17 El miedo no duerme
Elizaveta despertó en mitad de la madrugada con el corazón en la garganta.
No gritó. Había aprendido hacía demasiado tiempo que gritar no siempre traía ayuda, porque a veces traía pasos equivocados, manos equivocadas, castigos que no dejaban marca visible.
Así que abrió los ojos con violencia, tragándose el sonido antes de que alcanzara la boca, y durante unos segundos no supo si estaba en París, en Rusia, en una habitación fría sin leña suficiente o en un corredor donde alguien respiraba demasiado cerca de su cuello.
La oscuridad de la habitación la recibió con suavidad.
Cortinas cerradas, sábanas tibias, el olor familiar de la mansión Charpentier: madera encerada, flores nocturnas, una vela apagada hacía horas y el perfume limpio de la ropa de cama.
Y Brand. Estaba sobre Brand. Otra vez.
La mejilla apoyada en su pecho, una mano cerrada sobre su camisa, una pierna rozando la de él, el vientre protegido entre ambos como si hasta dormida hubiera buscado una muralla. Aquello la desconcertó tanto como la pesadilla.
No entendía, no entendía por qué lo buscaba.
Ella, que había desconfiado de todos. Ella, que había aprendido a medir la distancia exacta entre su cuerpo y el de cualquier hombre. Ella, que jamás dormía del todo cuando había alguien cerca. Ella, que conocía las formas en que el deseo podía convertirse en amenaza.
Y aun así, cada noche, como un hábito desconocido, su cuerpo traicionaba su memoria y se acercaba a Brand.
Intentó apartarse, pero el brazo de Brand la retuvo.
No despertó del todo, solo murmuró algo grave, ronco, envuelto todavía en sueño, y la acomodó de lado, pegando su espalda contra su pecho. Su mano descendió hasta su vientre abultado con una naturalidad que le hizo contener el aire.
—Es temprano —murmuró él contra su cabello, aun acomodando la posición de ambos—. Relájate un rato más por los dos.
Los dedos de Brand se abrieron sobre la curva donde crecía el niño.
Elizaveta se quedó rígida. No porque el gesto fuera brusco, sino precisamente porque no lo era.
Había demasiada ternura en esa mano dormida, demasiada confianza, demasiada facilidad para alguien como él, que antes parecía hecho de juicio, deber y mármol.
Brand acarició su vientre con movimientos lentos, inconscientes, después subió por su brazo, apenas con los nudillos, como si estuviera calmando a una criatura herida sin saber que lo hacía.
Elizaveta cerró los ojos, no volvió a dormirse, pero poco a poco dejó de resistirse al cariño.
La pesadilla seguía allí, pegada debajo de la piel y con ella, las otras imágenes: Elettra libre, Elettra sin compromiso, Elettra disponible para ser lo que quizás siempre debió ser: la mujer de Brand.
El pensamiento se le clavó con una delicadeza cruel.
Ahora nada detenía a la buena maestra. Nada salvo un matrimonio impuesto, un hijo no nacido y el honor de un hombre que, quizá, algún día podría cansarse de ambos.
¿Y si decidían ser amantes?
París lo toleraba todo si se hacía con la suficiente discreción y el apellido correcto.
¿Y si Brand la mantenía a ella como esposa, a Elettra como consuelo y al bebé como excusa honorable?
¿Y si, cuando el niño naciera, ya no tuviera que tocarla?
¿Y si la instalaban en una habitación lejana, con joyas, médicos, criados y una educación perfecta para el heredero, mientras él iba a buscar paz en otra mujer?
O peor.
¿Y si algún día la miraba con esa paciencia insoportable y le decía que todo había sido un error?
¿Y si Elettra entraba en sus vidas no como amante, sino como salvación? La mujer que Brand realmente amaba, la mujer que podía darle una vida sin veneno, la mujer que todos preferían, la mujer que sabría sostener a un niño sin preguntarse si había nacido con un hueco donde debía estar la ternura.
La náusea le subió despacio.
Elizaveta se llevó una mano a la boca, pero no se movió, no quería despertar a Brand, no quería que la viera así: pequeña, sudorosa, rota por ideas que quizá solo existían dentro de su cabeza.
Entonces la pesadilla regresó con otro rostro.
No Elettra ni Brand. Hombres. Manos que no pedían permiso, dedos sobre una muñeca demasiado delgada, aliento con olor a vodka barato, un muro helado contra su espalda, una risa en un idioma que no quería recordar.
Alekséi gritando. Alekséi golpeando a alguien.
Alekséi arrastrándola lejos mientras ella intentaba no vomitar, no llorar, no ser vista.
Luego su madre. Irina frente al espejo, hermosa y furiosa, con el cepillo de plata en la mano.
—Mírate —decía—. Mírate. Todo lo que me quitaste está en tu cara.
El golpe no siempre era fuerte, a veces era peor porque era preciso: un pellizco en el brazo, una bofetada que no marcara demasiado, dedos clavándose en la nuca mientras la obligaba a permanecer quieta frente al espejo, observándose, odiándose.
—Si vas a robar belleza, al menos aprende a merecerla.
Elizaveta abrió los ojos, una lágrima le cayó sin permiso, intentó detener la siguiente. Para su molestia, su cuerpo tembló y Brand despertó. No lo hizo de golpe. Primero se tensó detrás de ella, como si su cuerpo hubiera sentido el temblor antes que su conciencia.
Luego levantó la cabeza.
—Elizaveta.
Ella se limpió la mejilla con violencia.
—Estoy bien.
Brand se incorporó.
La luz era mínima, apenas un hilo gris entrando por la cortina. Aun así, la vio. Vio los hombros rígidos, la mano en la boca, las lágrimas silenciosas, la forma en que intentaba hacer de su propio cuerpo una puerta cerrada.
—No estás bien.
—Tuve un mal sueño.
—Ven.
—No.
Brand no discutió, se sentó en la cama y la levantó con cuidado, acomodándola contra su pecho. Elizaveta intentó resistirse por pura costumbre, pero la fuerza le falló a mitad del gesto. Él la envolvió con los brazos, una mano en su espalda, otra sobre su cabello.
—Respira —murmuró, su voz era tan tierna que le causaba escalofríos—. Estás aquí, estás conmigo, nadie va a tocarte.
La frase le atravesó el cuerpo.
«Nadie va a tocarte.»
Elizaveta cerró los ojos.
Brand le acarició la espalda, despacio, como si cada movimiento tuviera que pedir permiso a una memoria que no le pertenecía.
—Eso es —dijo en voz baja—. Respira. No tienes que explicar nada ahora, solo respira conmigo.
Ella obedeció durante tres respiraciones. A la cuarta, algo dentro de ella se rebeló. No por la caricia, sino por la dulzura.
De pronto entendió —o creyó entender— el origen de todo aquel cuidado.
Alekséi. Pavel. Las conversaciones que Brand había buscado a sus espaldas.
Él ya sabía. O sabía suficiente. Y ahora la tocaba como se toca a una bailarina con el pie roto: con cuidado, sí, pero también con esa mirada insoportable de quien ha visto la grieta y no puede olvidar que existe.
Elizaveta se apartó de su pecho, la rabia le llegó como salvación.
Brand la miró, sorprendido por el cambio.
Ella lo enfrentó con los ojos brillantes.
—Hablaste con mi padre y con Alekséi.
Brand guardó silencio por un segundo.
—Sí.
—Ahora lo entiendo.
—¿Qué entiendes?
Elizaveta se limpió otra lágrima con furia.
—Esa forma en que me miras. Como si fuera una bailarina que rompió su pie en mitad del escenario y tú estuvieras decidiendo si aplaudir de todos modos.
Brand frunció el ceño.
—No te miro así.
—Sí. Lo haces. —Su voz temblaba, pero no se permitió bajar la mirada—. Eso que sientes no es cariño, Brand. No es deseo. No es nada que pueda servirle a una mujer. Es lástima.
—No.
—Y, que yo sepa, la lástima jamás alimenta al amor. Alimenta el conformismo, alimenta a un hombre que no tiene opciones.
Brand se quedó muy quieto.
Elizaveta rio con amargura.
—No quiero un marido conforme. No quiero un hombre que se quede porque alguien le contó una historia triste y ahora cree que debe ser decente conmigo.
—No te tengo lástima.
—Claro que sí.
—Te admiro.
Ella se echó a reír, fue un sonido roto.
—Qué palabra tan cómoda.
—No lo es.
—Me admiras por sobrevivir, ¿no? Eso dicen todos cuando no saben qué hacer con una mujer que no salió buena de su dolor.
Brand apretó la mandíbula. Elizaveta se inclinó hacia él, como si necesitara herir antes de que la hirieran.
—Sé que me odias o que me odiaste. Odias todo lo que soy.
Todo lo que hice. Odias que manipulara, que mintiera, que usara el escándalo, que dañara a personas que no siempre lo merecían.
Y no te equivocas. No he cambiado, Brand.
No soy diferente porque ahora llore en tu cama y tenga un hijo en el vientre.
Seguiré siendo esa persona. La que se defiende de todos. La que muerde primero.
Brand la escuchó sin apartar la vista.
—Lo entiendo.
—No lo entiendes.
—Entiendo que hayas aprendido a hacerlo.
Ella se quedó callada un segundo.
Brand habló con más suavidad:
—Y también creo que llegará un momento en que te des cuenta de que no necesitas estar siempre a la defensiva.
Elizaveta negó.
—Eso es imposible para mí.
—No lo será siempre.
—No puedo confiar en las personas.
—Entonces no lo hagas de golpe.
Ella lo miró.
—Date tiempo —dijo Brand—. Y dame tiempo a mí. No para convencerte con palabras. Para hacerte entrar, poco a poco, en una tranquilidad que no tengas que pagar con nada.
La frase la desarmó más que cualquier réplica. Nuevas lágrimas le llenaron los ojos, esa vez no alcanzó a limpiarlas antes de que cayeran.
—Todo me duele —susurró—. Todo el tiempo tengo miedo. Incluso cuando estoy feliz. Especialmente cuando estoy feliz. Siento que alguien va a encajarme un cuchillo por la espalda justo cuando menos lo espere y si no lo hace, pienso que quizá lo hará después o que está esperando verme dormir.
Brand sintió que algo en él se rompía de forma silenciosa.
—Yo me interpondría.
Elizaveta dejó de respirar.
Él sostuvo su mirada.
—Si hiciera falta, me interpondría.
No fue una frase grandiosa, no sonó a juramento teatral ni a promesa de salón, sonó simple y física. Como si Brand no estuviera hablando de honor, sino de colocar su cuerpo entre ella y el golpe.
Elizaveta cambió.