14 La niña que aprendió a morder
Brand despertó con Elizaveta dormida sobre su pecho, pero eso ya no le pareció extraño. Esa fue la primera señal de que algo en él estaba cambiando; la segunda fue que no quiso moverse.
La mañana entraba en la habitación de la casa Rostov con una luz suave, filtrada por cortinas azul oscuro, bañando los muebles de madera, las flores blancas sobre la cómoda y la bandeja de plata que alguien había dispuesto cerca del balcón.
París despertaba más allá de los cristales con su ruido contenido de automóviles, ruedas sobre piedra mojada, voces de vendedores, campanas lejanas y ese olor a pan recién horneado que, de algún modo, conseguía colarse incluso en las casas más herméticas.
Elizaveta respiraba despacio contra él, durante la noche, otra vez, lo había buscado.
Brand recordaba vagamente el instante: su cuerpo acercándose entre sueños, una mano sobre su camisa, la frente apoyándose en su pecho con esa confianza inconsciente que ella jamás habría ofrecido despierta sin antes convertirla en desafío.
Él no se había apartado, ahora la abrazaba contra sí con una mano sobre su espalda y la otra sobre la curva de su vientre. El bebé estaba entre ambos, escondido bajo la tibieza de las mantas, como un pequeño secreto que los obligaba a tocarse con más cuidado.
Elizaveta se movió, sus pestañas temblaron, abrió los ojos despacio y, por un segundo, sonrió sin saber dónde estaba. Una sonrisa pequeña, adormecida, casi dulce. Luego notó su posición: su mejilla sobre el pecho de Brand, una pierna enredada con la de él, su mano aferrada a la tela de su camisa.
La sorpresa la despertó por completo.
—Oh.
Intentó apartarse, pero Brand no se lo permitió, no con fuerza, solo cerró el brazo alrededor de ella y la mantuvo allí, suave, firme, como si retenerla no fuera una orden sino una forma de decirle que no había ocurrido nada vergonzoso.
—Buenos días —murmuró.
Elizaveta se quedó inmóvil.
—Estoy aplastándote.
—No.
—Sí.
—He soportado cosas peores.
—Qué romántico.
Brand inclinó el rostro y le besó la frente.
El gesto la desarmó más que cualquier frase.
La boca de Elizaveta se cerró de inmediato.
Él sintió la incomodidad en su cuerpo: la forma en que sus hombros se tensaron, cómo su respiración se volvió más consciente, cómo esa parte de ella que siempre estaba lista para defenderse buscaba una razón para convertir la ternura en amenaza.
Brand le acarició la espalda, lento, una vez, otra.
—Dormiste mejor —dijo.
—¿Me vigilaste dormida?
—Estabas encima de mí, era difícil no notar si respirabas.
Elizaveta apoyó una mano sobre su pecho para incorporarse.
—Eres irritante incluso acostado.
—Tú eres menos peligrosa dormida.
Ella entrecerró los ojos.
—No te confíes.
Brand sonrió y ella, contra su voluntad, se quedó mirándolo.
Había algo nuevo en esa mañana, tal vez no en él, sino entre los dos.
Un desorden íntimo. El cabello de Brand estaba revuelto, la camisa arrugada, la voz más baja por el sueño, Elizaveta jamás lo había visto así durante tanto tiempo: no como heredero, no como juez, no como hombre obligado a casarse con ella, sino como un cuerpo tibio bajo el suyo, una respiración, una mano en su espalda que no exigía nada.
Eso la inquietó.
—Quiero sentarme —dijo al fin.
Brand la miró.
—¿Para huir?
—Para hablar sin parecer una criatura ridícula pegada a ti.
—No parecías ridícula.
—Brand.
—De acuerdo.
La soltó.
Elizaveta se incorporó y se acomodó contra las almohadas con una dignidad un poco estropeada por el cabello suelto, la mejilla marcada por la tela de la camisa de él y el rubor apenas visible que se negaba a reconocer.
Brand la observó con una ternura que no intentó esconder del todo… Le pareció adorable.
Eso fue todavía más alarmante que verla hermosa.
Hermosa había sido desde el principio. Hermosa como un arma, como un teatro ardiendo, como una joya demasiado fría para tocarse sin cortarse, pero adorable era distinto, adorable era verla fruncir el ceño porque había despertado abrazada a él, era escucharla discutir con voz ronca por el sueño, era verla apartarse el cabello de la cara sin la menor intención de seducir a nadie.
Adorable era peligroso porque no pertenecía a la guerra.
—No me mires así —dijo ella.
—¿Cómo?
—Como si estuvieras pensando algo ofensivo.
—Pensaba que te ves bien por la mañana.
—Eso puede ser ofensivo dependiendo de lo que entiendas por bien —Elizaveta lo estudió, desconfiada.
Brand se incorporó y se apoyó contra el cabecero.
—Normal.
Ella se quedó quieta.
La palabra, por alguna razón, la tocó más que preciosa.
—¿Normal?
—Sí.
—Qué cumplido tan pobre.
—No lo era.
Elizaveta bajó la mirada a la manta y Brand no explicó más, no supo cómo decirle que, en ella, lo normal parecía un milagro, que verla sin garras, sin amenaza, sin la necesidad de tener todos los ojos de la habitación sobre su cuerpo.
La volvía más real, próxima y difícil de colocar en el sitio seguro del desprecio.
El desayuno llegó poco después y, por algún acuerdo silencioso que ninguno quiso nombrar, no se levantaron.
Comieron en la cama.
Elizaveta se escandalizó primero por pura costumbre aristocrática, luego se rindió con una rapidez que delató que le encantaba.
Brand sostuvo la bandeja mientras ella elegía frutas, pan con mantequilla y té suave.
Le sirvió a él primero, como había empezado a hacer en aquellas mañanas, con una concentración extraña, casi doméstica.
Después tomó para sí una rebanada de pan tostado y la mordió mientras hablaba de una antigua maestra de ballet que lanzaba el bastón al suelo cada vez que una alumna perdía el eje.
—Una vez una chica se desmayó —contaba Elizaveta, con los ojos encendidos—. La maestra no pidió agua, pidió que alguien moviera a la inútil antes de que arruinara la línea del grupo.
Brand la miró.
—Eso es terrible.
—Era rusa.
—Eso no lo vuelve menos terrible.
—No. Pero lo vuelve más comprensible.
Él soltó una risa baja, Elizaveta sonrió.
Durante un rato, pareció una mujer normal, no sencilla, nunca sería sencilla, pero sí normal en una forma que Brand no había esperado: llena de ideas, de inteligencia rápida, de recuerdos brillantes y crueles, de humor afilado que no siempre buscaba herir.
Habló de París, de las bailarinas, de una amiga que la acompañaría al hospital esa mañana para un chequeo, de lo absurdo que era que los médicos hablaran del embarazo como si el cuerpo de una mujer fuera una república bajo observación extranjera.
Brand la escuchaba, la escuchaba de verdad y, mientras lo hacía, recordó que debía hablar con Alekséi.
Ahora que el chismorreo del periódico había descendido apenas de incendio a humo denso, aquel parecía el momento perfecto.
No porque Elizaveta estuviera menos frágil, sino porque él empezaba a sospechar que no podía seguir acercándose a ella con los ojos vendados.
Se vistieron con tranquilidad y Brand la ayudó más de lo necesario: le sostuvo la bata, le acercó los zapatos, llamó a la doncella para el peinado, revisó que el té no fuera demasiado fuerte y se aseguró de que no bajara sin abrigo. Elizaveta fingió fastidio con éxito irregular.
—No estoy hecha de porcelana.
—No he dicho eso.
—Me tratas como si pudiera quebrarme si París respira fuerte.
Brand le acomodó el cuello del abrigo.
—París respira fuerte con frecuencia.
Ella lo miró y él le sostuvo la mirada.
Elizaveta no respondió.
Se separaron en el vestíbulo, una de sus antiguas compañeras de ballet, Nadja, la esperaba para acompañarla al hospital.
Era una mujer de rostro anguloso, ojos oscuros y sonrisa franca, que saludó a Brand con esa familiaridad reservada de quienes conocieron a Elizaveta antes del matrimonio y, por tanto, no se impresionaban demasiado con su nuevo apellido francés.
—La devolveré entera —dijo Nadja.
—Preferiría eso —respondió Brand.
Elizaveta puso los ojos en blanco.
—No le hagas caso, está desarrollando una vocación de carcelero.
Nadja rió.
Brand besó la frente de Elizaveta antes de que ella pudiera preverlo, esta vez no se apartó, solo lo miró con una sorpresa pequeña, más tibia que defensiva.
—Ve —dijo él—. Y no discutas con el médico.
—No prometo imposibles.
Cuando Elizaveta salió, Brand permaneció un momento en el vestíbulo, observándola bajar los escalones exteriores con la mano en el vientre y Nadja hablando a su lado.
El automóvil se alejó bajo la mañana clara.
Entonces fue al despacho de Alekséi, el ruso parecía esperarlo, la puerta estaba entornada.
Dentro, el despacho olía a madera oscura, tabaco, coñac y papeles recién abiertos.
Alekséi estaba sentado detrás del escritorio, con un cigarro encendido entre los dedos y dos vasos servidos sobre la mesa.
La luz entraba por la ventana lateral y caía sobre el mapa antiguo de San Petersburgo, sobre los lomos de libros rusos, sobre un pequeño retrato de Pavel joven y severo.
—Llegas tarde —dijo Alekséi.
Brand cerró la puerta.
—No acordamos hora.
—Aun así.
Brand se sentó frente a él.
Alekséi empujó uno de los vasos hacia su lado.
—Supongo que quieres hablar de Liza.
—Sí.
El ruso observó el humo del cigarro subir en una línea tenue.
—Mi hermana fue una niña muy difícil.
—Los niños difíciles suelen empezar siendo niños a los que algo les faltó —Brand no tocó el vaso.
Alekséi levantó la mirada, durante un segundo pareció decidir si aquella frase merecía respeto o desprecio. Eligió hablar.
—Su madre era hermosa.
No lo dijo con admiración, lo dijo como se menciona una enfermedad hereditaria y posiblemente contagiosa.
—Una belleza perfecta, insoportable. De esas mujeres que entraban en un salón y obligaban a los espejos a trabajar más.
Liza heredó de ella el cabello, la piel, esa forma de mirar como si todos debieran estar agradecidos de ser vistos, pero cuando nació, su madre no vio una hija, vio el principio de su propia decadencia.
Brand permaneció inmóvil.