10 La casa de los fantasmas rusos
La gala empezó a morir con la misma elegancia con la que había fingido estar viva, no hubo un final brusco, sino una lenta dispersión de perfumes, copas vacías y frases prometidas para otra ocasión.
Las risas se hicieron más bajas; los músicos, en el extremo del salón, suavizaron el ritmo hasta convertirlo en una melodía que ya no invitaba al baile, sino a la retirada.
Las mujeres comenzaron a buscar sus abrigos de piel, los hombres a reclamar bastones, sombreros y automóviles.
Los criados de los Rostov se movían entre las mesas con una precisión casi militar, retirando platos de porcelana, copas con restos de champaña tibia, servilletas arrugadas y pequeñas evidencias de que París, bajo la luz dorada, siempre terminaba devorando aquello que decía admirar.
Los Charpentier se preparaban para marcharse.
Alice hablaba con Delaila cerca de una vitrina vacía, donde hasta hacía poco reposaba un collar de rubíes que había atraído más suspiros que algunos fragmentos del ballet.
William, con el abrigo sobre el brazo, intercambiaba unas últimas palabras con Pavel Rostov.
Millie discutía con Lefèvre sobre el derecho de los periodistas a incomodar a los hombres poderosos incluso cuando estos ofrecían caviar excelente.
Philip observaba con esa expresión de quien ya había decidido que toda reunión social era, en el fondo, una nota al pie demasiado larga.
Nick estaba junto a Camille, no la tocaba, eso era lo nuevo.
Antes, Nick habría tomado espacio sin pensarlo: una mano en la cintura, una inclinación, una broma demasiado cercana, una forma de reclamar la atención antes de merecerla.
Esa noche permanecía a su lado con cuidado, como si hubiera descubierto que la cercanía podía ser una pregunta y no una conquista.
Camille, por su parte, parecía menos rígida que al llegar.
No tranquila, aún no, pero había algo distinto en la manera en que lo escuchaba cuando él hablaba bajo, algo que no era perdón todavía, pero tampoco rechazo.
Thiago y Elettra guardaban silencio, no era un silencio cómodo, tampoco hostil del todo, era uno de esos silencios que se forman cuando dos personas han dicho demasiado y aun así no han dicho lo suficiente.
Elettra mantenía las manos unidas frente al vestido azul oscuro.
Thiago estaba a su lado, impecable y cansado, con los nudillos aún levemente enrojecidos.
Ella lo había notado, claro. Él también había notado que ella lo notó.
Y ambos fingían que no había sangre bajo ninguna de las conversaciones de la noche.
Brand permanecía con Alekséi.
No muy lejos de la familia, pero tampoco lo bastante cerca para que la conversación pareciera casual.
Habían quedado junto a una columna de mármol oscuro, bajo una lámpara art déco cuya luz perfilaba los rasgos de ambos con una dureza casi teatral.
Alekséi tenía una copa intacta en la mano.
Brand, ninguna. No necesitaba beber para sentir el peso de lo que iba a pedir.
—Mañana —había dicho Alekséi antes.
—Esta noche necesito dejar claro lo que quiero —respondió Brand.
El ruso lo miró con una paciencia helada.
—Querer no suele ser una razón suficiente.
—Para mí sí.
—Ese es uno de los problemas de los hombres como tú.
Brand no sonrió.
—No estoy aquí como hombre de sociedad. Ni como Charpentier.
Alekséi levantó apenas una ceja.
—¿Entonces?
Brand miró hacia el otro lado del salón.
Elizaveta estaba con una de sus antiguas compañeras de ballet, pero su energía empezaba a apagarse.
Hacía minutos reía; ahora se sostenía más quieta, con una mano sobre el vientre y la otra sujetando el abanico cerrado.
La emoción de la noche la había mantenido erguida más tiempo del prudente, pero el cansancio empezaba a tomarla sin pedir permiso.
La piel, siempre blanca, se le había vuelto más translúcida.
Bajo el collar de diamantes, la garganta se movía con respiraciones más lentas.
—Como su esposo —dijo Brand.
Alekséi siguió su mirada.
Durante un instante, la severidad de su rostro se alteró, no se ablandó, exactamente.
Alekséi Rostov no era un hombre que se ablandara con facilidad, ni siquiera ante su hermana, pero algo antiguo cruzó por sus ojos: preocupación, costumbre, el reflejo casi corporal de quien ha mirado a una misma persona caer demasiadas veces y ha aprendido a anticipar el golpe antes de que ocurra.
—Liza está cansada —murmuró.
Como si ella hubiera escuchado su nombre, Elizaveta se separó del grupo de bailarinas y caminó hacia él, no hacia Brand primero, hacia Alekséi.
Llegó con esa mezcla suya de elegancia y agotamiento, y al estar frente a su hermano, perdió durante un segundo toda intención de parecer invencible.
Apoyó la frente contra el pecho de Alekséi y se abrazó a él con una naturalidad tan antigua que Brand sintió el gesto en un lugar difícil de nombrar.
No fueron celos o quizá sí, pero no de la forma vulgar.
Fue la certeza de que había habitaciones en Elizaveta a las que Alekséi había entrado antes que nadie, antes que Brand, antes que el matrimonio y el bebé.
Habitaciones frías, de infancia, de miedo, de nieve y puertas cerradas.
Y aunque Brand empezaba a querer conocerlas, había un hombre frente a él que las había habitado desde el principio. Alekséi le puso una mano en la espalda.
—Estás agotada.
—No —murmuró ella—. Estoy perfectamente bien.
—Mentira.
—Qué grosero eres conmigo.
—Solo desde que naciste.
Elizaveta soltó una risa pequeña, cansada, feliz; Brand contempló por primera vez esa risa que no contenía veneno.
Alekséi alzó la vista hacia él y atendió.
Lo hizo con esa rapidez molesta de los hombres que no necesitan explicaciones completas para reconocer una estrategia familiar.
Si Brand quería hablar de Elizaveta, si quería la versión de los Rostov, si estaba dispuesto incluso a buscar a Pavel, la forma más sencilla de abrir la puerta no era en mitad de una gala.
Era llevarlo a la casa donde los fantasmas todavía tenían nombre.
—Quédense esta noche —dijo Alekséi.
Elizaveta se separó un poco de su pecho.
—¿Qué?
Alekséi la miró.
—Estás cansada. Delaila puede darte una habitación. Mañana enviarían por ropa para su estancia.
La expresión de Elizaveta cambió de manera inmediata, la emoción le subió al rostro como luz detrás de una cortina. Giró hacia Brand con los ojos abiertos, esperando su respuesta con una ansiedad tan clara, tan poco disfrazada, que él sintió un nudo en la garganta.
Parecía una niña a la que le ofrecían volver por una noche a una casa donde todavía existía antes de ser esposa.
—¿Podemos? —preguntó.
La palabra lo alcanzó más que cualquier mandato.
Brand miró a Alekséi, luego a ella.
—Sí.
Elizaveta sonrió, no sonrió como una mujer de salón, sonrió como alguien salvado de un pequeño dolor.
Antes de que Brand pudiera decir algo más, ella se acercó y le dio un beso rápido en los labios.
Breve, emocionado, casi torpe. Luego se volvió para abrazar a Pavel Rostov, que se había acercado con William.
—Papá —dijo, y esa palabra, en su boca, tuvo un sonido más joven.
Pavel la recibió entre sus brazos con una firmeza contenida. Era un hombre austero incluso en el cariño, pero al sostener a su hija, las manos le temblaron apenas sobre la espalda.
—Quédate más de una noche —dijo—. Una semana. La casa es tuya.
—No puedo quedarme una semana.
—Puedes si tu marido no es un tirano.
Elizaveta miró a Brand con una chispa divertida.
—¿Lo eres?
Brand sostuvo la mirada de Pavel, luego la de ella.
—No en este asunto.
Pavel asintió como si acabara de aprobar una respuesta en un juicio íntimo. Alekséi no sonrió, pero Brand notó el instante exacto en que comprendió la razón real de su aceptación, la mirada entre ambos fue breve, clara.
Una tregua, no una amistad. Elizaveta no la vio, estaba demasiado feliz. Brand se separó de ellos y fue hacia su familia.
Alice lo miró antes de que hablara.
—Te quedarás.
No fue pregunta, Brand se detuvo.
—¿Cómo lo sabes?
—Soy tu madre.
Millie, a su lado, levantó una copa casi vacía.
—Respuesta útil para evitar explicaciones desde hace siglos.
Brand ignoró a su hermana.
—Alekséi nos invitó a pasar unos días en casa de los Rostov. Elizaveta está cansada y… le hará bien.
William observó hacia donde Elizaveta seguía hablando con Pavel.
—¿Cuántos días?
—No lo sé. Pide que manden ropa mañana.
Philip se acercó con una sonrisa lenta.
—Qué interesante. Brand Charpentier, huésped voluntario en territorio ruso. ¿Debemos preparar un rescate diplomático o solo enviar camisas de repuesto?
—Envía camisas —dijo Brand— y procura no leer demasiado en ello.
—Querido hermano, leer demasiado es una de mis pocas alegrías.
Millie apareció a su lado de inmediato.
—Yo iré a visitarlos mañana.
—No —dijeron William y Alice al mismo tiempo.
Millie abrió los ojos.
—¿Perdón?
—No —repitió William.
—Siempre he querido entrar a la casa de los Rostov —protestó—. Es una mansión llena de exiliados, joyas y tensión histórica. Como periodista, es prácticamente una obligación moral.
Alice le tomó la copa de la mano.
—Como madre, me parece una amenaza para la paz continental.
—Madre, la paz continental ya fracasó hace años. Lo mínimo que puedo hacer es tomar notas.
—Millicent —dijo William.
—Qué familia tan autoritaria.
Philip se inclinó hacia ella.
—Puedes intentar entrar disfrazada de florista rusa.
Millie lo miró con interés.
—No me tientes.
—No la tientes —dijo Alice.
Brand, a pesar del cansancio de la noche, casi sonrió.
Luego miró a Philip con más seriedad.
—Échales un ojo a Thiago y Nick.
Philip siguió su mirada hacia sus hermanos.