La última elección 10 La casa de los fantasmas rusos #3
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10 La casa de los fantasmas rusos #3

Alekséi no bebió de inmediato. Se quedó de pie, apoyando una mano en el respaldo de una silla, observándolo con esa atención de joyero que evalúa la resistencia de una piedra antes de cortarla.

—Liza puede ser un dolor de cabeza.

—Lo he notado.

—También puede ser cruel.

Brand no respondió.

—Manipuladora.

Silencio.

—Orgullosa hasta la estupidez.

—Eso también.

Alekséi se sentó frente a él.

—Pero la amo.

Brand asintió.

—Lo entiendo.

—No. No lo entiendes todavía, pero tal vez algún día.

La frase no fue insulto, fue advertencia.

Alekséi bebió un sorbo.

—¿Cómo está?

—Físicamente, cansada por la noche, pero bien. El embarazo avanza sin señales graves. Se marea con emociones fuertes, algunos olores la alteran, duerme de forma irregular.

Alekséi lo escuchaba sin moverse.

—¿Come?

—Menos de lo que debería algunos días. Alice se encarga de que lo haga. Yo también estoy intentando.

—¿Dolores?

—No que me haya dicho.

—Liza no dice muchas cosas.

—Lo sé.

—¿El médico?

—La ve con regularidad. Dice que debe evitar alteraciones.

Alekséi soltó un sonido seco.

—Entonces nació en la familia equivocada y se casó con otra peor.

Brand casi sonrió.

—Probablemente.

Alekséi lo observó con más detenimiento.

—¿Está segura contigo?

La pregunta no fue general.

No preguntaba por techos, médicos o apellido.

Brand lo comprendió.

—No siempre me cree seguro.

—No pregunté eso.

Brand dejó el vaso sobre la mesa.

—No le haré daño de manera voluntaria.

—Eso no responde del todo.

—Es la única respuesta honesta que puedo darte.

Alekséi sostuvo su mirada y pareció aceptar aquello más que una promesa perfecta que terminaría siendo una mentira.

—¿Está feliz?

La pregunta quedó en el despacho como humo.

Brand bajó la vista al coñac, pensó en Elizaveta sonriendo ante el ballet, en su risa con las bailarinas, en la forma en que había besado a Pavel, en su emoción dentro del coche, pensó también en sus ojos asustados cuando Alice la abrazó, en el terror de hablar de su pasado, en su habilidad de convertir cualquier herida en un arma.

—Elizaveta no sabe ser feliz —dijo al fin.

Alekséi cerró los dedos alrededor del vaso. Brand continuó:

—No de forma sostenida, no sin sospechar de ello. Cuando algo la hace feliz, parece esperar que se lo arrebaten o que le pidan algo a cambio, estoy tratando de que aprenda.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Y tú sabes ser feliz?

La pregunta lo irritó, porque no era absurda.

Brand pensó en su vida hecha de deber, orden, correcciones ajenas, orgullo. Pensó en su costumbre de llamar compostura a ciertas formas de miedo, pensó en Elizaveta dormida en sus brazos y en la inquietud nueva de querer darle algo que no supiera pedir.

—No lo suficiente —admitió.

Alekséi lo miró con algo que casi pudo ser respeto.

—Entonces quizá ambos están condenados a aprender tarde.

Siguieron hablando.

Generalidades primero; el bebé, la posible fecha de nacimiento, los médicos, la conveniencia de que Elizaveta no se agotara en actos sociales, aunque todos sabían que pedirle a Liza que no se agotara en un acto social era como pedirle a una llama que ardiera con discreción.

Alekséi hizo preguntas concretas, frías en apariencia, pero debajo de cada una había una inquietud antigua.

Brand respondió con eficacia, no adornó, no fingió más ternura de la que podía demostrar, no prometió salvaciones. Eso, quizá, fue lo que hizo que Alekséi no lo echara del despacho.

La puerta se abrió sin llamar.

—Alekséi, Delaila dice que tu casa sigue teniendo camisones tristes y que debería comprar cosas menos monacales para las visitas.

Elizaveta entró en camisón.

Brand se quedó inmóvil.

La prenda era sencilla, de algodón blanco fino, con encaje discreto en el cuello y mangas largas.

No era indecente de manera obvia, no pretendía serlo, pero la luz baja del despacho la atravesaba apenas en los bordes y la hacía parecer más joven, más doméstica, más íntima de lo que cualquier salón debía permitir.

El cabello negro le caía suelto por la espalda, tenía la cara lavada, sin polvo ni carmín, y los ojos grises azulados brillaban con cansancio y confianza.

Alekséi ni siquiera parpadeó, pero Brand sí sintió algo inmediato, una tensión incómoda en el pecho.

No supo llamarla celos, no todavía, pero vio a Elizaveta entrar así en el despacho de un hombre, aunque ese hombre fuera su hermano, y algo en él se cerró con una rapidez primaria.

No era deseo solamente, no era moral, era una necesidad nueva de cubrirla, de apartarla de ojos que no fueran los suyos, de recordar que ya no era una muchacha rusa caminando por su propia casa como si todos los vínculos siguieran intactos.

Ahora era su esposa.

Alekséi la miró con calma.

—Delaila tiene razón, nuestros camisones son deprimentes.

—Al menos alguien en esta casa conserva honestidad.

Brand se puso de pie.

—Nos retiramos.

Elizaveta lo miró, sorprendida.

—¿Ya?

—Sí.

Alekséi notó el cambio y una sombra de diversión apenas perceptible le cruzó el rostro.

—Buenas noches, Liza.

Ella fue hacia él y le besó la mejilla con naturalidad. Brand apretó la mandíbula. Alekséi lo vio y por primera vez en toda la noche, pareció disfrutar mínimamente de algo.

Brand tomó a Elizaveta de la mano y la condujo fuera del despacho, no con brusquedad, pero sí con decisión.

En el corredor, el silencio era más frío, las lámparas proyectaban círculos dorados sobre las paredes oscuras, la casa de los Rostov olía a cedro, té, flores blancas y esa sombra de metal precioso que parecía vivir en los rincones.

—¿Qué sucede? —preguntó Elizaveta.

—¿Por qué entraste de esa manera?

Ella frunció el ceño.

—¿De qué manera?

Brand la miró.

—En camisón.

Elizaveta bajó la vista hacia su ropa, luego volvió a él con una expresión genuinamente desconcertada.

—Estoy en mi casa.

—Estás en casa de tu hermano.

—Exacto.

—Y estás casada.

Ella parpadeó.

—No comprendo qué tiene que ver una cosa con la otra.

Brand respiró hondo.

—Tiene que cambiar.

—¿Qué?

—No puedes vagar por ninguna casa en camisón.

Elizaveta lo miró como si hubiera dicho algo extraño.

—No era ninguna casa, es la casa de Alekséi.

—Sigue siendo una casa con hombres, servidumbre, pasillos y puertas que se abren.

—Brand, Alekséi me ha visto enferma, llorando, cubierta de barro, con fiebre, con sangre en los pies después de ensayar, con el pelo cortado de forma horrible cuando tenía once años. Un camisón no va a destruir su alma, te lo aseguro.

—No hablo de su alma.

—Entonces hablas de la tuya. —La frase lo detuvo y Elizaveta lo estudió con atención repentina—. ¿Estás celoso?

—No.

La respuesta salió demasiado rápido. Ella sonrió, no con malicia total, sino con descubrimiento.

—Oh.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Sonreír como si hubieras encontrado un arma.

La sonrisa se desvaneció un poco.

—¿Lo es?

Brand la miró, el corredor pareció estrecharse.

—No quiero que tengas que usar armas conmigo.

Elizaveta no respondió.

Entraron en la habitación asignada. Era amplia, de techos altos, con cortinas azul oscuro, una cama grande de madera tallada, un sofá junto a la chimenea apagada y una mesa donde Delaila había dejado té, agua, un frasco pequeño de sales y una manta adicional.

Había flores blancas en un jarrón, pero no lirios.

Elizaveta lo notó y algo en su rostro se suavizó. Delaila había recordado.

Se sentó en la cama con una sonrisa.

No parecía comprender del todo qué había hecho mal, ni siquiera parecía alarmada por el enojo de Brand. Más bien lo observaba caminar de un lado a otro de la habitación como si fuera una criatura interesante que acabara de revelar un comportamiento inesperado.

—¿Qué sucede? —preguntó.

Brand se detuvo, la miró y la ira, o lo que fuera, empezó a deshacerse.

Elizaveta estaba sentada en la cama, con el camisón blanco cayendo alrededor de su cuerpo, el cabello suelto, los pies descalzos apenas visibles bajo el borde de la tela.

Sin joyas, sin carmín, sin la armadura de la noche.

La curva de su vientre se dibujaba con suavidad bajo el algodón, parecía hermosa, sí. Pero no como en la gala.

No irreal, no venenosa; hermosa de una forma más peligrosa, frágil, dulce, relajada.

Sin plan visible en la mirada, sin cálculo inmediato, sin esa tensión que anunciaba manipulación, ataque o defensa.

Solo cansancio, curiosidad y una especie de confianza imperfecta que quizá ni ella misma reconocía.

Brand se acercó y Elizaveta lo siguió con los ojos.

Él se sentó a su lado y puso una mano sobre su vientre, ella bajó la mirada hacia el gesto, no se apartó.

—No estoy enojado contigo —dijo él.

—Parecía que sí.

—Estoy… aprendiendo qué me importa.

Elizaveta levantó los ojos, la frase la confundió.

Brand la miró y entonces la besó, no fue un beso nacido de la gratitud, como el de ella antes de salir al ballet; tampoco de una memoria antigua, como el que casi los había incendiado frente al espejo.

Este empezó más despacio, con una pregunta silenciosa, los labios de Brand rozaron los suyos y se quedaron allí, esperando.

Elizaveta, después de un instante de sorpresa, respondió.

La mano de él siguió sobre su vientre, la otra subió a su rostro.

El beso se hizo más profundo. Elizaveta soltó una respiración contra su boca y se inclinó hacia él.

Brand sintió su cuerpo ceder, no con estrategia, sino con deseo, ella le tomó la solapa, tirando de él con una impaciencia suave.

Se recostaron sobre la cama sin que ninguno de los dos pudiera decir en qué momento la conversación se había convertido en calor, en respiraciones más hondas, en manos buscando un sitio seguro donde tocar.

Elizaveta lo jaló hacia ella, quería que se colocara sobre su cuerpo.

Brand obedeció al principio, inclinado entre sus brazos, con la boca en su cuello, el pulso enloquecido por la cercanía, pero cuando estuvo a punto de cubrirla con su peso, la curva del vientre volvió a imponer su presencia entre ambos.

El hijo. La fragilidad. El miedo. Brand se detuvo, no se apartó por completo. Alzó la cabeza y la miró a los ojos.