9 La gala de los cuerpos heridos #2
Una sombra mínima tocó la boca del ruso, luego desapareció.
—Mi hermana no es fácil.
—No vine a pedir instrucciones para manejarla.
Los ojos de Alekséi se enfriaron.
—Más te vale.
Brand bajó la voz.
—Delaila me habló.
La tensión fue inmediata, no visible para cualquiera. Alekséi no se enderezó porque ya estaba recto, pero algo en su cuerpo se cerró.
—Delaila habla cuando considera que alguien necesita saber algo.
—Y ahora necesito saber lo que tú tienes que decir.
—No.
—Entonces hablaré con Pavel.
Alekséi dio un paso hacia él.
—Ten cuidado.
—Lo tengo. Más del que crees.
Alekséi lo miró con una dureza tan clara que por un momento ya no pareció el anfitrión impecable de una gala, sino el muchacho que había sobrevivido a un país derrumbándose y que habría mordido la mano de cualquiera antes de permitir que tocaran a su hermana.
—No uses su pasado contra ella —dijo.
Brand apretó la mandíbula.
—No es eso lo que intento.
—Todos dicen eso antes de hacerlo.
—Yo intento entender a mi esposa.
Alekséi soltó una risa seca.
—Tu esposa. Qué rápido se vuelven posesivos los hombres cuando descubren que no comprenden lo que tienen delante.
Brand no retrocedió.
—Y qué rápido se vuelven crueles los hermanos cuando confunden proteger con encerrar.
El golpe dio en algún sitio y Alekséi lo sostuvo sin parpadear. A unos metros, Delaila los miraba con atención, no intervino, todavía.
—No esta noche —dijo Alekséi al fin.
—Entonces mañana.
—No.
—Alekséi.
—No esta noche —repitió, y esta vez la frase no fue negación sino concesión—. Si quieres hablar de Liza, no lo harás entre champaña, diamantes y gente esperando que una familia derrame sangre en público. Mañana. En mi casa.
Brand sostuvo su mirada.
—Y Pavel.
—Mi padre hablará si decide hacerlo.
—Entonces convéncelo.
Alekséi se acercó apenas más.
—No confundas mi acuerdo con obediencia, Charpentier.
—No confundas mi paciencia con renuncia.
Durante un segundo, ambos hombres se miraron como si midieran no solo voluntades, sino heridas ajenas. Delaila apareció junto a ellos con una copa en la mano y una sonrisa impecable.
—Qué maravilla —dijo—. Dos hombres intimidándose entre orquídeas. París jamás decepciona.
Alekséi no apartó la mirada de Brand.
—Tu primo tiene preguntas.
—Mi primo siempre ha tenido la mala costumbre de creer que las respuestas existen porque él las necesita.
Brand miró a Delaila.
—Mañana.
Ella comprendió y algo en su expresión se suavizó apenas.
—Mañana, entonces.
Al otro lado del salón, Nick estaba siendo asediado.
No era una novedad.
Nick atraía a las mujeres como ciertas lámparas atraen insectos nocturnos: con calor, brillo y la promesa de una muerte más bonita que la prudencia.
Cuatro jóvenes lo rodeaban cerca de la mesa de champaña, todas con vestidos brillantes, sonrisas calculadas y esa confianza cruel de quienes siempre habían considerado a Camille una presencia menor en las orillas de su historia.
—Monsieur Charpentier —dijo una pelirroja con voz de azúcar—, apenas se le ha visto esta noche. París empieza a sentirse abandonado.
—París sobrevivirá —respondió Nick.
—¿Y usted? —preguntó otra, rozándole el brazo con el abanico—. ¿Sobrevivirá a una boda?
Las demás rieron.
Nick mantuvo la sonrisa, pero ya no la usó como antes.
Antes habría respondido con una frase ambigua, un gesto encantador, una inclinación que permitiera a cada una imaginarse elegida durante medio segundo.
Esa era la forma en que había vivido: repartiendo migajas de atención para que nadie pudiera acusarlo de haber dado pan, entonces vio pasar a Camille.
Iba sola.
Llevaba el vestido azul noche de la función y una expresión serena que no ocultaba del todo el cansancio. Antes de que Nick pudiera moverse, una de las jóvenes la vio también y bajó la voz lo suficiente para fingir discreción sin dejar de ser oída.
—Ahí va la prometida.
—Pobre Camille —murmuró otra—. Siempre tan correcta. Siempre esperando que él la mire.
—Una mosquita muerta con suerte familiar —añadió la pelirroja—. Aunque todos sabemos que Nick jamás la habría tomado en cuenta si no fuera por…
No terminó. Nick ya no estaba sonriendo.
—Si no fuera por qué —preguntó.
La temperatura alrededor cambió. La pelirroja parpadeó.
—Nick, solo bromeaba.
—Qué curioso. Sonaba más bien a falta de educación.
Las otras jóvenes se quedaron quietas, sorprendidas. Nick se volvió hacia Camille, quien había escuchado lo suficiente para ponerse rígida, aunque intentaba conservar la dignidad como una copa demasiado llena. Él cruzó hacia ella y le ofreció el brazo.
—Mademoiselle Camille.
Camille lo miró con cautela.
—Nick.
Él giró hacia las mujeres con una sonrisa hermosa y despiadada.
—No sé si todas conocen formalmente a mi prometida. Pronto recibirán invitación para nuestra boda, por supuesto, aunque empiezo a pensar que deberíamos revisar la lista con más severidad.
Camille abrió un poco los ojos, las jóvenes se miraron, incómodas.
Una intentó reír.
—Qué solemne te has vuelto.
—No —dijo Nick—. Solo más específico con lo que permito.
Camille sintió que el rubor le subía al rostro. No de vergüenza solamente, sino de otra cosa, de esa emoción peligrosa que aparece cuando alguien por fin te defiende donde antes te dejó sola.
Nick bajó la voz.
—¿Bailas conmigo?
Ella miró hacia la pista. Varias parejas ya se movían bajo la música ligera de la orquesta, no era un vals rígido de otro siglo, sino una pieza más lenta, elegante, con un leve pulso moderno que París aceptaba porque venía envuelto en violines suficientes.
—Nick…
—Puedes decir que no.
Esa frase fue la que la hizo mirarlo de verdad. Él no la tomó, no la arrastró, no convirtió la invitación en una escena que ella tuviera que aceptar para no empeorar su propia humillación, le preguntaba.
Camille respiró.
—Sí.
Nick extendió la mano. Ella la tomó. Al principio, todos notaron su reserva.
Cómo Camille mantenía un espacio exacto entre ambos, cómo sus hombros estaban tensos, cómo Nick, por una vez en su vida, no avanzaba más de lo permitido.
Le colocó una mano en la espalda con tal cuidado que parecía pedir permiso incluso a través del guante.
—¿Está bien? —susurró.
Camille asintió.
Dieron los primeros pasos.
Nick bailaba bien, eso tampoco era novedad, lo hacía todo con esa facilidad irritante de los hombres que podían convertir hasta un error en gracia; pero esa noche no bailaba para ser observado o no únicamente.
Bailaba pendiente de ella: de su respiración, de sus pausas, del modo en que su mano se cerraba o aflojaba sobre la suya.
—Están mirando —murmuró Camille.
—Que se entretengan. Al parecer no tienen libros.
Ella lo miró con reproche, él sonrió apenas.
—Perdón. Estoy intentando reducir mi dependencia de la insolencia, pero el tratamiento es lento.
A Camille se le escapó una risa, pequeña, casi involuntaria.
Nick la escuchó como si hubiera ganado algo inmenso y, por primera vez, no intentó presumirlo.
Siguieron bailando. Poco a poco, la rigidez de Camille empezó a ceder, la mano de Nick en su espalda no presionaba, guiaba, sus pasos no la empujaban.
La invitaban. Él hizo un comentario absurdo sobre un conde que bailaba como si estuviera evitando pisar ratas invisibles.
Camille lo reprendió con los ojos y luego volvió a reír, esta vez un poco más.
El salón empezó a difuminarse.
No de verdad. Las luces seguían allí, las vitrinas, las mujeres ofendidas, la sociedad hambrienta.
Pero para Camille, por unos minutos, todo perdió filo.
Quedó solo la música, la mano de Nick, la tibieza de un gesto cuidadoso, la sorpresa de descubrir que tal vez podían divertirse sin que eso borrara lo ocurrido.
Que tal vez ver la realidad de Nick —su culpa, su torpeza, su esfuerzo— era más íntimo que aquel amor anterior, hecho de ilusiones, deseos callados y esperanzas que ella había alimentado casi sola.
Ahora lo veía. De verdad. Y eso era más peligroso.
Nick la acercó apenas un poco, lo suficiente para hablarle al oído sin convertirlo en espectáculo.
—Te ves hermosa esta noche.
Camille no respondió, pero sus pestañas temblaron.
—Y quiero invitarte a una cita por la ciudad.
Ella giró apenas el rostro hacia él.
—¿Una cita?
—Sí.
—¿Tienes permitido invitar a tu prometida a una cita?
—Estoy casi seguro de que hay un vacío legal.
Camille sonrió.
—Necesito más información.
—Será algo adecuado para una amante del arte.
—Eso puede significar muchas cosas.
—Por eso es una buena invitación.
—Nick.
—Confía un poco.
Camille lo miró, él pareció entender el error en cuanto lo dijo.
—No. Perdón. No quise decirlo así.
Pero Camille no se apartó.
Lo estudió un segundo, luego bajó la mirada a sus manos unidas.
—Una cita —dijo—. Una. Y solo porque siento curiosidad artística.
Nick sonrió.
—La curiosidad artística es una de las fuerzas más nobles.
—No arruines el momento.
—Haré el intento.
Desde un extremo del salón, Thiago los observaba, no con resentimiento, no exactamente, con hambre.
No hambre de Camille, ni de la escena en sí. Hambre de algo parecido a aquello: una posibilidad que se abre con cuidado, una mujer que ríe después de haber estado herida, un hombre que avanza pidiendo permiso, dos personas que, incluso dañadas, parecen encontrar un punto donde empezar.
Sintió el anhelo como una presión sorda bajo las costillas.
Luego miró a Elettra, ella estaba a su lado.
No hablaba, observaba también a Nick y Camille, y en su rostro había una melancolía parecida a la suya.
Quizá no pensaba exactamente lo mismo, quizá sí, pero cuando sintió la mirada de Thiago, volvió hacia él la cabeza y sonrió ligeramente.
No fue una sonrisa feliz. Fue comprensión.