La última elección 11 Una amante del arte #2
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11 Una amante del arte #2

—Es un día ambicioso. No conviene ofenderlo.

Por primera vez desde que entró al salón, Camille sonrió.

Lograron deshacerse de los padres con promesas de regreso temprano, frases de cortesía y una mirada del padre hacia Nick que parecía decirle no olvide lo conveniente que es todo esto. Nick la recibió con tal frialdad que el hombre acabó carraspeando.

En el automóvil, Camille acomodó la falda sobre sus rodillas.

—Pareces incómodo.

Nick se sentó frente a ella.

—Tu padre tiene un talento extraordinario para hacerme querer romper objetos caros.

Camille lo miró sorprendida, luego apartó la vista hacia la ventana.

—No eres el primero.

—Debería haber más objetos rotos en esa casa.

Camille soltó una risa baja, a pesar de sí misma.

Nick dio un golpe suave al techo del coche.

—A la primera parada.

—¿No vas a decirme a dónde vamos?

—No.

—¿Eso forma parte del misterio?

—Eso forma parte de mi intento de parecer interesante para una reconocida amante del arte.

Camille lo miró con una mezcla de desconfianza y diversión.

—Empiezas con desventaja.

—Lo sé. Por eso he preparado varios lugares. Si fallo en uno, fingiremos que era un prólogo.

La primera parada fue el Musée du Luxembourg. Camille, al reconocer la entrada, volvió hacia él con una sorpresa tan franca que Nick sintió una satisfacción casi infantil.

—¿Aquí?

—Pensé que una galería viva debía empezar con un museo vivo.

—Esa frase te la preparaste.

—Desde luego, pero no por eso es falsa.

Entraron. El aire interior olía a piedra fría, barniz, papel impreso y abrigos húmedos.

Las salas estaban llenas de murmullos contenidos, pasos sobre madera pulida, mujeres inclinándose hacia cuadros con expresiones de inteligencia cuidadosamente colocada.

Camille cambió de inmediato, Nick lo vio, los hombros se le relajaron; los ojos se le encendieron; los dedos, antes quietos sobre el bolso, comenzaron a moverse como si quisieran señalar, tocar, ordenar ideas.

Camille frente al arte no era tímida, era precisa.

Habló de composición, de luz, de los nuevos colores, de la forma en que ciertos pintores parecían pintar no lo que veían, sino lo que la memoria hacía con las cosas.

Nick no fingió saber más de lo que sabía, ese también era un ejercicio nuevo, se limitó a escuchar, a preguntar, a mirarla mientras ella explicaba la diferencia entre una obra correcta y una obra necesaria.

—Una obra correcta puede admirarse —dijo Camille frente a un paisaje—. Una necesaria te persigue.

Nick la miró a ella, no al cuadro.

—Entiendo.

Ella giró.

—No estás mirando la obra.

—No en este momento.

Camille bajó la mirada, pero no pudo evitar sonreír, después caminaron hacia el Musée Rodin.

La tarde se había vuelto más luminosa, con nubes blancas desgarrándose sobre París.

En el jardín, la humedad de la tierra subía con un olor verde y profundo.

Las esculturas parecían respirar entre setos, senderos de grava y árboles todavía desnudos.

Camille se detuvo frente a una figura inclinada, atrapada en un gesto de fuerza y dolor. Nick la observó desde un lado.

—La escultura siempre me ha parecido cruel —dijo él.

—¿Por qué?

—Deja al cuerpo condenado a sentir lo mismo para siempre.

Camille lo miró con atención.

—Eso fue casi inteligente.

—Me esforcé muchísimo.

Ella rio y el sonido se mezcló con la grava bajo sus pasos.

Más tarde pasaron por una librería en la rue de l’Odéon.

Nick había elegido el lugar porque alguien le había dicho que allí se reunían escritores, traductores, lectores con demasiadas opiniones y mujeres que hablaban de literatura como si estuvieran preparando revoluciones privadas.

Camille recorrió los estantes con una concentración feliz, tocó lomos de libros en inglés, hojeó una edición de poemas, discutió con el librero sobre una traducción y salió con un volumen pequeño que Nick insistió en comprarle.

—No es necesario —dijo ella.

—Lo sé.

—Nick.

—Permíteme al menos fallar en ser moderno y comprar un libro.

Camille lo miró con fingida severidad.

—Solo porque es un libro.

—Una concesión generosa.

Después fueron hacia el Sena. Caminaron junto a los puestos de los bouquinistes, entre grabados, revistas viejas, postales, ediciones usadas y pequeñas esculturas de bronce mal pulidas.

París olía a papel húmedo, río, castañas asadas, gasolina, café y lluvia antigua.

Nick caminaba junto a Camille sin tocarla más de lo necesario, la escoltaba con una atención distinta a la de los salones: no para exhibirla, sino para acompañarla.

Le abría paso cuando una pareja se detenía demasiado cerca, reducía el ritmo cuando ella se inclinaba a mirar un libro, la escuchaba cuando señalaba algún detalle de una ilustración japonesa o de una portada modernista.

Se dio cuenta de algo terrible por lo simple.

Era feliz.

No de la forma brillante y ruidosa con la que solía confundir placer con triunfo, no esa felicidad hecha de mujeres riendo alrededor, champaña, frases rápidas y la certeza de estar siendo admirado.

Era otra, más fácil, más limpia. Caminar con Camille por París, escucharla hablar de arte, verla emocionarse ante una escultura o un grabado, descubrir que su inteligencia tenía calor y no solo precisión…

todo resultaba inexplicablemente sencillo.

Y él la había ignorado.

Durante meses, quizá años, había tenido delante a una mujer capaz de mirar el mundo con una belleza tan suya, tan exacta, y la había reducido a una presencia secundaria porque estaba embelesado con Elizaveta.

Con su peligro, con su oscuridad, con la promesa venenosa de una mujer que nunca iba a darle paz, había perseguido el incendio y desestimado la lámpara.

No porque Camille fuera menos, sino porque él había sido demasiado tonto para entender la diferencia. Camille se detuvo frente a un puesto y tomó una postal con una reproducción de una bailarina.

—¿Qué piensas? —preguntó.

Nick regresó al presente.

—Que la bailarina vio una cuenta que no puede pagar.

Camille soltó una carcajada.

—Eres imposible.

—Pero estoy mejorando.

—Lentamente.

—Acepto la crítica.

Ella compró la postal.

Al caer la tarde, Nick la llevó a un restaurante pequeño cerca de Saint-Germain, elegante sin ser demasiado ostentoso.

No uno de esos salones donde todos miraban la puerta para evaluar quién entraba, sino un lugar de manteles blancos, lámparas bajas, espejos envejecidos y olor a mantequilla dorada, vino tinto, hierbas frescas y pan recién abierto.

La mesa estaba en un rincón y Camille pareció aprobarlo.

—Esto no parece elegido por tu ego.

Nick se llevó una mano al pecho.

—Mi ego está herido, pero intenta ser buen anfitrión.

—Dile que lo aprecio.

—Se recuperará demasiado rápido si lo halagas.

Pidieron sopa de cebolla, pescado con salsa ligera, una ensalada de hierbas, vino blanco para ella y agua para él. Camille lo notó.

—¿No beberás?

—No mucho.

—¿Por qué?

Nick sostuvo su mirada.

—Quiero recordarlo todo.

La frase la dejó callada un segundo, luego bajó los ojos al plato.

La cena fue bien, demasiado bien. Rieron.

Hablaron de la exposición de Foujita, de lo absurdo que era convencer a ciertos mecenas de que el arte moderno no era una enfermedad visual, de los poetas de café que usaban bufandas dramáticas en interiores cálidos, de la manía de algunos hombres de confundir una opinión fuerte con una idea profunda.

Nick coqueteó, pero con más cuidado. Camille lo rechazó dos veces con frases tan afiladas que él casi aplaudió.

Ella sonrió más de lo que había planeado.

Él la miró menos como conquista y más como descubrimiento, por un rato, todo fue posible.

Luego Nick se levantó para ir al baño.

—No huyas —dijo Camille.

Él sonrió.

—Esta vez no.

Se marchó con una ligereza que no había sentido en mucho tiempo, pero al regresar, la mesa estaba vacía. Al principio pensó que Camille habría ido a buscar algo, quizá a hablar con el maître, quizá a la antesala. Luego la vio. Estaba cerca de la salida lateral.

Intentaba marcharse.

El corazón de Nick se detuvo.

Camille tenía el vestido empapado de vino desde el hombro hasta el pecho; el líquido rojo le corría por la tela azul como una herida obscena.

El cabello se le había soltado de un lado y lágrimas silenciosas le bajaban por las mejillas.

Caminaba rápido, con una mano intentando cubrir la mancha y la otra buscando torpemente el bolso.

Nick cruzó el restaurante en segundos.

—Camille.

Ella negó sin mirarlo.

—Déjame.

—Camille.

—Nick, por favor.

Esa súplica lo frenó de una forma más efectiva que cualquier grito.

No la tomó del brazo, sino que se colocó frente a ella, bloqueando la salida con el cuerpo, aunque mantuvo la distancia suficiente para que no se sintiera atrapada.

—No voy a dejar que salgas así sola.

—Solo quiero irme.

Él miró hacia el salón.

Varias personas fingían no mirar.

Nick sintió una furia tan fría que casi le aclaró la mente.

Sacó dinero, llamó al camarero con un gesto y pagó la cuenta sin revisar nada.

Luego tomó el abrigo de Camille, se lo colocó sobre los hombros con cuidado y la condujo hacia el automóvil.

Esta vez ella no protestó, tal vez porque lloraba demasiado para hacerlo o porque no tenía fuerzas para sostener la dignidad cuando alguien se la había arrancado delante de una sala llena de cobardes.

Dentro del coche, Camille se apartó hacia la ventana. Nick dio la orden de avanzar y durante varios segundos no habló. La miró. El vino había manchado el abrigo por dentro. Sus dedos temblaban sobre el bolso. Intentaba no sollozar, lo cual hacía que cada respiración pareciera una batalla perdida.

—¿Qué ocurrió? —preguntó al fin.

Ella negó.

—Nada.

—Respuesta equivocada.

—Por favor, no.

—Camille.

—No quiero hablar.

Nick sintió el impulso de exigir, de arrancar nombres, de convertir su rabia en acción inmediata, pero la vio encogerse un poco más contra el asiento y obligó a su voz a bajar.

—Está bien.

Ella lloró más y aquello le partió algo.