18 La mujer de los libros
Thiago caminaba hacia una librería cuando el atardecer empezó a incendiar París.
No era un incendio violento, sino uno de esos crepúsculos suaves que parecían derramados con pincel sobre las fachadas: oro viejo en los balcones, cobre sobre los cristales, rosa pálido en las nubes bajas.
El Sena, a lo lejos, olía a piedra mojada y agua oscura.
De los cafés salía el humo de los cigarrillos, el perfume del café recién molido, la mantequilla caliente de los croissants tardíos y el murmullo de una ciudad que, incluso cansada, sabía parecer interesante.
Thiago llevaba el abrigo abierto y un libro bajo el brazo.
Iba hacia una librería de la rive gauche donde, según Philip, había llegado una edición inglesa de poemas que no necesitaba, pero que de todos modos compraría.
En realidad, no necesitaba ningún libro, necesitaba caminar, necesitaba una excusa para estar lejos de la mansión, de las miradas cuidadosas de Alice, de las bromas mal disfrazadas de Nick, de la culpa silenciosa de Brand, de la vigilancia feroz de Millie y, sobre todo, necesitaba no pensar en Elettra.
Lo cual, naturalmente, hizo que Elettra apareciera.
—Thiago.
Él cerró los ojos un segundo, después siguió caminando.
—Buenas tardes, Elettra.
Ella aceleró el paso hasta alcanzarlo.
—¿No vas a detenerte?
—No.
—Necesito hablar contigo.
—Eso no requiere que me detenga.
Elettra lo miró de perfil, sorprendida por la frialdad, no era crueldad, Thiago no sabía ser cruel con facilidad, era algo peor: distancia, una puerta cerrada sin ruido.
—Estás molesto conmigo.
—Estoy decepcionado.
La frase fue limpia.
Elettra sintió el golpe en el centro del pecho.
—Por lo de Elizaveta.
—Sí.
—Ella siempre fue una arpía.
Thiago se detuvo entonces, solo lo suficiente para mirarla.
—Está embarazada.
Elettra apretó los labios.
—Eso no la convierte en santa.
—No dije que lo hiciera.
—Me molesta que ahora todos la compadezcan, como si no hubiera hecho daño, como si de pronto fuera una criatura rota que merece perdón por el mero hecho de existir.
Thiago la observó con tristeza.
—La compadecen porque conocen parte de su pasado.
—Todos tenemos un pasado.
—Sí. Pero no todos lo sobrevivimos igual.
Elettra apartó la mirada.
Thiago siguió caminando y ella, casi contra su orgullo, lo siguió.
—Aun si eso no fuera verdad —continuó él—, me preocupa lo que está pasando con tu corazón.
Ella frunció el ceño.
—¿Mi corazón?
—Parece envenenado.
Elettra se quedó callada, la palabra la alcanzó de un modo humillante porque no sonaba a insulto, sino a diagnóstico.
Y quizá era peor que Thiago no la atacara, quizá era peor que la mirara como si pudiera ver debajo de su rabia y encontrara allí no maldad, sino una herida pudriéndose por falta de aire.
Caminaron varios pasos en silencio.
La tarde caía sobre los árboles desnudos, sobre las mujeres que salían de los cafés con sombreros y labios oscuros, sobre los hombres que hablaban de política y surrealismo como si ambas cosas pudieran salvarlos de la vida doméstica.
—¿Tú también estuviste enamorado de Elizaveta?
Thiago no fingió no entender.
—Sí.
Ella lo miró.
—¿Como la mitad de París cuando llegó?
Él soltó una risa breve, sin alegría.
—Probablemente.
—¿Mucho?
Thiago miró hacia adelante.
—Lo suficiente para pelearme a balazos con Nick por ella.
Elettra se detuvo un instante.
—¿Qué?
—Fue hace tiempo.
—¿Te batiste por Elizaveta?
—Nick y yo hemos hecho muchas estupideces.
Ella siguió caminando, todavía impactada. Thiago ladeó la cabeza.
—Pero parece que Brand siempre gana la contienda.
La referencia cayó entre ambos. Elizaveta. Elettra. Las dos mujeres que, de una forma u otra, habían terminado mirando a Brand.
Elettra se sonrojó de vergüenza.
—Lo siento.
—No lo digas.
—Pero es verdad.
—No por eso sirve.
Ella bajó la vista a sus guantes.
Siguieron andando, Thiago no redujo el paso, no le ofreció el brazo, no se inclinó para escucharla mejor, como hacía antes.
Aquello la incomodó más de lo que esperaba, había algo doloroso en descubrir que una atención que parecía natural podía retirarse, que la bondad de Thiago no era una deuda eterna.
—¿Por qué me sigues? —preguntó él.
Elettra parpadeó.
—¿Qué?
—No te has detenido desde hace tres calles.
Ella sintió que el rostro le ardía.
—Yo… quería hablar.
—Ya hablamos.
—Me parece que a ti te molesta mi presencia.
Thiago no contestó de inmediato y eso fue respuesta suficiente.
Elettra tragó saliva.
—Antes no era así.
—Antes muchas cosas no eran así.
La frase no fue dicha para herir, por eso dolió.
Ella intentó recomponerse.
—¿Tienes algo importante que hacer?
—Sí.
—¿Más importante que hablar conmigo?
Thiago la miró.
—He quedado de verme con una vieja amiga que acaba de llegar a la ciudad hace poco.
Elettra frunció el ceño, no tuvo tiempo de responder, porque al otro lado de la calle, una mujer levantó las manos hacia ellos con una sonrisa que podría iluminar todo París.
—¡Thiago!
Él alzó una mano para saludarla y sonrió.
Elettra se quedó paralizada. No porque Thiago sonriera.
Thiago sonreía a menudo, con educación, con gentileza, con esa suavidad que hacía que los niños confiaran en él antes de saber su nombre.
Pero aquella sonrisa era distinta, más pura y serena.
No estaba diseñada para tranquilizar a nadie ni para ocultar dolor.
Era una sonrisa que salía de un lugar viejo y sencillo, como si la mujer que se acercaba hubiera abierto una ventana que él mantenía cerrada.
La desconocida cruzó la calle con gracia impecable.
Tenía el cabello cobrizo, recogido bajo un sombrero verde oscuro que resaltaba el brillo cálido de sus ojos.
Era alta, distinguida, de una belleza clara, aristocrática, sin exceso.
Su vestido color avellana caía con elegancia moderna y sus guantes parecían hechos para sostener libros, no abanicos.
Había en ella una seguridad que no pedía aprobación.
Una inteligencia rápida en la boca. Un perfume tenue a iris, cuero y lluvia de campo.
—Héloïse —dijo Thiago.
Ella le tomó ambas manos.
—Llegué ayer y ya intentabas esconderte en una librería, hay cosas que jamás cambian y me alegro en verdad.
—Y tú sigues acusando a la gente antes de saludar.
—Es mi manera de demostrar afecto. —Luego la mujer volvió sus ojos hacia Elettra—. Héloïse de Saint-Véran —se presentó, inclinando la cabeza con el equilibrio exacto entre cortesía y curiosidad—. Y usted debe ser mademoiselle Rinaldi.
Elettra tardó un segundo en responder.
—Elettra Rinaldi.
—Lo sé. París habla demasiado y Millie escribe todavía más, una combinación peligrosa para cualquiera que quiera conservar misterio.
La frase fue dicha con tal elocuencia que Elettra no supo si sentirse halagada o advertida. Héloïse sonrió.
—Thiago y yo fuimos buenos amigos.
—Somos buenos amigos —corrigió él.
—Y fui su primer beso.
Thiago la miró con paciencia.
—Eso es mentira.
—La parte del beso, quizá.
—Héloïse.
—Bien, bien. Todo es mentira excepto lo de ser amigos, pero debes admitir que habría dado una excelente textura dramática a la escena.
Elettra observó la facilidad entre ambos, el modo en que Thiago no parecía tenso, en que la miraba sin protegerse, en que Héloïse ocupaba espacio a su lado como si no necesitara disputarlo.
—En realidad soy amiga de Millie —continuó Héloïse—.
O más bien, Millie decidió hace años que yo era una persona útil para sus planes y nunca me permitió escapar.
Me escribió a mi casa de campo con una urgencia absurda, como si París estuviera ardiendo y solo mi presencia pudiera salvar una biblioteca específica.
Thiago bajó la mirada, sonriendo.
—Eso suena a Millie.
—Regresé porque me aburre la tranquilidad cuando dura demasiado en el campo y porque siempre he tenido una conexión especial con este hombre aquí presente.
Elettra sintió un pinchazo en el pecho.
Héloïse lo dijo sin vulgaridad, sin posesión, pero con verdad.
—Sobre todo por los libros —añadió ella—. Thiago era el único muchacho capaz de hablar de poesía sin usarla para seducir a nadie.
—Eso fue porque era muy joven para saber usarla mal.
—No. Fue porque sabías leer.
—Afirmación generosa.
—No demasiado. París está lleno de hombres que poseen bibliotecas y ninguno de ellos ha leído más allá de los lomos.
Thiago rio, una risa real.
Elettra la sintió como una puerta cerrándose frente a ella.
—¿Sigues leyendo a Rilke? —preguntó Héloïse.
—Cuando quiero arruinarme la mañana.
—“Porque lo bello no es sino el comienzo de lo terrible…” —citó ella en una total y serena expectativa.
—“…que todavía podemos soportar” —completó Thiago.
Ambos se miraron y rieron, no porque la cita fuera graciosa, sino porque pertenecía a una memoria compartida. Elettra bajó la mirada, se sintió intrusa y Thiago pareció recordarla entonces.
—Elettra, prometí llevar a Héloïse a la librería y luego a tomar café. Más tarde, si quieres, puedo llevarla a conocer la escuela. Estoy seguro de que le encantará ver a los niños.
—Me fascinan las mujeres que enseñan —dijo Héloïse con calidez real—. Suelen saber más de la vida que los hombres que gobiernan.
Elettra asintió ligeramente.
—Claro.
Thiago inclinó la cabeza.
—Nos veremos después.
No le preguntó si estaba bien, no se quedó, no buscó suavizar la despedida.
Caminó junto a Héloïse hacia un café cercano, y Elettra los vio alejarse entre risas.
Vio cómo la mujer le tocaba el brazo para señalarle algo en un escaparate, vio cómo Thiago inclinaba la cabeza para escucharla, vio cómo entraban juntos en el café, bajo una luz dorada, como si la escena hubiera estado esperándolos desde antes de que ella llegara a interrumpirla.
—Se ven bien juntos, ¿no?
Elettra se sobresaltó. Millie estaba detrás de ella, por supuesto. Aparecía como una mala conciencia con sombrero.
—¿Me estás siguiendo? —preguntó Elettra.
—Hoy no. Estaba siguiendo a mi propio plan.
Elettra la miró con cansancio.
—¿La llamaste tú?
—Sí.
—¿Para Thiago?
—Sí.
La respuesta directa fue peor que cualquier rodeo.