18 La mujer de los libros #2
Millie se colocó a su lado, mirando hacia el café.
—Aléjate de él.
Elettra cerró los ojos.
—Millie…
—No. Déjalo rehacer su vida, Héloïse puede hacerlo feliz.
—¿Tan segura estás?
—Siempre hubo atracción entre ellos. Una de esas cosas suaves, intelectuales, un poco insoportables. Ella era mi amiga antes que de la familia, pero siempre miraba a Thiago como si fuera una frase rara en un libro amado. Le gustaba, aunque lo veía imposible.
—¿Por qué?
—Diferencia de edad. Ella es mayor que él por algunos años. Cuando él era demasiado joven, ella ya sabía demasiado. Luego se fue a su casa de campo, se refugió en libros, caballos y tías que hablan de herencias, pero cuando le escribí que Thiago estaba libre…
Elettra sintió la palabra como una falta de aire.
«Libre.»
—¿Qué pasó?
Millie sonrió apenas.
—Regresó fascinada.
Elettra miró hacia el café. A través del cristal pudo verlos sentados junto a la ventana. Héloïse hablaba con las manos, elegante y viva. Thiago escuchaba y sonreía, no era una sonrisa de cortesía.
—No quiero herirlo más —dijo Elettra.
—Entonces no lo hagas.
La voz de Millie no fue cruel, fue firme.
—No aparezcas cuando empiece a respirar, no lo busques porque de pronto te incomoda verlo con otra mujer, no confundas celos con amor ni pérdida con revelación, si lo quieres, aunque sea un poco, déjalo caminar lejos de ti sin llamarlo cada vez que empiece a avanzar.
Elettra tragó saliva.
—Me odias.
—No. —Millie se volvió hacia ella—. No te odio. Creo que estás herida, confundida, atrapada en una historia que otros empezaron por ti, pero también creo que mi hermano estuvo a punto de convertirse en tu refugio sin ser tu elección y no voy a permitirlo.
Elettra bajó la mirada.
—Harías cualquier cosa por él.
—Sí.
—Incluso lastimarme.
Millie no respondió de inmediato.
—Sí —dijo al fin—. Si hiciera falta.
La honestidad le quitó a Elettra cualquier réplica.
Ambas permanecieron en silencio mientras la tarde se volvía más oscura. Un automóvil pasó salpicando agua junto al borde de la acera. Desde el café llegó una risa de Héloïse, clara, distinguida, hermosa.
Elettra asintió lentamente.
—De acuerdo.
Millie la miró.
—¿De acuerdo?
—Me alejaré.
La frase le dolió más de lo que esperaba, porque hasta ese momento no había sabido que una parte de ella no quería hacerlo.
No porque amara a Thiago como él merecía, no todavía, quizá nunca.
Sino porque había algo insoportable en descubrir que la bondad de un hombre podía dejar de estar disponible, que una puerta abierta también podía cerrarse sin odio.
—Gracias —dijo Millie.
Elettra soltó una risa amarga.
—No me agradezcas como si estuviera haciendo algo noble, estoy haciendo lo mínimo después de haber sido una cobarde.
—Lo mínimo a veces salva una vida.
Elettra se alejó, no miró atrás.
Millie permaneció donde estaba, observando el café y la figura de su hermano junto a Héloïse. Se dijo que había hecho lo correcto, que aquello era protegerlo, que Thiago merecía una mujer que lo esperara con libros y no con las sobras de Brand.
Aun así, algo dentro de ella no se sintió victorioso.
—Cuando estás así, das bastante miedo.
La voz llegó desde la sombra de un portal cercano.
Millie se volvió. Killian de Valois salió de la penumbra con las manos en los bolsillos del abrigo y una sonrisa ladeada.
Había llegado de África con el mismo aspecto con que algunos hombres regresan de una guerra privada: más bronceado, más delgado, con los ojos claros llenos de polvo, humor y cansancio.
Llevaba el traje con menos obediencia que los hombres de París, como si cualquier prenda elegante fuera apenas una concesión temporal a la civilización.
Millie lo miró, luego sonrió.
—Estabas espiando.
—Observando. Tú me enseñaste que la palabra correcta depende de quién escribe el informe.
Ella se acercó, le tomó la solapa del traje y lo besó rápido. No fue un beso tímido. Fue breve, sí, pero dueño de sí mismo. Una chispa privada en medio de una calle demasiado pública.
Killian alzó las cejas.
—¿Eso fue una recompensa o una advertencia?
—Ambas.
—Me inquieta lo natural que te parece combinar afecto y amenaza.
—Me quieres precisamente por eso.
—Entre otras desgracias.
Millie volvió a mirar hacia el café.
—Una parte de la situación está resuelta.
—¿La situación de tu hermano, de la mujer que lo amaba tarde o de la mujer nueva que trajiste como si fueras una casamentera?
—Sí.
Killian soltó una risa baja.
—Magnífico. Me había olvidado de cómo hablas cuando decides tener razón en lo que piensas.
Millie tomó aire.
La tarde había terminado de caer. Las lámparas de la calle se encendían una a una, reflejándose en el empedrado húmedo. París olía a gasolina, café, humo, lluvia y violetas vendidas en ramos pequeños por una niña cerca de la esquina.
—Ahora necesito saber qué pasó con Lilianne y su vida.
Killian la miró.
—No.
—Ni siquiera sabes qué voy a decir.
—Sí lo sé. Vas a decir que hay algo extraño, que alguien ocultó algo, que cierto documento no encaja o que una criada te miró con demasiada intención. Luego acabaré siguiéndote a un archivo, a un orfanato, a una casa de mala reputación o a una cena donde alguien intentará envenenarnos socialmente.
Millie lo miró con admiración.
—Qué bien me conoces.
—Eso no es consentimiento.
—Renata me lo encargó.
El nombre cambió el gesto de Killian, la ligereza se retiró un poco.
—Renata está muerta para el mundo, pero viviendo en África.
—Precisamente por eso.
Killian se quedó callado. Millie habló más bajo:
—Me pidió que cuidara de Lilianne, no con esas palabras exactas, pero lo hizo y hay partes de la vida de Lilianne que no encajan. Cosas que nadie dice, cambios demasiado bruscos, silencios heredados.
—Millie.
—No puedo dejarlo.
—Sí puedes.
—No quiero.
Killian suspiró y miró hacia el cielo oscuro.
—Esa es la respuesta honesta, al menos.
Millie le tomó la mano, fue un gesto pequeño, menos teatral que el beso, más vulnerable también.
—Ven conmigo.
—¿A dónde?
—Primero al orfanato. Luego quizá a hablar con Lefèvre. Después veremos si hace falta entrar a algún sitio donde no nos invitaron.
—Siempre hace falta, contigo.
—Lo dices como si no te divirtiera.
Killian entrelazó sus dedos con los de ella.
—Me preocupa lo mucho que me divierte.
Millie sonrió.
Caminaron juntos por la calle húmeda, bajo la luz creciente de los faroles.
Detrás de ellos, en el café, Thiago reía con una mujer de cabello cobrizo y manos hechas para pasar páginas.
Más lejos, Elettra caminaba sola, intentando no mirar atrás y en algún punto de París, Lilianne Donovan seguía viviendo una vida que quizá no era tan clara como todos habían creído.
La ciudad, como siempre, fingía no saber nada, pero París lo sabía todo, solo esperaba a que alguien hiciera la pregunta correcta.