12 Las sobras del amor
Thiago empezó a ir al orfanato con demasiada frecuencia.
Al principio tuvo excusas, siempre hay excusas decentes para un hombre que desea ocultar una necesidad bajo la forma de una virtud, una entrega de libros para los niños, una reparación pendiente en una ventana, un donativo de mantas que Philip había conseguido por medio de un editor, una caja de lápices, una conversación con Lilianne sobre futuras donaciones, un recado para Elettra, otro para Saint-Michel. Luego otro, y otro más.
Después dejó de fingir tanto.
Llegaba por la mañana, con el abrigo oscuro salpicado de lluvia y los guantes en una mano, y los niños corrían hacia él como si la entrada del patio anunciara una pequeña fiesta privada.
Thiago sonreía de esa forma suya, baja y lenta, más parecida a una rendición que a una alegría.
Se agachaba para escuchar relatos imposibles sobre dragones, barcos, piratas, maestras injustas y piedras con poderes secretos.
Cargaba cajas, revisaba estufas, arreglaba una puerta que se empeñaba en chirriar, leía en voz alta cuando alguno fingía no saber leer solo para escuchar su voz más tiempo.
El orfanato olía a sopa de cebolla, jabón barato, lana húmeda, tiza y pan compartido.
No era el olor de los salones Charpentier, con su leña fina y sus flores escogidas, ni el de los teatros, cargados de terciopelo, perfume y mentira.
Allí todo tenía una honestidad pobre, casi brutal, el frío entraba por rendijas reales, las risas no eran adornos, los niños pedían cariño sin saber todavía que el mundo se encargaría de enseñarles a pedirlo con vergüenza.
Thiago se movía entre ellos como si hubiera nacido para no asustar, eso fue lo que Millie vio y eso, precisamente, comenzó a preocuparla.
—Vas a terminar adoptando el edificio completo —le dijo una mañana, desde el umbral del comedor, mientras él ayudaba a un niño pequeño a atarse los zapatos.
Thiago no levantó la vista.
—El edificio no cabe en casa.
—Eso no te ha impedido cargar con cosas imposibles antes.
Él ajustó el nudo con paciencia.
—Listo, Marcel.
El niño salió corriendo sin agradecer, luego regresó, abrazó una pierna de Thiago con torpeza y volvió a escapar como si hubiera cometido un acto vergonzoso. Millie observó la escena con una expresión que no era burla, porque eso también preocupaba.
—No empieces —dijo Thiago.
—Ni siquiera he hablado.
—Tu silencio tiene intención.
—Soy periodista. Todo en mí tiene intención.
Thiago se puso de pie.
—Creí que venías a trabajar en tu reportaje.
—Vine a trabajar en mi reportaje y a vigilarte. Soy perfectamente capaz de arruinar dos cosas al mismo tiempo.
Él suspiró, Millie sonrió, pero sus ojos estaban demasiado atentos.
Desde el corredor apareció Elettra.
Llevaba un vestido sencillo color gris piedra y una carpeta contra el pecho.
Tenía el cabello recogido con prisa, un mechón oscuro rozándole la mejilla y tiza en los dedos.
No se parecía en nada a las mujeres de los salones, ni pretendía hacerlo.
Allí, entre paredes modestas y ruido infantil, su belleza no competía.
Existía. Más sobria, más seria, más difícil de explicar.
Al ver a Thiago, se detuvo, él también. Millie miró de uno al otro, el silencio entre ambos no era vacío, era una habitación entera.
—Monsieur Charpentier —dijo Elettra.
—Elettra.
Millie alzó las cejas.
—Qué pasión. Casi necesito abanicarme.
Thiago le dirigió una mirada de advertencia.
Elettra, en cambio, sonrió.
—Buenos días, Millie.
—Buenos días a ti también. Intentaba decidir si tu prometido viene aquí por caridad, por culpa o por una forma muy refinada de desesperación romántica.
—Millie —dijo Thiago.
—Perdón. ¿Demasiado pronto?
—Demasiado tú.
—Eso suele ser lo mismo.
Elettra bajó la mirada hacia su carpeta, pero la sonrisa no desapareció del todo. Aquello le dio a Thiago una esperanza pequeña, ridícula, casi humillante. Una esperanza que habría preferido no tener, porque Elettra se acercaba más.
Eso era verdad.
Lo hacía en gestos mínimos: preguntándole si quería té, dejando que caminara a su lado por los pasillos de Saint-Michel, riéndose muy bajo cuando él decía algo inesperado, permitiendo que su mano permaneciera un segundo junto a la suya sobre una mesa llena de cuadernos.
A veces lo miraba como si quisiera sentir algo distinto.
Como si se obligara a buscar en él una puerta que no llevara a Brand.
Thiago lo notaba y eso era lo que más dolía.
No quería ser un ejercicio de voluntad, no quería ser la salida decorosa al final de un amor equivocado, no quería que Elettra se acercara a él por gratitud, por culpa o por esa forma suave de compasión que las mujeres buenas confunden a veces con ternura.
Elettra tampoco quería lastimarlo.
Él lo veía en la forma en que se detenía antes de sonreír demasiado, en cómo medía sus palabras, en cómo apartaba la mano cuando la cercanía podía volverse ambigua. Ella no quería hacer con él lo que él no había hecho con ella cuando su corazón empezó a inclinarse hacia Brand.
Thiago había sabido apartarse y ahora Elettra intentaba aprender una delicadeza que llegaba tarde.
Esa tarde, mientras Lilianne discutía con una proveedora sobre harina y cuentas atrasadas, Millie encontró a Elettra sola en el patio.
La lluvia había cedido y París respiraba entre nubes bajas, con un olor a carbón apagado y tierra mojada.
Los niños estaban en clase; solo quedaba una pelota roja junto a la pared y el eco de sus voces.
—Puedo hablar contigo —dijo Millie.
No era una pregunta. Elettra levantó la vista.
—Sospecho que, aunque dijera que no, hablarías.
—Me comprendes rápido. Me agradas.
Elettra cerró la carpeta.
—¿Es sobre Thiago?
—Naturalmente.
—Entonces tal vez no me agrada tanto la conversación.
Millie se acercó y se apoyó contra el muro bajo, no llevaba sombrero esa tarde. El cabello negro, cortado a la altura de la mandíbula, se movía con el viento. Había en ella algo raro: una libertad que no pedía permiso, pero que tampoco parecía feliz.
—Mi hermano cumplirá —dijo.
Elettra frunció apenas el ceño.
—¿Qué?
—Si no te retractas nunca, él cumplirá. Se casará contigo, respetará cada condición, te dará un matrimonio de nombre si eso le pides, te cuidará delante de todos y no reclamará nada en privado.
Envejecerá a tu lado con una elegancia insoportable mientras tú decides si alguna vez logras mirarlo sin comparar su sombra con la de Brand.
La frase fue tan directa que Elettra sintió el golpe en el pecho.
—Eso es cruel.
—Sí.
—¿Lo dijiste para herirme?
—Lo dije porque alguien tenía que decirlo sin envolverlo en flores.
Elettra miró hacia la pelota olvidada.
—No soy libre, Millie.
La voz salió más baja de lo que esperaba.
Millie no respondió. Esperó.
—Tú hablas como si todo dependiera de que yo quiera o no quiera, pero estoy atrapada como todos los demás.
Mi primo Matteo pidió mi mano como si yo fuera una deuda familiar que debía colocarse en una casa segura.
En su cabeza, Thiago es la solución perfecta: un hombre bueno, rico, respetable, capaz de sostenerme el resto de mi vida sin hacer demasiadas preguntas incómodas.
Para Matteo, eso es amor familiar. Para mi familia, prudencia. Para la sociedad, fortuna.
La boca de Elettra se curvó sin alegría.
—Poco importa lo que yo piense.
Millie la observó en silencio, la frase había entrado en ella de una forma extraña, porque París estaba lleno de mujeres con el pelo más corto, las faldas más sueltas, los labios más rojos, las manos más atrevidas sobre cigarrillos y copas.
Las revistas hablaban de modernidad. Los cafés celebraban a las mujeres que escribían, cantaban, bailaban, conducían automóviles y discutían con hombres que, al menos por una noche, fingían escucharlas.
Millie misma vivía cruzando mares, escribiendo reportajes, entrando donde no la invitaban y, sin embargo, allí estaban.
Las mujeres con dinero seguían siendo comerciadas con una caligrafía más elegante. Las familias no vendían hijas; negociaban alianzas. No las encerraban; las protegían. No les quitaban la voz; decidían hablar por ellas hasta que el silencio pareciera educación.
—Lo odio —dijo Millie.
Elettra la miró.
—¿Qué cosa?
—Que le cambien el nombre a una jaula y esperen que agradezcamos la decoración.
Elettra soltó una risa pequeña, cansada.
—Entonces quizá nos comprendemos.
—Quizá.
El silencio entre ambas se volvió menos hostil, no amable, pero sí honesto. Millie miró hacia el interior del edificio, donde Thiago estaba ayudando a un niño con una pizarra.
—No quiero que lo rompas.
Elettra tragó saliva.
—Yo tampoco.
—Eso no significa que no puedas hacerlo.
—Lo sé.
La respuesta fue tan triste que Millie, por una vez, no añadió nada.
Más tarde, Millie buscó a Lilianne.
La encontró en una oficina pequeña del orfanato, sentada entre pilas de papeles, recibos, cartas de donantes, facturas de carbón y una taza de té olvidada que ya debía estar fría.
Lilianne Donovan parecía una aristócrata que había decidido luchar contra el mundo con tinta, pan, disciplina y una obstinación casi religiosa.
Tenía la manga manchada de polvo y la mirada de quien podía enfrentarse a un ministro si este intentaba reducir la ración de sopa de un niño.
—Necesito saber algo —dijo Millie, entrando sin mucha ceremonia.
Lilianne alzó la vista.
—Qué frase tan peligrosa en boca de una periodista.
—Thiago y Elettra.
Lilianne dejó la pluma.
—Ah.
—Ese “ah” confirma que necesito saberlo.
Lilianne se recostó en la silla.
—No es mi historia.
—No te pido que la conviertas en artículo. Te pido que me ayudes a entender si mi hermano está caminando hacia un matrimonio o hacia una ejecución lenta con buena vajilla.
Lilianne la estudió unos segundos, después suspiró.
—Thiago se enamoró de Elettra primero.
Millie cerró los ojos.
—Por supuesto que sí.
—Ella no lo vio de ese modo o quizá no supo verlo, escoge a placer. Para colmo, luego apareció Brand.
—Y ella se enamoró de Brand.
—Sí.