La última elección 16 La diferencia entre tres hombres iguales #3
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16 La diferencia entre tres hombres iguales #3

Camille lo escuchó con una atención que le hizo más difícil seguir y más imposible callar.

—Al principio quizá fue juego. Si todos esperan que Brand sea correcto, que lo sea.

Si todos esperan que Thiago sea noble, que lo sea.

Alguien tenía que hacer reír, escandalizar, provocar, desaparecer de las cenas, volver con una historia absurda.

Alguien tenía que ser el que no importaba demasiado porque todos ya sabían qué esperar.

La voz se le volvió más baja.

—Y después uno se acostumbra, cumple el papel tan bien que ya no sabe si alguna vez hubo algo debajo.

Camille lo miró con una tristeza dulce, no compasiva.

Eso fue lo que lo mantuvo allí.

—Cumpliste bien con tu papel —dijo.

Nick soltó una risa breve.

—Gracias.

—No era un elogio.

—Lo noté.

Camille se acercó un paso.

—Pero no es necesario que lo sigas llevando.

Él bajó la mirada hacia ella.

—Camille…

—Y no eres igual a ellos.

Nick sonrió apenas, casi con amargura.

—Tenemos la misma cara.

—No.

—Eso es anatómicamente discutible.

—No —repitió ella, con más firmeza—. No tienen la misma cara. Tienen rasgos parecidos. Los mismos ojos violetas, el cabello negro, cierta forma de la mandíbula. Pero no son iguales.

Nick no dijo nada.

Camille levantó una mano, como si estuviera enumerando un catálogo íntimo que hubiera estudiado desde hacía años.

—Brand tiene una quietud más pesada, incluso cuando no habla, parece estar juzgando la habitación; su boca es más dura, sus hombros siempre están tensos, como si llevara un apellido encima incluso desnudo. Mira de frente, pero rara vez deja entrar.

A Nick se le curvó un poco la boca.

—Muy exacto.

—Thiago inclina la cabeza cuando escucha, tiene una suavidad en los ojos que ninguno de ustedes posee; sus manos siempre parecen estar a punto de ayudar a alguien, incluso cuando están quietas. Sonríe menos con la boca y más con la forma de quedarse.

Nick ya no sonreía, pero Camille dio otro paso hacia él.

—Y tú…

Él contuvo el aliento.

Ella lo miró con una ternura que lo dejó inmóvil.

—Tú tienes la boca más viva. Incluso cuando estás triste, parece que una parte de ti está buscando una frase para sobrevivir.

Tus cejas se levantan apenas antes de mentir mal.

Cuando te molestas, miras hacia un lado primero, como si quisieras decidir si vas a atacar o huir.

Caminas más rápido que ellos. Ocupas el espacio como si temieras desaparecer si no haces ruido, pero cuando te quedas quieto… se nota más que a cualquiera.

Nick sintió que algo dentro de él se derritió, no fue deseo primero, fue reconocimiento, una especie de calor antiguo, doloroso, como si una parte de él hubiera esperado toda la vida que alguien señalara su rostro entre otros dos y dijera: tú.

No el hermano de Brand. No el reflejo menos bueno de Thiago. No el trillizo encantador, el problema, el ruido.

Tú.

Único.

Inconfundible.

Camille bajó la mano.

—Yo jamás podría confundirte y el resto del mundo tampoco lo haría si dejara de mirar con pereza.

Nick no pensó demasiado, le tomó el rostro entre las manos y la besó.

Fue un beso rápido al principio, nacido de un impulso tan puro que no tuvo tiempo de volverse estrategia.

Camille soltó un pequeño sonido de sorpresa contra su boca.

Nick sintió la suavidad de sus labios, el sabor de la pera y la almendra, el calor de su piel bajo sus dedos…

Y entonces recordó, se apartó de inmediato.

—Perdón.

Camille parpadeó.

Él bajó las manos.

—Lo siento. No debí…

Ella se inclinó y le dio otro beso, más rápido, más ligero, casi juguetón, luego lo apartó con una mano en el pecho.

—No puedes besarme hasta la boda —dijo, intentando parecer severa—. Eres un atrevido.

Nick la miró.

La felicidad le subió al rostro antes de que pudiera volverla ironía.

—¿Hasta la boda?

Camille se dio cuenta de lo que había implicado.

El rubor le tocó las mejillas.

—No te emociones demasiado.

—Demasiado tarde.

—Nick.

—Acabas de establecer una condición temporal y eso suena a esperanza jurídica.

Ella intentó apartarse, pero él tomó su mano y besó el dorso, justo donde el zafiro brillaba bajo la luz gris del jardín.

—No voy a abusar de tu comentario —dijo, aunque sonreía como un hombre que acababa de recibir un país.

—Eso sería novedoso.

—Estoy lleno de novedades.

Camille lo miró.

Él seguía sonriendo, pero había algo nuevo detrás, algo más quieto, más humano, por un segundo, Nick no se sintió parte de un trío. No se sintió una variación más ruidosa de una misma sangre, ni el hermano destinado a ser el encanto inútil, ni el error vestido con una buena chaqueta.

Se sintió persona.

Una sola.

Única.

Inigualable.

Porque a los ojos de Camille siempre había sido eso y quizá, pensó mientras ella volvía a caminar a su lado por el jardín, comiendo el último trozo de tarta con una dignidad preciosa, el amor no empezaba cuando alguien te perdonaba.

A veces empezaba antes.

Mucho antes.

En la mirada de una muchacha que había sabido distinguirte incluso cuando tú mismo te escondías detrás del ruido.