13 Control de daños #2
—Esto también nos embarrará a nosotros. A Pavel. A ti. A todos. Y si alguien decide ligar el artículo con la boda de Brand y Elizaveta…
—Alekséi —dijo Elizaveta, de pronto.
Se llevó una mano a la boca.
Brand se inclinó hacia ella de inmediato.
—¿Qué pasa?
Elizaveta cerró los ojos.
—Me siento mal.
Alekséi se quedó helado, pero Delaila reaccionó en seguida.
—Sal —le dijo a su esposo.
—No voy a salir.
—Sí. Vas a salir. Ahora.
—Delaila…
—Si vomita por tu culpa, haré que duermas en el despacho.
El bebé se movió, inquieto por el tono de su madre. Delaila lo acomodó contra su hombro sin dejar de mirar a Alekséi. Él apretó la mandíbula, miró a su hermana, luego a Brand.
—Luego hablaremos.
—Sí —respondió Brand.
Alekséi salió. Delaila lo siguió hasta la puerta, pero antes de marcharse miró a Elizaveta con una sospecha suave.
—Liza.
Elizaveta abrió un ojo.
—Estoy delicada.
Delaila la observó un segundo más, luego sonrió apenas.
—Claro.
Cerró la puerta. Elizaveta bajó la mano de su boca. Brand la miró. Ella intentó parecer inocente, pero falló.
—Mentiste.
—Sí.
Brand soltó una risa baja, casi incrédula.
Elizaveta lo miró con cautela.
—¿Estás enojado?
—No.
—Pareces…
—Agradecido.
Ella parpadeó. Brand volvió a sentarse frente a ella, pero no tomó la taza, seguía serio, aunque la dureza se había suavizado.
—Alekséi tiene razón —dijo.
—Lo sé.
—Pero nosotros no nos llevaremos la peor parte.
Elizaveta asintió lentamente y dejó la servilleta sobre la mesa.
—Quiero volver a la cama.
Él la miró con atención inmediata.
—¿Ahora sí te sientes mal?
—No. Pero quiero dormir un poco más antes de que todos los hombres de mi vida decidan resolver el mundo gritando.
Brand se levantó y le ofreció la mano.
—Ven.
Regresaron a la cama.
Elizaveta se metió bajo las mantas con una rapidez que delataba cansancio real.
Brand se acostó a su lado, pero no logró dormir.
Ella sí. Apenas unos minutos después, su respiración se volvió profunda, suave, y en sueños volvió a buscarlo.
Se acercó hasta él, apoyó la frente contra su pecho y lo abrazó.
Brand cerró los ojos y entonces, solo entonces, consiguió dormirse, no mucho, aunque lo suficiente para entender que la paz, cuando llegaba, había que tomarla en silencio.
Nick encontró a Camille en la galería de arte de su familia.
Los de Vauclerc no solo poseían una casa hermosa y una biblioteca indecentemente viva; tenían varios negocios repartidos con discreción por París y alrededores.
Textiles, importación de materiales finos, inversiones en editoriales pequeñas, una participación en talleres de restauración y, sobre todo, la galería donde Camille se refugiaba cada vez que su vida se volvía demasiado familiar para ser soportable.
Allí era otra.
No la hija de un hombre que lamentaba no haber tenido varones, no la prometida de Nick Charpentier, no la muchacha humillada con vino ni la aludida sin nombre en un artículo que París leería con hambre. Allí Camille era movimiento, decisión, mirada.
Cuando Nick entró, ella estaba de pie sobre una pequeña escalera, indicando a dos empleados cómo colocar una serie de cuadros para una exposición de Moïse Kisling.
En la sala olía a madera encerada, lienzo, barniz fresco, polvo limpio y flores blancas recién cambiadas.
Sobre las paredes color crema descansaban retratos de mujeres de cuello largo, naturalezas muertas densas, una vista de Montparnasse bajo luz gris, un desnudo cubierto aún con tela para evitar curiosos.
Camille llevaba un vestido sencillo color malva y el cabello recogido sin demasiada paciencia. Tenía un lápiz detrás de la oreja y una mancha de polvo en la muñeca.
Nick se quedó mirándola.
Ella lo vio y sonrió amable, demasiado amable.
—Buenos días, Nick.
Ese tono lo alarmó más que una bofetada.
—Camille.
—Estoy algo ocupada. Si vienes por el artículo, ya lo leí. Si vienes por lo de anoche, también estoy enterada. Si vienes por ambas cosas, te pido que elijas una tragedia a la vez.
Los empleados fingieron no escuchar.
Nick se acercó hasta la escalera.
—Baja.
—No.
—Camille.
—No voy a montar una escena delante de mis empleados.
—Yo tampoco.
—Entonces no me ordenes bajar como si estuvieras a punto de rescatarme de un incendio.
Nick respiró hondo.
—Por favor, baja.
La palabra hizo que ella lo mirara, descendió, no porque estuviera vencida, sino porque había reconocido el esfuerzo.
Nick se colocó frente a ella.
—Tenemos que hablar.
—Ya lo hacemos.
—No de esta forma.
—Esta forma tiene la ventaja de que puedo fingir que estoy colocando cuadros si me irritas demasiado.
Nick miró alrededor.
—Camille.
Ella suspiró.
—Bien. Habla.
Él bajó la voz.
—Sobre el artículo y sobre el vino.
La sonrisa de Camille se tensó.
—No.
—Sí.
—No quiero.
—Lo sé.
—Entonces respeta eso.
Nick dio un paso hacia ella.
—No puedo respetar que te acostumbres a que te humillen.
Camille lo miró con una tristeza cansada.
—Nick, todos se burlan de mí desde hace años.
La frase le dolió más que cualquier acusación.
—No digas eso.
—Es verdad. Me volví muy fácil de ridiculizar. La paloma que recogía migajas, la muchacha correcta que esperaba una mirada tuya como si fuera una condecoración, las mujeres que te rodeaban lo notaban. Yo también lo habría notado desde fuera.
—Camille…
Ella apartó la vista.
—Ya estoy acostumbrada.
Nick la tomó de los brazos, no fuerte, lo suficiente para detenerla.
—Escúchame.
Ella intentó soltarse, pero él no la atrapaba en esa ocasión, sino que la sostenía, y en eso yacía la diferencia.
—Eres mi prometida —dijo—. Y quiero que te respeten como tal.
Camille apretó una sonrisa. Asintió una vez. Luego negó.
—Nadie sabe eso.
Nick frunció el ceño.
—¿Qué?
—Que soy tu prometida de verdad, que te importa, que no soy solo el arreglo incómodo de dos familias que intentan tapar un escándalo.
Él se quedó quieto.
Camille continuó, con voz baja:
—Para ti puede haber cambiado algo, para mí también, quizá; pero el mundo no lo sabe, ellos solo saben que los De Vauclerc concertaron una boda con los Charpentier después de que tú me dañaras.
Y cuando una mujer termina comprometida por un daño, nadie la mira como elegida, la miran como reparada u oportunista.
—Nick soltó sus brazos lentamente y Camille bajó la mirada—.
Una boda arreglada no hace que el resto del mundo sepa que me deseas ahí.
La frase quedó suspendida entre ellos y Nick la entendió con una claridad dolorosa, no dijo nada más.
Camille levantó la vista, confundida por su silencio.
—¿Nick?
Él se inclinó, tomó su mano y le besó los nudillos.
—Vuelvo luego.
—¿Qué?
—Tengo que hacer algo.
Salió antes de que ella pudiera detenerlo.
La joyería Rostov estaba en una de las calles donde París caminaba más despacio para verse reflejado en los escaparates.
Nick entró sin intentar pasar inadvertido.
Eso era parte del plan. La tienda era un templo de luz fría.
Mármol negro, vitrinas de cristal, lámparas geométricas, terciopelos oscuros.
Las joyas parecían criaturas inmóviles bajo el vidrio: broches, gargantillas, tiaras, anillos que contenían más historia de la que cualquier dedo podía cargar.
El aire olía a metal pulido, flores blancas y dinero antiguo.
Varias mujeres estaban dentro.
«Perfecto.»
Nick se quitó los guantes con calma.
—Quiero encargar un anillo de compromiso.
El empleado levantó la vista, también las mujeres y una, con sombrero verde, dejó de fingir interés por unos pendientes.
—Monsieur Charpentier —dijo el empleado—. Será un honor.
—Quiero un diseño único.
—Por supuesto.
—No algo heredado, ni algo elegido de vitrina, algo hecho para ella.
La frase flotó, las mujeres empezaron a escuchar con descaro mal disimulado y Nick pudo sonreír por dentro.
Entonces Alekséi apareció desde la sala privada.
—¿Para quién? —preguntó.
Nick se volvió.
—Para mi prometida.
Los ojos de Alekséi se afilaron, había leído el periódico, sin duda. Todos en París lo habían leído.
—Camille de Vauclerc.
Nick sostuvo su mirada y asintió.
—Camille de Vauclerc.
Una mujer cerca de la vitrina tosió ligeramente, otra susurró algo.
Nick las oyó.
—Pensé que quizá…
—¿Qué?
—Nada, monsieur.
Nick se acercó al mostrador.
—Quiero una piedra azul, no demasiado oscura, algo que recuerde sus ojos, pero sin intentar imitarlos, eso sería vulgar. Platino, no oro. Líneas limpias, nada demasiado pesado. Ella trabaja con arte; no quiero que el anillo le estorbe las manos. Quiero que parezca una promesa, no una cadena.
Alekséi lo observó durante varios segundos, luego se acercó.
—Un zafiro de Ceilán —dijo—. Corte ovalado, dos diamantes pequeños a los lados, no para competir, sino para sostener la luz. La montura puede tener líneas inspiradas en un marco de galería, discreto desde lejos, irrepetible de cerca.
Nick lo miró.
—Eso.
Alekséi llamó a un diseñador y pidió papel.
Las mujeres se habían multiplicado o eso parecía. Entraban bajo pretextos ridículos: revisar un broche, preguntar por una pulsera, recoger un encargo inexistente, todas miraban, todas oían, todas saldrían de allí con la misma noticia y versiones diferentes.
—Nick Charpentier encarga un anillo.
—Dicen que de zafiro.
—¿Para Camille? Imposible.
—Quizá para otra. Ya sabes cómo es él.
—Camille de Vauclerc siempre supo trepar con cara de santa.
—Pobre muchacha, o astuta. A veces es lo mismo.
—Los de Vauclerc no son tontos ni lentos. Una hija manchada y aun así logran enlazar a un Charpentier.
—Él se aburrirá antes de la boda.
Nick escuchó lo suficiente, no reaccionó, no todavía, solo levantó la voz un poco más al hablar con Alekséi.
—Quiero que se sepa que es para ella.
Alekséi alzó una ceja.
—Eso no suele formar parte del encargo técnico.
—Que se sepa.
La mirada del ruso se desplazó hacia las mujeres y comprendió.
—Entonces se sabrá.
Nick apoyó ambas manos sobre el mostrador.
—También quiero una inscripción interior.
—¿Cuál?
Nick dudó y luego dijo:
—“Te veo.”
Alekséi no comentó nada, simplemente escribió la frase.