16 La diferencia entre tres hombres iguales #2
—Vengo a felicitar a Camille por la apertura.
—Una noche muy provechosa, sin duda. Mucha gente importante. Vi a varios críticos, algunos compradores…
Camille tomó el ramo de Nick.
—Estaremos en el jardín.
Su padre parpadeó.
—¿En el jardín?
—Sí.
—Quizá sería más apropiado el salón.
—Pueden vigilarnos por los ventanales si es necesario —dijo Camille, con una dulzura tan perfecta que casi pareció inocente.
Nick tuvo que bajar la mirada para no reír.
El padre no supo si sentirse ofendido o complacido por la transparencia de la propuesta. La madre, en cambio, levantó los ojos hacia Camille durante un segundo, y algo casi imperceptible se movió en su boca, no fue una sonrisa completa, pero se le pareció.
—Muy bien —dijo el padre al fin—. Pero no se alejen demasiado.
Camille tomó la caja del postre.
—Por supuesto.
Salieron al jardín.
Era un jardín de ciudad, cerrado entre muros cubiertos de hiedra, con senderos de grava, arbustos húmedos, bancos de hierro y unos rosales todavía indecisos ante la primavera.
El aire olía a hojas mojadas, flores tempranas, tierra y azúcar de la tarta que Camille abrió sin esperar ceremonia.
Se sentaron en una banca bajo un árbol desnudo cuyas ramas dibujaban líneas finas contra el cielo.
Camille tomó un bocado del postre y cerró los ojos.
—Esto fue una buena decisión.
Nick sonrió.
—Lo anotaré. Las buenas decisiones no son mi especialidad y debo registrarlas para futuras generaciones.
—¿Vas a contarme por qué faltaron tus hermanos ayer?
El humor se le suavizó.
—Sí.
Camille abrió los ojos. Nick apoyó los codos en las rodillas y miró la grava bajo sus zapatos.
—Thiago y Elettra terminaron el compromiso.
Camille dejó de mover la cucharilla.
—Oh.
—Sí.
—¿Él está bien?
Nick soltó aire por la nariz.
—Dijo que no morirá porque una mujer no quiso casarse con él.
Camille bajó la mirada.
—Suena a algo que diría alguien que sí se está muriendo un poco.
Nick la miró. A veces, Camille entendía demasiado rápido a los demás, eso lo incomodaba cuando el otro era Thiago.
—Y Brand tampoco fue porque estaba ocupado intentando que Elizaveta no sintiera que el mundo se caía si respiraba cerca de Elettra.
Camille lo observó.
—¿Así de mal?
—Peor. Pero Brand parece… distinto con ella.
—¿Distinto cómo?
Nick buscó una palabra.
—Presente.
Camille asintió despacio.
—Eso puede ser más importante que ser dulce.
—No se lo digas, podría sentirse alentado.
Ella sonrió y tomó otro bocado de tarta.
—¿Y Philip?
Nick se reclinó contra el banco.
—Philip tiene una relación extraña con Lefèvre.
Camille alzó una ceja.
—¿Extraña?
—Sí. Se insultan con demasiada precisión, se leen como si cada uno tuviera notas al margen del otro y, cuando están en la misma habitación, el aire parece necesitar una biblioteca para sostenerlos. No sé. Son raros. Se caen bien, son buenos amigos, supongo.
Camille sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.
—Ajá.
—¿Qué significa ese ajá?
—Nada.
—No me gusta ese nada, las mujeres de mi vida usan nada como si fuera una caja llena de cuchillos.
—Quizá Philip solo tiene un amigo inteligente.
—Eso sería una novedad familiar.
Camille rió.
—¿Y Millie?
Nick se llevó una mano al rostro.
—Millie es insoportable. Inteligente, peligrosa, demasiado libre y convencida de que cada herida familiar puede resolverse con tinta, amenazas o viajes a África. A veces las tres cosas en el mismo día.
—Me agrada.
—Claro que te agrada, las mujeres peligrosas se reconocen.
—No soy peligrosa.
Nick miró su anillo, luego su rostro, luego el modo en que sostenía la tarta como si pudiera convertir una merienda en una declaración de independencia.
—Camille, eres mucho más peligrosa de lo que crees, solo que tienes buenos modales y eso confunde a los tontos.
Ella bajó la mirada, sonriendo.
Durante un rato caminaron por el jardín.
Camille comía su tarta a pequeños bocados, sosteniendo la caja con una mano y el ramo apoyado sobre el banco.
Nick iba a su lado, contando detalles del desayuno, imitando con bastante crueldad la forma en que William suspiraba cuando descubría otra tragedia familiar antes del café, y exagerando el tono de Millie hasta que Camille terminó riendo con la boca llena y le pidió, entre vergonzada y divertida, que no la hiciera atragantarse.
Después llegó un silencio, no incómodo, solo más verdadero. Camille miró hacia una fuente pequeña cubierta de musgo.
—Me siento mal por Thiago.
Nick, que iba a decir algo sobre la fuente, se detuvo.
—¿Por Thiago?
—Sí.
—Ah.
Ella lo miró de reojo.
—Ese ah sonó peligroso.
—No. Solo… ah.
Camille suspiró.
—Es un buen hombre, Nick.
Él metió las manos en los bolsillos.
—Eso dice todo el mundo.
—Porque es cierto.
—No es tan bueno.
Camille se detuvo, luego se rio.
La risa fue ligera, sincera, lo cual empeoró todo.
—Nick.
—¿Qué?
—Thiago es una increíble persona. Buena, amorosa, paciente. Tiene una forma de mirar a los demás como si no quisiera ocupar más espacio del necesario. Eso no es común.
Nick sintió que algo caliente y absurdo le subía al pecho.
—Quizá lo estás idealizando.
—No lo hago.
—Todos lo hacen.
—¿A Thiago?
—Sí, a Thiago. El santo Thiago. El bondadoso Thiago.
El hermano que siempre hace lo correcto, aunque lo correcto le rompa los huesos.
Nadie ve que también puede ser orgulloso, terco, desesperante, y que a veces su virtud es solo otra forma de sentirse superior a quienes sí hacemos ruido cuando nos duele.
Camille se quedó quieta. Nick se dio cuenta de que había hablado demasiado tarde para detenerse, la respiración se le agitó.
—Perdón —dijo enseguida, pasando una mano por su cabello—. No debí decirlo así, de hecho, no debí decir nada.
Camille no se acercó de inmediato, solo lo miró.
—No estás enojado con Thiago.
Nick soltó una risa baja, sin humor.
—No estoy seguro.
—Estás herido.
Él miró hacia la casa, los ventanales reflejaban el jardín, quizá sus padres los vigilaban, quizá no. En ese momento, a Nick no le importó.
—Siempre quise ser visto como diferente a ellos —dijo—.
Eso es ridículo, supongo. Somos trillizos.
Desde niños la gente entraba a un salón y decía “los Charpentier” como si fuéramos un conjunto de cubiertos finos.
Brand era el perfecto. El heredero serio, el que entendía lo que William quería antes de que William terminara la frase.
Thiago era el bueno. El dulce, el sensato, el que no rompía nada, el que consolaba a las niñeras si nosotros hacíamos llorar a una. Y yo…
Se encogió de hombros.
—A mí me tocó ser el dolor de cabeza.