15 Cuando se rompe una promesa
La mansión Charpentier recibió a Brand y Elizaveta con olor a flores frescas, cera pulida y ansiedad materna.
Alice los esperaba en el vestíbulo antes de que el automóvil terminara de detenerse.
No llevaba sombrero ni guantes; apenas un vestido de tarde color lavanda pálido y una expresión de alivio que intentó disfrazar de serenidad con muy poco éxito.
A su lado, un criado sostenía una manta que nadie había pedido, un mayordomo esperaba instrucciones y una doncella parecía preparada para correr por sales, té, almohadas o un médico si Alice chasqueaba los dedos.
Elizaveta bajó del coche con la ayuda de Brand.
—Alice —dijo, sorprendida al verla allí.
—Por fin —respondió Alice, como si hubieran vuelto de una guerra y no de la casa de los Rostov.
Brand cerró la puerta del automóvil.
—Madre, solo fueron unos días.
—En esta familia, eso basta para destruir reputaciones, comprar anillos, publicar artículos incendiarios y romper compromisos.
Elizaveta parpadeó.
—¿Romper compromisos?
Alice comprendió que había hablado de más y sonrió con esa dulzura peligrosa de las madres que intentan tapar un incendio.
—Primero subamos, debes descansar.
—No estoy cansada.
—Claro que sí.
—No.
—Estás embarazada.
—Eso no es una enfermedad.
—No, pero es una excusa excelente para que me permitas ayudarte sin discutir, querida, harías bien en no contradecirme.
Alice le tomó el brazo antes de que Elizaveta pudiera objetar otra cosa, lo hizo con tal naturalidad que la joven se dejó llevar.
Brand observó el gesto con una mezcla de ternura e inquietud.
Alice no necesitaba sujetarla. Elizaveta podía subir aquellas escaleras sola, con la espalda recta y la dignidad intacta, pero Alice la acompañaba como si cuidar fuera un idioma que se practicaba incluso cuando no era estrictamente necesario y Elizaveta, aunque fingía fastidio, no se apartó, subieron juntas los primeros escalones.
Alice hablaba de habitaciones ventiladas, infusiones suaves y la necesidad de que alguien revisara que no hubiera lirios en los jarrones.
Elizaveta respondía con frases cortas, pero Brand notó la curva pequeña de su boca.
No era una sonrisa abierta. Era peor. Era una de esas sonrisas que no quieren ser descubiertas porque todavía no saben si tienen derecho a existir.
Brand sonrió hacia su madre. Alice lo vio desde la escalera y, por un instante, le devolvió una mirada que decía: esto también se aprende.
El momento duró poco. Philip apareció desde el corredor lateral con un periódico doblado bajo el brazo y el rostro de quien se preparaba para lanzar una piedra a una ventana ya agrietada.
—Brand.
Elizaveta y Alice siguieron subiendo. Elizaveta giró la cabeza al escuchar el tono, pero Alice le dijo algo al oído y la distrajo. La figura blanca de su vestido desapareció por el rellano.
Brand esperó a que ya no pudieran oírlos.
—¿Qué ocurre?
Philip bajó la voz.
—Millie acaba de decirme que Elettra quiere terminar su compromiso con Thiago.
La frase quedó en el vestíbulo con el peso de una copa rota.
Brand no respondió de inmediato, la sorpresa llegó primero, luego la incomodidad y, detrás de ambas, una sospecha que le irritó reconocer: Elettra quería terminar porque seguía enamorada de él.
No hacía falta que nadie lo dijera, la idea estaba allí, vieja y dolorosa, caminando por la casa como un fantasma al que todos habían visto.
Philip lo observó.
—Estás pensando lo mismo que yo.
Brand endureció la mandíbula.
—No sabes qué pienso.
—Hermano, no eres tan misterioso cuando te sientes culpable.
Brand miró hacia la escalera.
Hacia el punto exacto por donde Elizaveta había desaparecido.
—No voy a hablar con Elettra.
—Deberías hacerlo antes de que todo París se entere de que está pensando abandonar a Thiago.
—¿Para qué? ¿Para que parezca que corro detrás de ella en cuanto intenta liberarse de mi hermano?
—O para asegurarte de que no destruya a Thiago por algo que aún siente por ti —Philip inclinó la cabeza.
Brand apretó los dedos alrededor de los guantes.
—Es imposible que hable con Elettra sin que Elizaveta tenga una reacción poco favorable y en su estado…
—Poco favorable —repitió Philip en medio de una risotada—. Qué manera tan elegante de decir que tu esposa podría convertir la mansión en un campo de batalla ruso-francés.
Brand le lanzó una mirada, Philip no sonrió.
—Lo entiendo, Brand. De verdad. Pero en este momento, la felicidad del único hermano que vale la pena parece estar en juego.
—Eres muy generoso contigo mismo.
—Ah, no. No hablaba de mí, yo no valgo la pena; soy entretenido, que es algo distinto —guiñó un ojo.
Brand no se rio, Philip dio un paso hacia él.
—Thiago no se va a defender como debería, tú lo sabes, si Elettra lo deja, aceptará el golpe, le dará las gracias por su honestidad y luego pasará años fingiendo que no le arrancaron nada importante. Alguien tiene que intervenir para salvarlo.
Brand cerró los ojos un instante, todo lo que podía hacer estaba mal.
Hablar con Elettra era clavar una aguja en la inseguridad de Elizaveta, pero no hacerlo podía condenar a Thiago a otro silencio elegante.
Intervenir podía parecer soberbia. Callar, cobardía.
Los Charpentier eran una familia extraordinaria para colocar a sus miembros en habitaciones sin puertas.
—Si hablo con Elettra —dijo al fin—, Elizaveta tiene que saberlo.
Philip asintió.
—Eso es sensato.
—No hará que sea fácil.
—Nada en esta casa lo es. Ni siquiera el desayuno.
Brand subió las escaleras.
Mientras avanzaba por el corredor hacia su habitación, escuchó voces suaves detrás de algunas puertas, el roce de una bandeja, el lejano sonido del piano en uno de los salones.
La mansión estaba viva de nuevo con su regreso, pero debajo de la normalidad había una tensión reciente, como si cada pared hubiera leído el periódico de Millie y ahora supiera más de lo que debía.
Entró en la habitación sin llamar.
Elizaveta estaba frente al armario abierto, eligiendo un vestido para ir a la galería de Camille.
Había varios extendidos sobre la cama: uno verde oscuro, otro azul humo, uno marfil con bordados delicados.
Ella sostenía una tela color ciruela contra su cuerpo, mirándose en el espejo con concentración feliz.
—Este —dijo al verlo entrar—, o el azul. El azul quizá sea demasiado correcto para una galería. El ciruela dice “he venido a mirar arte”, pero también “podría destruir a alguien si critica mi embarazo”.
Brand se quedó junto a la puerta, Elizaveta bajó el vestido, su sonrisa desapareció despacio.
—¿Qué pasó?
Él cerró la puerta.
—Tengo que decirte algo.
La frase cambió el aire.
Elizaveta dejó la tela sobre la cama con cuidado excesivo.
—Qué horrible forma de empezar una conversación.
—Philip me dijo que Elettra quiere terminar el compromiso.
Elizaveta pestañeó, una vez, luego otra.
No habló. Brand vio el movimiento de su garganta, vio cómo su mano fue hacia el vientre, pero no se quedó allí; regresó a su costado, como si no quisiera parecer débil, después empezó a caminar.
De la cama al espejo, del espejo a la ventana, de la ventana al armario.
La habitación se llenó de seda removida y respiraciones cada vez menos regulares.
—Comprendo —dijo ella.
—No creo que…
—¿Vas a ir con ella?
Brand guardó silencio un segundo demasiado largo.
Elizaveta se detuvo.
—Vas a ir con ella.
—Philip cree que debería hablar con Elettra antes de que esto dañe más a Thiago.
Ella rio, una risa breve, seca, sin alegría.
—Qué noble.
—Elizaveta.
—No. Es admirable. Vas a hablar con la mujer de la cual estás enamorado para salvar a tu hermano de que ella lo abandone porque sigue enamorada de ti. Todo muy limpio y familiar. Muy Charpentier.
Brand dio un paso hacia ella.
—Escúchame.
—No.
—Elizaveta.
—No me hables como si estuviera siendo irracional.
—No he dicho eso.
—No, pero lo piensas con esa cara tranquila que me enfurece.
Brand se obligó a permanecer quieto, la observó, la escuchó.
Alice habría dicho que, a veces, la calma era la única forma de no agregar leña al incendio. Brand no siempre sabía aplicar las lecciones de su madre, pero con Elizaveta empezaba a entender que no todo estallido debía ser vencido, algunos debían ser sostenidos hasta que mostraran la herida debajo.
Elizaveta volvió a caminar.
—¿Sabes lo difícil que es para mí soportar esa idea?
—dijo, cada palabra más afilada que la anterior—.
Que salgas de esta habitación para ir precisamente con ella, con la mujer correcta, con la que todos habrían preferido para ti si yo no hubiera aparecido con un embarazo, una historia fea y demasiadas razones para ser odiada.
—Nadie…
—No mientas.
Brand cerró la boca.
Elizaveta lo miró entonces, tenía los ojos demasiado brillantes.
—Toda la sociedad sabe que a quien en realidad amas es a ella.
La frase no fue grito, fue peor, fue convicción.
—No —dijo Brand.
—Sí. Lo saben, lo sabían antes de que yo entrara en tu vida y lo siguen creyendo ahora.
Yo quedo en ridículo, Brand. ¿No lo entiendes?
Me miran como la mujer que se embarazó fuera del matrimonio y atrapó al hombre que deseaba a otra.
Me culpan por alejarte de la mujer digna, de la que no parecía capaz de destruir nada.
—Elizaveta…
—Yo soy la serpiente. La rusa. La bailarina demasiado bella, demasiado fría, demasiado ambiciosa. La que consiguió un apellido con el vientre antes que con el corazón.
Una lágrima cayó. Una sola. Elizaveta la sintió de inmediato y se enfureció con ella como si aquella gota hubiera sido una traición. Se la limpió con los dedos, con brusquedad, casi con furia.
—Maldita sea.
Brand cruzó la distancia, esa vez ella no retrocedió porque estaba demasiado ocupada odiándose por llorar.
Él le tomó el rostro entre las manos.
—Entre Elettra y yo no habrá nada.
Elizaveta apretó los labios.
—Lo sé.
—Entonces…