La última elección 17 El miedo no duerme #2
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17 El miedo no duerme #2

La respiración se le abrió de otra manera. Algo en sus ojos se oscureció, se humedeció, se llenó de una necesidad que no supo nombrar y que, por lo mismo, transformó en impulso.

Se lanzó hacia él, lo besó con fiereza.

Brand la recibió, era imposible no hacerlo.

Elizaveta lo besaba como si quisiera probar la solidez de sus palabras con los dientes, como si el cuerpo pudiera resolver lo que el alma no sabía ordenar.

Brand sintió de inmediato el incendio conocido: su boca, su lengua, sus manos aferrándose a él, su vientre entre ambos, su calor, su rabia, su hambre.

Elizaveta era para él una droga de la peor clase, no porque lo destruyera, sino porque le mostraba con demasiada facilidad cuánto podía querer perder el control.

La deseaba, la deseaba con una fuerza que le tensó todo el cuerpo.

Quería tenerla. Quería hacerle el amor hasta que no quedara distancia, hasta que su miedo dejara de hablar, hasta que ambos olvidaran nombres, heridas, Elettra, Pavel, Alekséi, Rusia, París y todo lo que había sido antes de ese cuarto.

Pero supo que no debía, no así, no esa noche.

Porque Elizaveta conocía el deseo como arma, como prueba, como moneda.

Si él la tomaba ahora, mientras ella temblaba de miedo y buscaba convertir la vulnerabilidad en incendio, quizá le confirmaría exactamente lo que más temía: que la veía como un cuerpo del cual aprovecharse y no como una mujer a la que quería aprender a amar.

Así que la besó, la besó con toda la vehemencia que pudo sostener sin cruzar la línea que ella misma no sabía dibujar.

La recostó despacio sobre la cama. Le besó la frente, los párpados húmedos, la mejilla donde aún quedaba sal.

Besó su boca hasta que la rabia se volvió respiración y la respiración, un gemido pequeño que ella intentó esconder contra su hombro.

Le desató la cinta del camisón con dedos lentos, no como quien despoja, sino como quien descubre.

Cada gesto fue una pregunta silenciosa; cada pausa, una oportunidad para detenerse.

Elizaveta no lo detuvo, lo miraba con los ojos abiertos, oscuros, asustada y encendida a la vez.

Brand bajó la boca por su piel con reverencia.

No como si poseyera, sino como si aprendiera de memoria.

Sus manos recorrieron sus brazos, su espalda, la curva plena de su vientre, sus costillas temblorosas, la delicadeza de sus muslos bajo la tela.

No hubo prisa. No hubo conquista. Solo una devoción obstinada, casi dolorosa, en darle algo sin exigirle nada a cambio.

Elizaveta cerró los ojos, por primera vez en mucho tiempo, no intentó dirigirlo.

Brand la sostuvo mientras la hacía sentir placer con las manos, con la boca, con la paciencia.

Le dio tiempo, le dio silencio, le dio una intimidad que no pedía demostración y cuando el cuerpo de Elizaveta se tensó bajo el suyo y el sonido de su nombre se rompió en la habitación, Brand la abrazó como si aquel derrumbe también necesitara protección.

Ella alcanzó el clímax con un grito breve, ahogado contra su hombro.

Después lo besó.

Un beso distinto, agradecido, cansado, casi indefenso.

—Brand —murmuró.

Él le apartó el cabello del rostro.

—Duerme.

Elizaveta no respondió.

Se quedó dormida en sus brazos minutos después, exhausta, la mejilla contra su pecho y una mano apoyada sobre su vientre.

Brand permaneció despierto, deseaba tenerla todavía.

Su cuerpo entero dolía por no haberlo hecho, pero debajo del deseo había algo más fuerte: una certeza nueva, incómoda, que lo obligaba a pensar menos en sí mismo.

Elizaveta podía retroceder seis pasos ante la menor provocación y no volver jamás al sitio donde había permitido que él la tocara sin miedo.

No podía permitirse confundir el cuidado con dominio. No con ella.

Era su esposa, la madre de su hijo, pro, antes que todo eso, era una persona herida que había aprendido a sobrevivir convirtiendo cada gesto en batalla y Brand, por primera vez, no quería ganar, quería que ella dejara de necesitar una guerra.

Cuando Elizaveta despertó de nuevo, ya era de día.

La habitación estaba bañada por una luz gris perla.

Brand dormía a su lado, boca arriba, una mano todavía extendida hacia ella como si incluso en sueños quisiera recordar dónde estaba.

Elizaveta lo observó durante un largo minuto.

El cuerpo le dolía de una forma dulce, la vergüenza intentó llegar, pero no encontró la puerta abierta.

Se incorporó despacio, recogió el camisón, se cubrió con una bata y salió de la habitación antes de que Brand despertara.

Necesitaba ver a Elettra.

No sabía bien para qué, quizá para odiarla con más precisión, quizá para comprobar si era tan buena, tan hermosa, tan merecedora como todos parecían creer. Quizá porque, por alguna razón insoportable, quería conocer realmente a la mujer de la que su marido había estado enamorado.

La encontró en la escuela, dando clase.

El salón olía a tiza, madera encerada, lana infantil y tinta.

Los niños estaban sentados en bancos pequeños, algunos atentos, otros fingiendo atención con el talento natural de la infancia.

Elettra escribía en la pizarra con movimientos firmes, explicando algo sobre geografía mientras un mapa de Europa colgaba torcido detrás de ella.

Elizaveta se quedó en la entrada.

Vio a los niños y no sintió nada.

Eso la preocupó.

Observó sus manos manchadas de tinta, sus rodillas inquietas bajo las mesas, sus voces bajas, la forma en que uno se limpiaba la nariz con la manga y otro intentaba robarle un lápiz a su compañero.

No le provocaron ternura, no le dieron ganas de sonreír, no despertaron en ella ese instinto maternal del que hablaban tantas mujeres como si fuera una música inevitable.

Nada.

Se llevó una mano al vientre, quizá no le gustaban los niños, quizá nunca le gustarían, pero amaría al suyo.

Eso quería creer, tenía que creerlo.

Elettra la vio a mitad de la lección, se sorprendió, aunque lo ocultó bien. Sonrió hacia los niños, dejó una tarea breve y salió al corredor.

—Elizaveta.

—Te espero en el café durante tu almuerzo.

Elettra frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Para hablar.

—No sé si es buena idea.

—No te pregunté si era buena idea.

Elettra la miró.

Elizaveta sostuvo su mirada con una calma tensa.

Finalmente, Elettra asintió.

—Iré.

El café estaba lleno cuando Elizaveta llegó.

Era uno de esos lugares de París donde la modernidad se sentaba en mesas pequeñas a fingir que no dependía del dinero viejo.

Olía a café tostado, mantequilla, tabaco rubio, tinta de periódicos y perfumes de mujer.

En las paredes había carteles de espectáculos, un dibujo firmado por un artista menor que juraba haber bebido con Modigliani, y una esquina donde dos jóvenes discutían sobre Picasso como si la pintura cubista pudiera resolver sus problemas de alquiler.

Elizaveta llamó la atención de inmediato, siempre lo hacía, pero ahora más.

El embarazo había vuelto su belleza aún más extrema, más difícil de ignorar.

La piel pálida, el cabello negro bajo el sombrero, los ojos gris azulado, la curva del vientre visible bajo el vestido de día color verde oscuro.

Los murmullos la siguieron hasta una mesa junto a la ventana.

Todos sabían quién era. La esposa rusa de Brand Charpentier, la bailarina, la embarazada, la serpiente.

La mujer que quizá había ganado una guerra sin que nadie supiera qué precio había pagado por aprender a pelear.

Elettra llegó unos minutos después y los murmullos crecieron.

La buena maestra y la esposa.

París casi podía atragantarse de placer.

Elettra se sentó frente a ella.

—¿Qué quieres?

Elizaveta no respondió de inmediato. La miró. De verdad.

La piel de Elettra tenía un tono ligeramente tostado por el sol, nada que ver con su propia blancura casi enferma.

El cabello castaño caía con reflejos cálidos junto al rostro.

Los ojos verdes no eran fríos ni dulces; eran vivos, inteligentes, agotados.

Había algo hermoso en ella, pero no en el modo escandaloso que Elizaveta conocía.

Era una belleza con raíz. Una belleza que parecía poder existir sin pedir permiso a todos los espejos de la habitación.

Esa era la mujer de la que Brand había estado enamorado y Elizaveta, contra todo orgullo, quiso entender por qué.

—¿Vas a mirarme toda la mañana? —preguntó Elettra.

Elizaveta parpadeó.

—Dejaste a Thiago porque sigues amando a Brand.

La frase cayó sin preparación.

Elettra se tensó.

Durante un segundo, Elizaveta creyó que lo negaría, que sería noble, que diría algo sobre justicia, libertad, confusión, cariño insuficiente.

Pero Elettra la miró, y quizá por estar cansada de perder, quizá por verla tan hermosa, tan embarazada, tan instalada en un sitio que ella alguna vez imaginó suyo, eligió la crueldad.

—Sí.

Elizaveta palideció. Elettra lo vio y siguió.

—Sí, lo amo, una parte de mí lo ama todavía. ¿Eso querías escuchar?

Elizaveta apoyó una mano sobre la mesa.

—Él está casado conmigo.

—Lo sé.

—Vamos a tener un hijo.

—También lo sé. —Elettra sonrió sin alegría— Pero sé que Brand me quiso y probablemente sigue queriéndome, aunque ahora finja que no. Aunque juegue a ser esposo correcto. Aunque te tome de la cintura en los salones y te cuide porque estás embarazada.

Elizaveta sintió que el aire se le hacía más estrecho.

—Cállate.

—¿Por qué? ¿Porque te duele?

Elettra se desconocía a sí misma.

Lo supo incluso mientras hablaba, pero había algo en Elizaveta que la volvía pequeña y furiosa. Su belleza. Su embarazo. El modo en que parecía tenerlo todo: a Brand, al hijo, el apellido, la atención, la tragedia suficiente para que incluso sus errores parecieran explicables.

—El matrimonio jamás ha impedido que las personas que se aman estén juntas —dijo Elettra.

Elizaveta se levantó despacio, sus dedos temblaban.

—Yo lucharé con lo que tenga en mis manos para defenderme a mí misma y a mi hijo.

Elettra sostuvo su mirada.

—Estoy esperando.