10 La casa de los fantasmas rusos #4
Elizaveta entendió demasiado rápido la duda.
—Está bien —susurró.
Él no respondió.
—Brand —dijo ella, más bajo—. Quiero hacerlo.
La frase le atravesó el cuerpo.
Quería creerle, quería dejar que el deseo simplificara lo que nada más podía simplificar, pero no era solo deseo, era su cuerpo cambiado, su cansancio, su mareo, la noche larga, el niño. También era la culpa. El temor de tomar demasiado pronto algo que empezaba a necesitar cuidado de otra forma.
Elizaveta vio el conflicto en su rostro y lo interpretó como rechazo.
La herida apareció en sus ojos antes de que pudiera esconderla.
—Entiendo.
—No es eso.
Ella apoyó las manos en su pecho y lo empujó para que se apartara, no con violencia, con orgullo.
Brand se dejó mover, dando espacio para que Elizaveta se incorporara y se metiera bajo las mantas, dándole la espalda.
La habitación quedó llena de un silencio espeso.
Brand permaneció sentado en el borde de la cama, respirando con dificultad, sintiendo que acababa de herirla justo cuando intentaba no hacerlo.
—Elizaveta.
—Estoy cansada.
—Mírame.
—No.
La palabra fue pequeña, no venenosa, por eso dolió más.
Brand se quitó los zapatos y la chaqueta con movimientos lentos. Apagó una lámpara, luego otra. La habitación quedó iluminada solo por el resplandor suave que entraba desde el corredor bajo la puerta y por la luz gris azulada de París filtrándose entre las cortinas.
Se metió en la cama a su lado, Elizaveta no se movió, podría haber respetado la distancia, podría haberse quedado de espaldas a ella, dejando que el orgullo hiciera su trabajo sucio durante la noche, podría haber fingido que no había nada que decir, como tantas parejas civilizadas que se destruían en silencio con la educación impecable de quienes jamás levantan la voz.
No lo hizo. Se acercó y la abrazó por la espalda. Elizaveta se tensó, pero él no la soltó, pero tampoco la apretó, solo la sostuvo.
Su mano descansó sobre el vientre, cubriendo la de ella, que ya estaba allí. Su boca quedó cerca de su cabello. Olía a jabón, a cansancio, a restos de perfume bajo la piel.
—No me aparté porque no te quisiera —dijo, despacio. Su voz como una caricia—. Me aparté porque quiero ir despacio.
Ella guardó silencio para después soltar una risa baja, amarga.
—Los hombres solo dicen eso cuando no desean suficiente.
Brand cerró los ojos un segundo.
—Te deseo… Mucho más de lo prudente —añadió.
La espalda de Elizaveta permaneció rígida, pero su respiración cambió ligeramente, dando a entender que sentía.
—Entonces ¿por qué?
Brand apoyó la frente contra su cabello.
—Porque no quiero conocerte solo de la forma en que ya sé. No quiero volver a tocarte desde la rabia, desde la culpa o desde el incendio. Quiero conocerte de esta nueva forma.
Elizaveta tragó saliva.
—¿Cuál forma?
—La que no nos destruya después.
El silencio se abrió distinto, menos frío, más triste.
Ella miró la pared frente a la cama, donde la sombra de las cortinas formaba líneas oscuras.
Durante mucho tiempo, Elizaveta había creído que el deseo era una moneda.
Se daba para obtener, se ofrecía para retener y se usaba para lastimar antes de ser lastimada.
Que Brand se detuviera le había dolido porque su primer instinto fue entenderlo como pérdida de poder, como rechazo, como prueba de que incluso embarazada, incluso hermosa, incluso suya, podía no ser suficiente.
Pero él seguía allí, abrazándola, sin exigir, sin tomar.
Eso la desarmaba más que cualquier beso.
—Yo sé que hice muchas cosas mal —dijo finalmente.
La voz fue tan baja que Brand apenas la oyó, pero no interrumpió.
—No tienes que fingir que no. No soy estúpida. Sé lo que soy, sé lo que hice, sé que he mentido, manipulado, herido; a veces incluso antes de saber si alguien iba a herirme a mí.
Brand sostuvo su mano con más firmeza.
—Elizaveta…
—Déjame terminar.
Él calló. Ella respiró hondo.
—Estoy intentando no ser así todo el tiempo, no sé si puedo, no sé si hay una parte de mí que no esté rota de esa manera, pero lo estoy intentando. Si no por nosotros… por él. —Bajó la mirada hacia el vientre bajo sus manos—. O por ella.
Brand sintió que algo se le cerraba en el pecho.
—Quiero darle una buena vida —susurró Elizaveta—. No una casa perfecta. No vestidos, ni joyas, ni un apellido que haga que todos se inclinen. Eso ya sé que no basta. Quiero… que no tenga que adivinar si lo aman, que no tenga que aprender a pedir cariño como si estuviera cometiendo un crimen.
Brand no respondió enseguida, porque aquella confesión valía más que cualquier dato que Alekséi o Pavel pudieran darle. Ahí estaba el centro, no completo, no explicado, pero vivo.
La abrazó un poco más.
—Yo también quiero eso.
Elizaveta cerró los ojos.
—No sé cómo hacerlo.
—Yo tampoco.
Una pausa. Luego Brand dijo:
—Pero podemos aprender antes de que llegue.
Ella no dijo nada, pero sus dedos se entrelazaron lentamente con los de él sobre su vientre. Fue una respuesta, no la más grande ni la definitiva, pero sí una de las pocas que no tenía veneno.
El cansancio terminó por vencerla. La respiración de Elizaveta se hizo más lenta, profunda.
Su cuerpo, todavía entre los brazos de Brand, fue perdiendo tensión hasta quedar pesado de sueño.
Él sintió el instante en que se dormía, esa rendición pequeña que nadie puede fingir del todo.
Brand no cerró los ojos, la observó en la penumbra: el perfil pálido sobre la almohada, el cabello negro derramado como sombra, la curva del vientre bajo la manta, las pestañas quietas, la boca, sin orgullo, sin desafío, apenas entreabierta por el sueño.
Pensó en la casa de los Rostov, llena de fantasmas, pensó en Alekséi, en Pavel, en la madre de la que nadie hablaba, pensó en Rusia, en la nieve, en el ballet, en la niña que corría a la cama de su hermano para llorar sin que la vieran, pensó en la mujer dormida a su lado, no la entendía todavía, pero ya no quería entenderla para defenderse de ella, quería entenderla para no perderla en el sitio exacto donde ella se había perdido primero.
Afuera, París seguía brillando bajo la lluvia, indiferente y hermoso.
Dentro de la habitación, Brand permaneció despierto mucho tiempo, con la mano sobre el vientre de su esposa y la certeza silenciosa de que aquella noche no había obtenido respuestas.
Había obtenido algo peor: un motivo para necesitarlas.