La última elección 15 Cuando se rompe una promesa #2
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15 Cuando se rompe una promesa #2

—Lo sé —repitió, más bajo. Brand se quedó inmóvil, ella lo miró desde muy cerca—. Pero no porque no haya sentimientos entre ustedes, sino porque hay un bebé, uno que no crece en Elettra.

El golpe fue limpio, Brand bajó las manos lentamente.

—Eso no es todo.

Elizaveta rio con amargura.

—¿No?

—No.

—Entonces dime qué más hay.

Brand buscó una respuesta, la tenía y no la tenía.

Había noches con ella dormida sobre su pecho, había conversaciones en la cama, había el modo en que ella se volvía niña al hablar de Rusia, había la pena brutal que sintió al escuchar a Alekséi.

Había el deseo, sí, pero también algo más difícil de nombrar, había una voluntad creciente de quedarse, de entenderla, de protegerla de sí misma y del mundo sin convertirla en prisión, pero no sabía decir todo eso sin que sonara incompleto.

—Estoy contigo —dijo—. Y así será por el resto de mi vida.

Elizaveta negó despacio.

Las lágrimas llegaron otra vez, más silenciosas.

—Porque hay un hijo.

—Porque eres mi esposa.

—Porque hay un hijo —insistió—. ¿Y si lo pierdo?

Brand sintió que el cuerpo se le helaba.

—No digas eso.

—¿Qué pasa si lo pierdo, Brand? ¿Qué queda entonces? ¿El matrimonio? ¿El apellido? ¿Tu honor? ¿Tu lástima?

—Basta.

—No habría nada que nos uniera.

—Yo estaría aquí.

—No lo sabes.

—Sí.

—No lo sabes —repitió ella, ya casi en un susurro.

La puerta interior del vestidor estaba entreabierta. Elizaveta la empujó y entró. Brand la siguió hasta el umbral.

—Elizaveta.

—No quiero hablar más.

—Abre.

—No.

La llave giró del otro lado, Brand apoyó una mano sobre la puerta, durante varios segundos solo se oyó su respiración y, del otro lado, un silencio que no era calma era defensa.

Brand cerró los ojos.

No podía derribar la puerta, no debía suplicar a través de ella como un hombre que intenta tranquilizar una culpa propia con urgencia ajena, pero tampoco podía marcharse sin más. Todo en él quería resolver, ordenar, corregir; pero Elizaveta no era un contrato mal escrito ni una cuenta familiar.

Era una mujer llorando detrás de una puerta porque no creía que pudiera ser elegida sin condiciones. Brand suspiró. Al darse la vuelta, encontró a Millie recargada en la entrada de la habitación.

Tenía los brazos cruzados, el rostro serio y una falta absoluta de vergüenza por haber escuchado cada palabra.

—¿Desde cuándo estás ahí? —preguntó él.

—Desde “la mujer correcta”. Antes de “serpiente”, después de “Charpentier”. Llegué en un momento literariamente sólido.

—Millie.

—No me mires así. Iba a tocar, pero estaban demasiado ocupados destruyéndose con precisión.

Brand pasó una mano por el rostro.

—No es asunto tuyo.

—En esta familia, todos dicen eso justo antes de que el asunto nos aplaste a todos en el desayuno.

Ella entró y cerró la puerta tras de sí.

—Escúchame bien, si quieres a Thiago, harás que Elettra lo deje.

Brand la miró.

—¿Eso es lo que estás intentando?

—Sí.

—Thiago la ama.

—Y por eso mismo debe dejarlo, no quiero a mi hermano viviendo de sobras emocionales envueltas en gratitud.

Brand apretó la mandíbula.

—No es tan simple.

—Nada lo es, pero algunas cosas siguen siendo ciertas, aunque tengan mala estructura. Thiago merece una mujer que lo mire primero, no después de que tú te hayas vuelto imposible.

La frase lo golpeó, pero Millie no se detuvo.

—Y si quieres a esa mujer —dijo, señalando la puerta cerrada del vestidor—, no harás algo tan cruel como hacerla dudar aún más de su relación, de su lugar, de su estabilidad.

Brand miró hacia la puerta.

—No sé cómo hacer que no dude.

—No puedes hacerlo con discursos a medias.

—Gracias por la gran revelación.

—Puedes empezar por no ir a consolar a Elettra justo después de que Elizaveta te diga que se siente como la mujer que arruinó una historia de amor perfecta.

Brand guardó silencio.

Millie bajó la voz.

—La investigué.

Él volvió la cabeza.

—¿A quién?

—A Elizaveta. A los Rostov. A todos, en realidad. Es una enfermedad profesional y familiar.

—Millie…

—Esa chica sufrió muchísimo.

La frase, en boca de Millie, no tuvo melodrama, solo peso.

—Sé que hablaste con Alekséi —continuó—. Pero Alekséi la ama demasiado para contar ciertas cosas sin convertirlas en protección. Si de verdad quieres conocerla, habla con Pavel.

Brand la observó con más atención.

—¿Qué sabes?

—Lo suficiente para decirte que hay versiones que no salen de la boca de un hermano. Y que Pavel Rostov, aunque haya sido un padre pésimo durante varios años de su vida, conoce la raíz de algunas heridas que Alekséi solo tuvo que vendar.

Brand miró otra vez hacia el vestidor cerrado.

—No puedo irme ahora.

Millie suavizó apenas la expresión.

—No. Ahora no. —Aquello, viniendo de ella, fue casi compasivo—. Pero cuando vayas, no lo hagas para acumular información como un coleccionista de tragedias, hazlo porque quieres saber dónde no tocar si no quieres hacerla sangrar.

Brand no respondió.

Millie se acercó a la puerta del vestidor y habló con menos dureza.

—Elizaveta, no voy a pedirte que abras porque sería hipócrita. Yo también me encierro, solo que suelo hacerlo en otro continente.

Del otro lado no hubo respuesta.

—Pero voy a decirte algo. Si mi hermano sale de esta habitación para hablar con Elettra, yo misma le romperé una pierna, una fractura pequeña, solo para retrasarlo.

—Millie —advirtió Brand.

Desde el vestidor llegó un sonido, no fue risa completa, pero casi.

Millie sonrió.

—Bien. Sigue viva.

Brand la miró con una mezcla de irritación y gratitud.

—Sal.

—Con gusto, la tensión aquí arruina el cutis.

Al pasar junto a él, Millie le apretó el brazo.

—No seas idiota.

—Qué consejo tan específico.

—Lo adapto al público.

Millie salió.

Brand permaneció frente a la puerta cerrada.

—Elizaveta.

Silencio.

—No iré con Elettra.

Tampoco hubo respuesta.

—No porque tema tus celos, ni porque Millie amenace con romperme una pierna, aunque debo admitir que parece determinada.

Un silencio un poco distinto.

—No iré porque tienes razón en algo, no puedo pedirte confianza y luego hacer exactamente aquello que más te hiere.

Brand apoyó la frente contra la madera.

—Pero tampoco puedo prometerte que nunca más habrá dolor. No sería honesto. Lo que puedo prometerte es que no voy a elegir a Elettra sobre ti. Ni ahora. Ni siquiera si el bebé… —se detuvo, incapaz de repetirlo—. Ni en ningún caso.

Del otro lado, finalmente, se oyó la voz de Elizaveta.

—No sabes eso.

—Estoy empezando a saberlo.

La puerta siguió cerrada, pero ya no se sentía igual.

Mucho más tarde, cuando Elizaveta permitió que Alice entrara al vestidor con té y una autoridad maternal imposible de rechazar, Brand salió de la mansión.

No fue a ver a Elettra, fue a casa de los Rostov.

Alekséi estaba en el despacho, como si aquella habitación fuera una extensión de su carácter. Había papeles sobre la mesa, un cigarro apagado en el cenicero y una botella cerrada de coñac que, por una vez, no parecía invitación sino advertencia.

—Volviste pronto —dijo.

Brand cerró la puerta.

—Necesito hablar con Pavel.

Alekséi lo miró sin sorpresa.

—Millie.

—Sí.

—Esa mujer debería trabajar para un servicio de inteligencia.

—Probablemente ya lo hace y no nos lo ha dicho.

Alekséi casi sonrió, luego se puso serio.

—¿Por qué quieres hablar con mi padre?

—Porque no quiero seguir haciendo preguntas alrededor de Elizaveta como si ella fuera una casa cerrada y yo buscara entrar por ventanas. Ya hablé contigo. Necesito la parte que tú no puedes darme.

Alekséi apoyó las manos sobre el escritorio.

—Mi padre no siempre hablará como esperas.

—No espero que me agrade.

—Bien.

Brand se quedó de pie.

—Antes necesito saber si tú te opones.

Alekséi observó esa consideración como si no la hubiera previsto.

—¿Desde cuándo me pides permiso?

—Desde que entendí que algunas puertas de Elizaveta tienen sangre en el marco, una sangre en específico.

El rostro de Alekséi cambió apenas, no mucho, pero suficiente.

—Pavel está en la biblioteca —dijo—. No lo acorrales.

Brand inclinó la cabeza.

—No lo haré.

—Y Charpentier. —Brand se detuvo ante la voz de Alekséi—. Si lo que descubres te hace mirar a Liza con lástima, te arrepentirás.

—No la miro con lástima.

—Bien.

—La miro con más cuidado.

Alekséi sostuvo su mirada, luego asintió.

La biblioteca de Pavel Rostov era más cálida que el despacho de Alekséi, aunque no menos severa.

Había alfombras oscuras, lámparas bajas, estanterías llenas de libros en ruso y francés, y un gran ventanal desde donde se veía el jardín húmedo.

Pavel estaba sentado en un sillón, con un libro abierto sobre las rodillas que no parecía estar leyendo.

La luz de la tarde le daba al rostro una dureza cansada.

—Monsieur Charpentier —dijo sin levantarse.

—Pavel.

—Alekséi me dijo que vendrías.

Brand tomó asiento frente a él.

—Quiero hablar de Elizaveta.

—Todos quieren hablar de Liza cuando ya no saben qué hacer con ella —Pavel cerró el libro.

—Yo quiero saber cómo no hacerle más daño.

La frase produjo un silencio largo.

Pavel lo observó con ojos grises, más viejos que severos.

—Eso es nuevo.

Brand no respondió.

Pavel dejó el libro a un lado.

—Fui un mal padre para ella.

La confesión llegó sin adorno.

Brand no esperaba que empezara allí.

—Alekséi me dijo que la ignoraba por ser mujer.

—Sí.

Pavel miró hacia la ventana.

—No porque no la quisiera. La quería de una manera inútil, distante, torpe.

En mi mundo, los hombres enseñaban a los hijos varones a heredar, negociar, resistir.

Las hijas eran… belleza, alianzas, música en un salón, orgullo decorativo.

Yo veía a Liza y pensaba: qué criatura tan perfecta.

Pero no la veía como alguien que necesitaba ser sostenida con la misma seriedad con que se sostiene a un heredero.

Brand pensó en Elizaveta diciendo que, si perdía al bebé, nada quedaría, como si ella no fuese suficiente razón para quedarse.

—Ella aprendió a hacerse visible.