9 La gala de los cuerpos heridos #3
Elettra se acercó un poco más y, sin decir nada, entrelazó la mano con la de él.
Thiago bajó los ojos hacia sus dedos unidos.
El gesto no prometía amor, no pedía perdón, no resolvía nada.
Era apenas una forma silenciosa de decir: lo veo también.
Lo entiendo. No sé cómo arreglarlo y, por un instante, eso bastó para doler menos.
Millie los vio, por supuesto que los vio.
Estaba conversando con Lefèvre y Philip cerca de una mesa, pero su atención verdadera llevaba toda la noche repartida entre sus hermanos como una red.
Vio a Nick hacer reír a Camille. Vio a Brand regresar desde donde estaban los Rostov con un rostro más sombrío y una decisión nueva en la mandíbula.
Vio a Thiago mirar a Elettra como un hombre que intenta no pedir nada y fracasa en silencio.
Ese era el que más le preocupaba. Thiago había sido siempre el hermano que no hacía ruido al romperse.
Millie dejó su copa sobre la mesa.
—Discúlpenme.
Philip siguió su mirada.
—No lo destruyas.
—Solo voy a bailar con él.
—Eso, viniendo de ti, puede ser una forma de interrogatorio.
—Todo puede ser una forma de interrogatorio si una tiene talento.
Lefèvre sonrió.
—Me recuerda usted por qué los hombres sensatos temen a las mujeres con libreta.
—Los hombres sensatos no existen, Lefèvre.
Millie cruzó el salón hasta Thiago y Elettra.
—Hermano —dijo—, acompáñame en la siguiente pieza.
Thiago miró a Elettra, ella soltó su mano lentamente.
—Ve.
Él no quería dejarla, pero Millie ya lo había tomado del brazo.
—No aceptaré negativa. Estoy recién llegada de África y eso me vuelve socialmente irresponsable durante varias semanas.
Thiago suspiró.
—Solo una pieza.
—Qué generoso.
Entraron a la pista cuando la música cambió a un vals más suave.
Millie bailaba con menos obediencia que otras mujeres.
Conocía los pasos, sí, pero los seguía como quien acepta una regla únicamente para demostrar que podría romperla cuando quisiera.
Thiago, en cambio, se ajustó a ella con naturalidad de hermano acostumbrado a traducir sus desvíos desde la infancia.
—No pienso verte sufrir toda tu vida —dijo Millie sin preámbulo.
Thiago cerró los ojos un segundo.
—Qué comienzo tan delicado.
—La delicadeza está sobrevalorada y tú la usas como escondite.
—Millie.
—Eres mi hermano favorito.
—Eso se lo dices a todos.
—Sí, pero esta noche te toca creerlo a ti.
Thiago intentó girarla para evitar su mirada. Ella se dejó girar y volvió con más fuerza.
—No planeo verte arruinado por el resto de tu vida.
—No estoy arruinado.
—Todavía. Pero vas muy bien encaminado.
Él apretó apenas la mano en su cintura.
—No sabes de qué hablas.
—Sé lo suficiente. Te vi con ella. Vi cómo te mira. Vi cómo tú finges que no esperas nada y al mismo tiempo pareces morir un poco cada vez que ella mira hacia otro lado.
Thiago mantuvo el rostro sereno.
—Estás imaginando una novela.
—Soy periodista, no novelista. Me interesa más la verdad, aunque la verdad tenga peor estructura.
—No quiero hablar de Elettra.
—Perfecto. Hablemos de África.
Él la miró con sospecha. Millie sonrió.
—Si no vas a ser feliz con ella, siempre puedes huir conmigo.
Conozco rutas espantosas, hoteles con insectos del tamaño de monedas y funcionarios que merecen ser insultados por escrito.
Te vendría bien. Nadie en África esperaría que fueras el buen Thiago.
Sólo tendrías que aprender a soportar el calor, la malaria y mi carácter.
Thiago soltó una risa pese a sí mismo.
—Suena tentador, salvo por casi todo.
—Lo digo en serio.
La risa murió. Millie lo miraba ahora sin broma.
—Si te quedas, que sea porque eliges quedarte. No porque creas que debes pagar deudas ajenas con tu vida.
Thiago no respondió.
La música los movió unos compases más.
Millie bajó la voz.
—Eres bondadoso. Esa es tu mayor virtud y tu mayor peligro. La gente se aprovecha de los hombres que quieren hacer lo correcto porque saben que tardan demasiado en defenderse.
Él tragó saliva.
—¿Incluyes a Elettra en esa gente?
Millie miró hacia donde Elettra observaba la pista.
—No lo sé todavía.
—Entonces no la juzgues.
—No lo hago. La observo.
—Eso es peor, viniendo de ti.
—Probablemente.
La pieza se acercaba a su final. Millie dejó que Thiago la guiara en un giro lento y, al volver frente a él, su expresión era más suave.
—Pero si veo que te rompe por cobardía, hablaré con ella.
—No.
—Sí.
—Millie, no te metas.
—Soy tu hermana. Meterme es una forma de respirar.
Thiago la miró con cansancio y cariño.
—Eres insoportable.
—Y tú eres querido. Por eso estamos en este problema.
La música terminó.
Millie se apartó antes de que él pudiera responder algo que sonara a defensa, gratitud o súplica. Le dio un beso rápido en la mejilla y sonrió como si la conversación hubiera sido ligera.
—Ahora ve a fingir que no te he dicho nada importante.
—Eso haré.
—Lo sé. Lo haces fatal.
Se alejó de él y regresó junto a Philip y Lefèvre, pero no dejó de observarlo. No pensaba permitir que Thiago se apagara en silencio.
Si hacía falta, hablaría con Elettra. Con Alice.
Con quien fuera. Había visto demasiados hombres buenos convertirse en ruinas útiles para familias que los preferían obedientes.
No iba a dejar que su hermano más bondadoso terminara siendo mártir de una historia donde todos los demás aprendían a amar menos él.
Thiago volvió junto a Elettra. Ella lo miró con una pregunta muda.
—Millie —dijo él— quiere llevarme a África.
Elettra parpadeó, luego sonrió apenas.
—Podría hacerte bien.
—No me alientes.
—Tal vez deberías huir antes de que esta familia te devorare.
Thiago la miró.
—¿Vendrías?
La pregunta salió demasiado baja, demasiado real.
Elettra no respondió de inmediato.
La música volvió a empezar, más lenta, más melancólica.
A unos metros, Nick seguía bailando con Camille, y ella reía otra vez.
Al fondo, Brand buscaba con la mirada a Elizaveta, quien seguía rodeada de bailarinas, brillante y feliz.
William y Alice conversaban con Pavel. Delaila vigilaba a Alekséi con esa elegancia de esposa que entiende cuándo un hombre está a punto de cerrar demasiado fuerte una puerta. Elettra bajó la vista.
—No sé a dónde voy todavía.
Thiago asintió, no había esperado otra respuesta, pero dolió de todos modos.
—Entonces supongo que ninguno de los dos está listo para África.
—Supongo que no.
La gala siguió alrededor.
Champaña, música, joyas, risas, rumores, vestidos, miradas.
París continuó bebiendo su propia belleza como si no hubiera sombras debajo.
Los Rostov recibían elogios. GICH era celebrada.
Las bailarinas brillaban entre los invitados.
Los Charpentier seguían siendo observados, comentados, deseados, envidiados.
Y cada uno, bajo la luz dorada, cargaba algo invisible.
Brand llevaba preguntas, Elizaveta llevaba una felicidad nueva que todavía no sabía proteger, Nick llevaba una promesa que tendría que aprender a cumplir, Camille llevaba una esperanza cautelosa, más adulta que su antiguo amor, Thiago llevaba una mano vacía, Elettra llevaba una culpa sin nombre y Millie llevaba una decisión.
Y mientras la orquesta llenaba el salón con una melodía suave, casi amable, París siguió girando a su alrededor, ignorante o indiferente a que, en medio de tanta belleza, todos estaban intentando no romperse donde más se les notaba.