La última elección 16 La diferencia entre tres hombres iguales
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16 La diferencia entre tres hombres iguales

Nick despertó tarde, con una irritación muy digna y una resaca emocional que no provenía del alcohol, sino de haber asistido la noche anterior a la apertura de la galería de Camille sin ninguno de sus hermanos; ni Brand, ni Thiago, ni Philip, ni siquiera Millie.

Aunque Philip no contaba del todo porque tenía la molesta costumbre de desaparecer en los momentos sociales importantes y luego ofrecer explicaciones tan inteligentes que daban ganas de arrojarle una copa, pero Brand y Thiago sí contaban.

Brand porque era Brand, y la ausencia de Brand en un evento donde la familia debía presentarse con unidad resultaba casi una declaración política. Thiago porque… bueno, porque Thiago jamás faltaba a nada que pudiera lastimar los sentimientos de alguien.

Así que Nick bajó al desayuno con el ánimo de un hombre profundamente ofendido por la falta de consideración ajena, y con el firme propósito de decirlo en voz alta hasta que alguien pidiera perdón o le lanzara una tostada.

El comedor estaba lleno de una luz pálida de mañana.

París había despertado bajo un cielo color perla, húmedo todavía por la lluvia de la madrugada.

Las ventanas altas dejaban entrar el olor de los jardines mojados, de la tierra removida, del pan caliente que llegaba desde la cocina y del café recién molido que Alice insistía en servir en vajilla blanca, aunque la familia estuviera espiritualmente en ruinas.

Todos estaban allí, casi todos.

William leía el periódico con el ceño de un hombre que había descubierto demasiadas veces que la tinta podía ser más peligrosa que una pistola.

Alice fingía revisar una carta, aunque en realidad vigilaba a todos por encima del papel.

Philip tenía una taza de café en una mano y una expresión demasiado inocente en el rostro, lo que significaba que sabía algo.

Millie, sentada a su lado, fingía untar mantequilla en un panecillo, pero sus ojos violetas iban de Philip a Brand con una rapidez sospechosa.

Brand estaba junto a Elizaveta, eso tampoco era nuevo, lo nuevo era la naturalidad.

Su mano descansaba sobre la de ella bajo el borde de la mesa, no del todo visible, pero sí lo suficiente para que Nick lo notara.

Elizaveta tenía la mirada baja, una taza de té entre los dedos y el cabello negro recogido con una cinta oscura.

Se veía pálida, hermosa, silenciosa. Una de esas tres cosas era normal en ella.

Las otras dos, últimamente, significaban que algo en la casa había cambiado de lugar.

Nick se dejó caer en una silla.

—Buenos días a todos, especialmente a quienes decidieron traicionar a Camille anoche.

Philip alzó los ojos.

—Buenos días, tragedia con chaleco.

Nick ignoró el comentario.

—La galería fue un éxito, por si alguien en esta mesa conserva interés en las obligaciones familiares, el arte o mi vida afectiva.

Millie mordió el pan para no sonreír.

—¿Tu vida afectiva cuenta como arte o como obligación familiar?

—Como un fenómeno delicado que debió recibir apoyo.

William dejó el periódico a un lado.

—Nicholas.

—No, padre. Me parece importante señalar que fui abandonado en territorio hostil. Había críticos, pintores, mujeres con demasiadas opiniones sobre el zafiro de Camille y un señor que intentó explicarme a Kisling como si yo hubiese nacido ayer dentro de una bodega.

Philip bebió café.

—¿Y no fue así?

Nick le lanzó una mirada.

—La galería de Camille fue magnífica. Ella estuvo magnífica. Yo estuve, contra todas las probabilidades, bastante digno. ¿Y dónde estaba mi familia? Ausente, desaparecida, sospechosamente silenciosa.

Millie y Philip intercambiaron una mirada breve.

Nick la vio.

—Ah —dijo—. Esa mirada. Odio esa mirada.

Brand no respondió, solo apretó apenas los dedos sobre la mano de Elizaveta, ella bajó la vista, Alice y William suspiraron al mismo tiempo; el sonido fue tan sincronizado que Nick se detuvo.

—Bien —dijo, enderezándose—. Ahora sí me preocupo.

Alice dejó la carta sobre la mesa.

—Nicholas, no asistimos al evento de Camille porque ayer se rompió el compromiso de Thiago y Elettra.

El silencio cayó sobre el desayuno con la misma elegancia con la que cae una lámpara: primero la incredulidad, luego el estruendo.

Nick se sentó de golpe en la cabecera de la mesa, aunque no era su lugar habitual y William lo miró como si esa ofensa menor aún pudiera discutirse en otra vida.

—¿Qué?

—Lo escuchaste —dijo Philip, más bajo.

Nick miró hacia la silla vacía de Thiago.

El enojo se le borró del rostro.

—¿Cómo está?

Nadie respondió, porque en ese preciso momento Thiago entró en el comedor.

Iba vestido con sencillez impecable, el cabello negro algo húmedo todavía, como si hubiera salido a caminar antes de desayunar o como si la noche no le hubiera permitido quedarse quieto.

Tenía el rostro sereno. Demasiado. Esa serenidad suya que no era calma, sino una forma elegante de cerrar puertas por dentro.

Todas las miradas cayeron sobre él.

Thiago se detuvo en el umbral.

Luego rodó los ojos.

—No moriré porque una mujer no haya querido casarse conmigo.

Nadie se rio y eso, de algún modo, hizo la frase más triste.

Thiago cruzó el comedor y tomó asiento como si nada hubiera ocurrido, se sirvió café, luego miró a Nick, que seguía inmóvil.

—La galería de Camille fue un éxito, supongo.

Nick parpadeó.

—Sí.

—Me alegra.

—Thiago…

—No —dijo él, con suavidad—. Desayunemos.

Alice apretó los labios.

Millie bajó los ojos a su plato. Philip fingió estudiar la mermelada como si dentro hubiera aparecido una respuesta filosófica.

Brand miró a su hermano con una gravedad silenciosa.

Elizaveta, que a veces entendía demasiado bien las heridas que se esconden bajo una sonrisa, observó a Thiago con una expresión que no era compasión, sino reconocimiento, todos sabían que fingía fortaleza.

Porque así era Thiago.

Si algo lo partía, él recogía los pedazos con discreción para no incomodar a nadie con el ruido. Si algo dolía, lo convertía en educación. Si alguien lo abandonaba, probablemente le abría la puerta y después preguntaba si necesitaba abrigo.

Así que la familia hizo lo que él pidió, desayunaron, lo intentaron.

Nick habló de la galería, pero con menos dramatismo.

Philip hizo un comentario sobre un crítico que parecía haber nacido para odiar flores y mujeres inteligentes.

Millie mencionó que Lefèvre estaba furioso con ella por el artículo, pero que al menos no había intentado despedirla todavía, lo cual calificaba como afecto en ciertos círculos periodísticos.

Alice preguntó a Elizaveta si había dormido bien.

Elizaveta dijo que sí y miró a Brand antes de darse cuenta.

Brand fingió no notar que todos lo notaron.

Thiago comió poco, sonrió cuando debía, respondió cuando le preguntaron algo y cada vez que el silencio amenazaba con acercarse demasiado a su nombre, desviaba la conversación con una habilidad que habría sido admirable si no hubiera sido tan dolorosa.

Cuando el desayuno terminó, Nick salió de la casa.

No fue a buscar a Thiago, no todavía. Sabía que su hermano no querría palabras por el momento, y Nick era demasiado honesto consigo mismo para creer que sus palabras fueran siempre útiles.

Además, había algo que necesitaba hacer con más urgencia: ver a Camille.

Compró flores en una floristería cerca de la rue Saint-Honoré.

El local olía a agua fría, tallos cortados, rosas frescas y tierra negra.

La florista, una mujer menuda con manos rápidas, le ofreció lirios.

Nick los rechazó de inmediato, sin saber por qué hasta que recordó que Elizaveta los detestaba y Brand había contaminado a toda la casa con sus nuevas reglas de cuidado.

Eligió peonías pálidas, algunas rosas color té y un poco de lavanda, porque Camille no parecía una mujer de ramos demasiado ruidosos.

Luego pasó por una panadería donde, según había escuchado de labios de Camille, hacían su postre favorito: una tarta pequeña de pera y almendra, glaseada con tanta delicadeza que parecía una joya destinada a desaparecer en tres mordidas.

París estaba hermoso esa mañana.

No de una forma grandiosa, sino íntima. Las calles húmedas brillaban bajo una luz suave, los cafés abrían sus toldos, un vendedor de periódicos voceaba titulares con la energía de quien no cargaba las consecuencias de lo que anunciaba.

Mujeres con sombreros cloche caminaban con pasos rápidos, dejando detrás perfumes de violeta, tabaco rubio y jabón caro.

En algún piso alto, alguien tocaba una melodía de jazz en un gramófono con la ventana abierta, y el sonido se mezclaba con motores, campanillas de tranvía y el crujido de las ruedas sobre piedra.

Camille estaba en casa.

Nick lo había supuesto. Después de la noche anterior, de la apertura, de los saludos, los críticos, las sonrisas sostenidas y el esfuerzo de estar radiante mientras medio París miraba su mano buscando el anillo, debía estar descansando.

Lo recibió con una sonrisa cansada.

No llevaba vestido de gala ni el aire impecable de la galería. Vestía de color crema, con el cabello recogido de manera sencilla y algunas sombras suaves bajo los ojos. El anillo de zafiro estaba en su mano.

Nick lo vio y algo en el pecho se le acomodó.

—Traje flores —dijo, levantando el ramo—. Y una tarta de pera que, según rumores muy confiables, mejora el carácter de ciertas galeristas después de una noche exitosa.

Camille miró primero las flores, luego el paquete, luego a él.

—¿Rumores confiables?

—Me sobornaron con información.

—¿A quién?

—Nunca traiciono a mis fuentes, salvo bajo presión moderada.

Camille sonrió más.

—Pasa.

Su padre apareció casi al mismo tiempo, como si hubiese estado esperando detrás de alguna puerta con el oído cuidadosamente educado, saludó a Nick con satisfacción evidente, su madre permaneció unos pasos atrás, silenciosa, observando la escena con una expresión que Camille evitó mirar.

—Monsieur Charpentier —dijo el padre—, qué agradable sorpresa.