La última elección 17 El miedo no duerme #3
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17 El miedo no duerme #3

La frase fue baja. Horrible.

Un silencio helado cayó entre ambas.

Elizaveta quiso responder, pero no pudo.

La náusea volvió, más violenta que en la madrugada. La habitación se inclinó apenas. Luego más. El ruido del café se transformó en un zumbido lejano. Las lámparas se volvieron demasiado brillantes. El rostro de Elettra se duplicó un instante.

Elizaveta llevó una mano al vientre.

—No…

Sus rodillas cedieron, pero antes de que tocara el suelo, unos brazos la sostuvieron.

Thiago. Había entrado al café apenas unos momentos antes, atraído por el rumor imposible de ambas mujeres en una misma mesa.

Escuchó lo suficiente, vio demasiado y ahora tenía a Elizaveta desvaneciéndose contra su pecho, pálida como una estatua bajo el vestido verde esmeralda.

Miró a Elettra, su expresión no fue de rabia, sino de decepción.

Eso la golpeó más.

—Thiago…

Él no respondió. Le acomodó a Elizaveta la cabeza contra su hombro y la levantó en brazos con cuidado.

—Llama a un coche —ordenó a un camarero.

—Thiago, espera.

Elettra dio un paso, él la miró entonces.

—No.

Una palabra. Nada más. Salió con Elizaveta en brazos mientras el café entero observaba con la indecencia satisfecha de quienes acaban de recibir una historia que repetirán durante semanas.

Cuando Brand vio a Thiago entrar con Elizaveta inconsciente, sintió que la sangre se le detenía. Estaba en la biblioteca de la mansión, revisando unas cartas sin leerlas de verdad. Al oír los pasos rápidos y la voz de Alice en el vestíbulo, salió.

Thiago subía ya las escaleras con Elizaveta en brazos.

—¿Qué ocurrió?

—Se desmayó —dijo Thiago.

Brand llegó a su lado en dos pasos.

—¿Dónde?

—En un café.

—¿Por qué estaba en un café?

Thiago lo miró y Brand entendió que la respuesta no le gustaría.

Llevaron a Elizaveta a la habitación. Alice llamó al médico. Una doncella trajo sales, agua, paños fríos. Elizaveta respiraba, pero seguía pálida, con las pestañas oscuras sobre las mejillas y una mano cerrada, incluso inconsciente, sobre el vientre.

Brand se sentó a su lado y le tomó la otra mano.

—Dime qué pasó —ordenó.

Thiago permaneció junto a la puerta, tenía el rostro cansado.

—Fue a ver a Elettra.

Brand levantó la vista.

—¿Qué?

—La citó en un café. Llegué tarde, pero escuché suficiente.

Brand se quedó inmóvil.

Thiago continuó:

—Elizaveta le preguntó si había dejado el compromiso porque seguía amándote. Elettra dijo que sí.

Brand cerró los ojos.

—Y luego le dijo que sabía que tú la querías, que seguramente la seguías queriendo y que el matrimonio nunca ha impedido que las personas que se aman estén juntas.

La mano de Brand se cerró con fuerza sobre la sábana, la furia llegó de inmediato, no brillante ni explosiva. Fría.

—Voy a hablar con ella.

Se levantó. Thiago no se movió de la puerta.

—No.

Brand lo miró.

—Quítate.

—No seas duro con Elettra.

Brand soltó una risa breve, incrédula.

—¿Después de lo que le dijo a mi esposa embarazada?

—Sí.

—Thiago.

—Es una mujer herida.

—Elizaveta también.

—Lo sé.

Thiago bajó la mirada hacia Elizaveta, algo en su rostro se suavizó con preocupación genuina.

—Y por eso la traje.

Brand respiraba con fuerza.

La rabia empezó a mezclarse con culpa. Miró a Thiago: su hermano, libre de un compromiso que le había roto algo; el hombre que acababa de cargar en brazos a la esposa de Brand después de escuchar a la mujer que amaba admitir que seguía amando a otro.

—Lo lamento —dijo Brand.

Thiago alzó la vista.

—¿Qué?

Brand tragó saliva.

—Todo. Elettra. Tú. Lo que pasó. Lo que provoqué. No sé qué hacer para remediarlo.

Thiago sonrió apenas, una sonrisa triste, casi amable.

—No hay nada que remediar.

—Thiago…

—Estaré bien.

Brand no le creyó, nadie que dijera estar bien con tanta calma estaba verdaderamente bien.

Thiago se apartó de la puerta.

—Es mejor que todo terminara.

Brand miró hacia Elizaveta.

—Gracias por traerla.

—No me agradezcas eso.

Thiago caminó hacia la salida, pero se detuvo antes de irse.

—Y no seas duro con Elettra, la culpa no es solo de ella.

Brand lo miró.

Thiago sostuvo su mirada con una serenidad dolorosa.

—La culpa, Brand, empezó contigo.

Luego salió. Brand permaneció de pie, en silencio.

Alice entró poco después con el médico, pero él apenas escuchó las primeras indicaciones, solo volvió a sentarse junto a Elizaveta, tomó su mano y esperó a que abriera los ojos.

Ella lo hizo minutos después, frunció el ceño, luego lo vio.

—Brand…

—Estoy aquí.

—Elettra…

—No ahora. —Brand llevó la mano de ella a sus labios cuando ella intentó incorporarse—. No ahora, Elizaveta.

Ella lo miró con temor, con vergüenza, con furia, con esa mezcla agotadora de emociones que en ella siempre parecían pelear por el mismo espacio y terminaban saliendo de forma confusa… dañina.

—¿Vas a verla?

Brand recordó las palabras de Thiago, recordó la puerta cerrada del vestidor, recordó la madrugada, las lágrimas, la forma en que ella había temblado al decir que todo le dolía.

—No —dijo.

—¿No? —Elizaveta parpadeó.

—No ahora, no antes que tú. —Las lágrimas le llenaron los ojos otra vez, pero esta vez no las limpió de inmediato. Brand le acarició la mejilla—. Estoy aquí.

Ella cerró los ojos y aunque no sonrió, sus dedos se aferraron a los de él con una fuerza pequeña, desesperada, viva.

Afuera, París ya debía estar hablando. Del café.

Del desmayo. De la esposa rusa y la buena maestra.

Pero dentro de esa habitación, por primera vez, Brand no pensó en lo que diría la ciudad.

Pensó únicamente en la mujer que tenía delante, en el niño que crecía bajo su corazón y en la promesa, silenciosa y terrible, de interponerse.