Nadie preguntó —respondió Philip.
—Esa es la clase de comentario que arruina hogares.
—Nuestro hogar se arruina con menos esfuerzo.
Elizaveta cerró los ojos.
—Han vuelto.
Camille casi sonrió.
La puerta del salón se abrió y entraron Alice, William, Nick, Philip, Thiago y Héloïse de Saint-Véran, todos con rastros de una llovizna leve en los abrigos.
Héloïse, con el cabello cobrizo apenas humedecido bajo el sombrero, parecía convertir incluso la lluvia en parte de su composición.
Hablaba con Alice sobre alguna edición antigua de George Sand y reía con tanta naturalidad que la habitación pareció aceptarla antes de pedir su nombre.
Brand entró detrás y su mirada buscó a Elizaveta de inmediato. Al verla, cruzó hacia ella sin detenerse, la saludó con un beso en los labios, breve, íntimo, tan natural que Camille bajó la vista por discreción y Nick sonrió de lado.
—¿Estás bien? —preguntó Brand en voz baja.
Elizaveta lo miró, había algo nuevo en su rostro, una calma rara.
—Sí. Camille y yo hemos estado charlando.
La familia se tensó. Toda.
Alice dejó de quitarse los guantes, William levantó las cejas, Philip miró a Nick como si evaluara si debían evacuar la habitación, Thiago se quedó muy quieto y Héloïse, que no conocía del todo las razones de aquella alarma, observó con interés.
Elizaveta añadió:
—Limando asperezas.
Philip murmuró:
—Qué frase tan peligrosa.
Nick fue directo hacia Camille.
—¿Estás bien?
Camille lo miró y, contra todo pronóstico, sonrió.
Permitió que se acercara, que le rozara la mano, que buscara en su rostro señales de daño.
—Sí —dijo—. Todo está bien.
Nick no le creyó del todo, pero la forma en que ella sostuvo su mirada le bastó para no insistir.
Alice respiró por fin.
—Maravilloso. Entonces quizá aún podamos organizar una boda sin que nadie muera antes de elegir el menú.
—No prometas demasiado —dijo Philip.
La conversación se abrió y, poco a poco, la casa volvió a llenarse de voces.
Hablaron de la ceremonia, de las flores, de si el jardín debía cubrirse con toldos por si la lluvia insistía, de la música, de los invitados de los Vauclerc, de los vestidos de las damas, de la posibilidad de que Millie intentara escribir una crónica no autorizada del evento si alguien no la vigilaba con suficiente severidad.
Héloïse se integró con una facilidad que desconcertó incluso a quienes ya habían empezado a quererla.