14 La niña que aprendió a morder #3
—Entonces haces lo correcto y lo dejas libre antes de usarlo como escuela sentimental, él no merece ser un experimento.
Millie Charpentier entró.
Lilianne suspiró.
—Millie, nadie te invitó a entrar en esa frase.
—La frase me necesitaba.
Micaela la miró con resignación.
—¿No estabas resolviendo el desastre del artículo?
—Intenté resolverlo. Empeoré dos conversaciones y mejoré una. Balance aceptable para esta familia.
Elettra se tensó.
Millie se acercó a ella, directa, sin disfrazar la intención.
—Hazlo.
—¿Perdón?
—Rompe el compromiso o aplázalo hasta que muera de aburrimiento social, me da igual, pero deja libre a mi hermano.
Lilianne chasqueó la lengua.
—Millicent.
—No. Lo siento, pero no. Thiago es un buen hombre, demasiado bueno y eso lo convierte en el candidato favorito de todas las tragedias ajenas. No voy a verlo convertirse en el premio de consolación de una historia que empezó con Brand.
Elettra palideció.
—No soy tan cruel.
—Si lo creyera, esta conversación sería mucho menos educada.
Micaela se levantó.
—Millie, estás cruzando una línea.
—La línea estaba mal colocada.
Lilianne le lanzó una mirada severa.
—No puedes amenazar a todo el mundo cada vez que amas.
Millie miró a Elettra.
—Sí puedo. No es saludable, pero puedo.
Elettra entendió entonces que, si no hacía algo, Millie Charpentier se encargaría de volverle la vida imposible con la eficiencia feroz de una mujer que ya había incendiado medio París con un artículo y aún parecía dispuesta a buscar cerillos.
—Harías mi vida imposible —dijo.
Millie sonrió.
—Absolutamente.
—Millie —dijeron Lilianne y Micaela al mismo tiempo.
Ella las ignoró.
—Haría lo que fuera por Thiago. Merece amor, no sobras. Merece que una mujer lo mire y no tenga que preguntarse si en el fondo está comparando su voz con la de su hermano. Merece el mundo entero.
Elettra bajó la mirada, no por humillación, sino por culpa, porque Millie estaba siendo brutal, sí. Pero no completamente injusta.
—Lo sé —dijo Elettra.
La voz le salió pequeña.
Micaela se acercó a ella.
—No tienes que decidir bajo amenaza.
—No es la amenaza lo que me convence.
Elettra levantó la vista hacia Micaela.
—Convéncelo.
—¿A Matteo?
—Sí. Dile que el artículo ha cambiado el tablero, que seguir adelante ahora haría parecer que los Rinaldi están confirmando los rumores, que mi trabajo en Saint-Michel y en el orfanato necesita atención pública, respetable; que una pausa protegerá mejor el apellido que una boda apresurada.
Micaela apretó los labios.
—Matteo no es fácil.
—Tú tampoco.
Lilianne miró a Micaela.
—Tiene razón.
Micaela respiró hondo.
—Hablaré con él.
Millie sonrió, no triunfante. Aliviada. Porque en su cabeza, en ese instante, estaba salvando a Thiago de una pena de por vida y aunque quizá el mundo fuera más complejo que eso, el amor fraternal rara vez se detiene a pedir permiso a la complejidad.
Al otro lado de París, Camille de Vauclerc terminaba los últimos detalles de la apertura de su galería.
La exposición de Kisling había convertido la sala principal en un organismo vivo.
Los cuadros descansaban por fin en sus sitios definitivos; las tarjetas estaban alineadas; los catálogos, apilados sobre una mesa baja; las flores blancas, dispuestas sin exceso; el champaña, aún en cajas; los focos, ajustados para que cada lienzo respirara con su propia luz.
El lugar olía a pintura seca, papel nuevo, cera de pisos, flores y esa ansiedad deliciosa que precede a las noches importantes.
Camille estaba revisando la lista de invitados cuando Nick entró. Demasiado temprano. Ella frunció el ceño.
—La apertura no empieza hasta dentro de dos horas.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
Nick se quitó el sombrero, no sonreía como de costumbre, eso la puso más nerviosa que si hubiera entrado haciendo una reverencia.
—Es importante.
Camille cerró la carpeta.
—Nick.
—¿Podemos hablar en privado?
Ella lo observó unos segundos, luego señaló una puerta lateral.
—Mi oficina.
El despacho era pequeño, pero suyo. Había libros de arte, facturas, muestras de papel, dos sillas, un escritorio con manchas de tinta y una ventana estrecha hacia la calle. Sobre la pared colgaba un boceto de una bailarina y una nota escrita a mano con fechas de entrega.
Camille cerró la puerta.
—Dime qué sucede.
Nick se quedó de pie frente a ella, durante un momento pareció buscar palabras y no encontrar ninguna lo bastante buena. Aquello, en Nick, era casi conmovedor.
—Te veía —dijo al fin—, pero no te veía bien.
Camille se quedó quieta.
—¿Qué?
—Durante mucho tiempo pensé que eras… dulce. Correcta. Hermosa, sí, pero de una forma tranquila, como una canción que uno deja de escuchar porque siempre ha estado al fondo.
Ella bajó los ojos.
—Eso no suena muy halagador.
—No lo es para mí.
Nick dio un paso hacia ella.
—Fui tonto, más que tonto, fui cruel por distracción, que quizá es una de las formas más cobardes de la crueldad.
Mientras yo perseguía incendios, tú estabas construyendo luz.
Mientras yo jugaba a ser deseado, tú aprendías a sostener una galería, a mirar cuadros, a negociar con artistas, a caminar en una casa donde no siempre te veían como suficiente y aun así salir de allí con una voluntad propia.
Nick continuó, más bajo:
—Ahora te veo, Camille. No como la muchacha que me quiso, no como la prometida que apareció después de mi error. Te veo como la mujer que siempre estuvo delante y que yo no merecía mirar hasta que dejé de estar enamorado de mi propio ruido.
A ella le tembló la mano sobre el borde del escritorio.
—Nick…
—No te estoy pidiendo perdón otra vez o sí, pero no solo eso. Estoy intentando darte algo que el mundo pueda entender sin obligarte a explicarte. Algo que diga, aunque no baste, que no eres una reparación, no eres una consecuencia, no eres una mujer colocada a mi lado para arreglar un escándalo.
Sacó una caja pequeña de su bolsillo, Camille dejó de respirar.
El anillo descansaba sobre terciopelo claro.
Era precioso. Un zafiro azul, limpio, profundo sin ser oscuro, rodeado por dos diamantes pequeños que sostenían la luz, la montura de platino tenía líneas delicadas, inspiradas en el marco de una obra.
Era elegante, especial, distinto a cualquier cosa que Camille hubiera imaginado.
Frunció el ceño, pero sonrió, no pudo evitarlo.
—Nick…
—Lo diseñé con Alekséi Rostov.
—Eso suena carísimo.
—Probablemente William se enterará y me dará una conferencia sobre la moderación como virtud familiar. Planeo no escucharla.
Camille soltó una risa emocionada, Nick tomó su mano.
—No tienes que aceptarlo si no quieres.
Ella lo miró.
—Ya estamos comprometidos.
—No como deberíamos.
Camille bajó la vista al anillo. Nick deslizó la joya en su dedo con una delicadeza que la hizo cerrar los labios para no demostrar demasiado, luego levantó la mano y besó el dorso con cariño.
—Aún espero poder conquistarte y quizá, algún día, estar a tu nivel.
Camille sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, miró el anillo otra vez.
Le encantaba. Le encantaba de una forma que le daba rabia, porque no quería que una joya pudiera tocarla tanto, pero no era solo la joya.
Era la intención. Era Nick entrando antes de la apertura, pidiéndole privacidad, diciendo palabras que no sonaban a espectáculo, era la inscripción que descubrió cuando él le explicó, casi avergonzado, que dentro decía: Te veo.
Camille cerró los ojos un segundo.
—No era necesario que hicieras todo esto.
—Empiezo a sospechar que casi nada importante es necesario.
Ella lo miró, luego se acercó y le dio un beso en la mejilla, pero sus labios se quedaron un segundo más de lo que la cortesía exigía.
—Gracias —susurró.
Nick cerró los ojos apenas al sentir el beso y cuando ella se apartó, no intentó tomar más. Camille lo notó y eso hizo que el anillo pesara distinto, no como cadena, como una posibilidad.
Afuera, los empleados seguían moviéndose por la galería.
París se preparaba para otra noche de arte, de rumores, de copas, de juicios disfrazados de conversación, las luces se encendían sobre los cuadros de Kisling.
Camille miró su mano, el zafiro atrapó la luz y, por primera vez desde que todo comenzó, no sintió que la estaban reparando, sintió que alguien, aunque tarde, empezaba a elegirla.