La última elección 14 La niña que aprendió a morder #2
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14 La niña que aprendió a morder #2

—La culpaba —continuó Alekséi—. Por el cuerpo cambiado, las marcas, el cansancio, por la belleza que, según ella, Liza le había robado desde dentro.

Decía cosas horribles frente al tocador, mientras se miraba el rostro.

“Antes de ti, todos me miraban a mí.” “Antes de ti, no tenía estas sombras.” “Antes de ti, tu padre aún me deseaba.”

La mano de Brand se cerró sobre el apoyabrazos.

Alekséi dio una calada al cigarro.

—Liza era muy pequeña, no entendía las palabras completas, pero entendía el tono.

Primero intentó complacerla, le llevaba flores, se ponía lazos en el cabello, aprendía pasos de baile para mostrárselos, se quedaba quieta durante horas mientras mi madre se arreglaba, esperando que la mirara con orgullo.

—¿Y lo hacía?

Alekséi sonrió sin alegría.

—La miraba para corregirla.

El humo se deshizo entre ambos.

—Pavel tampoco ayudó —añadió—. Mi padre quería hijos varones.

Yo le servía. Liza, al principio, era decoración.

Una niña bonita, útil para retratos, para visitas, para demostrar que la familia Rostov producía criaturas exquisitas, pero no para conversar de negocios, ni de joyería, ni de política, ni de nada que él considerara importante.

Brand pensó en Elizaveta sirviéndole el desayuno, hablando de ballet, sonriendo como una niña y corrigiendo con inteligencia cualquier comentario débil. Pensó en la forma en que buscaba atención como si el silencio pudiera matarla.

—Ella hacía berrinches —dijo Alekséi—. Horribles. Gritaba, rompía cosas pequeñas, se tiraba al suelo, se negaba a comer, lloraba hasta quedarse sin aire. No porque fuera caprichosa únicamente, sino porque descubrió que la desgracia atraía más ojos que la obediencia.

Brand bajó la mirada.

—Después aprendió otra cosa —continuó Alekséi—. Que la inteligencia llamaba la atención de Pavel. Un día corrigió a un administrador que se había equivocado en una cuenta, tenía quizá ocho años. Mi padre se detuvo, la miró de verdad por primera vez en semanas y Liza entendió.

—Que debía ser brillante.

—Que debía ser útil.

Alekséi apagó parte de la ceniza en un pequeño plato de plata.

—Desde entonces memorizaba todo, cifras, nombres, idiomas, joyas, coreografías. Debía ser la más hermosa para vencer a su madre, la más inteligente para ser vista por Pavel, la más extraordinaria para que nadie pudiera volver a ignorarla.

Brand sintió una pena lenta, profunda, por aquella niña que había tenido que convertir cada parte de sí misma en una prueba.

—Y tú —dijo.

Alekséi no fingió no comprender.

—Yo era el único que la miraba sin pedirle algo.

La frase fue simple, devastadora.

—Se refugió en mí de una forma casi asfixiante.

Si su madre la humillaba, venía a mi cuarto.

Si Pavel la ignoraba, venía a mi escritorio.

Si tenía miedo, se metía en mi cama y dormía pegada a mí como si el mundo fuera a tragársela si soltaba mi camisa.

Al principio era solo una niña, mi hermana, mi responsabilidad.

Alekséi miró el cigarro, ya no fumaba, solo lo sostenía.

—Luego todo cayó.

La palabra cayó no necesitó más.

Rusia entró en el despacho como frío.

—Su madre murió antes de que el exilio terminara de devorarnos.

Pavel fue encarcelado, no quiero romantizarlo, Charpentier.

No fue una novela de nobles sufriendo con abrigos bonitos, fue hambre, frío, puertas cerradas, nombres que ya no servían, hombres que antes se inclinaban y luego escupían, mujeres que vendían joyas por pan, niños con fiebre en habitaciones donde no había leña suficiente.

Brand escuchaba sin respirar del todo.

—Liza era hermosa incluso entonces —dijo Alekséi—.

Demasiado hermosa y en ciertos lugares, la belleza de una niña hambrienta no despierta protección, despierta deseo de posesión.

Más de una vez tuve que sacarla de manos que no debieron tocarla, más de una vez tuve que romper una cara, amenazar con un cuchillo, arrastrarla por callejones, esconderla en cuartos cerrados.

Hombres que creían que una Rostov caída era algo que podía comprarse barato, soldados, funcionarios, miserables, gente que olía el miedo como perros.

La voz de Alekséi no tembló, eso la hizo peor, Brand sintió náusea, no de repulsión hacia Elizaveta, de rabia.

—No necesito detalles —dijo, bajo.

—No iba a dártelos. Liza tampoco debería cargar con que otros reconstruyan su horror para entenderla.

Brand asintió.

Alekséi lo miró con dureza.

—Aprendió que era hermosa siendo violentada por la mirada de otros, que su cuerpo podía ponerla en peligro antes de que pudiera usarlo a su favor. Así que, cuando tuvo edad suficiente, hizo lo único que Liza sabe hacer con todo lo que la hiere: lo convirtió en arma.

Brand pensó en ella entrando a salones como una amenaza vestida de seda, en sus sonrisas calculadas, en el modo en que usaba la belleza para inclinar a los hombres, para provocar a las mujeres, para ocupar el centro antes de que el centro la expulsara.

—Mordía antes de que la mordieran —murmuró.

Alekséi lo miró.

—Sí.

Brand cerró los ojos un segundo, la imagen de Elizaveta cambió dentro de él, no se volvió inocente, no se borraron sus errores, ni sus manipulaciones, ni el daño que había causado; pero detrás de la mujer que amenazaba, pisaba, seducía y torcía todo para sobrevivir, apareció una niña: una niña frente a un tocador, intentando que una madre la mirara sin odio; una niña frente a un padre, aprendiendo a ser brillante para merecer una frase; una niña pegada a su hermano durante noches de frío, entendiendo que la belleza no era un regalo, sino una puerta por donde entraba el peligro.

Brand sintió pena, una pena feroz, no condescendiente, no blanda, pena de esa que obliga a cambiar la forma de tocar a alguien.

La puerta se abrió.

Alekséi apagó el cigarro de inmediato y Brand se puso de pie al mismo tiempo que él.

Elizaveta entró como si el despacho hubiera sido suyo desde siempre, venía feliz, eso fue evidente antes de que hablara.

La sonrisa le iluminaba el rostro sin estrategia alguna, llevaba el abrigo abierto, los guantes en una mano, el cabello despeinado por el viento y las mejillas pálidas apenas encendidas por el frío de la calle parecía más viva que cuando salió, más ligera, más niña.

—Están muy serios —dijo—. Qué horrible costumbre masculina.

Alekséi escondió el cigarro en el cenicero.

—¿Qué dijo el médico?

Elizaveta no le respondió a él primero, se acercó a Brand y lo besó en los labios, un beso rápido, contento, sin cálculo. Brand lo recibió con una suavidad que le sorprendió incluso a él y, al separarse, ella sonrió todavía más, llegando al punto en que sus ojos resplandecieron.

—El bebé está perfecto —dijo, acomodándose el cabello—. Crece bien, el médico dijo que todo va como debe.

Brand sintió que algo se le aflojaba en el pecho, le acarició la mejilla, pálida y fría por la calle.

Luego inclinó el rostro y besó su frente, por un segundo, mientras sus labios tocaban la piel de Elizaveta, pensó que besaba la frente de aquella niña de la que Alekséi acababa de hablarle.

La niña que había corrido demasiadas veces hacia la única persona que no la soltaba, la niña que jamás aprendió a ser amada sin tener que ganárselo con belleza, inteligencia o desastre.

Elizaveta lo miró con curiosidad.

—¿Qué?

—Nada.

—Tienes demasiados “nadas” últimamente.

—El bebé está bien —dijo él—. Eso basta.

Ella pareció aceptar la respuesta porque quería seguir feliz.

—Además, me encontré con Camille en la calle.

Alekséi alzó una ceja.

—¿Camille de Vauclerc?

—Sí. Me entregó invitaciones para la apertura de la galería. Nueva exhibición. Kisling, creo. Se veía preciosa y muy ocupada, que es una forma elegante de decir que casi atropella a una anciana.

Brand tomó la invitación que ella sacó del bolso. El papel era grueso, crema, con letras negras y discretas. Camille de Vauclerc figuraba como encargada de la exhibición.

Elizaveta sonrió.

—Quiere que vayamos.

Brand observó la tarjeta, después miró a su esposa.

—Entonces iremos.

Elizaveta abrió un poco los ojos, como si esperara discusión, no la hubo, al otro lado de París, en una casa con olor a café, flores frescas y discusiones familiares, Elettra Rinaldi intentaba explicar un plan que sonaba más sensato en su cabeza.

Micaela estaba sentada junto a la ventana, con una taza entre las manos.

Lilianne, de pie junto a la chimenea, escuchaba con los brazos cruzados.

Las tres eran de distintos temperamentos, unidas por esa clase de afecto femenino que podía consolar, juzgar y preparar una estrategia en el mismo cuarto sin cambiar de tono.

—Quiero romper el compromiso —dijo Elettra.

Micaela cerró los ojos.

—Elettra.

—Sin escándalo, no quiero destruir a nadie, solo… detenerlo.

Lilianne la miró con atención.

—¿A Thiago o a ti?

Elettra no respondió de inmediato.

—A los dos.

Micaela dejó la taza.

—Estás siendo muy tonta.

—Gracias por la delicadeza.

—No, escúchame. Hombres como Thiago no aparecen todos los días. Bueno, noble, rico, hermoso, paciente hasta el absurdo. La mitad de París se casaría con él sin preguntar si sabe leer.

—Sabe leer —dijo Lilianne.

—Eso lo vuelve peor. Encima útil.

Elettra se llevó una mano a la frente.

—No se trata de hacer una lista de sus virtudes.

—Precisamente sí —replicó Micaela—. Porque estás a punto de dejar ir a un hombre que no encontrarías fácilmente otra vez.

Lilianne asintió, aunque con más gravedad.

—Thiago no es un castigo, Elettra.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué hablas como si liberarlo fuera un acto de justicia absoluta? Casi un deber.

Elettra miró hacia la ventana.

París se veía gris, elegante, lleno de gente que caminaba sin saber cuántas vidas se decidían detrás de cortinas caras.

—Porque no me ama a medias y no sé si puedo amarlo completo.

La habitación se quedó en silencio.

Micaela suavizó la expresión.

—El amor también se aprende.

—¿Y si él se rompe mientras yo aprendo?

La puerta se abrió sin ceremonia.