La última elección 10 La casa de los fantasmas rusos #2
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10 La casa de los fantasmas rusos #2

Nick hablaba con Camille, pero cada tanto sus ojos se desplazaban hacia Thiago con una agresividad mal guardada.

Thiago, por su parte, fingía no notar nada, lo cual en él equivalía a notar demasiado.

Elettra estaba entre ambos mundos, quieta, bella, incómoda.

Aquello no podía terminar bien si nadie intervenía.

—¿Por qué yo? —preguntó Philip.

—Porque eres el único que puede mirarlos actuar como idiotas sin querer participar.

—Eso es debatible.

Brand bajó la voz.

—Están a punto de pelearse por otra estupidez.

Philip alzó una ceja.

—¿Otra estupidez o la misma de siempre con vestido distinto?

Brand no respondió enseguida.

Recordó otra ocasión, los mismos ojos violetas encendidos por la furia. Nick y Thiago tensos hasta el punto de no reconocerse del todo, armas, Elizaveta en medio de aquella historia como una llama que ningún hombre admitía estar mirando demasiado cerca.

Familias como la suya no olvidaban esas cosas; solo las archivaban bajo alfombras más caras.

—No quiero que lleguen a las armas otra vez —dijo.

Philip dejó de sonreír.

—Me ocuparé.

Brand asintió; Alice se acercó a él y le tocó la mejilla con los dedos.

—No la presiones.

Brand supo a quién se refería.

—No lo haré.

—Quieres respuestas.

—Sí.

—Entonces aprende a esperar.

Aquello se parecía demasiado a una orden.

Brand la aceptó porque venía de ella.

—Cuida de Elizaveta —añadió Alice—. Y de ese niño.

—Lo haré.

Millie lo observó con interés.

—Estás cambiando.

Brand miró a su hermana.

—Estoy cansado.

—A veces es lo mismo al principio.

La familia Charpentier se marchó poco después, sus automóviles fueron desapareciendo uno a uno en la noche húmeda, llevándose consigo abrigos, silencios, sospechas y una cantidad inaceptable de conversaciones pendientes.

Nick se fue con William y Alice, no sin antes lanzar una última mirada hacia Camille, quien partió con sus padres.

Thiago subió al automóvil sin hablar, Elettra no viajó con él porque los Rinaldi la reclamaron con cortesías demasiado visibles.

Philip se llevó a Millie casi a la fuerza antes de que intentara convencer a un criado Rostov de enseñarle los salones privados.

Brand quedó con Elizaveta y la noche pareció cambiar de dueño.

El coche de los Rostov esperaba en la entrada lateral del teatro, oscuro, brillante bajo la lluvia fina.

Pavel viajó en otro automóvil. Alekséi y Delaila se adelantaron para preparar la casa.

Brand ayudó a Elizaveta a subir, notando cómo ella apoyaba más peso del habitual en su mano.

—¿Te duele algo?

—No.

—Elizaveta.

—Estoy cansada, no rota.

—No he dicho que estuvieras rota.

Ella se acomodó contra el asiento con una sonrisa.

—Lo piensas con mucha frecuencia.

Brand se sentó frente a ella, el interior del automóvil olía a cuero, madera pulida y el perfume tenue de Delaila que había quedado en la tapicería.

Afuera, París pasaba en fragmentos: faroles dorados, fachadas mojadas, cafés aún encendidos, parejas bajo paraguas, carteles de teatro, vendedores cerrando puestos, el brillo del Sena como una cinta oscura entre edificios.

Elizaveta estaba radiante a pesar del cansancio, o quizá por él, hablaba con una emoción suelta, casi febril.

—No has visto la casa de noche —dijo—. A Alekséi le gustan demasiado las luces bajas, como si todos viviéramos dentro de un mausoleo, pero Delaila ha conseguido que algunas habitaciones parezcan humanas.

Hay un salón con cortinas verdes que detesto, pero mi padre insiste en que recuerdan a una casa que tuvimos en Rusia.

No es verdad. La casa de Rusia tenía cortinas más pesadas y olía distinto.

Todo olía distinto. A nieve, a té, a humo de chimenea…

Brand la escuchaba a medias, no porque no le interesara, al contrario. Cada palabra era una pieza. Cada recuerdo, un destello. Pero debajo de su voz, su mente trabajaba con una ansiedad silenciosa.

Su madre.

¿Quién había sido la madre de Elizaveta?

¿Una mujer fría, ausente, dañada por su propio matrimonio?

¿Una aristócrata bella incapaz de arrodillarse ante una hija que lloraba?

¿Una figura convertida en hueco? Brand necesitaba saber qué clase de mujer dejaba en otra una carencia tan grande que un abrazo de Alice podía hacerla quebrarse como vidrio bajo agua caliente.

Su infancia.

Las peleas detrás de las puertas. El miedo.

Alekséi como refugio. Pavel arrestado. Rusia cayendo.

La familia convertida en exilio. ¿En qué momento una niña dejaba de pedir consuelo y empezaba a fabricar trampas para obtener atención?

¿En qué momento el amor se torcía hasta volverse prueba, desafío, manipulación?

El ballet.

El dolor como salvación. La disciplina. El cuerpo convertido en instrumento.

La belleza como única forma aceptable de hambre.

Elizaveta había dicho que bailar la salvaba.

¿De qué exactamente? ¿De su familia? ¿De sí misma?

¿Del hecho insoportable de amar a un hermano de la forma equivocada porque era el único lugar donde el mundo no se deshacía?

Alekséi. Pavel. Delaila.

Todos tenían una parte del mapa y Brand quería verlo completo, quería saberlo todo de ella. No para vencerla, ya no, sino para no herirla a ciegas. Elizaveta se interrumpió de pronto y se llevó una mano a la boca. Brand se inclinó hacia adelante al notarlo.

—¿Qué ocurre?

Ella cerró los ojos un instante, respirando despacio.

—Nada.

—No digas nada.

—Mareo.

—¿Desde cuándo?

—Desde ahora.

—¿Por qué?

Elizaveta soltó una risa, todavía con la mano cerca de los labios.

—Porque soy una criatura delicada y trágica.

—Elizaveta.

La seriedad de su voz la hizo mirarlo.

Brand ya no estaba irritado, estaba preocupado y eso le produjo algo raro, una mezcla de ternura y fastidio.

—A veces me pasa cuando tengo emociones fuertes —dijo—. La función, la gala, volver a casa… El cuerpo decide castigarme por entusiasmarme demasiado.

Brand cambió de asiento sin pedir permiso y se sentó a su lado.

—Recuéstate.

—No es necesario.

—Hazlo.

Ella lo miró con intención de discutir. Él no se movió y finalmente, Elizaveta suspiró y apoyó la cabeza en su hombro. Brand le acomodó el abrigo alrededor del cuerpo y le tomó una mano entre las suyas. La de ella estaba fría como un témpano de nieve.

—Estoy bien —murmuró ella.

—Lo estarás más si dejas de explicarme la arquitectura completa de la casa durante cinco minutos.

—No has preguntado por la biblioteca.

—Sobreviviré.

—No sabes lo que dices. Es una biblioteca muy buena. Alekséi finge que la ordenó por temas, pero en realidad lo hizo por traumas.

Brand bajó la mirada hacia ella y no pudo evitar una sonrisa.

—¿Por traumas?

—Los libros sobre Rusia están cerca del escritorio. Los de negocios, junto a la ventana. Los de poesía, escondidos detrás de los de filosofía, para que nadie sospeche que tiene corazón. Y los de Delaila están en cualquier sitio, porque ella invade los espacios con mucha elegancia.

Brand la escuchó hablar mientras el coche avanzaba.

La tenía sobre el hombro, tibia y cansada, el vientre apenas rozándole el costado, los diamantes aún brillando en su garganta. Elizaveta continuó hablando, más bajo, con la obstinación feliz de quien teme dormirse antes de llegar a un lugar querido.

Brand no la interrumpió.

La casa de los Rostov se alzó finalmente ante ellos como una sombra de mármol y luz, no era una casa que buscara agradar, era una casa llena de personas que habían decidido sobrevivir.

La fachada, severa y elegante, mezclaba líneas modernas con un peso antiguo.

Las ventanas altas estaban iluminadas desde dentro por lámparas cálidas, y bajo la lluvia fina parecían ojos abiertos sobre un jardín oscuro.

No había la suavidad francesa de la mansión Charpentier ni su equilibrio aristocrático.

Allí todo tenía otra intención: recordar que el lujo era una forma de resistencia.

Alekséi los esperaba en el vestíbulo y Delaila estaba a su lado.

Elizaveta bajó del coche con ayuda de Brand y trató de enderezarse como si no hubiera pasado la mitad del trayecto recostada en él.

Delaila no la contradijo. Solo se acercó, le tomó las manos y la observó con esa mezcla de cariño prudente e inteligencia que tanto irritaba y calmaba a Elizaveta por igual.

—Estás agotada —dijo Delaila.

—Todos han decidido que esa palabra me define esta noche.

—Porque todos tienen ojos.

—Qué ofensivo.

Delaila sonrió.

—Ven. Te daré una habitación y algo más cómodo. A menos que quieras dormir con diamantes, lo cual sería muy ruso de tu parte, pero poco recomendable para el cuello.

Elizaveta miró a Brand.

—No tardes.

La frase salió sencilla, natural, como si esperara que él fuera a reunirse con ella y Brand sintió su peso.

—No tardaré.

Delaila se llevó a Elizaveta por la escalera principal, una mano en su espalda, hablándole en voz baja sobre camisones, mantas, té de menta y una habitación que no olía a cerrado. Elizaveta, aunque intentaba conservar cierta dignidad, subía con la emoción de quien reconoce cada curva de una casa.

Alekséi señaló el corredor opuesto.

—Despacho.

Brand lo siguió.

El despacho de Alekséi Rostov parecía diseñado para impedir cualquier forma de frivolidad.

Las paredes estaban revestidas de madera oscura.

Un mapa antiguo de San Petersburgo ocupaba un lado entero, junto a fotografías de talleres, puentes nevados y hombres con rostros duros mirando hacia una cámara que parecía haberles robado más que una imagen.

El escritorio, amplio y ordenado, tenía papeles apilados con precisión.

Una lámpara verde proyectaba luz sobre una botella de vodka, otra de coñac y dos vasos bajos.

Alekséi sirvió sin preguntar.

—No hablaremos hoy.

Brand tomó el vaso.

—¿Entonces para qué me invitas a beber?

Alekséi levantó el suyo.

—Para decidir si quiero interrogarte.

Brand sostuvo su mirada.

—¿Y quieres?

Una mínima sonrisa apareció en la boca de Alekséi, una sombra.

—Sí.

Brand se sentó.

—Haz tus preguntas.