11 Una amante del arte #3
Se acercó despacio, no la tocó al principio.
—Camille, mírame.
Ella negó otra vez.
—Mírame, por favor.
La palabra por favor cambió algo. Camille volvió el rostro con los ojos rojos y humillados. Nick alzó una mano, esperó y cuando ella no se apartó, le levantó suavemente el mentón con los dedos.
—¿Quién te tiró vino en la cabeza?
Camille cerró los ojos.
—No importa.
—Sí importa.
—No vale la pena.
—Para mí sí.
Ella abrió los ojos, sorprendida por la dureza de su voz. Nick no estaba sonriendo, no había ingenio, no había ligereza, solo una rabia contenida, concentrada, casi adulta.
—Fueron unas chicas —dijo ella al fin—. Las conoces.
Él ya lo sabía y aun así dolió.
—Nombres.
—Nick.
—Nombres.
—No.
—Camille.
Ella se apartó de su mano.
—No voy a dejar que hagas una escena y todos digan que soy una víctima que necesita que su prometido la defienda a golpes.
—No pensaba defenderte a golpes.
—Pareces considerarlo.
—Lo estoy considerando con bastante, pero puedo ser creativo.
Camille soltó una risa rota, mezclada con llanto.
Nick se acercó un poco más, sin invadirla del todo.
—Nadie tiene derecho a humillarte así. Nadie. Ni esas mujeres, ni tus padres, ni mi familia, ni yo.
Camille lo miró, la frase la tocó de lleno, porque había pasado años escuchando que debía soportar, que no valía la pena responder, que las mujeres elegantes no hacen escenas, que las heridas sociales se sobreviven con una sonrisa pequeña y un vestido nuevo.
Ahora Nick, justamente Nick, le decía que aquello sí importaba, que su humillación no era un detalle menor, ni una consecuencia inevitable de estar cerca de él, era demasiado, demasiado tarde, quizá, pero también demasiado necesario.
—Me dijeron que yo era patética —susurró—.
Que daba lástima verte intentar portarte bien conmigo.
Que podía vestirme mejor, trabajar más, hablar de cuadros todo lo que quisiera, pero que siempre iba a ser la muchacha a la que tú nunca habrías mirado si no estuvieras obligado a hacerlo por el escándalo de aquel día.
Nick cerró los ojos, la rabia le subió hasta la garganta.
—Camille…
—Y luego una de ellas fingió tropezar. —La voz se le quebró—. El vino cayó sobre mí, todas rieron, nadie hizo nada.
Nick sintió una vergüenza feroz, no porque hubiera estado allí, sino porque esas mujeres habían creído tener derecho a hacerlo por todo lo que él había permitido antes: la ambigüedad, las migajas, los juegos, la forma en que había mantenido a Camille en un lugar vulnerable mientras él disfrutaba de ser deseado por todas.
Él no había vertido el vino, pero había alimentado el salón donde algo así parecía posible.
—Lo siento —dijo.
Camille negó, agotada.
—No quiero otra disculpa.
—Entonces no te daré solo eso.
Ella lo miró, cansada, agradecida y abrumada al mismo tiempo.
Nick levantó una mano y le limpió una lágrima con el pulgar, fue un gesto mínimo, demasiado tierno para el estado de ambos.
Camille no se apartó. Nick la miró, y el mundo se redujo a su rostro manchado de llanto, a sus ojos azules, a la boca temblorosa que intentaba seguir siendo digna cuando ya no podía más.
La besó.
Fue un error, lo supo al instante, no por no desearlo, sino precisamente por eso. La besó con una suavidad desesperada, como si quisiera borrar el vino, las risas, la humillación, todo lo que había ocurrido antes de que él llegara, pero que se debía a él.
Apenas sus labios tocaron los de ella, se apartó.
—Perdón —dijo, respirando con dificultad—. No debí…
Camille lo tomó del rostro y le devolvió el beso.
Nick se quedó inmóvil un segundo, luego respondió.
Esta vez no hubo salón, ni restaurante, ni mujeres crueles, ni padres ambiciosos, ni escándalo.
Sólo Camille acercándose a él con un impulso que no parecía calculado ni obediente, sino suyo.
Se deslizó hacia su asiento, torpe por el vestido manchado y el abrigo, y terminó sobre su regazo.
Nick la sostuvo por la cintura con cuidado, como si le costara creer que ella lo hubiera elegido por un instante.
El beso se volvió más profundo y Camille suspiró contra su boca.
Nick sintió el sonido como una rendición y una advertencia.
Sus manos subieron por su espalda, se detuvieron, bajaron otra vez, pidiendo permiso incluso cuando el deseo lo empujaba a olvidar todas las promesas.
Camille le tocó el cabello, la nuca, el borde de la mandíbula.
Había vino en la tela, lágrimas en su rostro, calor entre ambos y una urgencia confusa, nacida no solo de atracción, sino de demasiadas emociones apretadas en un mismo cuerpo.
Nick la besó en la comisura de la boca, luego en la mejilla, volvió a sus labios. Camille tembló, y entonces fue ella quien se separó. Negó con la cabeza, respirando rápido.
—No.
Nick soltó la cintura de inmediato.
—Está bien.
Camille se cubrió el rostro con ambas manos.
—Dios mío.
—Camille.
—No puedo creer que haya hecho eso.
—No hiciste nada malo.
—Estoy sobre ti en un coche, cubierta de vino, llorando.
Nick, a pesar de todo, sonrió con ternura.
—He visto escenas menos hermosas en óperas enteras.
—No bromees.
—No era una broma completa.
Ella mantuvo el rostro cubierto.
Nick se inclinó hacia adelante y le descubrió las manos.
—Mírame.
—No.
—Solo un poco.
Camille lo miró entre los dedos primero, luego dejó que él bajara sus manos, Nick le dio un beso rápido, ligero, casi inocente.
—Me alegra saber que al menos toleras que me acerque.
Camille soltó una risa avergonzada.
—Nick.
—Y jamás voy a avanzar si tú no quieres.
La frase borró parte de la risa. Camille lo miró directamente. Había demasiadas cosas en sus ojos: deseo, miedo, vergüenza, una ternura que todavía no quería concederle, una herida que seguía allí, aunque él la besara con cuidado.
—No sé qué quiero cuando estás tan cerca —admitió.
Nick apoyó la frente contra la suya.
—Entonces no haremos nada hasta que lo sepas.
El coche comenzó a reducir la velocidad, Camille giró la cabeza, du casa apareció detrás del cristal, iluminada, perfecta, llena de libros, arte y silencios correctos.
La realidad cayó sobre ella como agua fría.
Se bajó de su regazo de inmediato, acomodándose el abrigo para cubrir la mancha de vino.
Nick quiso ayudarla, pero ella ya estaba abriendo la puerta antes de que el chofer llegara.
—Camille.
—Buenas noches.
—Espera.
Ella bajó del automóvil.
Corrió. No con elegancia ni con la compostura que su madre habría aprobado.
Corrió con el vestido manchado bajo el abrigo, el cabello suelto y el rostro encendido de vergüenza.
Subió los escalones, atravesó la entrada y desapareció dentro de la casa antes de que Nick pudiera decir algo más, la puerta se cerró.
Nick permaneció en el coche, con las manos aún tibias de su cintura y el sabor de sus lágrimas en la boca.
Afuera, París seguía respirando bajo la noche: faroles, lluvia leve, automóviles, un vendedor tardío recogiendo flores, el eco lejano de un saxofón escapando de algún café, todo parecía igual.
Pero no lo era.
Nick miró la puerta cerrada de la mansión de Camille y por primera vez no pensó en cómo recuperar el control de la escena.
Pensó en nombres. En las mujeres que la habían humillado.
En el padre que la había reducido a una decepción.
En la madre que le había enseñado, sin querer, el precio de callarse demasiado.
En sí mismo, sobre todo en sí mismo, porque si quería ser el hombre que Camille creía ver dentro de él, no bastaba con besarla bien ni defenderla tarde, tenía que aprender a construir un mundo donde ella no tuviera que correr para esconder la vergüenza que otros debían sentir.
El chofer preguntó si regresaban a casa. Nick no respondió de inmediato, seguía mirando la puerta y finalmente aceptó.
El automóvil arrancó y mientras se alejaba, Nick comprendió con una claridad incómoda que aquella cita no había terminado mal, sino real, y eso, para un hombre acostumbrado a sobrevivir con encanto, era mucho más peligroso que cualquier desastre.