19 La paz entre mujeres peligrosas
La boda de Nicholas Charpentier y Camille de Vauclerc empezó a ocupar la mansión como una segunda respiración.
No era todavía una ceremonia, pero ya tenía el poder de alterar habitaciones enteras.
Había muestras de telas sobre los sofás, tarjetas de invitación sobre las mesas, listas de invitados junto a tazas de té abandonadas, discusiones sobre flores, vajillas, música y el tipo exacto de champaña que William consideraba digno del apellido Charpentier.
En el salón azul, Alice había convertido una mesa larga en territorio de guerra nupcial: bocetos de vestidos, planos del jardín, notas de proveedores, pequeños sobres con sellos de lacre y revistas de moda que Millie hojeaba solo para criticar los sombreros.
Camille pasaba cada vez más tiempo allí.
A veces con su madre, que permanecía sentada a su lado en silencio, cosiendo pequeñas observaciones con una voz tan baja que parecía pedir disculpas por existir, otras veces sola, lo cual a Camille le producía una mezcla de alivio y desamparo.
En la mansión Charpentier se respiraba una intensidad distinta a la de su casa, allí nadie era realmente dócil e incluso los silencios tenían carácter.
Y luego estaba Elizaveta.
Camille intentaba evitarla, no de manera grosera, había sido educada demasiado bien para eso, pero evitaba quedar a solas con ella, evitaba las conversaciones largas, evitaba mirarla cuando no era necesario.
Recordaba demasiado, recordaba a Elizaveta como una mujer malvada, brillante, vengativa, hambrienta de atención.
Recordaba el modo en que había sostenido a Nick cerca de sí como si las emociones ajenas fueran cintas que podía atarse a los dedos, recordaba aquel beso frente a ella, aquella humillación delicada, exacta, casi artística.
Sin embargo, la Elizaveta que habitaba ahora la mansión no era del todo la misma o parecía no serlo.
Seguía siendo hermosa de una forma casi ofensiva, más aún con el embarazo.
La curva del vientre bajo sus vestidos de seda le daba una presencia nueva, más grave, como si su belleza hubiera dejado de ser solo un arma para convertirse también en refugio de otra vida.
Pero hablaba menos, observaba más, permanecía cerca de Alice con una docilidad extraña, no sumisa, sino cautelosa.
A veces se sentaba junto a ella para revisar flores o doblar servilletas, aunque todos sabían que Elizaveta Rostov jamás había doblado una servilleta por necesidad en su vida, al menos, eso era lo que se pensaba.
Alice la trataba con una ternura firme y Camille, por eso mismo, no podía evitarla tanto como habría querido.
—La miras como si fuera una enfermedad contagiosa —le dijo Nick una tarde, mientras ambos revisaban una lista de invitados junto a la ventana, pero Camille no levantó la vista del papel.
—No digas tonterías.
—No las digo. Bueno, casi nunca, pero en este caso tengo razón.
Ella hizo una marca junto a un nombre.
—Nick.
—Camille.
—No voy a fingir que somos amigas porque ahora está más tranquila y todos han decidido que su embarazo la volvió sagrada.
Nick apoyó un hombro contra la pared.
—Nadie dijo sagrada.
—La tratan como si fuera una criatura frágil.
—Quizá lo es un poco.
Camille levantó la mirada.
—Ella me hizo daño.
Nick no sonrió.
—Lo sé.
—Hizo daño a mucha gente, a ti también, aunque entonces eras demasiado idiota para notarlo.
—Eso también lo sé.
—Te besó frente a mí. Se aseguró de que yo entendiera que podía tenerte si quería y durante un tiempo te tuvo.
Nick bajó los ojos.
La culpa, en él, ya no se disfrazaba tan rápido de encanto.
—No voy a defender lo que hizo.
—Bien.
—Pero puedo decirte algo que quizá explique parte de lo que es.
Camille se quedó quieta.
—No quiero una tragedia que me obligue a perdonarla.
—No te la estoy dando para eso.
Nick se acercó y se sentó frente a ella.
—Elizaveta tuvo una infancia terrible. Peor de lo que yo imaginaba.
Su madre la odiaba por ser hermosa, su padre la ignoró durante años por ser mujer.
Alekséi prácticamente la crió en medio de la caída de Rusia, el hambre, el frío y cosas que no me corresponde contar con detalle, pero fueron horribles.
Camille sintió que la mano sobre el lápiz perdía fuerza.
—¿Quién te dijo eso?
—Brand. Sin detalles más que los suficientes.
Ella miró hacia el otro lado del salón.
Elizaveta estaba sentada junto a Alice, sosteniendo una taza de té mientras Alice le mostraba dos muestras de encaje. No sonreía mucho, pero escuchaba con atención, una mano descansando sobre el vientre.
Camille pensó en su propia vida, Ee su casa llena de libros, en vestidos, institutrices, galerías, postres de pera, padres imperfectos, pero techo seguro.
Su padre podía ser ambicioso, decepcionante, cruel sin escándalo, su madre podía ser demasiado silenciosa, pero Camille no había pasado hambre.
Nadie había convertido su belleza en peligro, nadie la había golpeado frente a un espejo acusándola de robarle juventud, nadie la había obligado a aprender que una mano masculina podía ser amenaza antes que caricia.
Ni siquiera Elettra, que había perdido a sus padres, había quedado desamparada de esa forma. Los Rinaldi la habían recogido con amor, con límites, con una libertad que pocas mujeres obtenían sin pagarla.
—Eso no borra lo que hizo —dijo Camille.
—No.
—Pero lo vuelve más triste.
Nick asintió.
—Desde que se casó, no ha vuelto a hacer nada contra ti.
—Porque está ocupada con Brand.
—Quizá o porque está arrepentida.
Camille miró a Nick con duda y él aceptó esa duda sin pelear.
—Solo te pido que la mires una vez sin la escena vieja entre ambas —dijo—. Si después decides que no quieres acercarte, lo entenderé.
Camille no respondió, pero al volver a mirar a Elizaveta, ya no vio solo a la mujer que la había humillado, también vio, contra su voluntad, a alguien que quizá había aprendido a sobrevivir con las herramientas equivocadas.
Unos días después, Camille llegó sola a la mansión Charpentier, su madre había alegado un dolor de cabeza. Su padre, una reunión de negocios. Camille no se quejó. La organización de la boda avanzaba mejor cuando nadie intentaba usarla como ascenso social.
El mayordomo la recibió con una inclinación, pero no fue Alice quien apareció en el vestíbulo, fue Elizaveta.
Camille se detuvo.
Elizaveta llevaba un vestido de día color azul grisáceo que hacía parecer aún más pálida su piel.
El cabello negro estaba recogido en un moño bajo y una mano descansaba sobre el vientre.
No había joyas grandes en ella, solo pendientes pequeños y un anillo.
Aun así, llenaba el vestíbulo como si el mármol, las flores y la luz hubieran sido dispuestos para contenerla.
—Camille —dijo.
—Elizaveta.
La pausa fue breve.
—Alice salió con William, Brand fue a ver a Philip, Nick no ha llegado todavía, pero volverán pronto.
Camille sostuvo el bolso con más fuerza.
—Entonces puedo regresar después.
—No.
La respuesta fue inmediata. Camille parpadeó. Elizaveta pareció darse cuenta de lo brusca que había sonado y respiró despacio.
—Mi suegra me dejó indicado que debía recibirte y entretenerte el tiempo que fuera necesario. Además, estás invitada a cenar esta noche, sobre todo, porque vienes sola, sin tu madre.
—No quiero incomodarte.
—No me incomodas.
Camille no lo creyó, pero Elizaveta ya se había girado al corredor.
—Ven.
La llevó a un salón pequeño que Camille no había usado antes.
Era más íntimo que el salón azul, con paredes color crema, cortinas verdes pálido, flores blancas y una mesa preparada para dos.
Había té, copas, una botella de vino claro enfriándose en una cubeta de plata, pequeños pasteles de almendra, fruta, macarons, bocadillos salados y, junto a todo eso, revistas de moda, bocetos de la boda, listas de arreglos florales y muestras de papel.
Alice no improvisaba, ni siquiera al delegar una tregua.
Camille se sentó con cuidado y Elizaveta tomó asiento frente a ella.
Durante unos minutos hablaron de cosas triviales: flores, encajes, la distribución de los invitados, el clima, la posibilidad de que la lluvia arruinara la ceremonia si París decidía comportarse como París.
Camille respondía con educación y Elizaveta hacía preguntas correctas.
Ninguna lo que realmente estaba en la habitación así que la conversación se agotó pronto y el silencio cayó entre ellas como una tela demasiado fina. Elizaveta dejó la taza sobre el plato.
—Lamento lo que hice con Nick.
Camille levantó la vista, la frase había sido directa, sin adorno.
Sin defensa.
—¿Qué parte? —preguntó Camille.
Elizaveta aceptó el golpe.
—Todo. Usarlo, besarlo frente a ti, hacerte sentir pequeña porque sabía que podía hacerlo.
Camille permaneció inmóvil.
—Sé que es difícil creer en una persona como yo —continuó Elizaveta—. No te pediré que lo hagas de inmediato, pero no tengo ningún interés en tu marido.
Camille arqueó una ceja.
—Aún no es mi marido.
—Lo será.
La seguridad de Elizaveta la sorprendió.
—Tampoco tengo interés en herirte —añadió.
Camille bajó la mirada a sus manos.
—Me parece difícil de creer.
No lo dijo con veneno, lo dijo como una verdad.
Elizaveta asintió.
—Lo entiendo.
Se puso de pie. Caminó hacia la ventana y se quedó mirando el jardín.
Afuera, unas niñas jugaban cerca del camino de grava, probablemente hijas de algún empleado de la casa, corriendo bajo la vigilancia de una doncella.
Sus risas subían hasta el cristal, ligeras, despreocupadas. Elizaveta las observó largo rato.
Camille no dijo nada.
—¿Puedes imaginarlo? —preguntó Elizaveta de pronto.
Su voz era tranquila, demasiado tranquila.
—¿Qué cosa?
—Ser violentada por tu madre antes de entender por qué te odia.
Que te tome del rostro frente al espejo y te diga que le robaste la belleza.
Que te golpee donde no se nota. Que tu padre te ignore porque no naciste varón y tengas que hacer berrinches primero, luego volverte brillante, luego volverte imposible, solo para que te mire.