13 Control de daños #3
Por primera vez, Nick sintió que aquella palabra no era teatro, no estaba comprando perdón, no estaba montando una escena por orgullo, estaba haciendo, al fin, algo que el mundo pudiera ver antes de que volviera a humillarla.
Un gesto grandilocuente, sí. Así era Nick, pero esta vez, al menos, el gesto tenía dirección.
Thiago escuchó el rumor en la calle antes de ver a nadie conocido.
Dos mujeres salían de una confitería hablando con esa voz falsa de discreción que la sociedad inventó para poder ser cruel sin parecer vulgar.
—Dicen que Nicholas Charpentier estuvo en Rostov Joaillerie.
—Encargando un anillo.
—¿Para Camille?
—Eso dicen. Aunque una nunca sabe con él.
—Camille de Vauclerc debe estar encantada. Hay mujeres que nacen con suerte incluso cuando no tienen brillo.
Thiago siguió caminando. Sonrió un poco.
Nick siempre había sido de gestos ampulosos, si quería decir algo, lo decía con una habitación entera mirando y si quería disculparse, probablemente haría temblar tres floristerías, dos joyerías y la paciencia de William, pero esa vez, Thiago no sintió ganas de burlarse.
Sólo pensó: «Bien».
Luego vio a Elettra o más bien, vio el borde de su vestido detrás de un árbol.
Se detuvo. En la avenida, los árboles desnudos formaban líneas oscuras contra el cielo gris, la mañana olía a pan caliente, periódico húmedo, humo de automóvil y flores tempranas.
Varias personas caminaban cerca, algunas con el periódico doblado bajo el brazo, otras murmurando con esa emoción indecente que trae un escándalo fresco.
Elettra estaba escondida detrás del tronco de un árbol grande, con el sombrero inclinado y la mano apretando el bolso contra el pecho. Thiago no pudo evitar reír.
Ella se sobresaltó.
—¡Thiago!
—Perdón.
—¿Te parece gracioso?
—Un poco.
Elettra salió de detrás del árbol, roja de vergüenza y enfado.
—Tu hermana es muy habladora.
—Eso es una forma suave de decirlo.
—Nos puso en la mira.
Thiago miró hacia las mujeres que se alejaban hablando.
—Sí.
—No puedo caminar dos calles sin sentir que alguien me está leyendo la cara como si fuera un párrafo mal escrito.
—Eso es lo que significa ser Charpentier.
Elettra se quedó quieta. Thiago la miró.
—No lo digo con orgullo, solo con experiencia, así será tu vida si te casas conmigo: miradas, rumores, cenas donde todos saben demasiado y preguntan con sonrisas, periódicos que no dicen nombres porque no necesitan hacerlo, mujeres buscando grietas, hombres usando esas grietas para hablar de familia, honor o beneficio.
Elettra lo escuchó en silencio, había algo en la forma en que lo decía, no la estaba amenazando, la estaba advirtiendo o quizá, de manera más dolorosa, le estaba dejando una puerta abierta.
—Parece que me estás diciendo que escape antes de que sea demasiado tarde —dijo.
Thiago no respondió, su expresión lo dijo todo.
Elettra bajó la mirada.
El viento movió algunas hojas secas sobre la acera.
—¿Qué tendríamos que hacer para romper el compromiso?
Thiago respiró despacio.
—No tengo idea.
—Debe haber una forma.
—La única forma limpia sería que tú lo rompieras.
Ella lo miró.
—¿Y tú?
—Yo no me sentiría ofendido.
—La sociedad sí.
—La sociedad se ofende cuando una mujer respira diferente.
Elettra casi sonrió, luego recordó.
—Te escuché en el ballet. —Thiago se quedó inmóvil—. Lo que dijiste… Que aún me amas.
Él sostuvo su mirada.
—Sí.
No intentó esconderlo, eso la desarmó más.
—Entonces ¿cómo puedes pedirme que lo rompa?
—Porque lo que yo sienta no importa más que lo que sientes tú.
Elettra sintió que algo en ella se ablandaba de una forma peligrosa.
Thiago no lo hacía fácil. Si hubiera sido orgulloso, si hubiera exigido, si hubiera usado su amor como deuda, ella habría podido defenderse, pero él permanecía allí, dándole libertad incluso cuando esa libertad podía dejarlo solo.
—Eso no es justo para ti —dijo.
—Muchas cosas no lo son.
—No quiero ser una de ellas.
Él apartó la mirada, porque comprendió en ese momento, con una claridad casi cruel: él la había aceptado por amor, no por estrategia, vanidad o conveniencia.
Por ella. Porque creyó que podía salvarla de un daño social, de Brand, de los Rinaldi, de Alekséi, de cualquier estructura que estuviera cerrándose alrededor.
—Alekséi ya no tiene nada que temer —dijo Thiago, como si siguiera un pensamiento propio—. Brand está completamente enfocado en descubrir el misterio que es Elizaveta. Tú ya no eres un obstáculo para la relación de su hermana.
Elettra levantó la cabeza.
—¿Ese fue el motivo?
Thiago no respondió de inmediato.
—No lo sé con certeza, pero estoy casi seguro de que sí.
La furia le subió al rostro.
—¿Mi matrimonio fue propuesto para proteger el de Elizaveta?
—En parte.
—¿Y tú aceptaste?
Thiago la miró, no dijo nada. Elettra vio la respuesta en sus ojos, lo hizo por ella, por darle una salida, por sostenerla, por no dejarla expuesta después de Brand, por no permitir que la sociedad decidiera que era una mujer rechazada, usada, descartada.
La ternura que sintió fue insoportable, porque no era suficiente y justamente por eso debía liberarlo.
—No —dijo ella.
Thiago frunció el ceño.
—¿No qué?
—No voy a permitir que seas el remedio de una enfermedad que no provocaste, ni siquiera estabas cerca del epicentro del desastre.
Él soltó una risa baja, triste.
—Millie te contaminó.
—Tal vez hacía falta.
Elettra respiró hondo, mirando la avenida.
—Hablaré con Micaela.
—¿Para qué?
—Para que hable con Matteo. Si él fue quien pidió mi mano, él puede retirar la solicitud sin que parezca rechazo tuyo.
Diremos que, por el artículo y por los rumores, una boda inmediata entre nosotros parecería confirmar exactamente lo que se acusa: que estoy siendo colocada contigo para cubrir otro escándalo.
Thiago escuchó con atención.
Elettra continuó, cada vez más segura:
—Micaela puede convencerlo de que la mejor forma de proteger el nombre Rinaldi es aplazar el compromiso indefinidamente.
No romperlo con dramatismo, sino suspenderlo por prudencia.
Mientras tanto, yo aceptaré una posición formal en Saint-Michel y en el orfanato de Lilianne.
Dirección educativa, administración de fondos, algo visible.
Una mujer consagrada a una obra social resulta menos abandonada que una mujer rechazada.
—Elettra…
—Los Rinaldi podrán decir que mi labor exige independencia, los Charpentier podrán decir que respetan mi vocación.
Tú quedarás como un hombre honorable que no presiona a una mujer en medio de un escándalo público.
Yo quedaré como imprudente, quizá, pero no deshonrada.
Y con el tiempo, cuando todos encuentren otro tema para devorar, lo daremos por terminado.
Thiago la miró como si acabara de verla de otra forma.
—Has pensado rápido.
—No. He vivido mucho tiempo sabiendo que los hombres toman decisiones por mí; así que aprendes a imaginar salidas.
Él bajó la mirada.
—No quiero que cargues sola con esto.
—No estaré sola, hablaré con Micaela, luego con Lilianne, quizá incluso con Alice, si me atrevo.
—Mi madre te escuchará.
—Tu madre me aterra.
—También a nosotros.
Elettra sonrió, luego la sonrisa se apagó.
—Mereces ser amado al completo, Thiago.
Él no respondió, la frase pareció cansarlo más que consolarlo.
—No digas eso como despedida —murmuró.
Elettra tragó saliva.
—No sé qué es.
—Yo tampoco.
Durante un instante, permanecieron frente a frente bajo el árbol, con París moviéndose, lleno de carruajes tardíos, automóviles, mujeres con periódicos, vendedores de flores y rumores recién nacidos.
Thiago extendió una mano, no para tomarla, solo para tocar brevemente sus dedos y Elettra permitió el contacto, fue pequeño, casto, pero lleno de todo lo que no podían resolver allí.
—Haz lo que tengas que hacer —dijo él—. No me ofenderé.
—Lo sé.
—Eso no significa que no duela.
Elettra cerró los ojos un segundo.
—También lo sé.
Se separaron sin promesa, sin escena, sin una frase hermosa que arreglara nada.
Thiago la vio alejarse por la avenida, menos escondida que antes, aunque todavía consciente de cada mirada.
Elettra caminaba hacia la casa de Micaela, quizá hacia el principio de su propia libertad, quizá hacia otra forma de pérdida.
Él permaneció bajo el árbol.
Pensó en Nick comprando un anillo, en Brand dormido en casa de los Rostov con Elizaveta entre los brazos, en Millie incendiando París para salvar a mujeres que luego debía aprender a mirar como personas concretas y pensó en sí mismo, en lo extraño que era amar a alguien y, al mismo tiempo, desear que tuviera el valor de dejarlo libre.
La ciudad siguió pasando a su alrededor.
París olía a tinta fresca, a lluvia, a pan caliente, a escándalo y Thiago, por primera vez en muchos días, sintió que el dolor no desaparecía, pero empezaba a tener una dirección.