11 Una amante del arte
Nick Charpentier llegó a la mansión de los padres de Camille con diez minutos de antelación, aquello, pensó mientras el automóvil se detenía frente a la entrada principal, debía contar como un acto de transformación moral.
En otros tiempos habría llegado tarde con una sonrisa impecable y una excusa tan bien construida que todos habrían acabado culpando al tráfico, al clima, a París o a la propia fragilidad del tiempo.
Esa tarde, en cambio, estaba allí antes de la hora acordada, con los guantes puestos, el abrigo bien cerrado y una incomodidad nueva mordiéndole el borde de la paciencia.
La casa era hermosa.
No en el modo teatral de los Charpentier, donde cada salón parecía haber sido concebido para que la familia se rompiera con elegancia.
La mansión de Camille tenía otra clase de belleza: más intelectual, más silenciosa, más llena de papeles, molduras discretas y lámparas cuya luz parecía pensada para leer hasta tarde.
En el vestíbulo había bustos de mármol sobre pedestales oscuros, grabados antiguos en las paredes, una mesa cubierta de revistas literarias, un jarrón con flores secas y una alfombra persa gastada por años de pasos refinados.
Olía a cuero, tinta, madera vieja, cera de abejas y esa melancolía que tienen las casas donde se ha hablado demasiado de poesía y muy poco de felicidad.
Nick se quitó el sombrero y un mayordomo lo condujo hacia un salón de espera. Allí la impresión se volvió más fuerte.
Libros.
Había libros en las paredes, en mesas auxiliares, junto a los sillones, apilados de manera casi íntima sobre una banqueta.
Volúmenes franceses, ingleses, italianos; ediciones de Racine, Balzac, Proust, Wilde, Rilke, Colette; catálogos de arte con cubiertas gruesas; monografías sobre escultores; revistas de crítica; programas de exposiciones pasadas.
Un piano oscuro ocupaba una esquina, no como adorno sino como instrumento usado.
Sobre la chimenea colgaba un retrato de Camille de niña, con vestido blanco, cabello rubio peinado en ondas suaves y ojos azules demasiado serios para una criatura tan pequeña.
Nick se acercó al retrato.
Camille había sido una princesa, no de las que necesitaban castillos porque los demás ya habían decidido encerrarlas en uno.
Una princesa de biblioteca, de institutrices, de flores colocadas en jarrones bajos, de padres que podían pagar maestros de piano, francés perfecto, italiano suficiente, dibujo, historia del arte, modales de mesa y silencios adecuados.
En teoría, una mujer así no tendría que trabajar nunca, podría haberse quedado allí, entre libros, porcelanas y visitas elegantes, dejando que otros administraran su futuro hasta convertirla en esposa de alguien conveniente; pero Camille trabajaba en una galería, no por necesidad, sino por gusto, por carácter.
Nick miró el retrato un segundo más y sintió una vergüenza lenta, desagradable.
Había tardado demasiado en entender que la dulzura de Camille no era pasividad, que su discreción no era vacío, que bajo aquella educación tan pulida había una voluntad que había elegido salir de una casa donde todo parecía darle un lugar, precisamente porque ese lugar se parecía demasiado a una vitrina.
—Monsieur Charpentier.
Nick se volvió.
El padre de Camille entró con los brazos abiertos, como si recibiera a un viejo amigo y no al hombre que había convertido a su hija en motivo de negociaciones apresuradas.
Era un hombre de porte cuidado, barba recortada, sonrisa amplia y una elegancia algo ansiosa.
Vestía bien, demasiado bien; cada botón parecía una declaración de pertenencia.
Sus ojos se iluminaron al verlo con una satisfacción que Nick reconoció de inmediato y detestó de forma casi instintiva.
Ambición.
No la ambición brillante de Camille cuando hablaba de arte. No. La otra. La de los hombres que miran a sus hijas y ven escalones.
—Es un placer tenerlo en casa —dijo el hombre, estrechándole la mano con efusividad—. Un verdadero placer. Camille terminará de arreglarse en un momento, ya sabe cómo son las mujeres cuando tienen ocasión de hacerse esperar.
Nick sonrió por educación.
—Camille suele ser puntual.
—Ah, sí, sí, por supuesto. Mi hija tiene muchas virtudes. Demasiadas para su propio bien, diría yo.
El padre rio. Nick no. Tomaron asiento, el mayordomo ofreció coñac, el cual Nick rechazó porque necesitaba la cabeza clara, eso también debía contar como otra reforma moral.
—Estamos muy complacidos con la boda —continuó el padre de Camille, acomodándose frente a él—. Muy complacidos. Siempre he pensado que nuestras familias podían entenderse de forma excelente. Los Charpentier son… bueno, son los Charpentier.
Lo dijo como quien pronuncia el nombre de una institución bancaria, una bendición social y una escalera de mármol al mismo tiempo. Nick apoyó las manos sobre los muslos.
—Camille debe sentirse cómoda con el tema del matrimonio antes de que éste se efectúe. Supongo que estará de acuerdo.
El hombre parpadeó; la frase, al parecer, había entrado en una habitación donde nadie la esperaba.
—Naturalmente —se recuperó con rapidez—. Naturalmente. Las jóvenes suelen ponerse nerviosas. Mi esposa también lloró antes de nuestra boda, luego todo fue perfectamente razonable.
Nick dudó que supiera distinguir entre razonable y resignado.
—No hablo de nervios.
—Claro, claro. Pero Camille es una muchacha obediente.
Sensible, sí, pero obediente. Aunque debo admitir que siempre tuvo ideas peculiares.
La galería, por ejemplo. Esa necesidad de ocuparse de asuntos que podrían llevar otros.
Siempre quise tener varones, ¿sabe? Una casa con hijos hombres tiene otra estructura, otra continuidad, pero mi esposa solo pudo darme a Camille.
La frase fue dicha con ligereza, como si Camille no fuera una persona, sino una sustitución elegante de algo que no llegó. Nick sintió que algo dentro de él se endurecía, pero el padre, ajeno o indiferente al cambio en su interlocutor, siguió:
—No estaba de acuerdo con los bastardos, desde luego. Algunos hombres lo solucionan así, pero yo siempre he considerado que la decencia debe mantenerse incluso en la decepción.
Nick lo miró y lo odió.
No con una rabia explosiva ni con el brillo teatral que a veces usaba para defenderse.
Lo odió en silencio, con una claridad limpia, por Camille.
Por la niña del retrato, por la mujer que había tenido que construir una voluntad entre libros, salas hermosas y frases que la reducían a lo que no había sido capaz de reemplazar.
—Qué admirable —dijo Nick.
Su voz sonó tan suave que el padre sonrió, creyendo haber recibido un cumplido a sus leperadas.
—Uno hace lo que puede por el nombre familiar.
Antes de que Nick respondiera algo que probablemente habría arruinado la tarde antes de empezar, la madre de Camille entró en el salón.
Era una mujer pálida, delicada, vestida de gris lavanda.
No era vieja, pero parecía haber sido apagada despacio por años de asentir en habitaciones donde su opinión jamás ocupó silla.
Saludó a Nick con una sonrisa leve, los ojos bajos, las manos unidas frente al cuerpo.
Habló poco y cada vez que su esposo decía algo, ella lo miraba apenas, como si necesitara confirmar qué emoción debía acompañar la frase.
Nick comprendió entonces otra parte de Camille, porque ella no era así, a pesar de que había visto aquello todos los días.
Una madre que no alzaba la voz, una mujer educada en la desaparición, una esposa convertida en eco y quizá por eso había querido trabajar.
Ganarse un sitio. Tener llaves, decisiones, horarios, artistas que convencer, contratos que revisar, hombres a quienes mirar de frente sin pedir permiso para hacerlo.
La madre preguntó por Alice y Nick respondió con cortesía. El padre habló de la boda, de fechas, de invitados, de conveniencias, de lo magnífico que sería unir sus nombres. Nick intentó, una vez más, colocar a Camille en el centro de la conversación.
—Quiero que ella participe en las decisiones —dijo—. No solo en flores o vestidos, en todo.
El padre rió suavemente.
—Qué moderno de su parte.
—No es modernidad. Es respeto.
La madre levantó la vista solo un segundo, pero Nick la alcanzó a ver, aunque no así el padre.
—Por supuesto —dijo el hombre, aunque la palabra respeto parecía haberle resultado más decorativa que práctica—. Por supuesto. Camille será consultada, siempre que sus nervios no la vuelvan indecisa, claro. Las mujeres sensibles necesitan dirección.
Nick sonrió, en esa ocasión, con dientes.
—He descubierto que Camille sabe dirigirse bastante bien cuando nadie insiste en tomarle el mapa de las manos.
El silencio que siguió fue breve, incómodo y delicioso. Entonces Camille apareció en la puerta y Nick olvidó todo. Olvidó la casa, los libros, la rabia, la madre silenciosa, el retrato infantil, la boda.
Camille llevaba un vestido azul claro, no tan oscuro como el de la gala, sino de un tono más suave, casi el azul de la porcelana fina bajo una luz de mañana.
El corte era sencillo, con cintura baja y mangas delicadas, moderno sin ser escandaloso.
El cabello rubio estaba recogido de manera menos rígida que la noche anterior, con algunos mechones acariciándole las mejillas.
Sus ojos, de un azul limpio y despierto, se detuvieron en él con cautela.
Se veía preciosa, pero no de esa forma distante de los salones, se veía viva y Nick sintió, con una urgencia casi absurda, que tenía que sacarla de allí cuanto antes.
—Camille —dijo.
Ella notó algo en su voz.
Tal vez demasiada suavidad, tal vez una especie de alivio.
—Nick.
Su padre se puso de pie con entusiasmo.
—Justamente hablábamos de la boda.
—Qué sorpresa —dijo Camille, y aunque su tono fue educado, Nick detectó el filo que se escondía detrás.
La madre bajó la mirada, Nick ofreció el brazo.
—Tenemos una primera parada y el día nos exige puntualidad.
—¿El día? —preguntó Camille.